Hace algo más de un año, el Papa Benedicto XVI convocaba otro Año de la fe mediante la Carta apostólica bajo forma de «motu proprio» Porta fidei (11 de octubre de 2011). El anterior fue convocado por Pablo VI, a través de la Exhortación apostólica Petrum et Paulum apostolos (22 de febrero de 1967). En la clausura del mismo se pronunció el famoso Credo del Pueblo de Dios.
Hablar de la fe -no sólo durante este año- es referirse a Dios, o mejor, a la imagen que tenemos de Él. Los múltiples análisis de la situación actual hablan pocas veces con profundidad del desamparo y de la angustia de tantas personas cuyo «Dios» no les contesta. Un autor como G. Mura habla, sobre todo, de la «nueva pobreza», escasamente considerada entre nosotros en nuestra praxis, de aquellos que viven en la soledad y la angustia y no encuentran sentido a su existencia. Es más difícil deshacerse de una concepción insuficiente o deformada de Dios que mantenerse abierto al anuncio de un Dios que sana, aunque ello nos parezca contradictorio.
Por este motivo, con la intención de actualizar nuestra fe como respuesta al Dios cristiano, que «nos habla como amigos» (cf. Dei Verbum,2), proponemos siete desafíos concretos, que, según nuestra modesta experiencia, no nos dejan indiferentes (cf. Ap 3, 16). Somos conscientes de que dirigimos nuestras palabras a acrisolados misioneros vicencianos (sacerdotes y hermanos: todos cohermanos): de ahí nuestro pudor, al menos inicial, al escribir estas propuestas.
1) Ahondar en el misterio de Jesucristo (como Verbo encarnado)
Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho carne, es la «clave de bóveda» del edificio de nuestra fe. Nuestras Constituciones reclaman que «como testigos y mensajeros del amor de Dios debemos rendir veneración y culto peculiar a los misterios de la Trinidad y de la Encarnación» (C 48). Dios que viene al hombre, es el hombre que venía de Dios: «Éste es nuestro Dios y ningún otro es comparable a Él. Descubrió el camino del conocimiento y se lo enseñó a su siervo Jacob y a su amado Israel. Después apareció en la tierra y convivió entre los hombres» (Ba 3, 36-38). Muchas son las implicaciones pastorales que sugiere esta perspectiva, entre ellas, la necesidad de la inculturación. No únicamente en la línea de una «consideración berulliana» de la Encarnación, elevada primordialmente. Sino también coherentes con una reflexión cristológicafraguada en un conjunto de hechos (historisch), y a partir de sus correspondientes retos presentes (gesichtlicht), con arraigo dogmático, como acertadamente subraya J. Sobrino.
2) Vivir una espiritualidad auténticamente vicenciana
¡Cuántas veces nos hemos encontrado, «mysterium fascinans et tremendum», misioneros paúles que beben casi exclusivamente, en materia de espiritualidad, de fuentes distintas a la vicenciana! Dicho sea con el mayor respeto del mundo: siempre nos ha interrogado esta disposición y práctica, que da, a la sazón, más sentido a sus vidas. Consideramos que, desde nuestro punto de vista, la espiritualidad auténticamente vicenciana es como «agua que salta hasta la vida eterna» y que quien bebe de ella, ya nunca tendrá más sed (de otras aguas). Y, como el agua, la mencionada espiritualidad está muy clara y es, de sobra, su-ficiente: «las tres íntimas disposiciones del alma de Cristo que el Fundador recomendaba»: amor y reverencia al Padre, caridad compasiva y eficaz con los pobres, docilidad a la Divina Providencia; y, por otro lado, «las cinco virtudes sacadas de su peculiar visión de Cristo»: sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación, celo por las almas.
3) Ser genuinos desde la generatividad
El tema de la fidelidad está a la última entre los eclesiásticos. También el de la creatividad. Nosotros, misioneros paúles del siglo XXI en proceso de reconfiguración para la unión real de algunas Provincias, no rehusamos esta tendencia. No está mal. Pero existe un plus que debemos actualizar, quizá como peaje para ser creíbles, pues la idea a la que apuntamos está más allá de nuestra propia realidad: la «generatividad» (consecuencia natural de las personas que viven volcadas fuera de sí). Somos lo que somos, sin ocultamientos. Esta situación se convierte en ocasión propicia para ser «generativos», esto es, maduros y con capacidad de amar: «Un buen test para saber si alguien es maduro y con capacidad de amar es preguntarnos: ¿qué deja tras de sí? Y es que la persona generativa va dejando parte de sí en la realidad amada y, en la medida de sus posibilidades, la va transformando para otros». El gran psicoanalista E. Erikson, tras sus denodados esfuerzos por lograr su identidad en su juventud, lo expresó con otras palabras, reconociendo en sus palabras que nuestro celibato no es estéril y, por consiguiente, en vano: «Existen personas que no aplican esta tendencia (parental) a su propia descendencia, sino a otras formas de preocupación altruista de creatividad que pueden absorber sus tendencias parentales […] el concepto generatividad incluye la productividad y la creatividad […] tiene que ver con la capacidad para perderse uno mismo». De lo contrario, nos las seguiremos viendo con el estancamiento, algo que nos martiriza sobremanera, y no lograremos «organizar la caridad» para que sea nuestro distintivo ministerial.
