Santa Luisa: ante la infancia abandonada (II)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Margaret Flinton · Year of first publication: 1974 · Source: CEME.
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Hijas-de-la-Caridad-18-LuisaA pie de obra para socorrer a los niños abandonados
Desde el comienzo, Luisa previó grandes dificultades, angustiosas perplejidades y sobre todo enormes gastos. A pesar de ello aceptó hacer un ensayo. Iniciado en su casa, este ensayo era de los más modestos: dos o tres niños solamente para los que una nodriza «bastará para el tiempo que usted señale, y más». Pero Vicente estaba siempre allí para animarla a «hacer una experiencia más amplia». Las damas actuaban también… al azar y en orden disperso. Esto había que corregirlo. Luisa intervino para establecer un método ordenado; las damas estaban de acuerdo en cuanto al principio, pero luego disentían sobre el camino a seguir.
La causa del desorden provenía sobre todo de los esfuerzos de la señorita Hardy, una de ellas, que quería que la compañía de las damas se encargase de la «Cuna» pero sin cambiar de local y siguiendo el orden que allí estaba establecido. Tenaz en sus ideas, presionaba a Vicente de Paúl para que reuniese a las damas que la secundaban y habían prometido su colaboración. No compartiendo esta opinión, lo confía todo a su colaboradora pidiéndole consejo.
«Opino, dice, que sería preferible abandonar los fondos de esta casa establecida antes que someterse a dar tantas cuentas y a franquear tantas dificultades, y hacer una fundación nueva y dejar a ésta como está, por lo menos por algún tiempo. ¿Qué le parece?».
La creación de una obra nueva, más libre, más cristiana, pero ciertamente más costosa también, le parecía mejor también a Luisa. Pero el buen sacerdote se veía en la necesidad o de contristar a la señorita Hardy o siguiendo el parecer de ella actuar contra su propia idea. Después de pensarlo, se decidió por lo primero con la esperanza de que ésta estuviera conforme con la prueba que Luisa proponía «de una nodriza y alguna cabra».
Las damas, habiendo palpado en persona la miseria de los pobres niños inocentes de la «Cuna», querían favorecer a toda costa la proposición de Luisa. Apoyaron la idea y de-cidieron tomar doce niños, con la intención de aumentar este número según los recursos. Echaron a suerte para ver quiénes eran estos primeros «para honrar a la providencia divina, no sabiendo sus designios con respecto a estas pequeñas criaturas».
Un local independiente de «La Cuna»
Para hospedarlos, alquilaron una pequeña casa en la puerta de San Víctor en la calle de Boulangers. Las hijas de la caridad se convertirían, en el mes de febrero de 1638, en las madres adoptivas de los niños abandonados de la capital.
La compañía de las damas de la caridad había indicado la necesidad de que «aquella casa dependiera de la superiora de las hijas de la caridad» y que ella fuese allí «a pasar siete u ocho días» con el fin de poner la obra en pie. Vicente de Paúl, secundando la idea, escribe a Luisa en el momento del traslado:
«He ahí la tarea que os incumbe con respecto al cambio de los pequeños niños abandonados y al orden que habrá de establecerse en la nueva fundación».
De ahora en adelante, Luisa velará por el conjunto y por los detalles de este servicio con la más ingeniosa y constante solicitud.
Las damas tienen la administración
Para la organización de la nueva fundación su primera preocupación será redactar una memoria que comunica a Vicente de Paúl. Este la examinará «en dos asambleas con los oficiales del hospital» y la condensará en seguida en forma de reglamento. Las damas se reservarán solamente el derecho de subvencionar la conservación de la fundación y de ocuparse de la administración temporal. De Luisa deberá depender: la dirección de las hermanas, de las nodrizas y de los niños abandonados que aumentarán.
Definir la dirección precisa de la señorita Le Gras en el gobierno de la obra era muy necesario porque desde el principio tuvo dificultades con la encargada de la casa, sor Pelletier. Mujer de una gran independencia de espíritu, hubiera hecho mejor con no haber entrado nunca en comunidad, en la que además permanecerá poco tiempo.
