¿No hará ANALES la caridad de abrir un huequecito en sus páginas a esta semblanza de una humilde Hermana? Sin duda que la ha de hacer. La Hermana se formó y profesó en la antigua Provincia Española; en ella trabajó varios años; se ofreció «voluntaria» para la Viceprovincia de Filipinas, y allí falleció recientemente, en la ciudad de Naga. Parece muy puesto en razón que se le dedique un breve recuerdo. Se me antoja que lo pide «a gritos»…
DATOS BIOGRAFICOS
Nació Sor Aurea en un pueblecito de la provincia de Segovia, llamado Nieva, el 21 de mayo de 1870. Tuvo por padres a don Severo Muñoz y doña Dorotea Ruiz. Don Severo fue el médico titular del pueblo. Y por razones de su cargo, la familia cambió de domicilio bastantes veces. Así, vivió varios años en la villa de Carrión de los Condes, Palencia; y también en Sepúlveda. Hacia 1890 se estableció definitivamente en la capital, en Madrid.
La jovencita Aurea conoció a las Hijas de la Caridad en Carrión, por los años 1884 o 1885. Las Hermanas se habían hecho cargo del hospitalito de la villa. Un buen grupo de chicas —entre ellas, la hija del señor médico— no las dejaba ni a sol ni a sombra. Por eso dio el pueblo en llamarlas «las colegialas de las Hermanas». Muy pronto quizá mostró la muchacha sus deseos de pertenecer a aquella Comunidad. Pero se dice que se le opuso la familia; especialmente su padre, su Severo.
Al fin fue admitida en el Seminario o en el Noviciado de la calle de Jesús, el 6 de diciembre del año 1892, cumplidos ya los veintidós años. Cuando recibió el santo hábito ( ¿mayo 1893?), la hermanita Aurea fue destinada al Asilo de Córdoba, y poco después, al colegio de niños. (Ambas instituciones, contiguas y casi unidas, formaban lo que se llama hoy «Hogar Provincial» o, aún más comúnmente, «La Merced».)
Allí, en La Merced, hizo Sor Aura su profesión: 7 u 8 de diciembre de 1897. Es probable que —años antes de profesar— manifestara ya su ofrecimiento como «voluntaria para Filipinas». Dicen que la Hermanita no gozaba entonces de muy buena salud. Además, aquellos años fueron duros y muy difíciles… Y, con todo, hubo varias Misiones de Hermanas para Manila en los años 1894-1897, y también de 1898 a 1901.
Sor Aurea hubo de esperar hasta el otoño de 1902. Y dejó España, ¡para no volver a verla ya más! Debió de embarcar en la primera quincena de octubre. Su nombre figura a la cabeza de los de otras diez Hermanas que formaron «la Misión veintinueve» (desde 1862). Llegaron felizmente a Manila el 11 de noviembre.
En espera del «destino», permaneció Sor Aurea breves semanas en la Casa Central o Colegio de la Concordia. Y el destino le llegó: el primero y el único que había de tener en Filipinas. Fue enviada al Colegio de Santa Isabel, en la ciudad de Naga. Por aquellos días se solía designar aún la población por La Nueva Cáceres; y al Colegio se le seguía llamando —inclusive con dejos de satisfacción y orgullo—, «la Escuela Normal de Maestras».
Celebró Sor Aurea ya en Naga su primera Navidad en Filipinas en 1902. Como ella, irían viniendo otras muchas. Porque al morir, era Sor Aurea la más ancianita por la edad y la más «antigua» por vocación de entre todas las Hermanas, filipinas y españolas. También la de más larga estancia en el país, de las treinta y ocho Hermanas españolas que viven y trabajan en estas islas. Pero no era «la única superviviente de los tiempos de España» —según creían muchas y muchos—, ni tampoco parece probable que alcanzara a conocer a algunos de los tan famosos «Los últimos de Filipinas».
Puede asegurarse que pasó ya toda su vida prácticamente en Naga y en el Colegio, «su» amado Colegio de Santa Isabel. Pues sí hizo por ventura algún viajecito a la capital, a Manila, hubo de ser antes de 1924 y aún de 1920; y por aquellas calendas no eran muy fáciles los viajes, ni gustosos. Sólo estuvo ausente del Colegio unos meses, en los años 1937 y 1938: ausente en el cuerpo, pero muy presente con el espíritu y con su corazón. En la capital de Sorsogón fundaron las Hermanas una escuelita, como sucursal o rama del Colegio de Naga. Y para encauzar la nueva fundación y dirigir la minúscula e incipiente comunidad, los superiores enviaron allá a Sor Aurea. De hecho, no fue más que «vice»-Hermana sirviente. Mas, con las otras Hermanas, llevó a cabo una labor estupenda de captación en favor de la escuela, que es actualmente el hermoso y prometedor Colegio de la Virgen Milagrosa.
