Santa Luisa de Marillac. Las etapas de su itinerario espiritual

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Calvet · Año publicación original: 1974 · Fuente: Anales españoles.
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Los que han preparado la edi­ción privada de las obras de San­ta Luisa (cuatro volúmenes), se han encontrado ante un problema difícil de resolver y del que se sospecha solamente su importan­cia. Muchas cartas no tienen fe­cha, aunque la fecha aproximada se pueda determinar con facili­dad. Las «meditaciones» y los «pensamientos» tampoco están fe­chados, al menos casi nunca, lo que resulta dificultoso cuando se quieren utilizar tales escritos para ver qué existe dentro de las diver­sas etapas del itinerario espiritual de la Santa.

Los editores, clasificando los  escritos, ¿han querido seguir sen­cillamente el camino del primer biógrafo, Gobillon, o han encon­trado en aquellos fragmentos los vestigios y pasos de una actividad humana y de una gracia divina en una evolución convergente? Lo que nosotros, por nuestra parte, entrevemos, alcanza a una clasi­ficación que corresponde a unas fechas ya indicadas en una biogra­fía somera. Las fechas decisivas del alma de la Santa son: 1623, 1629, 1634, 1644, 1651, con tal de que no se tomen estas fechas con rigor, y se vea en ellas el centro en donde convergen sentimientos, resoluciones y gracias.

En Pentecostés de 1623 se ve liberada, por el Espíritu, de la neurastenia en la que le había hundido una serie de pruebas que se añadieron a la pesadumbre de su nacimiento. Era una enfermedad cuyas causas y naturaleza los psicólogos pueden buscar el determinarlas confrontándolas con enfermedades análogas. En el orden sobrenatural era también, quizás, una prueba, una tentación, una aflicción, decisivas, de las que nos habla el padrenuestro, misterio que encontramos al principio de la vida apostólica de Cristo. Santa Luisa no salió de ellas para entrar en la anchura de la paz divina, porque no tuvo ni la idea, ni la fuerza, ni la posibilidad de encontrar el camino justo. Se replegó sobre sí misma, con Dios sin duda, pero cerrando este coloquio en un circuito demasiado estre­cho, en el que sus energías no po­dían emplearse sino en un amor egoísta de Dios. Este amor imper­fecto, y que sufría por ser imper­fecto, le empujaba a elevarse si­guiendo el ejemplo de San Vicen­te, dándose al servicio de los po­bres.

Comenzaba así en 1629 la as­censión de la santa montaña, co­mo ella decía: Ir a Dios a través de los otros.

Esta etapa, como todas las que seguirán, comienza con un re­tiro, cuyo programa, muy clásico, es fijado por el director. Esto le obliga a replegarse aún sobre sí misma. Así puede darse cuenta de los medios de trabajo antes de iniciar una obra que la obligará a salir de sí, y le dará a su amor de Dios un alimento externo a ella misma. Durante cuatro o cin­co años, en una inquietud extra­ña, asiste al desarrollo del amor en ella. De repente, he aquí que va por buen camino. Es en el amor a los otros en donde en­cuentra verdaderamente a Dios.

Su vocación es encontrar a Dios por el amor. No le queda sino que­darse en este camino con un com­promiso definitivo, al que dio for­ma de voto religioso, que tanto había deseado antes, que había proyectado y que había sido su tormento porque temía haber fal­tado a su palabra. Esta etapa de 1634 es como la entrada en reli­gión. Ya no busca más, ha roto completamente con aquello que se llama mundo.

Es de notar que durante este período —como por lo que suce­de después— cuando ella camina tan alegremente hacia el desarro­llo del amor, su paso está como medido por golpes de dolor: en­fermedades que asaltan a su dé­bil cuerpo, inquietudes que le causan los caprichos de su hijo, trágicos acontecimientos que con­mueven a su familia, ansiedades que surgen de su conciencia nun­ca enteramente apaciguada. El su­frimiento que de todo ésto resul­ta se mezcla con las caricias de Dios, como dice su Director, y compone esa dulzura amarga que es el sabor propio de la perfección cristiana.

