Santiago Serrallonga

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Rafael de la Iglesia · Year of first publication: 1902 · Source: Anales Madrid.
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Biografias PaúlesNació el P. Santiago Serrallonga el año 1834 en La Ga­rriga, pequeña aldea de la Diócesis de Barcelona, del Prin­cipado de Cataluña, de padres pobres de bienes de fortuna, pero muy ricos de aquella fe vigorosa y sólida piedad cristiana en que se señalaron casi todas las antiguas familias españolas, como lo manifiestan el profundo temor de Dios que supieron infundir en el ánimo de su hijo y la inocencia de costumbres en que se deslizaron su infancia y su juventud.

Azares de la vida le llevaron a la ciudad de Tarragona, en cuyo Seminario Conciliar, en calidad de fámulo, hizo sus primeros estudios con señalado aprovechamiento. Cursó la Filosofía y la Teología en el Seminario de Vich, uno de los más bien montados en aquella época.

La escasez de recursos en que vivían sus padres nos les permitía suministrar a su hijo lo necesario para proseguir su carrera, por lo cual, para no serles gravoso en nada, hubo él de ingeniarse hasta el punto de verse precisado en alguna ocasión a pedir limosna. ¡Con cuánto placer le oímos referir varias veces con encantadora sencillez y humildad admirable los graves apuros en que se encontró y los ino­centes artificios de que se valió para hacerlos frente! Nunca le abandonó la Providencia del Señor. Logró, por fin, colocarse en casa de un farmacéutico, profesor de Historia Natural del Seminario de Vich; en ella aprendió a confec­cionar varios medicamentos y despachar algunas recetas.

Terminar la carrera eclesiástica, recibir las Sagradas Or­denes y ponerse a disposición del Prelado, era por enton­ces la intención del Sr. Serrallonga; mas los designios de Dios sobre él eran muy diferentes. Su espíritu, que anhe­laba una vida perfecta y exenta de todo cuidado de la tie­rra, se sentía atraído a servir al Señor en alguna Comuni­dad religiosa. Pasó a la sazón a Vich un Sacerdote de la Congregación de la Misión, con el fin de dar los ejercicios espirituales a las Hijas de la Caridad establecidas en aquella ciudad, y habiendo venido por su medio en conocimiento de la referida Congregación, juzgó el Sr. Serrallonga que en ella podría ver satisfechas sus ansias de vida perfecta y de sacrificio. Solicitada y obtenida la admisión, partió para Madrid e ingresó en el Seminario interno que allí tiene la Provincia de España, el año 1861, siendo de edad de veintisiete años.

Pasado el tiempo de noviciado con fervor y edificación, fue admitido a los santos votos; y habiéndose perfeccio­nado en los estudios eclesiásticos, recibió el Sagrado Or­den del Presbiterado. Dos años hacía que los Sacerdotes de la Misión se habían establecido en las islas Filipinas, entonces posesiones españolas; el campo de sus tareas evangélicas iba ensanchándose de día en día; los Ilustrísi­mos Sres. Obispos quisieron confiarles la dirección de sus Seminarios; hubo, pues, necesidad de recurrir a los Supe­riores en demanda de operarios. Sabido esto por el señor Serrallonga, se ofreció para tan penosa misión, y embar­cándose en Cádiz con los Sres. Pérez Gallardo, Santonja y un hermano Coadjutor, después de cinco meses de navega­ción, que el viaje se hacía entonces por el Cabo de Buena Esperanza, llegaron felizmente a Manila el año 1864.

Repuestos apenas de las fatigas de tan largo viaje, los Sres. Serrallonga y Santonja, con el Sr. Moral de Superior, fueron destinados a Nueva Cáceres, a encargarse del Semi­nario que el Ilmo. Sr. Gainza les entregaba.