Muchos fueron los cambios y muy variadas las vicisitudes que presenció Sor Aurea en «su» amado Colegio de Santa Isabel durante más de sesenta años (1902-1964). La Comunidad se iba renovando y «remozando» —hasta cierto punto— al compás de los tiempos; aumentaba el número de las Hermanas y crecía también su prestigio como profesoras; por las aulas pasaban y pasaban como en avalancha, grupos nutridísimos de colegiales —para ella, siempre: «Niñas: i las niñas!»—. Hubo muchos días —y meses, y años— apacibles, sosegados, de alegría exuberante y de sonados, resonantes triunfos. Pero también los hubo hoscos y muy borrascosos, erizados de peligros y amargos como la hiel… Días en que las Hermanas no se hartaban de llorar…: sobre todo en la dominación japonesa, con la ocupación casi total del edificio (1944 septiembre, ¿28-14? febrero 1945); el estúpido y poco menos que «criminal» bombardeo de los norteamericanos (23 de marzo de 1945), y el aún más «inconcebible incendio» (el día 25, Domingo de Ramos), que no fue un accidente casual, y apenas si dejó otra cosa en pie que los tristes muros calcinados…
Siempre confiada en la protección del Señor, vivió Sor Aurea todos aquellos episodios de la vida —así los tristes como los alegres— con gran serenidad de ánimo, cuidándose de dominar los nervios y no dejarse llevar por las fuertes impresiones del momento. A una con la Comunidad, sobrellevó mansa y resignadamente ser echada de su propia casa, tener que vivir «refugiada» unos cuantos meses en el Seminario, quedar —a la letra y realmente— sin techo bajo el cual cobijarse y ocupar como de prestado o «de limosna» otros diversos locales… Ella seguía tranquila, afanosa, con más confianza en Dios…
El 6 de diciembre de 1942, la Comunidad honró a Sor Aurea por las Bodas de Oro de su vocación con una fiestecita sumamente sencilla y familiar. La fecha coincidía, exactamente casi, con el aniversario del estallido de la guerra en el Pacífico (para Filipinas, el 8 de diciembre de 1941) y de la llegada de los japoneses a Naga (el 14). «No estaba el horno para bollos» —según se suele decir—, ni era posible organizar entonces una buena fiesta. En cambio, las Bodas de Oro de su profesión, en 1947, se celebraron ya en santa paz y con no poco rumbo. Había pasado la terrible y deshecha tormenta; el Colegio iba renaciendo, airoso, de sus cenizas y presagiaba un nuevo esplendor y una prosperidad no soñada; la Comunidad vivía de nuevo reunida —casi un año antes—, más unida y más vigorosa que nunca…
LA MUERTE, EL FUNERAL Y EL ENTIERRO
La llamada final del Señor le llegó a Sor Aurea en «su» Colegio de Santa Isabel, el 4 de septiembre de 1964. En las primeras horas de la mañana: 8,08 a. m. Era primer viernes del mes. Murió como suelen morir las Hijas de la Caridad: piadosa, sencilla y tranquilamente. El día 2, con pleno conocimiento, recibió el santo viático, y ella misma pidió, a continuación, que se le administrara la extremaunción. En el momento de expirar se le hada la recomendación del alma. Y se le aplicó también la bendición papal con la indulgencia plenaria. Rodeaban su lecho —en la enfermería— las veintiocho Hermanas que forman la Comunidad —todas ellas filipinas—. Día y noche la habían cuidado muy solícitas en su última enfermedad (un «catarrillo» que degeneró en pulmonía). Y lo mismo venían haciendo en aquellos años de ancianidad venerable. Sólo llevaba en cama cinco o seis días.
Rápidamente se propagó la noticia por la ciudad: «¡Acaba de morir Sor Aurea!». Y durante la mañana y la tarde hubo un desfile constante de gente que acudía a rezar ante su cadáver en la capilla y «a dar el pésame» a la Hermana Sirviente, Sor Imelda Espíritu, y a la Comunidad.
El primero en presentarse —en unos minutos— a rezar un responso por Sor Aurea fue el Excmo. Sr. Arzobispo, Mons. Pedro Pablo Santos. Apreciaba mucho S. E. a la finada, desde que la conoció en 1938. Quiso, además, ofrecer la santa misa en la capilla del Colegio a la mañana siguiente. Las Hermanas quedaron muy consoladas y agradecidas por semejante atención.
