Santa Gianna Beretta Molla, ejemplo de la lucha contra el aborto

Francisco Javier Fernández ChentoGianna Beretta MollaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido .
Tiempo de lectura estimado:

En momentos que en nuestro país arrecia la ofensiva para despenalizar el aborto y abrir las puertas a su práctica legal, con la presentación de proyectos en el Senado Nacional y en la Legislatura porteña, es oportuno recordar la vida de Santa Gianna Beretta Molla, recientemente canonizada, que prefirió morir para salvar la vida de su hija.

«¡Pedro! Si deben decidir entre la criatura y yo, no duden: elijan a la criatura, yo lo exijo, sálvenla! Yo hago la voluntad de Dios, y Dios providenciará lo necesario para mis hijos». Al pronunciar las palabras arriba citadas, Gianna Beretta Molla tenía 39 años, era madre de tres criaturas de 6, 5 y 3 años, y estaba casada con un ingeniero industrial, director de una empresa y hombre de vida virtuosa. Cómo médica pediatra, tenía por delante una excelente carrera profesional.

Dotada de una gran alegría de vivir, pasaba sus vacaciones en la bella Italia. Frecuentaba habitualmente el magnífico Teatro «La Scala» de Milán. Se distraía con su pianoforte, pintaba lindas telas al óleo y se vestía con elegancia. Nada le faltaba en su vida. ¿Que motivó a esta feliz madre de familia y esposa ejemplar, –recientemente canonizada por Juan Pablo II– a no tener pena de sí misma sino, por el contrario, a buscar la mayor gloria de Dios?

Aborto: pecado que mata más que todas las guerras

Hoy se practica con impunidad el mayor genocidio de toda la historia de la humanidad: el aborto, eufemísticamente llamado interrupción voluntaria del embarazo a través del cual son legalmente asesinados millones y millones de seres humanos. Auténtica y apocalíptica matanza de inocentes.

Sólo en los Estados Unidos y Rusia son practicados más de tres millones de abortos. Estamos, pues, ante un flagelo mundial que mata más que todas las guerras y el SIDA. Contra tal clamorosa y suprema violación del más fundamental de todos los derechos –el derecho a la vida– se levanta como un testimonio la edificante vida de Gianna Beretta Molla.

Confío en vos, dulce Madre

Gianna nació el 4 de octubre de 1922, en Magenta, ciudad vecina a Milán. Sus padres –rectos, justos y temorosos de Dios– junto con su hermana Amalia, la formaron espiritualmen te. A partir de su Primera Comunión, en Abril de 1928, Gianna acompañaba a su madre a Misa todos los días.

De carácter ameno y semblante sonriente, su rostro irradiaba equilibrio, amenidad, pureza y un corazón generoso, con una fe contagiante que atraía a todos a la Iglesia.

A los 15 años participó de un retiro espiritual según el método de San Ignacio de Loyola, que la llevó a hacer un firme propósito: «mil veces morir antes que cometer un pecado mortal».

Al fallecer su madre, Gianna se encomendó a María Santísima con estas palabras: «Confío en vos, dulce Madre, y tengo la certeza de que nunca me abandonaréis».

Misión de médica, salud del cuerpo, salud del alma

En 1942, Gianna se matriculó en la Facultad de Medicina. Tenía un concepto preciso y sublime de esta profesión. Más que un trabajo, la medicina era para ella una misión: «No olvidemos que en el cuerpo de nuestro paciente existe un alma inmortal. Seamos honestos y médicos de fe».

A sus pacientes, la Dra. Gianna daba no solamente asistencia médica, sino también una verdadera ayuda espiritual, y muchas veces les auxiliaba para que recibieran el sacramento de la Confesión.

Alentó a muchas madres próximas al parto transmitiéndoles la alegría de recibir al hijo como un don de Dios y a rechazar o desistir del aborto.

Descubriendo la vocación del matrimonio

Persuadida de la importancia del apostola do, durante algunos años alimentó el deseo de ser misionera laica consagrándose a Dios en el servicio de la Evangelización.

Vivió un tiempo en la incertidumbre del camino a elegir. Para decidir bien, rezaba mucho, pedía oraciones y consejos, pero también pasó por una gran perturbación interior con respecto a su proyecto de vida.

En vez de ofuscarse, intensificó las oraciones para conocer mejor la voluntad del Creador.

Cuando comprendió que la voluntad de Dios era que constituyera una familia, se orientó decididamente hacia el matrimonio consciente que «nuestra felicidad terrena y la eterna depende de vivir bien nuestra vocación».

Un encuentro no casual, bendecido por Dios

En la fiesta de la Inmaculada Concepción de 1954, se celebraba en Mesero la fiesta de la ordenación sacerdotal de Fray Lino Gara-vaglia, hoy obispo de las diócesis de Cesena e Sarsina (Italia).

