Silvino Martínez

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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P. Silvino Martínez

18-02-00

Pamplona

BPZ, Febrero, 2000

mso6E10B(Viana, 12 de Septiembre de 1920 – Pamplona, 18 de Febrero de 2000)

«No penséis en lo antiguo, advertía el mismo Dios en la lectura del profeta Isaí­as, mirad que realizo algo nuevo».. Algo nuevo que tiene relación con el soplo de vida que Cristo exhala en el Evangelio cuando le dice al paralítico aquello tan sorprendente de «Tus pecados quedan perdonados». En medio de este mensaje de expectativa y de esperanza, celebra­mos ahora el funeral por el eterno descanso de nuestro hermano el P. Silvino Martínez que fa­llecía ayer en esta ciudad de Pamplona a los 79 años de edad.

Había nacido en la fronteriza ciudad de Viana el 12 de Septiembre de 1920, siendo sus padres D. Daniel y Dña. Miguela. A los doce años ingresó en esta Apostólica de Pam­plona, donde permaneció hasta 1935, tiempo en el que inició un recorrido por Guadalajara, Murguía y Tardajos hasta 1937. En este año comienza el Noviciado en esa misma localidad de la Provincia de Burgos para pasar después a Villafranca del Bierzo (León) y acabar haciendo los votos perpetuos en Hortaleza (Madrid) el 27 de Septiembre de 1939. En ese mismo lugar realiza estudios de Filosofía hasta 1942; fecha en la que se traslada a Cuenca para cursar la            Teología durante cuatro años. Termina este periodo de formación siendo ordenado de sacer­dote el 15 de Junio de 1946 en la Villa de Madrid.

Se suceden a partir de este momento los destinos propios en la vida de un misio­nero. Entre 1946 y 1952 ejerce como profesor en el Seminario de Ervedelo en Orense. Parte de aquí hacia el Perú, donde desempeña el ministerio sacerdotal a lo largo de 10 años. A su regreso; en 1962, inicia una serie de destinos que le llevarán sucesivamente a esta casa de Pamplona, Madrid, Cartagena y Zaragoza. Ya en 1978 es enviado a la comunidad de Pamplona­Residencia, desde la que ejerció finalmente su ministerio y en la que ha vivido hasta ayer. Aho­ra ya, descansa para siempre en la misión del Cielo.

Me llamaba la atención cuando lo visitaba en estos últimos años la insistencia con que me planteaba dos temas de Teología: el de la salvación, ¿quién puede salvarse?; y el del más allá: ¿cómo será el cielo, y por toda la eternidad? Curiosamente, y podríamos decir que por casualidad, hay en las lecturas de hoy un atisbo de respuesta a esas cuestiones.

‘No penséis en lo antiguo, leíamos en la primera, mirad que realizo algo nuevo». Consiste eso nuevo en fecundidad y vida. Y viene ofrecido a nosotros por un Dios que borra los crímenes de los hombres y olvida los pecados de su pueblo. Es, por tanto, un Dios que rescata y perdona. Un Dios que fundamenta en la misericordia y en la comprensión los cimientos de un nuevo existir. Por eso, en adelante, ya no hemos de mirar al pasado, sino que hemos de adentrarnos en lo que está por venir; ya no hemos de anclarnos en lo conocido, sino que hemos de arriesgarnos a lo que intuimos; ya no hemos de refugiarnos en la nostalgia, sino que hemos de abrirnos a la esperanza. Y desde una perspectiva así, de olvido de las culpas, de perdón de las faltas, de aliento de vida, entendemos la salvación como una oferta de gracia que el mismo Dios nos hace a todos los hombres.

Y para que no quede esto en meras palabras, Cristo aparece en el Evangelio haciendo verdad la promesa del profeta. Hasta Él es llevado un hombre pecador y enfermo a la vez. ¿Cuál será su salvación? Naturalmente, la salud y el perdón. Y es ahí donde Cristo actúa: viendo la fe de aquellos hombres, pronuncia la frase definitiva en un tono tierno y afectivo:

«tus pecados quedan perdonados». Hay quienes dudan entre los que miran y quienes lle­gan a pensar incluso que blasfema. Y es entonces cuando dice palabras sorprendentes: «para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados… » Son éstas unas palabras de gran importancia en el Evangelio de Jesús. Él quiere establecer con su acción una co­nexión entre lo que se ve (la curación) y lo que no se ve (el perdón); quiere unir con su gesto la palabra y los hechos, la fe y las obras.

Y esto es de enorme transcendencia para nuestra realidad de cristianos. Una rea­lidad tal vez demasiado llena de discursos, declaraciones, homilías, sermones, palabras e inclu­so ritos; pero una realidad probablemente escasa en obras, demasiado deficitaria en vida fecunda. Es por eso por lo que tenemos que fijarnos en el ejemplo de Cristo para aprender a unir co­mo él la palabra y la vida, lo que celebramos y lo que vivimos.

Y es que lo primero que esperan los hombres de todos nosotros, los creyentes, es coherencia, honradez, que se note aquello que somos. El mundo pide, exige y espera que se vea que Dios es Padre en que nosotros nos comportamos como hermanos; que se vea que buscamos la salvación total del hombre en nuestro compromiso por la evangelización de los más pobres; que se vea la dignidad altísima del Hijo de Dios en nuestro empeño por dotar de una vida digna a todos los hombres; que se vea el honor y la honra de Dios en el respeto delicado y exquisito que tributamos a todos nuestros semejantes; que se vea que esperamos un Reino de justicia y de paz en que trabajamos paciente y tesoneramente por construirlo ya desde ahora; que se vea, en definitiva, todo lo que decimos en todo lo que hacemos.

Si no es así, si nos limitamos únicamente a hablar o a celebrar, la gente tendrá derecho a pensar que el Evangelio del perdón no es más que una coartada espiritualista. Pensa­rán que nuestras oraciones son solamente pequeños consuelos emocionales. Mirarán la liturgia como algo trasnochado y la Eucaristía como un rito insignificante.

Tenemos, por eso, que mostrar la fuerza de nuestra fe como lo hacía Jesucris­to. Tenemos que vivir el Evangelio con coraje y entusiasmo, haciendo latir el corazón de Dios allí donde nos encontremos: ese corazón de Dios que abre caminos en el desierto y ríos en el yermo; que apaga la sed de su pueblo y sacia el hambre de los indigentes; que enciende estre­llas en la noche y trae frescor y calma a nuestras vidas cansadas.

Testigo de todo esto era el apóstol san Pablo en la segunda lectura. En Cristo, aseguraba con fuerza, todo se ha convertido en un sí para el hombre. El nos ha ungido, él nos ha sellado y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu». Hay ya, por tanto, una vida nueva en nosotros por la fuerza del Espíritu. Es cuestión ahora de que dejemos cre­cer esa vida: de que de verdad nos sepamos de Dios y en Él creamos y desde Él vivamos. Y po­dremos entonces alumbrar en el mundo unos cielos nuevos y una tierra nueva. Podremos alen­tar la esperanza y anticipar el Reino que anhelamos.

A ese Reino ha sido ya llamado definitivamente el P. Silvino. Bautizado en la Iglesia y sacerdote en la Congregación, culmina una vida de fe y se abre a otra de contempla­ción amorosa de Dios. Que bajo la mirada atenta de María y fijándonos nosotros en su modelo sepamos nosotros crecer cada día en una fe viva y en un amor activo.

Santiago Azcárate

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