Servir al necesitado, eje de la Espiritualidad Vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Sociedad de San Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Teodoro Barquín, C.M. · Año publicación original: 2011 · Fuente: Revista Ozanam, nº 1603, Enero-Febrero de 2011.
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abcEn Diciembre tuve el honor de acompañar al nuevo Presidente General de la Sociedad de San Vicente de Paul, Michael Thio, a Ma­nila, para celebrar el 150 Aniversario de la Fundación de la Sociedad de San Vicente en las Islas Filipinas. El caris­ma vicenciano llegó a Manila en el año 1860 en alas de las Conferencias de Caridad, dos años antes de que los Padres Paules y las Hijas de la Caridad arribasen a las Islas.

En todas las intervenciones que tuvo el Presidente General, y fueron muchas, siempre hizo resaltar la im­portancia de la Espiritualidad como fuerza propulsora de todo el actuar del vicentino en su apostolado. Sin la espiritualidad propia del carisma vicenciano no podremos hablar de vi­vencias propias, de nuestro compro­miso de caridad con los pobres en las Conferencias. Por eso, la Formación en Espiritualidad Vicenciana ha de ocupar un lugar preferente en el ca­lendario de las Conferencias, y yo, nos decía Michael Thio, «la he colocado en el número uno de la lista en mi progra­ma de acción durante mi paso como Presidente General».

Esta es una de las razones que me han movido a desarrollar el tema «del servicio al necesitado» en el presente número de Ozanam. Lo he centrado en el tema Evangélico del Samaritano, que sirvió de base a San Vicente y a Federico Ozanam en múltiples oca­siones cuando en sus cartas y confe­rencias hablaban del fin principal de nuestro carisma vicenciano.

Jesús nos dejó un nuevo mandamiento como última recomendación, resumen de su última voluntad a toda la humanidad. «Un nuevo manda­miento os doy: que os améis unos a otros como yo os he amado». Fijaos que no nos dice como a nosotros mismos sino como El nos amó. Hay mucha diferencia entre un amor que puede ser tildado de egoísta y el amor de Cristo, dando su vida por todos los hombres. «Como Él nos amó». No es cosa fácil, pero tenemos que alimen­tar esta disposición en nuestro amor si queremos ser perfectos.

Hay una parábola en el Evangelio que mencionan con frecuencia San Vicente y el Beato Federico Ozanam cuando nos hablan del fin principal de nuestro carisma vicenciano. Es la parábola del Samaritano. Para hacer más comprensible al entendimiento los grandes valores de la caridad que debemos desplegar en nuestro apos­tolado con los pobres, fin principal de las Conferencias, voy a centrarme en todo el contenido y grandiosidad de esta parábola para conseguir conver­tirnos en el dilema del amor.

Todos conocemos la página del Evangelio donde se nos relata la pará­bola del Samaritano, en la que el Evan­gelista San Lucas nos hace meditar en la primacía del amor (presente en el samaritano) sobre la liturgia, sobre la fidelidad al cumplimiento de la ley y sobre cualquier propuesta jurídica (presente en el sacerdote que pasó de largo). En la parábola, el maestro de la ley judía pregunta a Jesús cómo salvarse, porque quiere que Jesús le puntualice exactamente qué es lo que debe hacer para ello. Jesús ya ha definido que la ley se resume en el amor a Dios y al prójimo, y que ambas cosas son una misma experiencia de amor. El maestro de la ley no está contento con la respuesta de Jesús y sigue preguntando ¿quién es el prójimo y cómo amarle? Jesús entonces le contesta con la parábola que conocemos.

El mensaje de la parábola no puede ser más claro. Lo puede captar cualquier persona de cualquier cultura, niño o letrado. En esta ocasión la parábola es una fuerte crítica contra la postura de aquellos creyentes que sirven litúrgicamente a su Dios y después pasan de largo junto a las necesidades concretas de la humanidad. El amor cristiano no puede quedar reducido a una serie de prácticas de caridad hechas a una persona con la que nos sentimos obligados. La postura verdaderamente cristiana es la de un amor universal que no excluye a nadie.

Fijaos bien en las actitudes del Samaritano. A la pregunta del letrado ¿quién es el prójimo?  , Jesús le contesta puntualizando todas las actitudes del Samaritano hacia el hombre tirado a la orilla del camino, maltratado por los bandidos, dejándolo medio muerto. El sacerdote y levita pasan de largo, parece ser que tenían otras obligaciones que cumplir. El Samaritano, movido de compasión y misericordia, se acerca, le venda las heridas, le cura con aceite y vino, le monta en su propia cabalgadura, lo lleva a la posada y se queda a su lado para cuidarle. Al día siguiente saca dos denarios, y dándoselos al posadero le dijo: Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

Jesús quiere ratificar la respuesta al letrado preguntándole de nuevo: ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? La contestación era manifiesta. El que practicó la misericordia con él. Jesús le dijo: Anda. Haz tú lo mismo.

¡Qué bien sabía Jesús escenificar conceptos abstractos! La moraleja de la parábola es clarísima: «exhortación a la acción». La acción que ha provocado la parábola es la siguiente: ¿qué he de hacer para entrar en la vida eterna? El camino eficaz y directo no es la doctrina, ni tampoco la mera fidelidad a un servicio litúrgico, sino el amor al pobre y necesitado que precisa de nuestra ayuda.

San Vicente y Federico Ozanam nos escenifican el sentido completo del carisma evangélico y vicenciano en la actitud del Samaritano. Seremos fieles a nuestra vocación de cristianos y vicentinos si seguimos de verdad a Jesús en la persona del Samaritano. Esto es lo que nos interpela Jesús en su parábola, ni más ni menos. Es la médula del compromiso que nos identifica en la Sociedad de San Vicente de Paúl. Es el eje sobre el que gira todo nuestro actuar en el entorno de la pequeña iglesia que constituye la Conferencia de Caridad, donde vemos a Jesús en la estampa del Pobre. Es entonces cuando Dios, en su infinita misericordia, comprenderá nuestra buena voluntad de seguirle.

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