Santiago Lynch, C.M. (1807-1896)

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1897 · Source: Anales Españoles, Tomo V.
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SANTIAGO LYNCH, DE LA CON­GREGACIÓN DE LA MISIÓN, OBISPO DE LA DIÓCESIS DE KIL­DARE Y LEIGHLIN, EN IRLANDA, MUERTO EL 19 DE DICIEMBRE DE 1896.

Acaba de fallecer en nuestra Provincia de Irlanda el Obis­po de las Diócesis de Leighlin y Kildare, nuestro venerable Hermano el Ilmo. Sr. Lynch. Jamás se borrarán de nues­tra memoria, ni el recuerdo de sus buenas obras ni el de sus muchas virtudes; por lo cual juzgamos necesario dar algunas noticias de su vida, interesante a toda la familia de San Vicente, una vez que en ella se descubre, no sólo al hombre perfecto y santo, sino también al fundador, en gran parte, de esta Provincia de la Congregación.

Considerado bajo este título el Ilmo. Sr. Lynch, es fácil discernir en su vida los designios de la Providencia y los secretos de la gracia, que Dios ordinariamente deposita en el alma de aquellos que reciben semejante misión.

Luego que nuestro inolvidable y caro Hermano cerró sus ojos al mundo, hace unos meses, todos rindieron justo tributo de veneración a sus eminentes cualidades y raras virtudes; y aquí en Irlanda hemos comprendido después de un modo más particular el tesoro que poseíamos en el se­ñor Lynch, y cuánto debemos llorar su pérdida.

Nació Santiago Lynch en Dublín, el año 1807. Joven aún, vióse huérfano de padre y madre, y juntamente con sus hermanos (dos hermanas y dos hermanos) se puso bajo la tutela de sus tíos, que, buenos y fervorosos cristianos, les prodigaron toda suerte de cuidados y atenciones, ni más ni menos que si fueran sus propios hijos. Santiago y sus hermanos ingresaron, con el objeto de instruirse, en el Colegio de los Jesuitas fundado en Clongows Wood, en d condado de Kildare, que ya gozaba de grande reputación, si bien contaba poco tiempo de existencia. Después de haber cursado algunos años en dicho establecimiento y recibido la excelente educación de los hijos del grande Ignacio, dejó el Sr. Lynch a Clongows Wood para trasladar a Dublín, con el fin de seguir el estudio de la medicina.

Joven y galante, en una grande población, rodeado do compañeros, cuyas costumbres no eran para ser imitadas, engolfado en unos estudios en que tantos jóvenes ven naufragar sus virtudes, todas estas cosas no podían menos de ser una grande prueba para nuestro colegial; mas no solamente salieron intactas de ella su piedad y virtudes, sino que supo hacerse respetar de todos por la honestidad de su vida, y, lo que es más, ejercer una grande influencia en sus compañeros respecto a la virtud.

Sucedió por este tiempo que tuvo conocimiento de otro joven, llamado Mac-Cann, discípulo también de los Jesuitas, con el cual trabó grande amistad, amistad que debió durar toda la vida y de la cual Dios se había de valer para rea­lizar grandes cosas, que ni el uno ni el otro sospechaban. Diríase que la tal amistad era hija del acaso, pues M. Mac­Cann era pupilo del tío de M. Lynch; mas nosotros vemos en ella un efecto de la divina Providencia. a todo esto los dos amigos habitaban una misma casa, salían de ella y pa­seaban juntos, estimábanse mutuamente y se fortificaban en el bien uno a otro con sus buenos ejemplos y mutuas exhortaciones:

Llegó en esto el año de 1826, en que anunció la Iglesia un jubileo universal, circunstancia que forma época en la vida del Sr. Lynch. Prevenido éste de un fervor extraor­dinario, se resolvió a ganar todas las gracias y bendiciones del jubileo. Al efecto hizo una confesión general de toda su vida pasada, en cuya preparación escuchó la voz de Dios, que le llamaba a su servicio en otro género de vida que el que hasta entonces le había ocupado: conoció, pues, que su vocación no era la de la medicina, sino la del estado eclesiástico, a la cual no tardó en corresponder, entrando en el gran Seminario de Maynooth.