Trece años permaneció en aquella población el Sr. Se­rrallonga; lo que trabajó durante ellos en bien de las almas es imponderable. Siendo tan reducido el número de Profesores, déjase traslucir el ímprobo trabajo que hubieron de imponerse para la enseñanza y dirección de los alumnos y para el gobierno interior del Seminario. Más de una vez hemos oído hablar con elogio y agradecimiento para su antiguo Profesor a varios Sacerdotes de la Diócesis de Nueva Cáceres.

El Seminario era estrecho límite para su ardiente celo como buen Misionero; deseaba ser útil a las pobres gentes; al efecto, entre sus múltiples ocupaciones halló tiempo para dedicarse al estudio del idioma bical, que llegó a po­seer con bastante perfección. Desde entonces fue infatiga­ble en el púlpito y en el confesonario. En las visitas pas­torales que el muy celoso Ilmo. Sr. Gainza giraba a los pueblos de su Diócesis, enviaba delante algunos celosos Misioneros para que preparasen a los fieles; uno de estos Misioneros fue constantemente el Sr. Serrallonga.

En 1878 la obediencia le destinó a Jaro como Superior (lel Seminario, cuyo cargo desempeñó a satisfacción de sus Superiores. El celo de la salud de las almas que en Nueva Cáceres le había impulsado a aprender el bical, le movió asimismo en Jaro a aprender el bisaya. No le fue inútil la adquisición de este idioma, porque además de servirle para la predicación y dirección de las almas en el santo tribu­nal de la Penitencia, le fue provechosísimo cuando el te­rrible huésped del cólera morbo visitó al Archipiélago fili­pino. No fue la Diócesis de Jaro la menos castigada por el temible azote. La peste le arrebató uno de sus más infa­tigables operarios; no por esto se acobardó el Superior del Seminario, sino que desplegó con más fervor su ardiente caridad, asistiendo personalmente a los apestados tempo­ral y espiritualmente.

Resentido en su salud a causa de tan excesivos trabajos, llamáronle los Superiores a Manila en 1884; repuesto de sus achaques, le encargaron la clase de Teología Moral en el Seminario de la capital. En 1891, por traslación del señor Visitador a la casa de San Marcelino, quedó con el cargo de Superior del Seminario. En 1894 pasó a San Marcelino a descansar de sus fatigas; continuó, sin embargo, con la dirección espiritual de varias casas de las Hijas de la Cari­dad hasta 1898, en que imposibilitado de ejercitarse en ningún trabajo serio se trasladó a la Concordia, a la casa en que reside el Capellán, en donde entregó plácidamente su espíritu al Señor el 18 de Diciembre de 1901.

Era el Sr. Serrallonga de carácter jovial pero modesto; su trato afable y sencillo le hacía querer de cuantos le co­nocían; dondequiera que estuvo se granjeó generales sim­patías; su desprendimiento era notable; a la más insignifi­cante indicación, se deshacía de cuanto la regla le permitía tener; en los años que vivimos en su compañía, le conoci­mos siempre indiferente y pronto a ejecutar las disposi­ciones de la obediencia; encantaba sobre todo su sencillez en palabras y obras; ignoraba las reservas, los rodeos y artificios de la prudencia de la carne; los juicios del mundo jamás influyeron en su modo de pensar y obrar; tan vivo era su celo, que algunas veces le oímos lamentarse de no tener salud y fuerzas para trabajar más en la viña del Se­ñor. Tenía gracia especial para hablar de Dios, por lo cual era escuchado con mucho gusto, especialmente por las Hermanas; en los tres últimos años de su vida edificó mu­cho con su gran paciencia y frecuentes conversaciones de cosas espirituales. El P. Serrallonga poseyó todas las vir­tudes que deben adornar a un hijo de San Vicente, y fue un excelente Misionero; por esto su muerte fue preciosa a los ojos de Dios y de los hombres. Imitemos los buenos ejemplos que nos ha dado, y obtendremos el premio reser­vado a los justos que mueren en el Señor.

Rafael de la Iglesia

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