Introducción
La situación de los ancianos es una de las preocupaciones de la Iglesia hoy. Por ello el Consejo Pontificio para la Pastoral de la salud trató el tema en la XXII Conferencia Internacional sobre el cuidado de los ancianos en la vida de la Iglesia. Esta Conferencia se celebró en Roma del 15 al 17 de noviembre de 2007. Participaron representantes de todas las Instituciones católicas dedicadas al cuidado de los ancianos. En ella se ha reafirmado que la vida es don de Dios y que hay que cuidarla en su totalidad desde el nacimiento hasta la ancianidad con todas las enfermedades y achaques que lleva consigo. Los hombres no pueden, de forma arbitraria, y bajo pretexto de políticas sociales decidir sobre la vida de los ancianos sanos o enfermos.
A la vez, se ha constatado que la prolongación de la vida en la mayoría de los países es un fenómeno demográfico para el que la sociedad no se había preparado adecuadamente. No ha existido una preparación y mentalización para asumir y abordar los problemas que se derivan de este fenómeno. Se habla de muchos problemas sociales pero poco de la necesidad de acercarnos a nuestros propios ancianos que necesitan de nosotros para soportar la debilidad de sus cuerpos y la soledad de sus corazones en esta etapa final de la vida. La Iglesia, y en ella las instituciones religiosas, tenemos el ministerio de prolongar la misericordia de Cristo en esta etapa de la vida. Él pasó «haciendo el bien y curando a todos» (Heh 10,38). Él nos llama hoy a un compromiso de atención integral a este sector de la salud: los ancianos enfermos, especialmente necesitados hoy de atención, compañía, cariño y cuidados. Y esta necesidad es patente en la Iglesia, dentro y fuera de la Compañía.
En la presente reflexión vamos a tomar conciencia, de forma sintética, de los temas tratados en la XXII Conferencia Internacional sobre el cuidado de los ancianos en la vida de la Iglesia. Como hijas de la Iglesia y como cuidadoras y acompañantes de Hermanas mayores somos responsables de esta toma de conciencia. Voy a ir siguiendo, paso a paso, los temas tratados.
1. El envejecimiento mundial
El envejecimiento ya no es un proceso demográfico exclusivo de los países desarrollados, y en especial de la vieja Europa. Todas las sociedades se caracterizan por ser partícipes de este fenómeno, teniendo en cuenta que hay diferencias entre países, regiones y continentes. Según los datos de las Naciones Unidas,1 los países desarrollados se encontraban en el año 2000 con cifras en torno al 14-15% de población de 65 y más años, respecto del total, y alcanzarán el 25,9% en el año 2050. Se calcula que los países en vías de desarrollo tendrán para mitad de siglo un 14,6% de personas mayores respecto al total poblacional, frente al 5,1% del año 2000. Aunque el porcentaje de envejecimiento de los países en desarrollo no supera a los países desarrollados se observa un rápido proceso de crecimiento que casi triplica su proporción en sólo 50 años.
Esta situación afecta también a la vida consagrada y con mucha amplitud, ya que ha caído mucho en los últimos años el número de vocaciones e ingresos en los noviciados y seminarios.
Veamos algunas estadísticas que nos hablan por sí solas:
2.-Estado de salud de los mayores
La esperanza de vida es uno de los indicadores principales que permiten aproximarse al estado de salud de la población. A nivel mundial se sitúa, en el 2000, según las Naciones Unidas, en 65,4 años de edad, siendo África la región del mundo con esperanza de vida más baja (49,1 años), tanto por la pobreza como por las consecuencias del Virus de Inmunodeficiencia Humana y Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (VIH-SIDA). Europa, por su parte, supera a las demás regiones en envejecimiento, debido, sobre todo, al descenso en sus tasas de fecundidad y natalidad y al aumento del número de abortos. Las cifras publicadas por Eurostat en 20052 muestran que la esperanza de vida en naciones como España alcanza a 83,6 años para las mujeres y 76,9 en los hombres.
