Santiago Lluch

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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P. Santiago Lluch

20-02-06

Pamplona

BPZ, Febrero, 2006

msoD39DAEl 20 de febrero de 2006 fallecía en nuestra Residencia Asistida de Pamplona, el P. Santiago Lluch Garín, a los 93 años de edad y 75 de vocación.

El P. Lluch nació en Valencia el 3de octubre de 1912. Estudio las humanidades en Valencia y en nuestra casa de Guadalajara a la que llegó en 1932, siendo superior el P. Gregorio Sedano. Ingresó en la Congregación en Hortaleza en 1933, donde hizo los propósitos al año siguiente, con el P. Pampliega de superior. En nuestra casa de Villafranca hizo los Votos de la Congregación, siendo su superior el P. Ojea que ya no dejaría de serlo hasta su ordenación sacerdotal en Madrid, de manos de Mons. Lisson, en la Basílica de la Milagrosa.

Su primer destino ministerial fue el Seminario de Ervedelo, en el que fue Profesor y Admi­nistrador y donde permaneció hasta 1951. Desde entonces su vida sacerdotal se gastó en USA. La parroquias de Holy Agony y La Milagrosa, en New Cork, así como las parroquias de N°Sa de Talpa y de Santa Isabel, en Los Ángeles, saben de su bien hacer sacerdotal y artístico. En todas ellas cuidó su vena musical, en el órgano y en la dirección de los coros.

Cuando la Provincia de Zaragoza dejo la parroquia de Talpa al cuidado de la Provincia de México, en 2002, el P. Lluch vino a Pamplona, donde pronto necesitaría una asistencia continuada.

Los muchos años pasados en América, han hecho que el P. Lluch no sea muy concocido en España, a donde acudía para participar en alguna Asamblea o para pasar sus vacaciones. Los que hemos tenido la suerte de conocerlo más sabemos de su gran humanidad, de su cordialidad y buen trato. Quienes han convivido con él, hablan de su inagotable disponibilidad a cubrir las horas de despacho para dejar a los más jóvenes de la comunidad que participaran en reuniones parroquiales o incluso en ratos de ocio.

En La Misa de Funeral, al que asistieron los compañeros de las dos casas de Pamplona y al­gunos otros de las casas vecinas, el P. David Carmona, que presidió como Asistente Provincial, en ausencia del Visitador, pronunció la homilía que transcribimos a continuación.

Que descanse en la paz de Dios el buen sacerdote y excelente compañero.

J.S.O.

Pamplona, 22 de febrero de 2006

Nos hemos reunido en esta mañana para celebrar la muerte y la resurrección de Jesu­cristo. Porque es el Señor quién nos convoca hoy en la eucaristía para orar y agradecer, en la fe, a nuestro hermano Santiago Lluch Garín, presbítero de la Iglesia en la Congregación de la Misión, su presencia, su dedicación y su entrega.

El P. Santiago Lluch respondió a la llamada que el Señor le hizo de seguirle a edad muy temprana. Ingresó en la congregación en el año 1933 y fue ordenado presbítero el día de San Pedro y san Pablo de 1942. Sus primeros años de sacerdote los dedicó a la formación de los seminaristas en el seminario menor diocesano dirigido por los padres paúles de Ervedelo, pue­blo cerca de Orense. Durante toda su vida ejerció el ministerio sacerdotal en nuestras comuni­dades de Norte América, en Los Ángeles y Nueva York.

En 1952 fue destinado a Nueva York a la parroquia de la Santa Agonía y la Milagrosa.

En 1974 fue destinado a Los Ángeles California, a la parroquia de Santa Isabel; y en el 19 77 a Nuestra Señora de Talpa.

En el 1993 vuelve a Nueva York, y permanecerá allí hasta e12001 fecha en que viene a nuestra comunidad de Casablanca (Zaragoza).

Dada su debilitada salud en el 2002 viene a nuestra comunidad-residencia de Pamplona donde ha permanecido hasta hoy.

En todos estos ministerios destacó por su entrega y ejerció de organista y director de coro en la animación litúrgica de la fe.

En esta Eucaristía queremos orar su descanso y dar gracias a Dios por habernos regala­do la vida de este hombre, de este hermano, (que paso, silenciosamente haciendo el bien) para que hoy nosotros podamos, una vez más, comprender la fuerza de la Palabra.

Porque cada vez que los cristianos celebramos el acontecimiento de la muerte dirigimos a Dios nuestro pensamiento y buscamos en él una razón para la esperanza.

En este sentido, es Cristo el que hoy nos ofrece en el Evangelio una explicación.

Presentía ya su propia muerte como algo próximo: «ha legado ya la hora», les dice a los discípulos. Y desde esa certeza inmediata de su propia muerte, Cristo quiere ofrecer una ense­ñanza sobre lo que entonces sucede.

Fijaos en el grano de trigo, nos dice; cuando lo siembran y lo entierran la humedad lo deshace y el grano se pudre. Pero admiramos también como del interior de este grano des­hecho, nace un pequeño germen que brotará de la tierra y hará crecer una planta de fruto abun­dante.

Así también pasa con nosotros. La muerte nos obliga a devolver a la tierra todo aquello que de la tierra hemos cogido. Y, como lo demás seres de la Creación, también nosotros nos vemos sometidos en la tierra a un mismo proceso de descomposición.

Ahora bien, sí nosotros, en cuanto criaturas, compartimos con el mundo un parecido pro­ceso vital. También en cuanto hijos de Dios que somos, hemos de compartir con el Señor un mis­mo deseo de vida.

Y es que no podemos olvidar que los hombres fuimos creados a imagen y semejanza de Dios; que poseemos, por lo tanto, una inteligencia capaz de conocer las causas de las cosas, y ca­paz, sobre todo, de conocer Dios; y que poseemos también una capacidad de amar que nos lleva superar el egoísmo individual y a entregarnos generosamente en el servicio de Dios y de nuestros hermanos, los hombres.

Esa capacidad de conocer y de amar es la que nos constituye como personas y la que nos asemeja a Dios. Y esa capacidad de conocer y de amar es precisamente la que llega a la plenitud en el momento de la muerte, cuando nuestro cuerpo, como el grano de trigo, cae en la tierra y germina una vida nueva. Porque es entonces cuando nos revestimos de inmortalidad y entramos con Cristo en la casa del Padre, contemplando a Dios cara a cara, llenándonos de su conocimiento y de su amor.

Esta nueva vida que todos esperamos no es una ilusión que nos consuela sino una realidad cierta que se dará en nosotros porque se ha dado ya en Cristo Jesús. El, con su muerte y resurrec­ción, ha inaugurado un camino de vida que nosotros debemos recorrer desde la esperanza y desde la fe, de manera que si Cristo, el Hijo de Dios, ha llegado ya hasta la meta, también nosotros, que participamos de su Parusía, hemos de llegar hasta el Reino del Padre.

Pero para ello tendremos que ir prefigurando en nuestra vida la muerte de Cristo. Tendre­mos que ir muriendo al egoísmo y renaciendo a la generosidad; tendremos que ir muriendo a nuestro orgullo y renaciendo a la humildad; tendremos que ir muriendo a la envidia y renaciendo al amor. Sólo de esa manera podremos, al final, aceptar nuestra muerte y asumir con alegría la vida del Padre.

A la Madre de Jesús, a nuestra Madre Milagrosa, en esta celebración animada por la espe­ranza, le encomendamos, de todo corazón, a nuestro hermano Santiago Lluch.

Estamos convencidos que el Señor le acogerá en su hogar donde podrá gozar eternamente, en el banquete de los pobres, de la plenitud de la vida y la paz.

David Carmona

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