4) Dialogar sin prejuicios con la cultura actual
Son muchas las definiciones de la palabra «cultura». Optamos por una, heredera de la época conocida como Modernidad, de la que no debemos sustraernos: «La cultura puede ser el conjunto complejo de asuntos espirituales, materiales, intelectuales y emotivos específicos, que caracterizan una sociedad o grupo social. Ésta incluye no sólo las artes y las letras, sino incluso modos de vivir, los derechos fundamentales del hombre, sistemas de valores, tradiciones y creencias». Es decir, toda nuestra vida. La Modernidad ha introducido en el mundo de la cultura una serie de hechos que afectan tanto a la objetividad como a la subjetividad de lo religioso y que plantean la necesidad de un cambio de paradigma y eliminación de prejuicios en nuestras concepciones vitales. Que el mundo se cierre al Evangelio no justifica que nosotros nos cerremos al mundo. Él es el destinatario de la Buena Noticia. En lugar de lamentarnos, oigamos lo que el Dios de la vida nos está diciendo, y miremos en nuestro interior para ver si conservamos el espíritu del Evangelio. El desaliento, en demasiadas ocasiones, nos acecha porque somos barro, y la debilidad pertenece a nuestra naturaleza. Pero sabemos bien lo que debemos hacer: se trata, en definitiva, de: «Preparar el camino del Señor. Si los obstáculos están a nivel de la libertad para ‘conocer el don de Dios’ (cf. Jn 4, 10), entonces es crucial una compleja liberación previa del deseo, como en el pasaje de Jesús con la Samaritana (cf. Jn 4, 15)».
5) Prestar atención ala enseñanza doctrinal y a la forma pastoral del Concilio Vaticano II (1962-1965), asumiéndolas graciosamente y con de-voción
Sobre todo, sus cuatro Constituciones, que son fundamentales para nuestra existencia cristiana:
«Lumen Gentium», opción por una Iglesia como comunión; «Dei Verbum», la primacía de la Palabra de Dios en la Iglesia; «Sacrosanctum Concilium», la centralidad de la Liturgia y la Eucaristía en la Iglesia; «Gaudium et Spes», el diálogo amistoso de la Iglesia con el mundo. Se necesita todavía una recepción más profunda del Concilio. Como alguien ha dicho, ella exige cuatro pasos sucesivos: conocer el Concilio más amplia y profundamente, asimilarlo internamente, afirmarlo con amor y llevarlo a la vida. Mejor y más claro no se puede decir. Más alto, quizá sí. Son palabras que se convierten en una fuerte llamada de atención desde el significado de la reconocida expresión signos de los tiempos. Por eso, en el título de este apartado hemos mencionado dos palabras: graciosamente (sin atisbo de ironía): como gracia teologal; y de-voción: como llamada producida desde el interés o valor que posee algo o alguien.
6) Intensificar conscientemente el primer anuncio
Nos referimos a aquellas acciones evangelizadores, espontáneas u organizadas, realizadas por personas o grupos, que tienen como finalidad proponer el mensaje nuclear del Evangelio (Cristo, muerto y resucitado, mediador de la comunión con Dios) a quien no conoce a Jesús, a quien habiéndolo conocido se ha alejado de Él, y a quien, pensando conocerle, vive una fe superficial. Con la intención de suscitar en éstos una primera conversión o una revitalización de la fe viva en Él. X. Morlans llama a este «primer anuncio» el eslabón perdido. ¡Cuántos momentos oportunos hallamos, sobre todo en nuestro ministerio parroquial, para realizar esta acción pastoral, misionera por antonomasia: circunstanciales diálogos en el despacho parroquial, numerosas preparaciones del sacramento del Bautismo y del Matrimonio, orientaciones espirituales, diversos funerales o algunos encuentros con jóvenes y adultos en «atrios de los gentiles», que son, por ejemplo, las calles o plazas de nuestras ciudades o el mundo virtual, cada vez más presente en nuestra vida cotidiana! Ocasiones que manifiestan una «password» concreta: búsqueda (cf. Ef 2, 14-16). A este respecto, es muy de agradecer la iniciativa vaticana conocida como «Cortile dei Gentili» («Atrio de los Gentiles») a través, y no sólo, de Internet.
7) Suscitar una Pastoral vocacional e-vocadora y pro-vocadora, mistagógica y pedagógicamente mediada
La mistagogía vocacional, ligada a la oración, es el arte de sumergirse en el Misterio (oculto y revelado por el mismo Jesucristo y en el mismo Jesucristo): buscando y encontrando a Dios; al mismo tiempo, buscándose y encontrándose a sí mismo en Dios. Éste se convierte en «tesoro llevado en vasijas de barro» (cf. 2 Co 4, 7), valioso por naturaleza, pero sustentado en la propia fragilidad y contingencia de nuestro ser sujetos vocacionales que necesitan continuamente ser rehabilitados. Porque, en ocasiones, perdemos hasta la nostalgia del Absoluto y vivimos, según la conocida expresión de Dietrich Bonhoeffer, «etsi Deus non daretur» («como si Dios no existiera»), en lugar de ver con el corazón («fides oculata», es decir, «visión creyente»), con un amor que nos da unos ojos que nos permiten una visión diferente (cf. Lc 24, 31). Una adecuada pedagogía vocacional, en primer lugar, nos debería «e-vocar» lo que Pedro entendió ante Jesús transfigurado: «Señor, qué bien estamos aquí» (Mt 17, 4); y lo que Pablo, citando a Isaías (cf. Is 52, 7), sentía ante la tarea de anunciar el Evangelio: «¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias!» (Rom 10, 15); en segundo lugar, «pro-vocar», logrando sacudir a la persona de su modorra e impulsándola hacia un proyecto de superación, no buscando seguridades, siguiendo la llamada de un Dios amigo y exigente en las condiciones del mundo.