La incógnita más importante que los cambios demográficos suscitan, respecto a la evolución futura de la ancianidad, es la de los límites de la longevidad humana y el estado de salud que resulta de su ampliación, o lo que es igual, la esperanza de vida libre de incapacidad. En este aspecto destacamos el aumento de personas mayores que superan la franja de los 80 años, que es el grupo de población en el que se concentran la mayor parte de las situaciones de dependencia. La presencia de enfermedades no letales, cronificadas, como los traumatismos, las enfermedades respiratorias y circulatorias, los tumores, aparecen en un alto porcentaje en esta franja de edad. En los países desarrollados, en el 2016, el 30% de las personas mayores de 65 años superarán, a su vez, los 80.3 Las enfermedades neurodegenerativas, entre ellas la demencia, afecta al 15% de los mayores de 65 años y hasta el 40% en los mayores de 90. Estas enfermedades son costosas para las personas, las familias, las comunidades y las administraciones públicas.
Hemos de estar atentas al peligro de la aplicación de la eutanasia. También nos puede afectar a las Comunidades de vida consagrada. Se impone la necesidad de preparación para cuidar a nuestros mayores, a todos los niveles.
3.-Situaciones que comporta hoy el envejecimiento.
El envejecimiento de la población es expresión de un logro humano: vivir más y vivir mejor, pero a la vez es un reto al que es necesario dar respuesta. Da la impresión que la humanidad no estaba preparada para la brusca y masiva prolongación de la vida que se ha producido en los países desarrollados y para hacer frente a los problemas económicos, laborales, sociales, familiares, médicos y sanitarios que la proporción cada vez mayor de personas ancianas origina en la sociedad moderna. El progresivo aumento de mayores dependientes, está teniendo una gran importancia en la asistencia médica, la economía, los sistemas de pensiones, la vida familiar y las decisiones sobre el final de la vida. Todos los países del mundo occidental ven que no se puede seguir aumentando los gastos sociales y que los recursos son limitados frente a una demanda que crece sin cesar.4 Este tema forma parte importante de la crisis. En algunos países como España, la tan añorada Ley de dependencia no se puede desarrollar en toda su plenitud por falta de recursos económicos para ello.
El ingreso en una residencia parece ser la medida más adecuada para estas situaciones, no obstante las encuestas revelan que existe un rechazo bastante mayoritario a esta solución, hasta el punto de que, en algunas residencias las encuestas reflejan que sólo el 3% de los ancianos desearían vivir allí. Hay estudios que revelan un elevado porcentaje de suicidios en personas mayores de 65 años.5 Cuesta asumir la jubilación y experimentar la soledad. Y, aunque no se llegue a esta situación límite, nada hay más triste que la añoranza y deseo de algunos ancianos por encontrarse con la muerte. En tales casos no es morir lo que anhelan sino escaparse de unas condiciones duras de soledad y marginación. Este sufrimiento se suaviza cuando la persona experimenta el cariño y la preocupación de su entorno.
Este fenómeno también se da entre personas consagradas y entre nuestras Hermanas mayores. Les cuesta la jubilación y pasar a una casa de retiro. Pero todas sabemos que cuando una persona consagrada o una Hermana anciana se siente acogida, querida y miembro activo de su nueva Casa, espera la hora de su encuentro definitivo con el Señor con paz y tranquilidad, sin prisas de que termine cuanto antes su historia.6 La Iglesia y en ella las instituciones religiosas estamos llamadas a cumplir esta función protectora para que nadie sufra por soledad o abandono social.
4.-La acción de la Iglesia entre los mayores enfermos
El distintivo de los discípulos de Jesucristo es el amor (Jn 13,35). Las primeras comunidades cristianas manifiestan este amor en forma de hospitalidad, no solo a los que llegan de fuera sino también a los pobres y los enfermos.7 Para no descuidar esta acción caritativa en Jerusalén se instituyen los diáconos (He 6,3-7). Habrá también diaconisas como Febe de la que habla Pablo en la Carta a los Romanos (Rm 16,1), o Tabita resucitada por Pedro (He 9, 36.43).
Cuidado y atención
Esta acción hospitalaria la ha continuado la Vida Religiosa a lo largo de los siglos. En los primeros tiempos la acción caritativa se organizaba alrededor de los monasterios. Del siglo XII al XV los caminos de peregrinación a Roma, Tierra Santa y Compostela (España), están jalonados de monasterios que atienden en sus hospederías a peregrinos y enfermos. En 1.113 Roma aprueba la primera Orden religiosa: Hospitalarios de San Juan de Jerusalén a la que le siguen otras como los Hospitalarios del Espíritu Santo (1180), Templarios (1313), Trinitarios (1198), Mercedarios 1218).
