Santa Gianna: El amor más grande. Médico, esposa, madre.

Francisco Javier Fernández ChentoGianna Beretta MollaLeave a Comment

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Autor: Desconocido .
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«Mirad a las madres que verdaderamente aman a sus niños. ¡Cuántos sacrificios hacen! Para todo están preparadas, incluso para dar la propia sangre para que sus hijos crezcan buenos, sanos y robustos. ¿Acaso no ha muerto Jesús en la cruz por amor a nosotros? Y con la sangre del sacrificio con la que se afirma y se confirma el amor».

«Era una mujer espléndida, pero absolutamente normal. Era guapa. Inteligente. Buena. Le gustaba sonreír. Era además, una mujer moder­na, elegante. Conducía su coche. Amaba la montaña y esquiaba muy bien. Le gustaban las flores y la música. Le gustaba viajar. Yo tenía de desplazarme frecuente-mente al extranjero a causa de mi trabajo, y cuando me era posible, la llevaba conmigo. Fuimos a Holanda, a Ale­mania, a Suecia. Un poco por todas partes de Europa. Era, sin duda alguna, una mujer normal. Una mujer como tantas otras. Pero tenía algo singular, quizá: una gran religiosidad, una confianza absoluta en la Providencia divina. Y no dejó de confiar nunca en ella, ni siquiera en los últimos meses de vida… Gianna no era uno de esos tipos místi­cos que piensan sólo en el Cielo y que viven es esta tierra creyendo que es sobre todo un valle de lágrimas. Gianna era una mujer que sa­bía disfrutar, en el buen sentido de la palabra, de las pequeñas y gran­des cosas que Dios nos concede también en este mundo. Sin embargo, cuando se dio cuenta de la terrible coincidencia de su embarazo y el desarrollo de un grueso fibroma su primera reacción, razonada, fue la de pedir que el niño que llevaba en el se­no se salvase. No fue un suicidio. Gianna confiaba en la Providencia. La decisión de mi mujer fue el resultado coherente de toda una vida. Una decisión cuyas raíces se encuentran en los años de infancia. En su familia de origen. En la atmósfera profundamente religiosa que le habían proporcionado siempre a ella y a sus hermanos. No lo hizo porque esperase nada a cambio, ni ‘para irse al Cielo’. Lo hizo porque se sabía madre»

Pietro, su marido

Gianna Beretta nació el 4 de octubre de 1922 en Ma­genta, en el norte de Italia, la décima de las hijas de Alberto Beretta y María de Michelis. Era una de las típicas familias burguesas acomodadas del norte de Italia de esa época, con una característica importante: era una familia profundamente cristiana.

A pesar de su posición económica cómoda, los hijos fueron educados en un clima de sobriedad y despren­dimiento. Alberto y María habían enseñado a sus hijos a preocuparse por los más necesitados. Gianna comenzó en 1929 sus estudios elementales, y en 1933 se matriculó en el Liceo Paolo Sarpi. Sus calificacio­nes escolares fueron normales, con abundancia de suficientes y alguna convocatoria para septiembre de italiano y latín. Tras la muerte de Amalia, la hermana mayor, a los 26 años, la familia se trasladó a Génova-Quinto al Mare, en la Rivera italiana de Levante. Allí se veía a la familia en Misa de ocho de la mañana, acompañados de algunos de sus hijos. Unos marcha­ban luego a la Universidad; otros, como Gianna, al colegio. Era buena deportista, amante de salidas al campo. Alberto y María murieron en 1942, con 4 me­ses de diferencia. La familia se trasladó entonces a la casa paterna de Magenta.

Gianna se matriculó en 1942 en la Facultad de Medi­cina de Milán. Fueron años los años difíciles del fas­cismo y de la guerra mundial. En 1945 se traslada a la Universidad de Pavía. Sus compañeros la recuer­dan como una chica estudiosa, alegre, serena, amante de la naturaleza, con muchas aficiones: le gustaba pintar, la música, tocaba el piano y disfrutaba subien­do a las montañas cantando a pleno pulmón. Durante aquellos años no se dedicó sólo a estudiar.