La misa vespertina, celebrada por el Padre Capellán, fue «cadavere praesente». Hubo en ella muchísimas comuniones, pues la Comunidad, las colegialas y ex alumnas llenaban la capilla hasta los topes.
En la mañanita del día 5 —desde las 5,20 a las 7,00— celebraron sus misas rezadas en la capilla del Colegio el M. R. P. Cipriano Oses, C. M., y Vicerrector del Seminario Mayor; el Excmo. Sr. Arzobispo, y el Padre Capellán, Alberto Román, C. M.
Se hizo necesario celebrar el funeral en la Catedral Metropolitana, pues ninguna otra capilla o iglesia habría sido suficiente. Se levanta la Catedral a muy pocos metros del Colegio. O, hablando con más propiedad, el Colegio de Santa Isabel fue construido (1869-1870) a la sombra misma del templo catedralicio. De los «tiempos de España», por supuesto, es imponente por su mole y amplísimo; pero muy poco artístico y no tan antiguo como algunos suponen. Airoso campea aún sobre su portalón de entrada «el escudo español».
Comenzó la ceremonia a las 7,30, con el levantamiento y traslado del cadáver de Sor Aurea. Ofició el M. R. P. Rector del Seminario. Mayor, Teótimo Pacis, paúl filipino, una de cuyas hermanas es Hija de la Caridad y ex alumna de la difunta. Varios Padres profesores le asistieron como ministros, ceremoniero, etc.; y un buen grupo de seminaristas actuaron de acólitos y de cantores. A pesar de la premura del, tiempo, que apenas permitió hubiera representaciones de los pueblos cercanos, la Catedral se llenó, Como si se tratara de una de las mayores festividades.
Inmediatamente después de la misa solemne y de la absolución o responso, se procedió al entierro —9,00 a 10,30—. Solemnísimo sobre toda ponderación. Poquísimas veces se habrá visto otro parecido en Naga. Y nunca —en su santa humildad— se habría atrevida Sor Aurea a «soñar», siquiera, que se le habría de hacer así… Las filas interminables de casi cuatro mil cien (4.100) colegialas, o «niñas», eran ya «de por sí»… —frase frecuentísima y de mucha historia entre las Hermanas— más que suficientes para que el entierro pareciera ser más bien un desfile victorioso, un triunfo. Iban con ellas todas sus maestras y profesores y la Comunidad ele Hermanas en pleno. Se sumaron al cortejo varios centenares de las ex alumnas de la ciudad. Con los Padres Paúles, españoles, asistieron asimismo algunos sacerdotes filipinos del clero diocesano y unos cuantos jesuitas norteamericanos del Ateneo de Naga. Casi todos los que habían asistido al funeral en la Catedral se decidieron a seguir a pie hasta el cementerio —a poco más de un kilómetro de distancia.
El cadáver de Sor Aurea fue «inhumado» en el lote y monumento que tiene la Comunidad en el cementerio de San Felipe. Es mucho más conocido por cementerio de Peñafrancia. Se halla a espaldas del santuario regional de la Virgen Santísima, Patrona del Bicol, o de la Bicolandia, bajo esta advocación tan histórica, traída a Naga en los comienzos del siglo XVIII (¿1705?- 1708).
Al depositar y tapiar el ataúd en su nicho, hubo unos breves minutos de emoción intensa y muy profunda. Porque el Capellán del Colegio invitó a los allí presentes «a hacer una despedida digna a la última Hermana española del Colegio». Y la enorme concurrencia rezó con él —a voz en cuello y en español— el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria al Padre… Lo mismo se hizo con una Salve a la Virgen Santísima de Peñafrancia, nuestra Patrona: bajo cuyo manto maternal va a descansar y a esperar su resurrección el cuerpo de esta buena Hermana —Sor Aurea—, tan filipina y tan bicolana como fue siempre castellana y española… Día tras día, durante sesenta y dos años, fue dando ella toda su vida —su alma, podríamos decir casi— a miles y miles de colegialas y de ex alumnas por el humilde y sencillo apostolado de sus clases, de sus conversaciones y charlas, y de sus ejemplos sobre todo. Y ahora, en estos mismos instantes —como en un acto supremo de inmolación y de amor a la santa voluntad del Señor—, encomienda y entrega su cuerpo a esta hospitalaria y acogedora «tierra del Bicol».
ESBOZO MORAL RAPIDISIMO
Tarea difícil, por no decir imposible, querer resumir en unos cuantos párrafos la enorme colección de sabrosas anécdotas y de hechos edificantes que nos ha dejado Sor Aurea en sus largos años de vida en Filipinas. Me limitaré aquí a ofrecer tres o cuatro rasgos —a manera de esbozo moral muy deficiente— y a la mera enumeración de las virtudes que más se admiraron en ella y que suscitaron comentarios más frecuentes.