Entre los siglos XVI al XVIII florecen nuevas congregaciones dedicadas por entero a las necesidades de los pobres y enfermos como la Orden Hospitalaria de san Juan de Dios (1495), la Orden de los Ministros de los Enfermos (1550), entre otras. La vida religiosa sanitaria femenina tiene el referente más significativo en San Vicente de Paúl y las Hijas de la Caridad (1.633). Los siglos XVIII al XX han visto florecer numerosas Congregaciones dedicadas al mundo de la salud, especialmente femeninas. Y entre ellas algunas con dedicación exclusiva a los ancianos. Ejemplos de esta dedicación son Santa Teresa Jornet y Santa Juana Jugan, fundadoras.
Presencia en los lugares de sufrimiento
La vida religiosa siempre ha estado presente en los lugares de sufrimiento y abandono social, siguiendo las huellas de Cristo, divino Samaritano, médico del cuerpo y del alma,8 con una entrega generosa, y no pocas veces heroica, como corresponde a la índole profética de la vida consagrada.9 Hoy está dando respuesta a las necesidades que presenta el mundo de los mayores, especialmente los mayores enfermos.
Según el INDEX las estructuras sanitarias para ancianos (casas para enfermos crónicos, asilos para ancianos, hospicios, clínicas para ancianos) impulsados por instituciones religiosas son cerca de 5.000 y suponen un 22,17% del total de las estructuras de la Iglesia en el mundo de la salud.
La espiritualidad de la hospitalidad
La acción samaritana que la vida religiosa cumple en la Iglesia, al servicio de los mayores enfermos, tiene sus raíces en una espiritualidad evangélica específica. Respondiendo a la llamada de Dios, mediante la consagración, los religiosos son manifestación de su amor. «Dejándose conquistar por Cristo Cf. Fil 3,12), se disponen a convertirse, en cierto modo, en una prolongación de su humanidad». 10 La opción preferencial por los pobres, a quienes pertenece el Reino de Dios, es algo fundamental en la vida consagrada. Los pobres nos evangelizan y nos ayudan a descubrir el rostro de Dios presente de forma especial en las personas que sufren. Benedicto XVI nos dice que «El programa del cristiano –el programa del Buen Samaritano, el programa de Jesús- es un corazón que ve. Este corazón ve donde se necesita amor y actúa en consecuencia. 11 Así, el seguimiento de Jesucristo, como lo único necesario, mueve a los consagrados a «velar por su imagen deformada en los rostros desfigurados de los hermanos».12 Entre estos rostros hoy Jesús nos reclama en los ancianos enfermos.
Hay algunos institutos cuya misión específica es la atención a los ancianos como las Hermanitas de los Pobres o las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Otros hacen voto de hospitalidad como los Hermanos de san Juan de Dios. Las Hijas de la Caridad desde los inicios de la Compañía hemos atendido a los ancianos y siempre hemos orientado nuestra misión hacia los más necesitados.
Esta opción de las personas consagradas que trabajamos en el cuidado de los ancianos tiene rasgos carismáticos y apostólicos comunes y concretos, que constituyen una riqueza dentro del patrimonio espiritual de la Iglesia.
Los rasgos de esta identidad carismática son: Vivir y testimoniar el amor de Dios a los hombres sufrientes, configurándonos con Jesucristo como misericordia del Padre, mediante la práctica de la caridad hasta el heroísmo, si fuera necesario. Amar al ser humano de tal forma que, a través de nuestra caridad, experimente la ternura de Cristo y la liberación redentora que Él realiza a través de nuestro servicio y misión.
En todos los Institutos de Vida consagrada, la atención se dirige: a los ancianos desvalidos, preferentemente pobres; a los enfermos físicos y mentales; a quienes sufren a causa de la edad, la pobreza, la soledad u otras dificultades y también a los miembros propios de nuestros Institutos que son ancianos y se encuentran desvalidos.
Este compromiso eclesial lo realizamos: Mediante el servicio y la asistencia corporal y espiritual, de acuerdo con las distintas realidades socioculturales. Con voto especial de asistencia a los pobres en nuestro caso de Hijas de la Caridad.