Instalada en 1636, en el hospital, en que Vicente de Paúl sentía la «necesidad de una persona de consideración… tanto por las coyunturas que allí surgían para los niños, como para recibir a las damas» ella había tenido ya experiencia con los niños abandonados, que se llevaba al hospital antes de enviarlos a la «Cuna». ¿Por esta experiencia fue por lo que fue nombrada directora en la calle Boulangers o fue quizá por la generosa ayuda prestada a la obra por uno de sus parientes? Los documentos no nos aclaran nada sobre esto.
Sea lo que fuere, una vez instalada en la nueva mansión, sor Pelletier no quiso atenerse ni al reglamento ni a la vida de comunidad. Además, tener que dar cuenta a la señorita Le Gras «cada ocho o cada quince días a lo más» de lo que ocurría en la casa no le gustaba nada. Por el contrario se entrega a maniobras ante las autoridades eclesiásticas y judiciales bien sea contra san Vicente, bien contra las damas de la caridad, a fin de atribuirse a ella sola la administración y los recursos de la obra. Luisa que cuenta sus gestiones a Vicente de Paúl, confiesa que confía «en que Dios sabrá sacar motivos de su gloria de este enojoso trance».
Después, las hermanas
Llegó un día, en efecto, en que Vicente tuvo la alegría de enviar «los papeles» relativos a la fundación a la superiora, así como las llaves de la casa. Todo se arregló cordialmente a juzgar por el hecho de que Luisa confiaba, en el mes de septiembre de 1638, la responsabilidad de la casa madre a sor Pelletier por el tiempo de su ausencia de París.
A fin de dar el primer impulso a la obra, asegurarse del buen orden y regular los gastos, Luisa había pasado las primeras jornadas en medio de sus hijas en la pequeña casa de la calle Boulangers. Sin duda es, durante esta estancia, cuando ella trazó el presupuesto de gastos que contiene minuciosos detalles sobre la obra naciente: el alquiler de la casa asciende a 300 libras; el sueldo de las nodrizas, en número de cuatro, es fijado en ocho escudos; les son asignadas tres sueldos de pan, mientras que a la directora y a las tres hijas de la caridad les son asignadas solamente dos sueldos… 48. El espíritu de orden y de previsión de Luisa se manifiesta en los detalles que hemos dado, ese mismo espíritu que se manifestará tantas veces en lo que sigue.
Alerta: el local es requisado
Desde la marcha de Luisa se presentaron dificultades de uno u otro género. Esta vez fue por parte de la casa, de la que la autoridad militar requisaba ciertas piezas para alojamiento de soldados. Madre cuidadosa por salvaguardar la pureza de sus hijos y de evitar cualquier escándalo, escribe a Vicente de Paúl para que recurra a la señora del canciller «hasta que vuestra caridad obtenga sobre esto una prohibición de la reina». La esposa del canciller no pudo hacer nada sin embargo y el santo tuvo que dirigirse a la duquesa de Aiguillon; mientras espera una respuesta favorable, él cree que es esencial que su colaboradora regrese «a pasar algunos días en la casa de los niños abandonados».
Fue un consuelo para Luisa encontrarse de nuevo entre los pequeños inocentes a quienes estaba muy fuertemente ligada. Lo que le entristecía era no poder adoptar un número mayor. A pesar de las simpatías que la obra suscitaba sólo progresaba lentamente. La carga de la empresa parecía a veces superior a las fuerzas de las damas; no había más que mil doscientas o mil cuatrocientas libras al año de renta asegurada, los niños eran siempre doce, las damas reemplazaban fielmente «las plazas vacías» y la mortalidad de los niños era aún muy grande. Luisa se afligía y Vicente compartía sus inquietudes.
«Puede haber algo de lo que usted dice, le escribe él… habría que pensar seriamente lo que es necesario hacer».
Se propone una asamblea de damas en la que el santo quiere ver su colaboración presente. A pesar de las dificultades de la obra comprenden los dos que había llegado el momento de dar un paso adelante. La asamblea general de las damas a principios del año 1640 debía realizar al fin el deseo de los dos santos.
1640: Extensión de la obra: se admitirá a todos los niños abandonados.