El período 1634-1644 es de ple­no desarrollo espiritual. Libre ya de las dudas, segura de su camino al que se compromete bajo la di­rección de un guía que Dios le ha dado, pone en movimiento todas sus energías para el servicio de Dios en los pobres de Dios. Ahora parece como llevada por la gra­cia y por su propia actividad. Es, aún, estorbada por los accesos de la inquietud espiritual, su humil­dad constitucional la inclina a ciertas desesperaciones, todo lo que hace es contrariado por la dureza diaria de la vida, pero to­do ésto no es más que accidental; lo esencial y evidente es, por el contrario, afianzamiento, triunfo de su personalidad que hace algo de nuevo en el campo de la cari­dad y fija su propia donación en el interior. Ella se da cuenta, no se atreve a decirlo, sin embargo, ella lo dice en el momento de la fundación de Nantes. Es la eufo­ria de un pleno acuerdo de Dios y de su energía, hacia una activi­dad que será perennemente bien­hechora para los desgraciados.

Llegar a este punto es un re­sultado apreciable, para la gloria de una Marillac suficiente a los ojos del mundo, y por Dios ano­tado en el haber de una cristiana cuyo amor ha sido fecundo.

Pero en el orden sobrenatural, en donde nada se mide con nues­tras medidas, existe algo más grande que esta grandeza y es la renuncia a esa misma grandeza, el sacrificio, el aniquilamiento de todo lo que la constituye —digo bien, de todo— aún del oro puro. Iba a decir que llenada a una cima, Luisa de Marillac cambia inopinadamente, y se empeña en seguir otro camino, un camino descendente por el despojo y la abnegación. Sería, aún, tomar prestada una metáfora según nuestro modo de medir los valores. Despojo, renuncia, aniquilamiento, anonadamiento, no es descender, es decantarse, aligerarse para subir a las alturas hacia las cimas inaccesibles para la criatura gravada por la pesadez de su naturaleza.

¿En qué momento ha comenzado este descenso que es subida? En el retiro de Pentecostés de 1643 o en el de 1655, en el ataque nervioso y en la sacudida espiri­tual causada en ella por la caída del piso de su casa. Ella misma ha hecho ver la importancia de este acontecimiento para su vida interior: era una señal, un aviso de Dios quien se ocupa especial­mente de ella y quiere de ella al­go de especial y no sólo el ejer­cicio de amor que realiza caridad.

En su retiro, medita sobre Je­sús en el seno de su Madre. Allí El está verdaderamente unido a la naturaleza humana; no es, si­no una sola cosa en la continui­dad de su carne con la naturaleza humana. Ella ha contemplado lar­gamente este estado del Hijo de Dios y ella nos dice que ha reci­bido gracias singulares, es decir, pienso yo, momentos de amor pu­ro y divino. Y, siempre realista, saca la conclusión de estos fervo­res: «Debo aprender a mantener­me escondida en Dios, con el de­seo de servirlo, sin buscar más el aprecio de las criaturas y la pro­pia satisfacción en su trato, con­tentándome con que Dios sepa que quiero ser para él».

Aquí se hace una confesión. Ha sido feliz en el pasado por las muestras de gratitud tributada a su actividad y ha encontrado una alegría, ciertamente legítima, en la conversación con personas anima­das de su mismo ideal de caridad de acción caritativa. Es a todo esto a lo que quiere renunciar ra­dicalmente para permanecer sola delante de Dios solo. Es el comien­zo del despojo.

Ella se da cuenta inmediata­mente que la operación es doloro­sa. Quiere ser olvidada de las cria­turas, y si la olvidan, sufre por ser olvidada. Le parece, incluso, que en este olvido se da una in­justicia; no se la tiene en cuenta.

Había un campo en el que es­taba sola, y en donde nada tenía que temer el que otra persona vi­niera a reclamar el mérito de su trabajo: era la dirección de sus Hijas. Es conocido con qué amor, con qué apasionante atención ella se empleó en su formación, se empleaba en su dirección. Se da en el mandato, cuando está inspi­rado en la razón y en el deseo del bien, cuando es aceptado por los súbditos, una alegría sutil, de la que ni los mejores, ni los más des­interesados se defienden. Ella tam­bién renuncia a esta alegría. Y le será difícil porque no pudiendo cesar en el mandar, ella no podrá dejar de tener placer en sus man­datos. Constata, sin embargo, un progreso en este punto: «Yo pue­do decir que he renunciado a la ambición de mandar». Ha conti­nuado en el cargo sólo por deber. Ahora comenzamos a comprender lo que es el despojo interior.

Este despojo es general, y nos­otros ya hemos visto algunas de sus manifestaciones. Ella ha re­nunciado a su exigente amor por su hijo, ya no le ve, no le ama sino como hijo de Dios; ha renunciado a sus ejercicios de piedad y prác­ticas particulares a las que estaba fuertemente apegada. Siente que es por aquí, por este camino, por donde va hacia Dios y que la gra­cia la invita a acelerar el paso. Buscando palabras penosamente, como si no se atreviera a manifes­tar su progreso, Luisa escribe a San Vicente: «Siento en mi inte­rior no sé qué disposición que, como según creo, me quiere em­pujar hacia Dios, pero no sé cómo».

