Si alguien quiere venir en pos de mí…

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Autor: Antonino Orcajo .
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asdLa llamada de Jesús a seguirle implica muchas y radica­les renuncias: negación de .sí mismo, ruptura total con la ideología del mundo, desprendimiento efectivo de la familia, aceptación ge­nerosa de la cruz de cada día. El Señor nos invita a participar en su vida y muerte, para ser con él glorificados. Nuestra corona, des­pués de padecer con Jesús, será la gloria del Reino futuro.

Vicente de Paúl llama lisa y llanamente «mortificación» a to­da esa cadena de sacrificios impuestos por el seguimiento de Je­sús. Lo que nosotros entendemos por ascesis y otros ejercicios que contrarían las apetencias de la naturaleza humana va todo in­cluido en la práctica de la mortificación:

«Se trata de un consejo que les da nuestro Señor a quienes desean seguirle, a quienes se presentan a él para eso. «¿Que­réis venir en pos de mí?» —Muy bien. ¿»Queréis conformar vuestra vida a la mía?» —Perfectamente. Pero, ¿sabéis que hay que comenzar por renunciar a vosotros mismos y seguir llevando vuestra cruz? (cf. Mt 16,24; Lc 9,23)».

  1. EL SEGUIMIENTO DE JESÚS Y LAS RENUNCIAS

Jesús aparece de nuevo como modelo acabado de mortifica­ción. Sujeto al trabajo cotidiano y sometido a la voluntad del Padre, se niega a predicar una doctrina suya: «Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me ha enviado» (Jn 7,16). «Lo que el Pa­dre me ha enseñado, eso es lo que hablo» (Jn 8,27), como si dije­ra: «Mi conocimiento y mi entendimiento no son míos, sino de mi Padre; yo me fijo en el juicio que El hace de las cosas y juzgo de la misma forma».

Jesús renuncia además a su voluntad y a hacer las obras de su gusto: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). La mortificación de Jesús com­prende, por consiguiente, toda su persona y guarda relación estre­cha con el designio del Padre.

Seguir a Jesús es ponerse en camino para llegar al Padre. Los cristianos no conocemos otro medio: «Yo soy el camino, la ver­dad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). En cuanto camino, Jesús nos revela al Padre y nos ofrece el único acceso de llegar a El (cf. Jn 14,4-7). La unión con el Padre queda garantiza­da mediante el seguimiento de Jesús, si es que pensamos, habla­mos y obramos con los mismos sentimientos del Mesías, no con criterios del mundo. Ello requiere echar mano de las renuncias evangélicas:

«La mortificación es la que quita de nosotros lo que le dis­gusta a Dios; ella es la que hace que llevemos la cruz detrás de nuestro Señor y que la llevemos cada día, como él orde­na. La señal para conocer si uno sigue a nuestro Señor es ver si se mortifica». «Con la hoz de la mortificación corta­mos todas las malas hierbas de nuestra naturaleza envenena­da, para que no impidan que sigamos a Jesús y éste nos haga fructificar abundantemente en la práctica de las demás virtu­des».

Si la mortificación es criterio de discernimiento del querer o no querer divino, también lo es del seguimiento radical de Jesús, o mejor aún condición para acompañarle hasta la muerte en cruz y ser con él glorificado: «Si alguno quiere ser ni discípulo, que se niegue a sí mismo…» (Lc 9,23). La invitación no puede ser ni más clara ni menos tajante. No todos están dispuestos a seguirle, ni siquiera aquellos que han recibido una llamada expresa, como el joven rico: «Si quieres ser hombre logrado, vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que Dios será tu riqueza; y, anda, sígueme a mí. Al oír aquello, el joven se fue entristecido, pues te­nía muchas posesiones» (Mt 19,21-22).

Situarse en la mortificación de Jesús es colocar al Mesías en el centro de nuestras vidas hasta decir con san Pablo: «Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo» (Gal 6,14). El seguidor del evangelio no tiene otra alternativa entre Jesús y el mundo que abrazarse con la cruz, renegando de sí mismo, dando muerte al egoísmo, fuente y raíz de infidelidades, para unirse más a Dios y servir al prójimo con entera libertad.

  1. a) Seguimiento y comunión con Jesús

La respuesta a seguir a Jesús es totalmente libre y liberadora: nadie es coaccionado, pero los fieles al llamamiento se mueven sin ataduras terrenas. Para seguirle con radicalidad no valen los simples deseos, ni las excusas, ni las demoras: «me gustaría se­guirte», «déjame antes enterrar a mi padre», «permíteme despedir a la familia» (cf. Mt 8,19-22; Lc 9,57-62). Por eso no todos se­cundan con la misma generosidad la invitación del Señor. En el grupo numeroso de seguidores había apóstoles, discípulos y pue­blo. Este último sólo ocasionalmente escuchaba la Palabra; los discípulos se acercaban con más asiduidad, y los apóstoles, con plena entrega: cada uno de éstos recibió del Maestro la llamada: «Tú, sígueme».