Tanto Pedro, el futuro novio, como Gianna fueron invitados a la Misa y el almuerzo. Al día siguiente, Pedro Molla escribía a Gianna «Me acuerdo de ti cuando, con tu sonrisa larga y gentil, saludabas a Fray Lino y a sus parientes. Me acuerdo de ti cuando hacías devotamente la Señal de la Cruz antes del café. Me acuerdo de ti todavía cuando estabas en oración durante la bendición del Santísimo Sacramento».

Gianna, que también tenía la certeza de haber tenido ese día un «óptimo encuentro», le respondió «deseo hacerte feliz y ser la buena esposa que tu deseas: comprensiva y dispuesta a los sacrificios que la vida nos pedirá. Pienso en darme totalmente para formar una familia verdaderamente cristiana. Es verdad que tendremos que enfrentar dolores y sacrificios, pero si deseamos siempre uno el bien al otro, con la ayuda de Dios venceremos todos los obstáculos».

Madre ejemplar y dedicada esposa

Gianna y Pedro recibieron el sacramento del matrimonio el 24 de septiembre de 1955.

El amor recíproco, basado en la fe y no en el sentimentalismo, proporcionó a los jóvenes esposos coraje para enfrentarlo todo serenamente: «Con el auxilio y la bendición de Dios, haremos todo para que nuestra familia sea un pequeño Cenáculo, donde Jesús reine sobre todos nuestros afectos, deseos y acciones».

Gianna no renunció al ejercicio de la medicina y aceptó los inevitables sacrificios de la vida familiar sin que nunca se apagara su sonrisa de bondad, paciencia y generosidad. Con mucha armonía y simplicidad, hacía fructificar al máximo sus dones en el ámbito doméstico, profesional y parroquial.

En menos de cuatro años de matrimonio tuvo tres hijos, todos con un embarazo muy difícil.

Pero Gianna vivió su maternidad como una oblación: el ser madre y el «sacrificio» eran dos realidades inseparables. Pero, nótese bien, todo vivido con alegría, aunque el precio a pagar fuese muy alto.

Heroico amor maternal por amor de Dios

Después de tres embarazos dolorosos, al comienzo del cuarto se hizo indispensable una cirugía debido a un tumor en el útero. Fidelísima a sus principios morales y religiosos, decidió, sin dudar, que el médico se preocupase, en primer lugar, no en la operación que salvaría su vida, sino en la salvación de la vida de la criatura.

Así relata su marido esos momentos: «Con una incomparable fuerza de voluntad y con inmutable empeño, continuó su misión de madre hasta los últimos días de su embarazo. Rezaba o meditaba. La sonrisa y la serenidad que infundían la belleza, la vivacidad y la salud de sus tres ‘tesoros’ eran casi siempre velados con una inquietud interior. Temía que su criatura naciese con sufrimientos. Rezaba para que no fuese así. Muchas y muchas veces, me pedía disculpas si me causaba preocupaciones. Me decía que nunca había tenido necesidad de tanta amabilidad y comprensión como ahora. Mientras se aproximaba el período del parto, afirmó explícitamente, con tono firme y al mismo tiempo sereno, con una mirada profunda que jamás olvidaré: «Si deben decidir entre la criatura y yo, no duden: prefieran a la criatura, yo lo exijo, ¡sálvenla! Yo hago la voluntad de Dios y Dios providenciará lo necesario para mis hijos».

Un Viernes Santo, el 20 abril de 1962, fue internada para el parto. El Sábado Santo, Gianna y toda la familia tuvieron la indescriptible alegría de un don divino: la hija, Gianna Emanuela, nacía bella y fuerte.

Entró en la Vida

Todos los esfuerzos médicos para salvar la vida de la madre fueron en vano.

Gianna recibe por última vez la Extremaunción y la Santa Comunión. Al ver el crucifijo que pende del cuello de su hermana Virginia, misionera en la India, lo besa y dice: «Jesús, Te amo».
Era el día 28 de abril de 1962 y sería apropiado colocar en sus labios las últimas palabras de Santa Teresita del Niño Jesús: «Yo no muero, entro en la Vida».

Fuentes de referencia:

Cfr. «Pro-Life», Annual Report 2004, Washington; Cfr. «Avvenire». Milán. 16-9-03; Cfr. «Corriere della Sera», Milán, 8-3-00; Crfr. «II Giornale». Milán, 27-3-04; Un inno alla Vita: Gianna Beretta Molla, Suor Hildegard Brem Ocist., Voglio Vivere. 2004, Milano; Il cammino di Santitá di Gianna Beretta Molla, Comitato per la Beatificazione, ITL s.p.a. , 1994, Milano.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *