- SAN VICENTE SE RECONOCE IGNORANTE Y PECADOR
Enrique Maupas du Tour asegura que «buscaba con todo interés pasar por el último«. Y Luis Abelly: «Trataba en todas las ocasiones de rebajarse y de envilecerse y hacerse despreciable, tanto como podía». El P. Dodin ha contado 105 expresiones de humillación en las más de ocho mil páginas que conservamos de san Vicente de Paúl (cartas, conferencias, documentos…). Estas expresiones humillantes brotan espontáneamente de los labios y de la pluma de Vicente de Paúl, cuando descubre que los otros quieren expresarle reconocimiento o ponderar sus iniciativas, realizaciones o virtud.
Vicente de Paúl se considera indigno de las responsabilidades que ha ido recibiendo:
- Indigno de ser el superior de la Compañía: “… Abrazo en espíritu a toda la casa con un corazón lleno (le la visión de mi indignidad para servirle en el cargo que ocupo pero lleno de afecto a pesar de todo…”
- Indigno superior de la Congregación, así firma en la correspondencia oficial; y en los documentos públicos elaborados por otros, hacía añadir o añadía él mismo «indigno» junto al título Superior de la Misión.
- Indigno de formar parte del Consejo de Conciencia: ”Le pido a Dios que me tenga por un insensato, como lo soy y que no me empleen ya en esa especie de cargo, para que encuentre ocasión de hacer más penitencia y no dé tantos mala’. ejemplos a nuestra pequeña compañía«.
- Incapaz de citar adecuadamente los textos de la Escritura. Pregunta para que le ayuden a completar la frase de alguna cita bíblica.
- No ha hecho nada bien: “Por lo que a mí se refiere, no sé lo que habrán hecho lo demás, pero sé muy bien que merezco el castigo; sé que todo sois buenos, que amáis a Dios, que procedéis de buena fe, que camináis rectos en presencia de su divina majestad; pero, ¡ay! en mí no veo nada que no merezca castigo; todas las acciones que he hecho no son más que pecados, y esto es lo que me hace temer el juicio de Dios”.
- Indigno hasta de la comida que va a tomar: cuando iba al comedor, le venía al pensamiento: «Desgraciado ¿Qué has hecho hoy para ir a beber y a comer? ¿Has ganado hoy el pan y la carne que vas a comer?».
- Un verdadero ignorante: un personaje muy enraizado en el Jansenismo estuvo una vez hablando con Vicente de Paúl para persuadirle de sus errores, y como no pudo conseguirlo, se puso a censurarlo, y montado en cólera, le dijo que era un auténtico ignorante, y que estaba extrañado de cómo lo podía sufrir su Congregación de Superior General. El señor Vicente le respondió, humillándose, que él estaba aún más extrañado que su interlocutor, «porque —dijo— aún soy más ignorante de lo que usted piensa».
En varias ocasiones, recurre Vicente a sus orígenes campesinos para convencer a sus interlocutores de su poco valer o virtud. Los siguientes testimonios han sido recogidos por Luis Abelly. A una pobre mujer que le llamó monseñor, le respondió el padre Vicente: «Pobre mujer, me conoce usted mal; no soy más que un porquero e hijo de un pobre aldeano». Una pobre mujer lo encontró en la puerta acompañando a unos ilustres señores y le pidió limosna, diciéndole que había sido criada de su «señora madre». Hl padre Vicente le respondió: «Buena mujer, usted me confunde con algún otro; mi madre nunca tuvo criadas, ya que ella misma lile sirviente y yo soy hijo de un aldeano». Un joven, pariente de un padre de la compañía, no quería por respeto sentarse delante de él ni cubrirse la cabeza; el padre Vicente le dijo: «Señor, ¿porqué tantas reverencias y ceremonias con un pobre porquero e hijo de un pobre aldeano como yo?»
En las conferencias con las Hijas de la Caridad recurre espontáneamente a sus orígenes campesinos:
“Os hablaré con mayor gusto todavía de las virtudes de las buenas aldeanas a causa del conocimiento que de ellas tengo por experiencia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años”.