La conclusión inmediata que se desprende de los evangelios es que el seguimiento exige radicalidad en la propia desinstalación, desarraigo de toda atadura humana, comunión ilimitada con Jesús, confianza total en él, participación en su destino, en su fu­turo, en su sufrimiento y en su gozo.

La llamada de Jesús a seguirle está orientada al servicio del Reino, cuya conquista pertenece a los que se hacen violencia y permanecen fieles: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios» (Lc 9,62). La opción por Je­sús y su reino siembra desconcierto y división entre los seres más queridos, padres, hermanos y amigos (cf. Mt 10,34-37; Lc 2,34; 12,51-53). Seguir a Jesús y entrar en el Reino son fórmulas com­plementarias (cf. Mt 18,4; Lc 18,22-24).

  1. b) Seguimiento y cruz

El que opta por Jesús no tiene más remedio que cargar con la cruz y prepararse para sufrir con él y por su causa: «El que no co­ge su cruz y me sigue, no es digno de mí» (le 10,38). Cruz signi­fica todo ejercicio ascético, activo y pasivo, que libera al creyente de las esclavitudes humanas para conducirle a la plena libertad de los hijos de Dios y comprometerle en la causa del Reino. La cruz es signo de muerte y de victoria, de vida nueva, donde reina el amor y sólo el amor. La condición para adquirir la libertad es siempre la misma: aceptar la humillación de la cruz y darse total­mente al amor de Dios y del prójimo, «a quien el Señor ama tanto y quiere que nosotros le amemos como a nosotros mismos».

La lista de cruces es larga. Una muy pesada es la renuncia a la familia. Jesús excluye del número de sus discípulos a los que pre­fieren «a su padre, a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus her­manos y hermanas, y hasta a sí mismo» más que a él (Lc 14,26). «Sin embargo, hemos de amar a nuestros padres con un amor es­piritual según el corazón de Cristo».

Otra cruz que impone el seguimiento es la renuncia a querer conservarse bien, sin sufrimiento de ninguna clase, gozar de los aires natales con detrimento del apostolado, disfrutar de todo sin que falte nada. El apego a la vida busca enseguida pretextos para cuidarse exageradamente. Los que obran esclavizados por esos apegos a la vida no tienen libertad para seguir a Jesús, que dijo:

«El que conserve su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la conservará» (Mt 10,39). El evangelizador de los pobres, sabiendo que ha recibido la vida de la mano generosa de Dios, cometería una injusticia si no la gastara según los designios divi­nos.

 

II «SI VIVÍS SEGÚN LA CARNE, MORIRÉIS; PERO SI CON EL ESPÍRITU HACÉIS MORIR LAS OBRAS DEL CUERPO, VIVIRÉIS»

Este consejo de san Pablo (Rm 8,13), completa la doctrina vicenciána sobre la mortificación, aunque su enfoque difiera de la exégesis actual que se da al texto citado. «Hacer morir» —tha-nein— es traducido por la Vulgata mortificare, del que se deriva mortificación, término popularizado por la literatura espiritual pa­ra significar un castigo aflictivo al cuerpo. Sin embargo, el senti­do original está emparentado con la participación en la muerte de Cristo.

La carne —sarx— designa el ser material, sensible, débil, transitorio y corruptible (cf. Rm 9,8; Gal 3,3); significa también la debilidad moral, la esfera del egoísmo y de los bajos instintos, que se manifiestan en inmoralidades, envidias y miras interesadas (cf. Rm 7,25; Gal 5,13-12; 2 Cor 1,17). Destinada a la corrup­ción y a la muerte, la carne personifica el Mal, enemiga de Dios y hostil al Espíritu (cf. Rm 8,4-12).

El cuerpo —soma— designa al hombre total en cuanto capaz de relación con el mundo que le rodea; su fin es la gloria (cf. 1 Cor 15,35-39). Aunque destinado al Señor, puede estar dominado por la carne y ser instrumento de muerte (cf. Rin 7,24). El cuerpo humano, al ser asumido por la humanidad de Cristo, es santo y merece respeto, dignidad, salud y vida.

El antagonismo entre los dos poderes, espíritu y carne, vida y muerte, posibilita al cristiano una doble forma de existir y de comportarse en el seguimiento de Jesús. Si la carne manifiesta, con insolencia, sus deseos, apetencias, y produce malas obras, el Espíritu, por otra parte, permite vivir libre de su dominio (cf. Rm 8,3-13). El cristiano no está ya sujeto a la tiranía de la carne ni al cuerpo de pecado, sino crucificado con Cristo para una vida nue­va en justicia y santidad (cf. Rm 6,13,19; 1 Cor 7,34; Gal 5,24). En otros términos, el cristiano ha de procurar despojarse del hombre viejo con sus obras y revestirse del hombre nuevo (cf. Col 3,9-10).

La doctrina paulina suministra los datos verdaderos para en­tender rectamente la mortificación. La muerte, producto de la car­ne y del cuerpo de carne, se opone a la vida y obra del Espíritu. La muerte ya se ha dado en el bautismo, cuya mística comprende la mortificación predicada por Jesús y que practican sus seguido­res cuando ofrecen su cuerpo «como una víctima viva, santa, agradable a Dios, sin acomodarse al mundo presente, sino trans­formándose mediante la renovación de la mente» (Rm 12,1-2).