El mismo Vicente se encargó de comunicar la buena nueva a Luisa que se hallaba fuera de París.
«¡Oh! qué necesaria es la presencia de usted aquí… La asamblea general de las damas del hospital se hizo el jueves pasado. La señora princesa y la señora duquesa de Aiguillon la honraron con su presencia. Nunca había visto a la compañía tan grande y tan modesta a la vez. Se ha tomado como resolución aceptar a todos los niños abandonados. Puede estar segura, señorita, de que allí no fue usted olvidada».
Fue preciso, sin embargo, esperar hasta el treinta de marzo de 1640, para realizar el comienzo de la ejecución de esta enorme empresa. Tampoco la pequeña casa de la calle Boulangers puede acoger a estos pobres niños cuyo número aumentaba continuamente. Luisa aloja a una parte en la casa madre de las hijas de la caridad en La Chapelle, cerca de París; hace traer a los niños que la directora de «la Cuna» había instalado en la ciudad; y desde el primer día comienza a organizar el alojamiento de los niños en casa de las nodrizas de fuera.
Alojamiento hogareño
El fin que perseguía era instalar, cada vez que los recursos lo permitían, a tantos niños como fuera posible con una nodriza en el campo. Es verdad que había establecido nodrizas sedentarias en la casa de la hermanas pero sólo como medida provisional, para asegurar la lactancia inmediata de los abandonados. Debido a su pequeño número, era preciso recurrir a veces a la lactancia artificial. Luisa prefería esta medida a confiarlos a una mujer que no ofrecía todas las garantías requeridas.
En París primero
La penuria de nodrizas de provincias hacía que la instalación de los niños resultase muy difícil. Ya, en el año 1638, no habiendo podido encontrarlas, Luisa se había visto obligada a aceptar a la que le ofrecían del hospital. Muchas veces en los años siguientes se verá forzada a tomar a otras de la capital incluso, porque la penuria se hacía sentir cada vez más a medida que el número de niños aumentaba. Sus preferencias, sin embargo, eran para las nodrizas del campo.
En provincias después
El 30 de marzo de 1640, colocaba en el campo los cuatro primeros de su gran familia de niños abandonados.
Los caminos eran malos; el viaje debía hacerse por barco de pasajeros sirgado por caballos o en coches malos; los fríos del invierno o los trabajos de las cosechas impedían a menudo reunir a las mujeres del campo; se les pagaba poco. Pero Luisa no iba a dejarse vencer por los obstáculos que retenían a las nodrizas en provincia.
Cuántas circunstancias va a tener en cuenta en la elección que de ellas hace. Después de la elección toma muchas precauciones con respecto a las nodrizas ya sea sobre la relación de la calidad de su leche, ya sea sobre la de su moralidad. Su caridad previsora mira por el porvenir de sus hijos adoptivos, a ese porvenir que dependerá de los cuidados que reciban en casa de las nodrizas; es allí donde se desarrollarán sus cuerpos, su espíritu y sus costumbres.
No le parecía suficiente arrancar al niño de la muerte o incluso velar por su desarrollo físico; era preciso además darles una buena educación intelectual y moral, convertirlo en un ciudadano útil a sí mismo y a la sociedad. Insistía sobre la obligación de velar por la moral de los niños. Para ello ejercerá en persona una vigilancia atenta sobre las nodrizas que se presentan.
Estas deberán presentar un certificado de moralidad y someterse a la inspección de un médico encargado de verificar su edad y la calidad de su leche, su estado general. El certificado debe llevar también la firma del cura párroco, y no constatar sólo la regularidad de las costumbres, sino decir además que están casadas, y si su hijo está vivo o muerto. Para esto se les remite una hoja impresa, llamada vulgarmente bula, del que las hermanas conservaban un duplicado en casa.
En los ocho primeros días que seguían a la llegada del niño al pueblo, la nodriza debía presentar esta bula a su párroco que les ponía su visto bueno. El reglamento de 1774 atestiguará la utilidad de estas reseñas registradas en estas hojas que «harían las veces de billetes de reenvío de cara a los señores curas, que podrán hacer que se los presenten; sea para conocer a los niños, sea para atestiguar su existencia o su fallecimiento».