En este nuevo camino, en el que ella está comprometida con el permiso de su director, prueba las dificultades inherentes a este ejer­cicio y a los trabajos que asume en el exterior. Cuando ella se en­trega al despojo de sí misma, y es premiada con las suavidades de Dios, se siente tirada de la manga porque los niños abandonados no tienen pan y porque Sor María se ha dejado llevar de un capricho. Esto sucede durante su retiro, en Pentecostés de 1647. Ahora, algo enteramente nuevo sucede, ella absorbe estas dificultades y las vi­ve, por así decirlo, y se nutre de ellas, hace de ellas la trama de su despojo espiritual. Luisa escribe a San Vicente: «Yo creo que Dios no quiere que yo guste plenamen­te sus dulzuras. Tengo motivos para confesar y reconocer que no hago nada que valga… Mi corazón no se exaspera, aunque tenga ra­zones para teinei. que la miseri­cordia de Dios se canse de ejerci­tarse sobre una persona que siem­pre le desagrada».

No se exaspera, no se lamenta: acepta esta voluntad de Dios, que en apariencia, le aleja de Dios. Se ha despojado de su impaciencia espiritual.

Comienza de nuevo. Siem­pre necesita comenzar. Comienza constatando que ha adelantado un poco más y que, ahora, por cier­tas debilidades ella puede hablar de un tiempo pasado. El día de la Ascensión, en su retiro de 1649(?), ella ve a Jesús, cuando triunfa ascendiendo a la gloria, recuerda que El no hace otra cosa, sino obe­decer como siempre.

«Me ha creado confusión el hecho de que en otro tiempo sen­tía pena de que otros se atribu­yeran lo que pensaba haber hecho yo. He renovado la resolución, frecuentemente hecha, de no pre­ocuparme de que se crea lo que le quiera, con tal de que Dios sea servido no importa por quien».

Comprende también —se dirá como por revelación— que Jesús, obedeciendo a su Padre, une es­trechamente en sí mismo la vida de acción y la vida de oración. Así, este espíritu de desprendimiento, del que se siente acosada hasta el punto de ser absorbida, puede conciliarse con la actividad del servicio a los pobres enfermos y a las Siervas de los pobres enfer­mos. El amor de Dios presente en ella, y únicamente amado, que para que permaneciera, en otro tiempo, tenía que renovarlo de cuando en cuando con actos con­cretos y relaciones positivas, es ahora un estado que sostiene todo lo que hace, que dirige el perfec­cionamiento de su despojo sin que su vida exterior sea perturba­da. Hacia 1651 ó 1652 es cuando ha entrado en un despojamiento acelerado. Ha entrado en él, como de costumbre, por un retiro en Pentecostés, cuyo plan fue traza­do, como de costumbre, por S. Vi­cente. Uno de sus historiadores, Collet, que dice basarse en fuen­tes cuya naturaleza no indica, afir­ma que el programa del retiro era admirable. El elemento nuevo del programa, del que Collet da un resumen, es el hecho de que la que hace el retiro pasará rápidamente sobre los ejercicios de la vía pur­gativa y de la vía iluminativa, cu­yos secretos ella conocía bien, para abandonarse en Dios, para darse a Dios, que hará de ella lo que quiera. La dirección de su re­tiro ya no le pertenece más, es Dios quien manda. El director y la dirigida son demasiado humil­des para pensar que ellos, así, en­tran en el camino de la vida mís­tica; en realidad, así es, y vere­mos cómo Luisa de Marillac pene­trará muy adentro. Por el momen­to, ella cree continuar en perfec­ción su despojo desde lo exterior, pero es desde el interior desde donde realmente ella trabaja.

«No puede entender que el rei­no de los cielos sea otra cosa que vos, Dios mío. ¿Qué? ¡Vos sois de aquellos que no tienen nada! ¡Oh! verdaderamente vos sois el TODO. Para teneros yo quiero renunciar a todas las cosas. ¡Oh! ¡Amor pu­ro, que yo os ame! Vos sois fuerte como la muerte. Separad de mí todo lo que os sea contrario».

Todo ésto, todo lo que sea obs­táculo para el puro amor, porque no es El, Luisa lo enumera con cuidado, penetrando hasta los úl­timos repliegues de su ser. En pri­mer lugar lo rechaza en bloque. «Quisiera ser enteramente consu­mida por un anonadamiento de mi interior». Esto será la realiza­ción absoluta de la unión mística. Es verdad que es sólo un deseo, falta por llevarlo a la práctica.