Dotada por el Señor de un temperamento tan ecuánime y de un espíritu muy equilibrado, Sor Aurea parecía ser un trasunto o retrato perfectísimo de la calma, de la paz y felicidad más exquisitas. Bondadosa por extremo, se inclinaba naturalmente a ver las cosas y a juzgar de los sucesos y de las personas siempre por el lado mejor, el más favorable. Es muy cierto que esta especie de «idealismo» le acarreó no pocos desengaños…; pero, luego del primer choque con la realidad, pronto recuperaba su calma y serenidad de antes. Era prudente y precavida en sus conversaciones, lo mismo que en cualquier manifestación externa; y con eso, apenas dejaba ver que sabía estar en todo y que w e daba cuenta de las cosas… Su simpatía y el llamado «don de gentes» fueron en ella una gracia extraordinaria. Y con la rica experiencia de tantos y tantos años de actividad, fue Sor Aurea aquilatando y sublimando en sí misma esos dones de Dios, con gran provecho de su santificación propia.
En cuanto a las virtudes que más brillaron en ella como Hija de la Caridad, he aquí algunas de las más importantes, muy comúnmente elogiadas por quienes la conocieron y trataron con intimidad y por largo tiempo:
A) Su humildad: Estuvo ocupada con frecuencia en oficios de poco viso, caseros y sencillos —en la portería o en la cocina, por ejemplo—. Fuera el que fuera el «oficio» al que se le dedicaba, lo cumplía con encantadora naturalidad y a satisfacción de todos. Muy notable fue el apostolado que practicó en sus muchos años (¡1922?-1937 y más) como portera. Apostolado sencillo, sin ruido, humilde; pero de mucho fruto y muy singular. Con los pobres que acudían en demanda de la limosna. Y mucho más con las mamás de las «niñas» —de quienes era la voz común que, en vez de visitar a sus hijas, iban a «desahogarse» un poquito con la Hermana Portera…—. Por haberlas conocido desde niñas y saber sus problemas, las palabras de Sor Aurea eran un sedante para su corazón, reavivaban tu espíritu y les llenaban de alegría.
B) Su afabilidad en el trato. Que era, a la vez, tan modesto y tan alegre. Con toda clase de personas, sin excepción. Ganaba a todos con su simpatía; y todos quedaban encantados por su sonrisa: reflejo palpable del sentir.
C) Su caridad: ingeniosa, expansiva y sin límites, en relación con las Hermanas de la Comunidad. Con todas. Pues si acaso se pudiera insinuar alguna particularidad era la de que «volcaba» su cariño y afecto —como de «abuelita»— en favor de las Hermanas jóvenes, de las novicias. A cada paso lo atestiguaban ellas mismas, sin que nadie hubiera de preguntárselo: «alegría de sus recreaciones cuando estaba presente Sor Aurea; que se fijaba en todo y a todas atendía, hasta con mimo; y nunca podía consentir que se estuvieran calladas, con cara de tristona». (Textual.) Luego, con motivo de algunas fiestecitas familiares y tradicionales, sobre todo en los días de la Navidad, bien sabía alegrarlas ella misma, con sus canciones o tocando las castañuelas y la pandereta. Todo ello muy en el espíritu de Santa Teresa en sus «palomarcicos». Qué recuerdos tan agradables conserva este cronista de las saladísimas e inocentes veladas navideñas de antaño en la Comunidad de Nagal…
Su respeto, sincero, leal y noble, a las Superioras y a cuantos ejercieran o representaran la autoridad. Comprendía muy bien la importancia que tiene para la vida en comunidad el ejercicio de la obediencia. Y se afanó por inculcarla, por lo menos con su ejemplo, a vista de todos.
Su piedad para con Dios: honda, fervorosa, sentida. Mas, al mismo tiempo, sin nada de ostentación ni viso alguno de singularidad. Tan filial y tan sencilla como si conservara aún, grabados a fuego en su alma, los rasgos de su piedad cuando «niña» en el seno de la familia, o de «colegialita» con las Hermanas de Carrión, que tan bien la formaron, y de «seminarista» en el Noviciado de Jesús, con sus directoras y las Hermanitas… Bastaba ver su actitud en la capilla, y oír —siquiera una vez— cómo se unía su voz en los rezos y las plegarias de la Comunidad, para formar la impresión de que allí vivía un alma totalmente entregada a su Dios.