En 1943 fue nombrada secretaria de un grupo estu­diantil de Acción Católica. Ocupó varios cargos en la Acción Católica hasta 1956. Daba charlas, asistía a diversas reuniones de carácter apostólico. Participó en las Conferencias de San Vicente, y muchos sába­dos iba a visitar con algunas amigas familias necesi­tadas. Organizó varias tandas de Ejercicios Espiritua­les para sus amigas. Les insistía en la necesidad de fomentar las virtudes humanas (para ser personas «de una pieza») y las espirituales (las animaba a la prácti­ca de la oración diaria, las alentaba a acudir a la San­ta Misa y a la Comunión, a ser posible todos los días, y si no, al menos, cada semana). Decía: «Sólo si po­seemos la riqueza de la gracia podremos darla a nues­tro alrededor; porque el que no tiene, no pude dar na­da». «Meditación, al menos diez minutos. Visita al Santísimo, Santo Rosario, devoción a la Virgen. Y sobre todo, vida de oración».

El 16 de junio de 1946 su hermano Giuseppe se orde­nó sacerdote. El 30 de noviembre de 1949 Gianna obtuvo la licenciatura en Medicina por la universidad de Milán, y el 27 de enero de 1950 le dieron el certi­ficado que la habilitaba para ejercer la Medicina en la especialidad de Pediatría. Abrió un ambulatorio en un pueblo de 2.000 habitantes, Mesero, junto con su hermano Ferdinando. Mientras tanto, otro hermano suyo, Enrico, se había ordenado también sacerdote y había marchado a Brasil. Por aquellos años se planteó su vocación. A ella le parecía que Dios le pedía ejer­cer su profesión de médico, pero ¿dónde? Se planteó la posibilidad de marchar a Brasil, con su hermano Enrico, a trabajar en su hospital. Pero nunca acababa de tomar la decisión. En 1954 tomó la resolución de ir a Lourdes a pedir luz a Dios. A la vuelta, en Ma­genta, se encontró la respuesta de Dios en la persona de Pietro Molla, que sería su futuro marido. Pietro era hijo de unos vecinos.

Tras varias coincidencias, Pietro la invitó a ir a la Scala de Milán en Nochevieja. Gianna aceptó, y al volver, estuvieron celebrando el año nuevo en casa de Pietro. El 20 de febrero de 1955 le propuso que se casara con él. Gianna aceptó. Durante su noviazgo, Pietro tuvo que hacer varios viajes profesionales.

Su comunicación más frecuente fue por carta. En ellas Gianna y Pietro se comunicaban sus sentimien­tos como cualquier pareja de enamorados. Los dos eran personas profundamente religiosas, y prepararon su matrimonio poniendo su futuro a los pies de la Virgen. El 24 de septiembre de 1955 se casaron en la basílica de san Martín de Magenta. Al poco iniciar su vida matrimonial, volvió a trabajar como especialista en Pediatría. En 1956 nació su primer hijo, Pierluigi, y en 1957 Maria Zita. En 1959, después de un embarazo un poco difícil, nació el tercer hijo del matrimonio, Laura. En 1961 esperaban el cuarto hijo. En agosto le escribe a su amiga Mariuccia, que cuidaba a sus hijos en Courmayeur: «Te voy a contar lo que me ha sucedido. El martes, cuando Nando me estaba reconocien­do médicamente, advirtió que además del embarazo había un tumor bastante voluminoso. Pensamos que era un quiste ovárico. Fui al profesor Vitali, y aunque él nos confirmó en nuestras sospechas, nos dijo que era mejor esperar quince días (…) Aquel día por la mañana comencé a notar hemorragias. Me acosté rá­pidamente, me pusieron inyecciones, bolsas de hielo y cesó la hemorragia (…) Sin embargo, persistían los vómitos, y aunque el profesor me dijo que podía haber sido una amenaza de aborto, proseguí embara­zada. Pero, más que esperar; es mejor que me operen enseguida: lo han decidido para la semana que vie­ne».

Aquello le preocupaba, más que por su vida, por la de su futuro hijo. Y antes de la intervención le dijo a su marido, al profesor Vitali y a su hermano Ferdinando, su decisión: deseaba, antes que nada, que durante la operación se protegiera la vida del niño; si era preciso, por encima de la suya. Y le recordó al cirujano muy cla­ramente este deseo suyo antes de la operación.

Antes de entrar en el quirófano quiso confesar y co­mulgar. Durante la operación, el médico encontró una masa de fibroma seroso uterino. Extirpó la masa del fibroma, sin dañar la cavidad uterina, para hacer posible el embarazo, en contra de la práctica normal, que procede a la extirpación total, por los graves ries­gos que reserva a la madre. Gianna sabía, como buen médico, que una sutura practicada en los primeros meses de embarazo, provoca con frecuencia una rotu­ra del útero, con un peligro mortal inmediato para la paciente en el cuarto y quinto mes de embarazo. Poco después de la operación, el doctor le dijo a Gianna: «Hemos salvado al niño».