La confluencia de rasgos de identidad carismática facilitan y hacen posible la colaboración intercongregacional y la ayuda de los Institutos más numerosos y expandidos a otros menos numerosos y extendidos con necesidades muy acuciantes. Es una forma de manifestar y hacer creíble la comunión eclesial.
5.-Desafíos para toda persona cristiana
La vida religiosa siempre ha estado atenta a los signos de los tiempos13 para responder a las llamadas de Dios en las necesidades de los pobres y enfermos. En este servicio de atención a los mayores dependientes las instituciones religiosas se enfrentan con algunos desafíos a los que es necesario dar respuesta para seguir anunciando el Evangelio en el mundo de la salud.
5.1. Ayudar a morir dignamente en una sociedad tecnológica
El arte de acompañar a los moribundos no es tarea fácil. Por un lado la muerte se ha convertido en tema «tabú». Se ha afirmado que en nuestra sociedad occidental se oculta el hecho de morir, se evita el pensar en la muerte.14 Además, el secularismo y laicismo de la sociedad y la pérdida de valores humanos y cristianos hacen que la persona carezca de una explicación última sobre la muerte. Se vive como si no se tuviera que morir.
Por otra parte el debate en torno a la muerte digna en nuestro contexto cultural resulta prácticamente estéril, pues la noción de dignidad se utiliza para defender aspectos contrapuestos entre sí;15 se utiliza, por ejemplo, para defender la eutanasia y, simultáneamente, para defender el encarnizamiento terapéutico. Otras cuestiones éticas que se plantean son la discriminación en la en la asignación de los recursos por razones de edad, cuestiones relacionadas con el fin de la vida y una multitud de dilemas asociados con la asistencia de larga duración y los derechos humanos de las personas mayores pobres y con discapacidad.
Esta situación nos lleva a algunos planteamientos:
-En el debate ético en torno al morir es fundamental introducir la noción de vulnerabilidad, reconociendo la fragilidad del ser humano,16 asumiendo que el poder de la ciencia es limitado y tratando de acompañar a la persona a vivir sus últimos momentos desde la serenidad.
-Reconocer la dignidad del enfermo, imagen de Dios, del Dios débil de la cruz, sabiendo descubrir lo que ellos nos ofrecen. La atención cariñosa a un anciano terminal nos proporciona realismo, y para los creyentes es un continuo ejercicio de esperanza en la vida definitiva y eterna.
No soy experta para desarrollar las situaciones que se derivan de esta nueva forma de afrontar la muerte, objeto de debate social en nuestra sociedad, pero sí advertir la necesidad de abrirnos a la reflexión dentro de nuestras instituciones, cuidar la formación en bioética y establecer comités que ayuden a resolver los problemas que se nos plantean en este aspecto. Hay instituciones religiosas que están abordando muy bien este desafío como la Orden Hospitalaria de san Juan de Dios, los Religiosos Camilos o la Congregación de Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, entre otras. No siempre es posible curar y tratar de curar. En determinadas circunstancias límites resulta contraproducente, pero siempre es posible cuidar. Cuando un enfermo se siente dignamente acompañado, entonces vive ese último tramo de su vida de modo digno y puede decirse con razón que muere bien.
5.2. Impulsar los cuidados paliativos
Existe en nuestra cultura, como ya hemos dicho, el rechazo a la muerte que corre paralelo con el culto a la juventud. Esto ocasiona actitudes de huída, de uso y abuso de unidades intensivas, de olvido de las necesidades del enfermo. Como respuesta a estos problemas y como un derecho humano básico, cuando el cuidado curativo ya no es accesible, existen los Cuidados Paliativos (CP), cuyo objetivo, según la OMS, es el cuidado activo total del paciente cuya enfermedad no responde al tratamiento. Con los Cuidados paliativos se ayuda a las personas a morir con dignidad, o mejor dicho, a vivir con dignidad hasta que mueran. Se trata de integrar los logros científicos con los aspectos humanitarios porque ciencia y humanización no son realidades antagónicas.
Son muchos los autores que creen que antes de asumir los graves riesgos inherentes a la despenalización de la eutanasia en sentido estricto, debe profundizarse mucho más en el cuidado paliativo como alternativa preferencial y respuesta positiva a la persona que vive la proximidad de la muerte.