Podemos componer un verdadero florilegio con expresiones de humillación de san Vicente de Paúl, entresacadas de su correspondencia o de sus intervenciones en los encuentros con los misioneros y con las Hijas de la Caridad: Soy como esa cizaña que estropea el buen trigo que tú tienes que recoger; estoy ocupando inútilmente la tierra; el más pobre e inútil de sus servidores; un condenado y el mayor pecador del mundo; un gran pecador»; el mayor pecador de la tierra; el más indigno de los hombres y peor que Judas para con Nuestro Señor; miserable pecador; miserable, que soy el escándalo de todo el mundo y no solamente de vosotros; yo sí que soy un miserable pecador, que sólo hago mal en la tierra; el más miserable de todo. los pecadores del mundo; este pobre miserable, el mayor de todos los pecadores; este miserable que os está hablando; el más ruin y miserable de todos los hombres; el pecador más abominable y detestable de todo el mundo; el hombre que más defectos tengo; el más malo de los Vicentes y de todos los hombres; peor que el demonio; el más sensual y menos espiritual de los hombres; este miserable… el más ignorante y miserable de la compañía; el más ignorante y el más abominable de los hombres… un animal y un malvado; el más duro y el menos manso de todos los hombres; Vicente, un ignorante, un alumno de primaria; un pobre miserable de primer grado; una bestia; pobre porquero; … soy el más rústico, el más ridículo y el más necio de los hombres… pues parece que no tengo juicio ni talento. Y lo que es peor, no tengo ninguna virtud; un pobre labrador y porquero y, lo que es peor, el más abominable y detestable de todos los pecadores del mundo; ¡Y yo, miserable e infame … Un mendigo, un porquero, que va en carroza; miserable porquero, que voy acumulando faltas día tras día por mis malos hábitos y por mi ignorancia, que es tan grande que casi no sé lo que digo; «Bien por el mendigo… bien por el miserable! …».
También para referirse a la Congregación de la Misión o a la Compañía de las Hijas de la Caridad, en cuanto instituciones y en cuanto personas, utiliza san Vicente expresiones humillantes: ¿Y cómo se le ha ocurrido poner los ojos en nuestra pequeña compañía, si no somos más que unos pobres hombres?; esta pequeña Compañía; esta pobre y pequeña compañía; la más pequeña en la Iglesia de Dios, la peor…; esta pequeña compañía…, si es que puede llamarse compañía a un puñado de gente, pobres de nacimiento, de ciencia y de virtud, la escoria, la basura y el desecho del mundo; pobres pordioseros de la Misión ¿Qué somos nosotros para que nos recuerde la reina más grande del mundo, a pesar de que somos unas pobres y miserables crin turas, o mejor dicho, unos pordioseros? Sí, hijas mías, lo sois vosotras y lo soy yo; pobres aldeanas, porqueras como yo, no tenemos que presumir de nosotros mismos; vosotras sois casi todas pobres aldeanas, hijas de labradores como yo; vosotras, pobres aldeanas e hijas de artesanos.
El reconocimiento de sus pecados, le lleva a considerarse la causa de cuanto no vaya bien en la Compañía, en las comunidades o en las obras. Atribuía las pequeñas desgracias, que ocurrían en Casa y en la Compañía, a sus pecados: “Tengo miedo de estropear las cosas con mi miseria. No bajaré a detalles; sin embargo, Nuestro Señor suplirá lo que a mí me falta, como espero”; “Temo que mis pecados me hagan indigno de procurarle algún alivio”; “muchas veces le he dicho a la compañía, padre, que si le ocurre algo malo, es únicamente por culpa mía. Las dificultades con que usted tropieza en esa misión lo demuestra con claridad; por eso le pido perdón, postrado en espíritu a sus pies y a los de sus acompañantes”; “estamos esperando con gran alegría al buen señor oficial de Poznan. Tengo miedo de que mi imbecilidad y nuestra rusticidad lo dejen mal edificado”; “Si se ha faltado a ello, ha sido por culpa mía; le ruego a Dios que me perdone mi miseria”.