Según los documentos consultados, la más antigua de las bulas, es la siguiente:
«Hoy treinta de marzo de 1640 hemos dado a José Decheunin para ser amamantado a Margarita, mujer de Pedro Hallard, que vive en Follye, con otro nombre Gumet, por cien sueldos al mes; adelantado el primer pago, los otros les serán pagados por M. presentando la presente memoria con un certificado del señor cura, que asesore el estado del niño, y en caso de que el niño llegase a morir, será enterrado sin ninguna
ceremonia, y dicha nodriza estará obligada a presentar también un certificado del día de su fallecimiento con las ropas de dicho niño».
Documento que parece primitivo para la mentalidad del siglo xx en que se ha realizado esta grandiosa asistencia en todos los dominios, pero que contiene detalles que se leerán no sin interés; documento que citamos también, porque se trata de un niño abandonado confiado a la mujer de Pedro Hallart por la misma Luisa de Marillac.
La comunidad de las hijas de la caridad posee, como un tesoro de sus archivos, el manuscrito que resume los hechos los hechos de la bula citada; Luisa nos da en él detalles del alojamiento del pequeño José en casa de «Margarita Plassiére, mujer de Pedro Hallard que vive en Follye cerca de Gif» y del de otros diecinueve niños confiados a nodrizas durante el primer mes 62. En el margen, al lado del número de orden, el nombre de la localidad es repetido por la mano de san Vicente de Paúl, lo que hace de esta memoria un recuerdo vivo de su colaboración a esta gran obra de caridad.
De los niños solamente cuatro habían sido confiados a las nodrizas de la calle Boulangers: «Carlos que se decía que era gentilhombre», un muchacho llamado «Etienne» y dos niñas. La mayor parte de las madres adoptivas eran campesina, ya de París, ya de los alrededores de la ciudad: «una lavandera llamada señora Catalina… la mujer de un ganapán que vivía cerca del puerto de Saint-Landry… la mujer de Denis, carnicero… la mujer de Marin Baron, escultor… Micaela Damiette, conocida de la señora Souscarriére».
El método concienzudo, técnico, que preside la elección de las nodrizas, nos hace imaginar que estamos en presencia de un tipo primitivo de reglamento de una casa de maternidad de nuestro siglo o del control de la Seguridad Social.
Visita a los niños encomendados a las nodrizas
La encomendación de niños a nodrizas aumentó cada vez más. A Luisa le importaba ver a los recién nacidos en las casas de las nodrizas alejadas de París. conocer la manera con que éstas cumplían sus compromisos. Los certificados de buena conducta que se les exigía para el pago de sus salarios, aseguraban su moralidad, pero esto no bastaba. Era preciso proceder a la visita a los recién nacidos.
…Por las damas
Igual que en el hospital, se organizó primero la visita cotidiana a los niños en la capital por las damas de la caridad «cada una en su día, de dos en dos, según la nota que se les enviará» .
Los niños de los pueblos fueron también objeto de la solicitud de Luisa y de Vicente. Se animó a las damas a visitarlos, cuando se les presentase la ocasión de ir a visitar aquellos lugares. Desde el principio se propuso incluso enviar a veces con este fin «a un hombre joven y virtuoso» que quizá podría ser un hermano de San Lázaro, como ocurrió en 1649. Enviado en viaje de inspección en aquel año, el hermano empleó, según Abelly, «casi seis semanas en hacer la visita».
Había que completar esta vigilancia ocasional. Una vez más será a la hija de la caridad a quien se recurra para llenar la laguna; primero como auxiliar de las damas y poco después «de dos en dos» e informando solamente a las damas. En el mes de septiembre de 1642 la primera de las hijas será elegida como compañera de la señorita de Mée que «se propone ir a visitar a los niños de Normandía. ¿A quién le daremos?», pregunta Vicente de Paúl. Algunos días después expresaba su aprobación por la elección que había hecho Luisa: que la acompañara sor Juana de la parroquia de Saint-Germain.