Si el Sr. Lynch hubiera querido escuchar los sentimien­tos de la carne, por cierto que no le hubieran faltado razo­nes y motivos para ello; pues siendo el primero de los her­manos, parecía natural que se quedase en el mundo, para cuidar de los intereses de la casa, tomando una buena posi­ción con que pudiera hacer prosperar los bienes de la fami­lia. Pero dotado el Sr. Lynch de una voluntad recta y cons­tante, ninguna cosa le arredraba cuando se trataba de cumplir la voluntad de Dios, una vez conocida; por esto es que luego entró en el Seminario mayor de Maynooth para corresponder a la vocación que de Dios recibiera.

Y sobre todo esta vez, a la verdad que no salió burlada su confianza; porque a su ejemplo sus dos hermanos resol­vieron dejar el mundo y seguirle al Seminario de Maynooth, y sus hermanas, movidas también por la conducta del señor Lynch, se consagraron a Dios en el Monasterio de las Her­manas de la Presentación en Galway. De esta manera se verificaron aquellas palabras del Salvador: Quaerite pri­murn regnum Dei et justitiam ejus: et haec omnia adjicientur vobis.—Mas aún; no paró aquí la admirable providencia de Dios en este negocio. Profundamente conmovido M. Mac­Cann por la decisión de su amigo, entró también en sí mis­mo, fue conociendo poco a poco la vanidad de las cosas del mundo, y por fin se determinó a seguir el ejemplo del señor Lynch, escogiendo por su parte y heredad el servicio del Se­ñor. Vese, pues, en esto cómo comenzaba ya nuestro joven a ganar almas para Dios, y cómo se iban poco a poco manifes­tando los designios del Señor sobre este hombre privilegiado.

Ya en Maynooth, el Sr Lynch aplicóse con fervor a sus estudios; lo cual, junto con su buen sentido, juicio sólido y talento extraordinario, le permitió distinguirse entre todos los estudiantes y obtener las más altas consideraciones de la clase. Conocíase el género de vida a que estaba dedicado antes de su entrada en el Seminario, y era admirado de to­dos por su exacta observancia aun en el cumplimiento de los más pequeños avisos y estatutos. El Sr. Lynch era verdaderamente antorcha clara y refulgente que iluminaba el horizonte que aparecía a su alrededor; y era tal la in­fluencia y autoridad que le habían proporcionado sus virtu­des, que su sola presencia, aún más que la de sus superiores, era suficiente para hacer cesar el desorden y reprimir cual­quiera falta entre sus condiscípulos.

Por este tiempo vino a embargar su ánimo un pensamien­to, el más importante y serio de la vida; pensamiento lleno de consecuencias de la más alta importancia, no sólo con relación a él mismo, sino también a nuestra Congregación entera. Terminaba ya sus estudios, y fija la mirada en el por­venir, preguntábase a sí mismo: «¿Qué tengo que hacer yo en lo sucesivo?» Atemorizado, como muchos santos, por los pe­ligros del ministerio pastoral, y ardiendo en deseos, por otra parte, de trabajar por la salud de las almas, revolvía en su mente nuestro joven el pensamiento de hallar un género de vida que, preservándole de aquéllos, le permitiese entregarse con libertad al ejercicio glorioso del celo de la salvación de las almas. Pensó alguna vez entrar en los Jesuitas; mas de­sistió de esa idea, por ver que éstos se dedicaban mucho a la educación de la juventud, empleo de ninguna manera conforme a sus intenciones. Por fin, ocupado en estos pensamientos, reveló sus planes a unos sus amigos cuya vir­tud le era conocida, y se halló dulcemente sorprendido al encontrarlos embargados en estos mismos sentimientos; y obrando todos de concierto, formaron una pequeña asocia­ción, que desde entonces ya comenzó a velar por su porve­nir. Había entre los directores del Seminario uno que se distinguía por su gran prudencia y sus eminentes virtudes. Era éste el decano, y el que debía ser más tarde el primer Visitador de nuestra Provincia de Irlanda, nuestro venera­ble Hermano Sr. Dowley.