Luisa torna sobre las gracias que recibe —y se comprende has­ta qué grado ella debe estar, por así decirlo, importunada para ha­blar de esto tan frecuentemente—, ella pide verse privada de ellas o liberada, no queriendo otra cosa que Dios sólo. Pero Dios la hace comprender que no es por ella por lo que recibe las gracias. Ella lle­va a la práctica ahora lo que ya sabía con certeza era una regla de oro de San Vicente: ella no es si­no un instrumento en las manos de Dios, como la lima en las ma­nos del carpintero, como la mim­bre en las manos de un cestero. En esto se sintetiza su personali­dad y acepta que así sea. «Yo pido a Dios de no subsistir en mí».

Dios es único. Luisa no olvida­rá esta revelación recibida en uno de sus retiros. Había sido perturbarda por una página del Memo­rial del P. Granada sobre la pre­destinación; recibe un consuelo total leyendo en la Guía de peca»dores del mismo P. Granada cric Dios es el que es. No lo ignoraba, pero ahora lo había entendido pa­ra siempre. Por esto, desea perder su propio ser en el ser de Dios. Y como se quedara espantada de la ambición de su propio deseo, lo lleva al campo más humano y más preciso, al sacrificio esencial de su libertad: «No queriendo la pro­piedad del propio libre albedrío, lo pongo en las manos de Dios y de mi director».

Qué será de este despojo, de esta vía mística, si la fundadora de las Hijas de la Caridad lo apli­ca, corno debe hacerlo, para ser fiel a su costumbre, a la dirección de las Hermanas? A una de las más avanzadas en la espiritualidad, a Margarita Chetif, escribe en 1658:

«Yo no me espanto si nuestro Se­ñor os ha hecho participar de sus sufrimientos internos. ¿Creería ser tan honrada delante de Dios y delante de los Angeles, y que ésto no os costase nada? Yo no dudo de que la gracia divina os sosten­ga fuertemente en vuestras debili­dades e insensibilidades. No sabe usted, mi querida hermana, que estos son los ejercicios en los que el Esposo sagrado de nuestras al­mas encuentra su placer, cuando se ejecutan con amorosa pacien­cia y con aceptación tranquila, sin apenarse porque nosotros sufra­mos viéndonos en tal estado? Yo sé muy bien que usted tienes cui­dado de no perder estas ocasiones para dar testimonio de vuestra fi­delidad, y que vuestro corazón no se abre a los razonamientos del sentido natural, que hace ver las cosas fuera del comportamiento de la divina Providencia y del cum­plimiento de la santísima volun­tad de Dios.

Sé también que os hacéis la sorda a los «clamores de los ajes y cebollas de Egipto», para la sa­tisfacción de verse en el pi opio país; entre las personas conocidas, quienes de vez en cuando nos di­cen palabras buenas que parecen hacernos progresar bastante, por­que tienen parte de nuestro sentir y espíritu; por un poco de tiem­po nos agradan y entretienen, pe­ro al fin no nos encontramos más virtuosas. Sometidas a la prueba de la mortificación y de la tenta­ción, quedamos abatidas y en un estado, así me parece, deplorable. En efecto, lo estaríamos si no fué­ramos atraídas hacia Dios por el filo del espíritu, diciéndole desde el fondo de nuestro corazón: «; Dios mío! Todo lo que a vos agrade, yo soy vuestra, haciendo todo, a despecho de la tentación, pura y simplemente por el amor de Dios, contentándonos con lo que su voluntad quiere que nos­otros seamos en el estado que él nos puso, sea por razón de su pro­videncia, sea por razón de las cria­turas.

No os habéis dado cuenta, mi querida hermana, de lo que suce­de en San Juan Bautista, que cono­cía y amaba tanto a nuestro Se­ñor, hasta dar el testimonio que usted sabe? Y no obstante él se aleja, o mejor, Dios le separa por su vocación a la penitencia, aun­que no haya nacido en pecado. No cree usted que Dios quiso darnos este ejemplo a las almas que él quiere separar de todos los afectos de la tierra para llenar sus corazones de su santo amor? ¡Qué consuelo cuando un alma se ve así enteramente dependiente de la conducta particular de Dios! ¡Se­ría bastante para gozarme con usted!

La confidencia queda como ve­lada por estar al alcance de la hu­milde hermana, pero se siente la vibración temblorosa.

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