Formación de las hermanas para su misión
Viendo cercano el día que sus hijas partan solas para hacer la visita a los niños, Luisa se ocupa de la formación de las primeras «enfermeras visitadoras» cuya institución permitía extender el radio de acción caritativa.
…Las que van a los pueblos
Antes de la partida de las hermanas encargadas de la visita, se les daba una nota nominal con los niños encomendados a nodriza. Los nombres y apellidos del niño, su edad y sexo estaban allí consignados; había una columna reservada a las hermanas para que anotasen el resultado de sus observaciones sobre la constitución física del niño y de la nodriza, sobre los hábitos morales del pequeño y sobre la naturaleza de los cuidados que se les daba.
Lalleland ha publicado un informe de este tipo. Se trata de una visita hecha en Normandía y en Picardía por las hermanas de los niños abandonados. Sor Nicole Haran, que ha redactado las observaciones que aquí se encuentran, pertenecía al número de hermanas que se habían formado en las virtudes y trabajos propios de la institución bajo la mirada de la fundadora que, en 1659, alababa «una caridad muy singular para los niños» en esta hermana.
El informe dice que «las hermanas han encontrado a todos los niños de los pueblos bastante bien cuidados, a excepción de diez que habían quitado a nodrizas negligentes y se los habían dado a otras más cuidadosas». Señalan que «en Normandía, donde había casi cuatrocientos, están mejor alimentados que los de Picardía, donde se hallaban doscientos treinta y dos».
En este tiempo, en París, sor Cailly, ecónoma de la casa de los Enfant-Rouges, reclama en varias ocasiones la evacuación al hospital de Vaugirard de niños venidos de «la Cuna», y de nodrizas contaminadas por los pequeños desventurados, porque en la casa no hay un lugar apropiado para curarlos. Persona previsora da también todos los objetos que había para su uso, detalle a subrayar en el siglo XVII…
Por carta, Luisa animaba a sus hijas «en visita». A dos de ellas les escribe:
«Bendito sea Dios por la fuerza y el coraje que os da en todos vuestros trabajos, hacéis una maravillosa proeza. Tan pronto como sepa la resolución de las damas, la remitiré a ese buen escribano tan caritativo. No os olvidéis, os lo ruego, de volver a enviar a todos los niños que veáis que se defienden bien por sí solos, y de hacer destetar a los que ya pasan de dieciocho meses».
Al mes siguiente anunciaba el retorno en buen estado de salud de las dos hermanas, «Bárbara y María Daras de la visita a todos los niños encomendados a nodriza, en la que han empleado seis semanas justas».
Sor Bárbara se mostraba singularmente apta para hacer los viajes de inspección. También la encontramos dos años más tarde y en muchas otras ocasiones en los años sucesivos en visita a los niños de los pueblos en la que nunca manifestó repugnancia alguna. Su entrega a los niños era en verdad un culto, el culto de Aquel que se hizo pequeño por nosotros. En cuanto a los niños enfermos, los amaba de tal manera que, según testimonio de una compañera «los tenía la noche entera entre sus brazos para suplir las cunas que faltaban».
…Las que están en el sitio
Las hermanas instaladas en los pueblos donde se encontraban los niños encomendados a nodriza tenían a veces que ejercer una vigilancia sobre ellos y sobre sus madres adoptivas. Alejada de París, Luisa escribía a una hermana de la casa madre pidiendo una lista de los «lugares y nombres en donde están todos los niños de este barrio, para que yo me informe». En 1652 se dirige a las hermanas que están en Chars:
«Mi sor Margarita hará la cuenta de lo que tenéis que entregar a las nodrizas; mandadnos, os ruego, el estado de ese niño, y procurad que nos sea enviado en el tiempo que se os ha mandado».
Vicente de Paúl envía una palabra de ánimo a sor Juana Francisca que se halla en Etampes, diciéndole que ha hecho bien en enviar al pueblo a los mayores de entre los niños, y le confiesa al mismo tiempo que las damas «tienen pena o se enojan por hacer este gasto. Yo las veré sin embargo mañana para tratar de hacer que se le envíe algo a usted, para que pueda continuar aún durante algún tiempo alimentando y educando a los más pequeños».

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