El secreto y riqueza de la ascesis cristiana se manifiesta en la participación real de la muerte y resurrección de Jesús, por quien todos vivimos y morimos: «Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2 Cor 5,14-15). San Vi­cente trata de persuadirnos, comentando a san Basilio, que el fin perseguido por la mortificación es el revestimiento del espíritu de Jesús de Nazaret. Su pensamiento se condensa en esta admo­nición del Apóstol: «Os conjuro en el Señor que no viváis ya co­mo viven los gentiles, según la vaciedad de su mente…, sino a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la Verdad» (Ef 4,17-24).

 

III JUSTIFICACIÓN MISIONERA DE LA ASCESIS

El dinamismo de la ascesis cristiana se hace patente en el se­guimiento de Jesús bajo la triple dimensión, espiritual, comuni­taria y apostólica. El aspecto espiritual ha sido ya expuesto. Co­munitaria y apostólicamente se hace tanto más necesaria cuanto que, «no podríamos vivir sin ella; lo repito, no podríamos vivir unos con otros; y no sólo es necesaria entre nosotros, sino también con el pueblo, con el que hay tanto que sufrir. Cuan­do vamos a una misión, no sabemos dónde nos alojaremos, ni qué es lo que haremos; nos encontramos con cosas muy distintas de las que esperábamos, y la Providencia muchas veces echa por tierra todos nuestro planes».

La experiencia comunitaria demuestra que se requiere mucha dosis de sacrificio para convivir fraternalmente con personas ve­nidas de lugares, países y culturas distintos. El llamamiento al servicio de los pobres conlleva continuas renuncias para vivir co­mo ellos sin comodidades ni privilegios. La inserción entre los pobres obliga a cargar con la cruz de nuestros hermanos y correr con su suerte histórica. Lo contrario no se llama inserción evan­gélica.

 

IV MORTIFICACIÓN E INDIFERENCIA

Estas dos virtudes van tan unidas en el proyecto apostólico que no se pueden separar, como tampoco la sencillez y la pruden­cia, la humildad y la mansedumbre. La indiferencia «nos libera precisamente de la tiranía de los sentidos… para unirnos al Crea­dor. No se trata solamente de una virtud; en cierto modo, se trata de un estado que la comprende y en donde ella opera; es un esta­do, pero es menester que esta virtud sea activa en él y que, me­diante ella, el corazón se despegue de las cosas que lo tienen cau­tivo».

Una vez más se acusa aquí el talante práctico del evangeli­zador, que «no se apega ni a los ministerios, ni a las personas, ni a los lugares ni siquiera a la patria, ni a ninguna cosa pareci­da». Por no dejarse esclavizar, elige la ley del amor, única que rige sus destinos:

«Los indiferentes están por encima de toda ley; son de una categoría distinta de los demás y, lo mismo que los cuerpos gloriosos, pasan a través de todo, van a todas partes, sin que nada les impida ni les retrase». «Nada sorprende al indi­ferente: aguarda, camina, sufre, trabaja de día y de noche, dispuesto a seguir las órdenes de Dios más extrañas y más inesperadas».

El indiferente, marcado por la cruz de Cristo, contrae «la sa­ludable costumbre de no pedir ni rehusar nada», máximo expo­nente de la docilidad al Espíritu.

 

V TESTIGOS DE INDIFERENCIA

En el Antiguo Testamento, Abrahán es el modelo más desta­cado, «el corifeo de los verdaderos obedientes y de los perfecta­mente desprendidos, dispuesto a sacrificar lo más querido: a su único hijo Isaac» (cf. Gn 12,20). En el Nuevo Testamento sobre­sale Pablo de Tarso, hombre decidido a seguir la misma carrera de Jesús: «Señor, ¿qué quieres que haga» (Hch 9,6). Después de los Apóstoles, una lista interminable de testigos, de dentro y fuera de la familia vicenciana, confirma la eficiencia del cristiano dispacible para cualquier tarea evangelizadora.

VI «DICHOSOS LOS QUE VIVEN PERSEGUIDOS POR SU FIDELIDAD, PORQUE ÉSOS TIENEN A DIOS POR REY»

La fidelidad en llevar la cruz tiene también su bienaventuran­za (cf. Mt 5,10-12). Al discípulo no le espera otro destino que eldel Maestro (cf. Jn 15,20). Ya en la tierra, los perseguidos por causa de la justicia recibirán el Espíritu Santo, el Paráclito, abo­gado y consolador en las tribulaciones (cf. Jn 16,5-15; Lc 12,12). Pero su recompensa final será comer y beber a la mesa del Rey, sentarse en el trono para juzgar a las doce tribus de Israel, es de­cir, al mundo (cf. 22,28-30), porque es absolutamente cierto:

«Si morimos con él, viviremos con él;

si perseveramos, reinaremos con él;

si lo negamos, también él nos negará;

si somos infieles, él permanece fiel;

porque negarse a sí mismo no puede»

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