5.3. Cuidar del cuidador/a compartiendo los carismas
En el servicio y cuidado del enfermo no sólo es fundamental el reconocimiento moral de la persona cuidada, en nuestro caso del mayor enfermo, sino también del que lo cuida. Entre los cuidadores son cada vez más numerosas las personas seglares que trabajan en los centros de salud dirigidos y gestionados por instituciones religiosas. Esta situación, que puede haberse generado por la disminución de religiosos a causa de la falta de vocaciones, debe ser una oportunidad para compartir nuestros carismas, dones del Espíritu que tienen un destino universal para bien de la humanidad, y para favorecer la comunión y misión de los laicos en la Iglesia.17
Además, la secularización creciente de nuestra sociedad, especialmente en los países desarrollados, nos desafía a colaborar no solo con quienes se identifican como católicos, sino también con personas de otras religiones y personas de buena voluntad aunque no tengan una visión de fe. El texto bíblico del encuentro entre Pedro y Cornelio (Hch 10, 34-48) nos pone de manifiesto la naturaleza inclusiva del Reino cuyos confines y miembros sólo Dios puede determinar. El «no hace acepción de personas sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato» (v. 34). Es necesario seguir estudiando la situación y plantearse cómo van a seguir funcionando las actividades y, especialmente, como van a seguir siendo carismáticamente evangelizadoras, cuando no hay más consagradas/os que mayores en ellas.
Esta realidad nos urge a «ensanchar el espacio de nuestra tienda» (Cf Is 52), a impulsar una misión compartida, que es no solo la propuesta de un espacio concreto de trabajo sino también un ámbito de comunión, el ser parte de un mismo carisma. Compartir valores, fuerza del carisma y cultura institucional, cuidar la selección y formación del personal colaborador y velar por las condiciones de trabajo, entre ellas la retribución salarial, son aspectos necesarios para conservar la identidad de la institución y para formar comunidades hospitalarias que sean agentes de evangelización en el ejercicio del ministerio de la sanación.
5.4. Cuidar las instituciones dedicadas a los ancianos
La atención a la persona mayor enferma se desarrolla en instituciones como son el hospital, la residencia o en la atención a domicilio. En muchos casos estas instituciones son propiedad de la Iglesia o gestionadas por ella, como hemos visto en el anterior cuadro estadístico. Pero reconocemos que lo que define a un hospital, o centro asistencial no son sus infraestructuras, aunque este aspecto no se pueda desdeñar, sino el talante moral que se respira en ellas, el trato a las personas, especialmente a la persona enferma. Por ello el centro de gravedad de estas instituciones debe ser la persona vulnerable, y todos los agentes de salud deben regularse por esta ley.
Además, aunque los centros y servicios gestionados por instituciones religiosas no pueden ser lucrativos, deberán prever los ingresos necesarios no sólo para financiar los recursos humanos, sino los técnicos y las infraestructuras, buscando un equilibrio entre las necesidades económicas y los requerimientos éticos, conciliando las «buenas intenciones» con las necesidades del mercado y la ley de la oferta y la demanda, buscando que todo redunde en una mejor calidad de la asistencia.
5.5. Comprometerse con los últimos
Los consagrados seguimos a Jesús que en el comienzo de su ministerio proclama en la sinagoga de Nazaret que el Espíritu lo ha consagrado para llevar a los pobres la Buena Nueva, para anunciar la liberación a los cautivos, restituir la vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos, y predicar un año de gracia del Señor (Cf Lc 4, 16-19). La vida religiosa ha estado siempre cerca de los últimos, siendo este un criterio constante de discernimiento a la hora de tomar decisiones apostólicas. También en este campo tenemos una llamada a trabajar en los países en vías de desarrollo en los que las personas mayores enfermas sufren en mayor desamparo. Esta llamada se concreta en:
-Prestar mayor atención a las personas que envejecen en las zonas rurales (un 60% en todo el mundo). Son los más solos, tienen pocos medios y difícil acceso a los servicios sanitarios y sociales.
-En muchos países en vías de desarrollo, la proporción de personas ancianas que viven en suburbios y chabolas está aumentando mucho a causa de la emigración con riesgo de aislamiento social y mala salud.
-En todos los países del mundo las familias proporcionan la mayor parte del apoyo a los ancianos necesitados de ayuda. Cada vez más se recurre a la protección social pero en los países en desarrollo los programas son mínimos y no llegan a todos.