Volvió a su casa, y reemprendió la vida habitual, per­fectamente consciente de la gravedad de la situación en que se encontraba. Sabía que esa operación podía costarle la vida a medida que fuera avanzando el em­barazo. Savina, la chica que le ayudaba en las tareas de la casa, comentaba: «Era una gran persona. Siem­pre contenta. A pesar de la confianza que nos tenía­mos, no me quiso decir nada del drama que estaba viviendo. Recuerdo que antes de entrar en la clínica puso en orden, de forma meticulosa, todo lo que te­nía. Ordenó los cajones de los armarios. Hizo conmi­go una limpieza general que no estaba prevista. Y yo me preguntaba qué estaría pensando». A mediados de marzo, un día en el que Pietro se dirigía a la fábrica, Gianna lo retuvo durante unos instantes antes de salir de casa: «Parece que la estoy viendo ahora. Estaba apoyada en el mueble del vestíbulo de nuestra casa. Se me acercó y casi me susurró: Pedro… te ruego… que si debes decidir entre mí y el niño, que te deci­das por el niño. No por mí. ¡Te lo ruego! Así. Nada más. Me sentí incapaz de decirle nada. Conocía muy bien a mi mujer; su generosidad, su espíritu de sacrificio. Me fui de casa sin decir una pala­bra». El 21 de abril nació su hija Gianna Emmanuela. «Cuando tuvo entre los brazos a nuestra criaturita –recuerda Pietro-, la miró cariñosamente, con una mirada que muestra su inde­cible sufrimiento por no poder gozar de ella, por no poder abrazarla y verla más». Una religiosa del hos­pital la confortaba. Gianna le agradecía sus palabras, pero le hacía ver la hondura de su sufrimiento: «Es que usted, hermana, no sabe lo que supone ser ma­dre…».

Le diagnosticaron una peritonitis. Intentaron an­tibióticos, drenajes. Todo inútil. Gianna se en­contraba cada vez peor, pero no se lamentaba.

Comenzaron los días largos de su agonía. Pietro estaba siempre a su lado. «A mediodía del Vier­nes Santo –cuenta Pietro- comenzó su Calvario y su martirio. El Sábado Santo tuvo, y todos noso­tros con ella, la alegría de una nueva criatura. El día de Pascua soportó unos sufrimientos terri­bles, al igual que el Lunes y el martes después de Pascua. La noche del martes fue la de su primera agonía, que superó milagrosamente gracias a los cuidados de Nando y de Sor Virginia». Su unión con Dios se iba haciendo más y más intensa. Su gran dolor era dejar huérfanos a sus hijos. Sus familiares decidieron que sus hijos no fueran a verla en ese estado. Además Gianna reconoció: «Me faltan fuerzas y ánimos para volver a ver­les». Los dolores abdominales se volvieron cada vez más fuertes y terribles. Todos los remedios fueron en vano. En un momento sufrió un colap­so, que parecía definitivo. El capellán no pudo ir, porque estaba llevando la Comunión a unos en­fermos. Su hermana Virginia le dio a besar un crucifijo. Gianna lo apretó entre sus manos y lo besó. «Estoy seguro –dice Pietro- que desde ese momento Gianna no interrumpió su coloquio con el Señor. Pidió recibir al Señor en la Eucaristía, al menos sobre los labios, incluso el jueves y el viernes, cuando no podía tragar la Sagrada for­ma. Y repetía muchas veces: ¡Jesús te amo, Jesús te amo!».

El viernes, después de una semana debatiéndose entre la vida y la muerte, entró de nuevo en co­ma. Era el final. Decidieron llevarla a su casa el sábado a las cuatro de la mañana. En las habita­ciones contiguas dormían sus hijos: Pierluigi, Mariolina y Laureta. La pequeña Gianna Emma­nuela permanecía en la sala de Maternidad del Hospital. Nunca sabremos si, a pesar de su situa­ción, Gianna pudo oír las voces de sus hijos al levantarse y el ruido del motor del coche en el que se los llevaron hasta la casa de unos familia­res. Mientras tanto, Pietro permanecía a su lado. Falleció sin un gemido. Eran las ocho de la ma­ñana del sábado 28 de abril de 1962.

El 24 de abril de 1994, el papa Juan Pablo II la beatificó y fue canonizada el 16 de mayo de 2004.

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