Á éste, pues, resolvieron el Sr. Lynch y sus compañe­ros los Sres. Fierre – Richard, Henrick, Reynolds, Burke y Lee, hacerle confidente de sus designios y pedirle consejo. El Sr. Dowley les encaminó a un Sacerdote de la Diócesis de Dublín, llamado Meagher, que poco antes había ensa­yado introducir la Congregación de la Misión en Irlanda. Convencido el Sr. Meagher de que Dios no le llamaba para obra tan gloriosa, por haber visto naufragar sus primeros ensayos, no acogió la proposición del Sr. Lynch y sus compañeros, que le rogaban se pusiese a su frente para llevar a cabo la obra que premeditaban, mas alabó su celo y les fortaleció en sus designios, prediciéndoles aun la consecución de sus deseos: «Dios os ha escogido en mi lugar—les decía; —perseverad, mas preparaos a sufrir grandes prue­bas; vuestros mejores compañeros os abandonarán; mas Dios no se apartará de vuestro lado».

Con esto, lejos de cejar en su propósito a la vista de este primer obstáculo, se fortalecieron en la idea de fundar la Congregación de la Misión en Irlanda, y sólo deseaban hallar una persona competente que les pudiese guiar en su benemérita obra. No hallando otra más a propósito para ello que el Sr. Dowley, se volvieron a él y le pidieron con instancia que se pusiese a su frente, ocupando de esta suerte el puesto rehusado por el Sr. Meagher.

Pidióles algún tiempo para resolver sobre el partido que había de tomar; y resuelto a condescender con los deseos del Sr. Lynch y compañeros, púdose contar como cierta la introducción en Irlanda de los Misioneros. El Sr. Lee, va­cilante desde sus principios, no perseveró en el proyecto a cuya ejecución se había obligado, mas su puesto fue dignamente ocupado al año siguiente por Thomas Mac-Na­mara, que debía ser más adelante segundo Visitador de la Provincia, y que tan gran papel desempeñó en el cumpli­miento de su cargo.

Verdaderamente, a los ojos del mundo, el plan que estos pocos jóvenes, este pusillus grex, se proponían realizar, era una quimera.

Figuraos seis Sacerdotes que acaban de recibirlas Órde­nes sagradas, sin experiencia ni influencia de ningún género y sin recursos, que se proponen prácticamente fundar una Congregación, llegar a ser grandes Misioneros y evan­gelizar una región entera. a los ojos del mundo era esto una temeridad, sin duda, mas a los ojos de la fe era una acción admirable y heroica que unos jóvenes entraran en el mundo con un fin tan grande y noble; un espectáculo semejante al que presenció el mundo en San Ignacio y sus compañeros en Montmartre, y aun al de los Apóstoles saliendo del Cenáculo para cumplir en el mundo la misión que el divino Salvador les había confiado.

El primer deseo de estos nuevos Misioneros era tener una casa donde poder habitar: más ¿cómo alcanzarla? Por­que, a la verdad, tan desprovistos estaban de bienes del mundo, que bien se puede decir de ellos que no tenían neque aurum, neque argentum, neque pecuni am in zonis; non peram in via, neque duas tunicas, neque calceamenta, neque virgam (St. Math., x, 9, lo.) Mas he aquí cómo se la pro­porcionó la divina Providencia. Habremos ya notado que M. Mac-Cann, cambiando de carrera, había comenzado sus estudios de Sacerdote, y al efecto se encaminó a Roma para hacerlos en la Propaganda Fide.