F) Por último, su amabilidad finísima —»extremada y exagerada»… llegó a decirse alguna vez— con «las niñas» del Colegio. Amaba Sor Aurea muy de veras las obras de la Compañía: en todo el mundo y, muy especialmente, en España y en Filipinas. Pero había centrado su amor y su interés, sobre todo, en el Colegio de Santa Isabel, «su» Colegio. Haber vivido en él casi sesenta y dos años, sin interrupción, y haber presenciado el desfile de generaciones y más generaciones de colegialas o «niñas», hizo que conociera a las abuelas, a las madres y a las nietas. Y que llegara a convertirse, en cierto modo, en la historia, en «la tradición viva y viviente» del mismo Colegio. En torno a su persona se había formado como una especie de halo o de «áura» de popularidad, que motivó episodios encantadores que, por su ingenuidad y por su emoción, bien pudieran pasar a las páginas de «La leyenda de oro»… A ella acudían las niñas —las externas y las internas, sobre todo las más cuitadas, las «nenas»— con sus quejas, sus problemitas y sus ira‑
i,o,tax» Hasta en la capilla la asediaban, ya en sus años últimos, romo un enjambre, y «en cadena», para decirle: «Madre, que mañana tenemos «test». Y que tiene usted que rezar por mí, para que salga bien y me den buenas notas». Y acabaron por proclamarla oficialmente «madrina» de todos los equipos del Colegio —»Angel of the Bacs»—, cuando ya frisaba en los noventa años.
En resumen: Sor Aurea dedicó toda su vida al Colegio, se entregó por completo a «las niñas»; y éstas le correspondieron, espontánea y afectuosamente, de un modo maravilloso: cumpliéndose aquello de «Amor con amor se paga».
— o —
Sor Aurea observó siempre con los Padres Paúles —sus Hermanos— una atención deferente y obsequiosa, muy cumplida y tan digna como se pudiera desear. Y para ellos, la presencia y la conversación de Sor Aurea, el ejemplo elocuente de su vida y hasta sus mismas «ocurrencias» eran un encanto. No hubo ningún otro Padre que la conociera y tratara por tantos años y tan de cerca e íntimamente como el que suscribe estas líneas…: desde 1923.
La única preocupación que la absorbía por completo en sus últimos años era «dar sus encargos finales»…; sin caer en la cuenta de que, las más de las veces, eran los mismísimos «encargos» dados muchos años antes. Véase, por ejemplo, la confidencia siguiente, repetida una y otra vez: «Mire, Padre» —solía expresarse así: son sus palabras textuales—. «Mire, Padre. Cuando yo me muera, quiero y deseo que usted acompañe mi cadáver al cementerio. No podrá estar presente mi muy amada Hermana Casilda… Así es que «deseo» que me acompañe, en representación de toda mi Familia…»
Mi respuesta era también la misma siempre: «Está bien, Hermana. Se lo prometo a usted muy de veras. Se lo prometo. Pero, ¿sabe usted?… Lo que estoy viendo es que he de ir yo mismo por delante…, y a muchos años de distancia». Entonces replicaba ella, invariablemente: «¿Habrase visto? Mire qué cosas tiene el Padre. I Vamos! ¡ Creerse que ha de morir él antes!… ¡ Pero si está usted tan fuerte y yo no soy ya más que una piltrafa!…».
Desde que me hizo por primera vez la «confidencia», tienen que haber pasado veinte a veinticinco años por lo menos. Vivía aún en Madrid su hermana Casilda, con quien mantuvo Sor Aurea correspondencia no muy frecuente. (No llegué yo a conocerla sino sólo de nombre. Murió hacia 1953, aunque era bastante más joven que Sor Aurea).
Sin embargo, contra mis previsiones, quiso Dios concederme la íntima satisfacción de cumplir los deseos de Sor Aurea. Como unomás, me sumé a su «cortejo fúnebre», mejor diría, al triunfo sin igual que rindió la ciudad de Naga a tan humilde y bondadosa Hermana. Y bien merecido se lo tenía. Mis pasos eran algo tardos, trabajosillos y «renqueantes». Por añadidura, me gané una buena insolación, que me robó el sueño y el apetito por varios días. Mas no fue todo perdido, bendito sea el Señor. Porque allí mismo quise aplicar aquel «pequeño» sufrimiento mío como en expiación de las «pequeñitas» faltas que, tal, vez, hubiera cometido la muy amada difunta hermana…
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Que desde el cielo nos bendiga nuestra querida Hermana, la inolvidable Sor Aurea. Y que salga a recibirnos cuando hayamos de emprender el viaje a la eternidad…
Padre Cipriano Oses, C. M.