Puesto que se considera pecador y la causa de todos los males que ocurren a la Compañía, Vicente de Paúl pide perdón una y otra vez.
- Luis Abelly asegura que cuando todavía vivía en el Colegio de Bons Enfants, el señor Vicente se puso varias veces: de rodillas ante siete u ocho sacerdotes que la componían, declarando en su presencia los pecados más graves de si’ vida pasada… Además, tenía esta costumbre: todos los años, el día de su bautismo, se ponía de rodillas ante sir Comunidad, y le pedía perdón a Dios por todos los peca dos cometidos desde hacía tantos años que su Bondad lo sufría en la tierra, y suplicaba a la Comunidad, que le per donaran todos los motivos de escándalo que pudiera haber les dado, y rogaran a Dios que le hiciera misericordia.
- Pide perdón a un Hermano en presencia de su Asistente: “Sepa usted, padre, que este buen hermano ha venido a Richelieu a verme, pero yo no he desahogado mi corazón con él como solía; por eso le pido humildemente perdón en presencias de usted, y le ruego a usted que pida a Dios por mí para que mi conceda la gracia de no cometer faltas semejantes.
- Un día le encargó a uno de los Hermanos de la casa que le diera alojamiento a un pobre transeúnte y el Hermano se excusó con muchas objeciones y réplicas. El señor Vicente creyó que debía hablarle con energía para obligarle a someterse; pero, después, como su humildad le causara algunos remordimientos internos, se puso de rodillas en medio de un pasillo de la huerta, donde se encontraban algunos Sacerdotes Antiguos de la Comunidad, y les dijo que pedía perdón a la Compañía por el escándalo que daba todos los días y que acababa de dar una vez más, al hablarle ásperamente a un Hermano del corral. Uno de los sacerdotes, que estuvo presente en aquel acto de humildad, después de haber expuesto su versión, añadió: «Esto puede ser conocido de todos, pero lo que yo he visto es que esa misma tarde, al entrar, según mi costumbre, en la habitación del señor Vicente, después del Examen General, lo hallé besando los pies a ese Hermano».
- El Hermano Robineau atestigua que el señor Vicente le pidió perdón públicamente en el Capítulo, poniéndose de rodillas, por haberle hablado en dos ocasiones con algún acaloramiento; en presencia de unos sacerdotes de la Compañía, le pidió perdón por haberle juzgado mal; pidió perdón a los Padres Portail y Blondel por haberles interrumpido, durante el recreo, en su conversación. El señor Vicente no sólo se humillaba y pedía perdón por las faltas que él creía haber cometido contra la Compañía en general y contra cada uno en particular, sino que también se ponía de rodillas ante los externos por unas faltas cometidas por los mismos externos, aunque no fueran parientes suyos ni allegados».