Durante su permanencia en la Ciudad Eterna, el Señor Lynch le tenía al corriente de su proyecto concerniente a trasplantar en Irlanda la Congregación de la Misión, y obtuvo de él entera aprobación en el negocio.

Por lo demás, la idea de la Misión convenía perfecta­mente con el carácter y aspiraciones del Sr. Mac-Cann, quien no dudó en entrar en ella con su pequeña grey, aso­ciándose a su empresa.

El haberse agregado el Sr. Cann era cosa providencial por completo; porque estando éste en posesión de una no despreciable fortuna, y merced a sus recursos, fue posible a los miembros de la nueva Asociación comprar una casa con el fin de abrir una escuela y fijar en ella su residencia para do sucesivo. Escogióse para ello una entre los varios muelles de Dublín; allá en el número 34, Muela de los Ujieres Dublín, tuvo lugar su primera reunión el día 15 de Agosto de 1833, fiesta de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María Nuestra Señora. Como quiera que el señor Dowley se viese obligado a permanecer en Maynooth por algún tiempo, trató de elegir un Superior que desempeñara sus funciones en ausencia del primero: este no fue otro que el Sr. Kenrick.

Aquí dan principio las pruebas y contradicciones: la Co­munidad aún naciente era obra de Dios; por consiguiente, era necesario que el Señor la purificase más y más en el crisol de la aflicción. El Sr. Meahger había predicho algunas defecciones que más tarde tuvieron lugar.

Muy pronto se reanimó su valor y se hallaron más deter­minados que nunca a perseverar en su objeto hasta llevarle a buen término. El Sr. Dowley les alegró por entonces con su vuelta de Maynooth, y teniendo por Superior a un varón tan sabio y tan prudente, aquella pequeña Comunidad se puso en estado de adquirir una existencia permanente y sólida. Mas no es necesario seguir aquí paso a paso su his­toria y vicisitudes todas.

Baste, por tanto, indicar que el digno Sr. Meahger les procuró muy pronto el cargo de su iglesia de San Pedro en Fibsboro, y que al poco tiempo de presentarse la oca­sión de comprar el Colegio de Castleknock, la generosidad del Sr. Mac-Cann les suministró la suma necesaria para su adquisición. Establecidos, pues, de este modo, se hallaron en estado de negociar con el Sr. Superior General de la Casa-Madre, negociaciones que dieron por resultado el que se recibiera aquella pequeña Comunidad en la familia de San Vicente el año de 1839, desde cuya fecha data el ori­gen de la Provincia de Irlanda.

De este modo se terminó la obra que más engrandece al Sr. Lynch, y este es el hecho que tanto debe contribuir a su gloria y felicidad en la presencia de Dios; él fue el pri­mero que concibió tal proyecto, terminado con la funda­ción de la Congregación en Irlanda, siendo después uno de los más celosos y constantes miembros de la Comunidad.

Largo y cansado sería seguir al Sr. Lynch paso a paso en la brillante carrera de su vida dilatada. Contentarémo­nos con señalar los sucesos principales.

Enviado a Castleknock como asistente, siendo Visitador el Sr. Dowley, debió a causa de las circunstancias tomar la dirección del Colegio, que se le confió casi por completo. Con tanto celo desempeñó su cargo, que en breve voló la fama de Castleknock por todo el país. El Colegio era co­nocido por la disciplina y carácter religioso de la educación que en él se daba; de suerte que al Arzobispo de Dublín, Monseñor Murray, le fue muy fácil el formar de este modo el Seminario menor de su Diócesis; lo que dio lugar a que el Colegio fuera secular-eclesiástico al cabo de pocos años.

El Sr. Lynch mostró su celo de un modo particular, de­dicándose a la formación de eclesiásticos ejemplares. Ense­ñaba la manera de tener oración, y no contento con dirigir una instrucción semanal a este propósito a los discípulos de más edad, predicaba todos los domingos un sermón para todos.

Los jóvenes discípulos llegaban a ser, bajo la dirección del Sr. Lynch, unos modelos en las diversas carreras que abrazaban. En cuanto a los eclesiásticos, se dejaban notar los de la Diócesis de Dublín en Maynooth por el espíritu de disciplina y por la solidez de sus virtudes. El celo de nuestro Hermano, sin embargo, no se hallaba reducido a los estrechos límites del Colegio: predicaba casi todos los domingos, ora en la iglesia vecina, ora en San Pedro Fibsboro, y siempre produciendo mucho fruto. Pasaba una gran parte de sus vacaciones tomando parte en las misio­nes y ejercicios espirituales. En el púlpito hacía maravillas; hablaba con mucha unción y obraba grandes conversiones, y tenía una gracia especial para dar ejercicios al Clero, en lo que se hallaba muy frecuentemente empleado; era muy buscado en todas partes y siempre producía mucho fruto.

Después de una permanencia de veintitrés años en Cas­tleknock fue trasladado a París, donde se le nombró Supe­rior del Seminario de los Irlandeses, puesto que exigía un hombre como el Sr. Lynch. Hacía algún tiempo que el Seminario se hallaba cerrado por orden del Sr. Ministro de Instrucción pública con motivo de algunas dificultades; y la Propaganda había decidido que la dirección se confiara de allí en adelante a los Sacerdotes de la Misión de Irlan­da. El Sr. Lynch fue constituido primer Superior por el Superior General, de acuerdo con los Sres. Obispos de Ir­landa, que creían tener garantizados el porvenir y renova­ción espiritual del Seminario teniendo a su frente un varón tan prudente y virtuoso; y tenían razón, puesto caso que, tan pronto como el Sr. Lynch hubo tomado la dirección del Se­minario, comenzaron a reinar en él la disciplina y regulari­dad, y los Sres. Obispos de Irlanda tuvieron el consuelo de ver salir de su Seminario al fin de cada año Sacerdotes jóve­nes llenos del espíritu de su estado y muy penetrados de las palabras del Apóstol: Libentissime impendam et super­impender ipse pro animabus.

El Sr. Lynch continuó en el Seminario irlandés sacrifi­cándose por el bien de los jóvenes levitas con la mayor bendición hasta el año de 1866, en el que recibió de Su Santidad la orden de hacerse consagrar Obispo y pasar de Coadjutor del Vicario Apostólico para el distrito del Oeste en Escocia. Esta noticia le produjo más impresión que le hubiera producido una descarga eléctrica; por un momento se le ocurrió dirigirse a Roma para rogar al Sumo Pontífice la revocación de su orden; mas ésta era terminante, y el Superior General le aconsejó que obedeciera y se resignase a la voluntad de Dios. Consagrósele, pues, en el Seminario de los irlandeses en medio de sus muy amados discípulos, é inmediatamente partió para el puesto que se le había de­signado en Escocia.

En la nueva senda que se le preparaba, y por donde había de caminar en adelante, Mons. Lynch debía apurar el cáliz del Señor hasta las heces. Nos limitaremos empero a decir que nuestro santo Hermano había sido víctima de prevenciones, y que su cooperación y servicios se rechaza­ban, y esto nos dispensará de entrar en otros pormenores más explícitos. Llevó su cruz con resignación y aun con alegría. De nadie se quejó, y no habló, sino muy tarde y rara vez, ó jamás, por mejor decir, de las rudas pruebas que hubo de sufrir en Escocia.

Pasados cuatro años, Mons. Lynch fue designado para ser en Irlanda el Coadjutor de Mons. Walsh, Obispo de las Diócesis de Kildare y Leighlin reunidas. Mons. Walsh falleció en 1888, y el gobierno de la Diócesis recayó todo sobre los hombros del Ilmo. Sr. Lynch.

Su episcopado en Irlanda fue completamente distinto del de Escocia; fue éste un tiempo de paz y bienandanza para él, a la par que rico en todas suertes de bendiciones y gracias para la Diócesis. No se comprende cuán amado y estimado fue nuestro hermano sin haber sido testigo de los lamentos que se levantaban por todas partes a su muerte, lo cual es bastante raro; puesto que todos conve­nían en que habían perdido un santo, cuya muerte apenas podía ser reparada.

Estos sentimientos eran muy justos para quien había vi­vido como un santo en todas las etapas de su vida, lo mismo en el siglo que en Maynooth; viviendo en comu­nidad como siendo Obispo, se distinguió siempre y atraía la atención de todos, por la perfección de sus acciones y la pureza de su vida; era un hombre muy piadoso, muy mortificado y humilde, de admirable mansedumbre y sen­cillez y singular prudencia, siendo común sentir que ape­nas fue sobrepujado por los santos en las tres cualidades siguientes :

1ª Su espíritu de fe por la práctica no interrumpida de la presencia de Dios, la que jamás olvidaba, pues en todo veía a S. D. M. Costábale mucho discurrir sobre las cosas profanas; siempre hallaba medio de mezclar en la conver­sación algo de Dios ó alguna consideración espiritual. En sus negocios tomaba siempre el partido de Dios; y cuando se aseguraba de que tal manera de obrar era la más agra­dable a Dios, la ponía en práctica sin dilación.

2.a Su espíritu de oración. Nadie ha observado mejor el precepto del Salvador: Oportet semper orare et une deficere; y no contentándose con los ejercicios prescritos por las santas Reglas, añadió muchas otras, y consagraba a sus oraciones y rezos cotidianos muy largo tiempo cuando se hallaba en casa. En los viajes que hacía visitando su Dióce­sis, se le veía siempre con el rosario ó algún libro espiritual en la mano; tenía varias jaculatorias, de las cuales tres eran las que más grabadas tenía en el corazón y en los labios, las que aconsejaba a otros con más frecuencia, a saber: «gracias a Dios», «todo sea por Dios» y «cúmplase en todo la divina voluntad». En su oración más parecía ángel que hombre.

3.a En cuanto a la devoción al Santísimo Sacramento, que tanto recomiendan nuestras Constituciones, el Sr. Lynch era singular en este punto, lo mismo en nuestras casas que en la suya; por dondequiera que fuese, siempre era su primera diligencia visitar a Jesús sacramentado, y no entablaba con­versación alguna antes de ofrecer sus respetos a Nuestro Señor; sus visitas al Santísimo Sacramento formaban su consuelo, y las prolongaba con alegría. De San Vicente nos dicen sus biógrafos que, siendo anciano y estando imposibilitado, se le conducía en una silla a la iglesia para asistir al santo Sacrificio de la Misa; también nuestro enfermo se hacía llevar cuando quería dirigirse a visitar al Santísimo Sacramento, siendo anciano de noventa años, cuando apenas podía dar un paso. Jamás omitió la celebra­ción de los divinos Misterios, y cuando lo hacía a causa de alguna enfermedad recibía la Sagrada Comunión en su aposento.

Murió nuestro Hermano gozando de sus facultades el 19 de Diciembre de 1896, a los noventa y dos años de su edad. A su entierro acudieron muchos Sacerdotes, no sólo de su Diócesis, sino de otras vecinas; también acudieron a Tullow para asistir a sus funerales; asistieron también muchos Obispos. El 21 de Febrero siguiente reuniéronse en Carlow cinco Obispos y muchos Presbíteros para el oficio de cabo de mes. Su antiguo Vicario general el P. Murphy, Párroco de Kildare, subió al púlpito y pronunció una elo­cuente oración fúnebre. Todo Hijo de San Vicente puede legítimamente gloriarse en el Señor al oír un elogio seme­jante sobre uno de sus Hermanos; alabanzas que, aunque muy honrosas, no eran excesivas. De este modo vivió y murió nuestro santo Hermano, a quien se pueden aplicar las palabras del Apóstol San Pablo: Bonum certamen certavi.

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