5.6. Impulsar la Pastoral de la salud
La enfermedad es una experiencia de finitud e impotencia que despoja a las personas de su propia seguridad. Ayudar al enfermo no es solo mejorar su patología sino responder a otras demandas que requieren una gran dosis de humanismo y sensibilidad. Con frecuencia se cuida la atención técnica pero se descuida la humana y espiritual.18 Las estadísticas constatan que la religiosidad aumenta en las personas mayores19 y que, la ruptura de tantas ilusiones y el encuentro con el dolor, es una ocasión propicia para que pueda nacer la única Esperanza, la esperanza de la fe. El trabajo pastoral debería hacer un respetuoso y prudente esfuerzo para animar la fe dormida, para que el enfermo, desechando todo temor, experimente a Dios no como juez sino como Padre que sale cada mañana soñando la vuelta del Hijo Pródigo (Cf La 15, 11-31).
La presencia de los religiosos, de los pastoralistas, es fundamental pues las verdades que afectan a lo más profundo del hombre solo pueden comunicarse con un corazón lleno de humanismo y delicadeza,20 lleno del mismo amor de Dios.
6.- Los problemas de las mayores son de todas
1) Marginación y soledad
El desarrollo de este fenómeno, relativamente reciente, surge de la mentalidad que reina en nuestra sociedad, que ha concentrado toda la atención en la eficacia, en el hacer más que en el ser y en la imagen atractiva de la persona eternamente joven. En la ancianidad las responsabilidades institucionales son eludidas, con la consiguiente pérdida de relación social. La persona consagrada que ha centrado toda su ideal en el hacer, más que en el ser, cae en la depresión, sentimiento de marginación y soledad cuando no puede hacer. No es capaz de descubrir otro sentido a su vida. Esta situación afecta a bastantes Hermanas mayores.
La dimensión más dramática de esta marginación es la falta de relaciones humanas, que hace sufrir a la persona anciana, no sólo por el alejamiento de la misión directa de servicio a los pobres, sino porque cuando se pierde el sentido pleno de la misión como ofrenda, se llega al abandono, la soledad y el aislamiento. Con la disminución de los contactos interpersonales y sociales, comienzan a faltar los estímulos, las informaciones, los instrumentos culturales… Es una situación que requiere ayuda y motivación.
Las mayores se marginan, con relativa frecuencia, al ver que no pueden cambiar la situación por estar imposibilitadas para trabajar y poder participar en la toma de decisiones. Entonces terminan perdiendo el sentido de pertenencia y de misión, encerrándose en sí mismas y sus achaques. Este problema nos concierne a todas… Es tarea nuestra, de la Comunidad local, intervenir, organizar bien las actividades de las mayores para facilitar la participación, la información, mantener la mente activa con actividades estimuladoras y creativas para evitar la marginación, el abandono y el deterioro físico y psíquico.
2) Pérdida progresiva de autonomía
Con el paso del tiempo, normalmente aparecen limitaciones de salud y en muchos casos, pérdida progresiva de autonomía, que no siempre se reconocen y aceptan. La comunidad consciente de sus propios deberes hacia las generaciones ancianas, que han contribuido a edificar nuestro presente, debemos ser capaces de crear los actividades y servicios apropiados. En la medida de lo posible, las Hermanas ancianas deberían permanecer en el propio ambiente, contando con los apoyos que ofrece la sociedad: la asistencia a domicilio ofrecida y recibida, centros de día, sobre todo en los casos de Alzheimer, los centros culturales de mayores, etc. Hay que discernir cada situación.
En todo caso, hemos de respetar la autonomía y la personalidad de cada Hermana, garantizándole la posibilidad de desarrollar actividades vinculadas a sus propios intereses. Y para fomentar y facilitar su autonomía no debemos por el imperativo de la prisa, hacer por ellas, lo que ellas son capaces de hacer. A la vez, hemos de prestarles todas las atenciones que requiere la edad que avanza, dando a la acogida una dimensión lo más cercana y familiar posible.
