SANTA LUISA: POR CAMINOS OSCUROS (1591-1613) (1)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Sesenta y nueve años incompletos totalizan la existencia humana de Luisa de Marillac (1591-1660). Los veintidós primeros transcurren por caminos oscuros y cañadas so­litarias. Corresponden a la infancia, adolescencia y pri­mera juventud hasta que contrae matrimonio (1591-1613). Es la etapa de la cimentación básica, cultural y espiritual. Parece una paradoja, pero las tinieblas que envuelven sus primeros pasos la encaminan hacia la luz de Cristo.

  1. La infancia en soledad (1591-1604)

La etapa inicial de Luisa consta de dos breves períodos: 1591-1604 y 1604-1613. El primero, vivido en el con­vento de las religiosas dominicas de Poissy, carece de noticias relevantes, pero es ahí donde la niña aprende a dirigirse a Dios y a los hombres. Aunque el tiempo se desliza tranquilo, la pequeña queda marcada cuando se entera del misterio de su nacimiento. Desde entonces, una espina se clava en su corazón y el sufrimiento se convierte en su compañero de viaje por el país de la vida.

“La cruz que su Bondad ha querido que yo tuviese desde mi mismo nacimiento”

Luisa nace en París el 12 de agosto de 1591. Fuera del lugar y fecha de nacimiento, todo lo demás que rodea su infancia está cubierto de sombras. Parisina de pura cepa, “es una de las glorias más puras entre las mujeres fran-cesas”. Aparece en el mundo a finales del siglo XVI, cuando Francia se debatía entre “guerras de religión” y asentaba su futura grandeza política y espiritual. Bajo el advenimiento del hugonote Enrique IV, excomulgado en 1591, y absuelto en 1595 por el papa Clemente VIII, Francia preparaba la propia unidad nacional y la irradia­ción por Europa.

Luisa pertenece a la familia Marillac, de profundas raíces cristianas. Los Marillac militan bajo la bandera del “partido devoto”. Se distinguen en la política: Miguel de Marillac, Guardasellos y Canciller de Francia, y Luis de Marillac, Conde de Beaumont, Mariscal de Francia, her­manos ambos de Luis de Marillac, padre de Luisa.

Este, Señor de Ferriéres, declara al menos en dos ocasiones que Luisa es su “hija natural”. Así consta en el contrato de esponsales con Antonieta Le Camus y en la firma del contrato matrimonial entre la misma Luisa y Antonio le Gras. Como señala puntualmente Calvet, “Lui­sa tuvo que oír y estampar su firma en un documento que enumeraba los ascendientes, padre y madre, de su futuro, y la calificaba a ella misma de hija natural de Luis de Marillac”.

El primer capítulo de su vida se abre con el signo de la contradicción ilegítimo según la ley civil y canónica es la cruz más pesada que tiene que soportar desde la niñez.

Resulta incalculable el dolor que traspasó su alma. Sin embargo, no encontramos en ella un solo resentimiento ni rebeldía contra la sociedad, menos aún contra el plan de Dios. Los traumas existenciales tan comunes en quie­nes sufren accidentes similares no se registran en Luisa, aunque el recuerdo del nacimiento le provoque inevita­blemente accesos de tristeza. Como mujer de fe, perma­nece siempre coherente consigo misma y con los demás.

Se desconoce quién fue su madre; incluso se pone en duda la paternidad de Luis de Marillac. Sea cual fuere la verdad de su origen, ella descubre en este acontecimiento una llamada a la cruz. ¿No recogerá la siguiente comu­nicación el fruto agridulce de su primera experiencia humano-religiosa?

“Las almas a las que Dios destina al sufrimiento de­ben estimar mucho tal estado y pensar que sin una asis­tencia especial de Dios, no pueden serle fieles… El pri­mer toque que Dios da a las que su Bondad llama por tal camino, viene a ser como esa santificación, siendo como un nuevo nacimiento a la gracia, y como con fre­cuencia lo recibimos después que llegamos al uso de la razón, de nosotros depende el que esa gracia se nos siga otorgando… Él me ha concedido tantas gracias como la de darme a conocer que su santa voluntad era que yo fuese a Él por la cruz, que su Bondad ha querido que yo tuviese desde mi mismo nacimiento y no habiéndome dejado en toda mi edad sin ocasiones de sufrimiento”.

Pocas comunicaciones como ésta nos permiten aden­tramos en la intimidad sagrada de Luisa. A juzgar por la presente declaración, desde niña aprendió a abrirse a los “designios de Dios”, que darán unidad a su vida y cohe­rencia a su pensar y obrar.

Según costumbre de la época, Luisa recibe el bautis­mo al poco de nacer.

No sabemos qué día ni en qué parroquia fue bautiza­da; pero estamos seguros de que el nuevo nacimiento por el agua y por el Espíritu le produjo un gozo inmenso cuando supo que era hija de Dios y hermana de todos los hombres. Sobre el sacramento de la iniciación cristiana levantará el edificio de la vida espiritual.

“En el monasterio de las religiosas de Poissy”

Tal vez a los pocos meses de nacer, Luisa es llevada al real monasterio de Poissy. El convento estaba regido por una comunidad de religiosas dominicas, entre las que figuraban Juana de Gondi como superiora, hermana del obispo de París, Pedro de Gondi, y Luisa de Marillac, tía abuela de la niña. Gobillon afirma que Luis “puso un cuidado especial en educarla. La llevó como pensionista al monasterio de las religiosas de Poissy, donde tenía algunas parientes, para cimentarla en los principios de la piedad cristiana”.

La tarea de su educación y formación correspondió a la tía abuela, excelente humanista. En Poissy aprendió a rezar, a escribir, a traducir textos fáciles del latín y a pintar. Luisa pudo permanecer al lado de las religiosas hasta la muerte de Luis de Marillac (25 de julio de 1604).

El ambiente conventual favoreció la piedad de la niña y su capacidad innata para la contemplación; desarrolló además sus dotes intelectuales. Estamos ante una mística en cierne. Calvet parte de la formación humanística que se daba a las adolescentes para afirmar: “La lengua latina forma parte de la arquitectura de su mente. Comunicó a su estilo una exactitud y una precisión robustas, a su espiritualidad, la esencia de la teología, y tal vez a su corazón la alegría de tomar contacto más directo con la Iglesia, que reza en la lengua de san Jerónimo y de moldearse en la tradición romana”.

Luisa contacta por primera vez con la espiritualidad cristiana por medio de la escuela dominicana, de corte intelectual. El aprecio de la jovencita por santa Catalina de Siena, cuyos escritos se leían con avidez en los mo­nasterios dominicanos, impacta la sensibilidad espiritual de la educanda, aunque todavía resulte temprano para medir los efectos de una tal dependencia respecto de la santa italiana. Es innegable, con todo, su inclinación al estudio y a la oración, cauces de su personalidad intelec­tual. Luisa destaca como un privilegio de la sociedad, que cuenta con un noventa por ciento de analfabetismo entre las mujeres.

“Ella había sido su mayor consuelo en el mundo”

El 25 de julio de 1604 fallecía Luis de Marillac. No sabemos si Luisa asistió a los funerales. Murió joven, a los cuarenta y ocho años de edad. Antes de abandonar la tierra, hizo a su hija natural heredera de pequeñas dotes de bienes, lo que permitía a Luisa vivir el presente y afrontar el futuro con alguna preocupación.

Pero era todo lo que la ley permitía dejar en herencia a una “hija natural”.

Más que bienes materiales, Luisa recibió de su padre cariño y medios de formación. El Señor de Ferriéres dejó escrito en el testamento que “ella había sido su mayor consuelo en el mundo, y que Dios se la había dado para su descanso en las tribulaciones de la vida”. El carácter dulce y amable de Luisa no sólo endulzó los pesares de su padre, sino de cuantos la trataron más tarde. La losa que cubrió el cadáver del difunto enmudeció también la lengua de su hija, que jamás hablaría de él en adelante. Este silencio no deja de plantear un interrogante.

ORCAJO, A.: “La pasión por el Espíritu de Jesús. Luisa de Marillac”. Ed. Paulinas

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