3) Necesidad de formación y ocupación
La separación del mundo del trabajo y de todo lo relacionado con él se realiza a veces de forma brusca, poco flexible, hecho que provoca inseguridad personal. No es raro que busquen una ocupación. Es preciso satisfacer ese anhelo de seguridad, proporcionando a las Hermanas mayores oportunidades que les permitan permanecer activas en lo que cada una pueda hacer, expresar su creatividad y, sobre todo, desarrollar la dimensión espiritual de su vida. Parece comprobado el hecho de que la jubilación obligatoria da comienzo a un proceso de envejecimiento precoz, mientras que el desarrollo de una actividad posterior a la edad de la jubilación produce un efecto benéfico en la calidad de la vida.
El tiempo libre de que disponen es el principal recurso que se ha de tener en cuenta para volverles a dar un papel activo, promoviendo su acceso a nuevos campos de misión: escucha, catequesis, animación de grupos de vida ascendente, visitas a domicilio, colaboración en algunas tareas de servicio directo a los pobres, participación en talleres de manualidades o iniciación a las nuevas tecnologías. También es nuestra responsabilidad como animadoras de la formación o responsables de casas de Hermanas mayores, motivar su compromiso en trabajos apostólicamente útiles y su apertura a experiencias de servicio y de voluntariado.
4) Necesidad de participación
Está comprobado que los ancianos, cuando se les presenta la oportunidad, participan activamente en la vida social, tanto en el plano civil como en el cultural y asociativo o religioso. Lo confirma el hecho de que en el campo del voluntariado, muchos puestos de responsabilidad estén ocupados por jubilados. Es preciso rectificar las imágenes erróneas que se dan del anciano, así como los prejuicios sobre ellos. Se debe dar a los ancianos la posibilidad de participar y ejercer influencia en su entorno. Ha de fomentarse, pues, la creación de asociaciones de ancianos y hay que apoyar aquellas ya existentes que, como desea Juan Pablo II, «deben ser reconocidas por los responsables de la sociedad como expresión legítima de la voz de los ancianos, y sobre todo de los ancianos más desheredados».21
Es necesario poner remedio a la cultura de la indiferencia, al individualismo exasperado, la competitividad y el utilitarismo, que actualmente constituyen una amenaza en todos los ámbitos de la convivencia y casi sin darnos cuenta se nos puede meter en la Comunidad. Hemos de evitar toda ruptura entre las generaciones, promoviendo la participación y la comunión fraterna en todas las situaciones. Es necesario buscar un bienestar y una justicia social que no olviden colocar a la persona humana, y su dignidad, en el centro de sus objetivos.
Conclusión
Queda todavía mucho por hacer y las instituciones religiosas hemos de seguir respondiendo a este reto de cuidar a las personas mayores enfermas, siguiendo el ejemplo de nuestros Fundadores que dieron comienzo a este camino. Va cambiando el modo de acogida y ayuda, pero no puede cambiar el amor gratuito de la entrega, «porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor».22
- Las personas Mayores en España., Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, Informe 2006
- Oficina Estadística de la Comunidad Europea
- Instituto Nacional de Estadística (INE). Proyecciones de la población española calculada a partir del censo de 2001.
- Las personas Mayores en España., Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, Informe 2006 (p. 139).
- El suicidio en la ancianidad en España, Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 73 (1996) 127-148
- Envejecer: destino y misión, E. López Azpitarte (1999).
- Cf. Hospitalidad, Diccionario Teológico de la Vida Consagrada. Publicaciones Claretianas, 1989
- Cf. Juan Pablo II, Savífici doloris, 28-30
- Cf. Juan Pablo II, Vita Consecrata, 83
- Juan Pablo II, Vita Consecrata, 76
- Benedicto XVI, enc. Deus Caritas est, 31
- Juan Pablo II, Vita Consecrata, 75
- Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes (GS), Nº 4
- Cf. Ariès, Ph., El hombre ante la muerte: Taurus, 1992
- F. Torralba, Morir dignamente., Bioética &Debat, 1998.
- Cf. J Masiá, El animal vulnerable. Madrid Universidad de Comillas, 1997
- Cf . Juan Pablo II, enc. Christifideles laici, 1988
- E. LÓPEZ AZPITARTE. Envejecer: destino y misión. San Pablo 1999, P.176-177
- Idem, 157
- Idem, 195
- Enseñanzas y discursos de Juan Pablo II, Tomo V, 3 (1982), p. 130.
- Benedicto XVI, Deus Cáritas est, 29