- En numerosas ocasiones, mientras comparte sus reflexiones con la comunidad sobre diversos temas, se detiene para pedir perdón: “¡Qué miserable soy! Hace tanto tiempo que estudio esta lección, y todavía no me la he aprendido. Me enfado, cambio de humor, me quejo, murmuro; esta misma tarde me enfadé con el hermano portero, que venía a avisarme de que tenía visita; Ie dije: «Por favor, hermano, ¿qué hace usted? Le había dicho que no quería hablar con nadie» ¡Que me lo perdone Dios y también ese hermano! Otras veces trato con aspereza a la gente, hablo en voz alta y con sequedad; todavía no he aprendido a ser manso. ¡Miserable de mí! Ruego a la compañía que me soporte y me perdone”. “El viernes pasado di a la compañía motivo de escándalo, por gritar en voz alta y golpear las manos; parecía como si estuviera enfadado con alguien; por eso le pido perdón a la compañía”; “¡Miserable de mí! ¡Qué mal uso he hecho de las enfermedades y de los pequeños achaques que Dios ha querido enviarme! ¡Cuántos actos de impaciencia he cometido, miserable de mí, cuanto escándalo les he dado a los que me han visto portarme de ese modo! Ayudadme, hermanos míos, a pedirle perdón a Dios por haber hecho, en el pasado, tan mal uso de mis pequeñas molestias, y a suplicarle la gracia de que en el futuro use bien de todas las que quiera mandarme su divina Majestad en mi ancianidad y en el poco tiempo de vida que me queda en la tierra”; “Y recogiéndose luego, se dijo a sí mismo: ¡Miserable de ti que eres un viejo parecido a todos esos! (espíritus libertinos, gentes comodonas). Las cosas pequeñas te parecen grandes y las dificultades te encogen. Sí, padres; hasta el levantarme por la mañana me parece insoportable y las menores molestias in, parecen insuperables. Serán espíritus raquíticos, gentes como yo, las que quieran separar a la compañía de sus prácticas y ocupaciones”; “Pues bien, hermanos míos, todos somos culpables de lo que os acabo de decir. Pero ¿qué digo culpable? Todo el mundo excusable; sólo yo soy culpable, por no haber velado para que esta regla se cumpliese entre nosotros; yo solo soy responsable delante de Dios de todos los pecados y faltas que se han cometido en el servicio divino, por no haber procurado con firmeza que las cosas se observasen según está prescrito en la regla. Pedid a nuestro Señor por mí, padres, para que me perdone. ¿Cómo hemos llegado a este extremo? Lo repito, hermanos míos: ha sido por mi negligencia; sé muy bien que, si Dios no fuera misericordioso conmigo y me tratase según mis pecados, tendría que sufrir los tormentos del infierno por ello. Digamos la verdad: en San Lázaro no observamos esta regla; parece como si no estuviera hecha para nosotros; nos vamos unos por una parte y otros por otra a rezar nuestro oficio en particular, como si no estuviéramos obligados a decirlo en común. ¿Quién es el culpable, padres? Este miserable, que se pondría de rodillas delante de vosotros, si pudiera; perdonad mis achaques. Lo cierto es que hemos caído. ¡Que su divina majestad quiera levantarnos!”.
- También en las conferencias a las Hijas de la Caridad han quedado testimonios del perdón que solicita Vicente de Paúl por sus faltas: “Nuestro muy venerado padre nos demostró en esta ocasión su profundísima humildad, diciéndonos una cosa que no sabíamos. Nos contó que había cometido una falta con un hermano que le daba cuentas de cierto asunto. Le hablé, nos dijo, con demasiada energía, que hasta los demás pudieron oír. Me parece que también estaba allí el padre Portail. Y repitió las mismas palabras dos o tres veces, para dar al padre Portail la ocasión de confesar que estaba presente; pero el padre Portail no dijo ni una sola palabra. Al día siguiente, añadió el padre Vicente, mientras trataba conmigo el mismo hermano, volví a hablarle con cierta acritud. Reconocí mi falta al hacer el examen, y en pleno capítulo me puse de rodillas y dije: «Hermano, le pido perdón por haberle hablado con calor», y le rogué que pidiese a Dios que me perdonase. Así se lo pido muchas veces a nuestros padres, que me hacen el favor de tener paciencia conmigo, pues no hay nadie cinc necesite tanto que lo toleren como”.
- Ruega a la Madre María Catalina de Gletain, en carta del 29 de octubre de 1654, le ayude a pedir perdón a Dios: “Hace ya más de treinta años que tengo el honor de servir sus monasterios de esta ciudad; desgraciadamente, mi querida madre, no por eso soy mejor, a pesar de que debería haber hecho grandes progresos en la virtud a la vista de unas almas tan santas… Le ruego muy humildemente que me ayude a pedir perdón a Dios por el mal uso que he hecho de todas sus gracias”.
- Ruega a sus misioneros que se unan para pedir perdón Dios por él: “… en su retiro espero que haya enviado muchas cartas al cielo para alcanzarme la misericordia de Dios por las abominaciones de mi vida”; “… acabo rogándole que rece por el número infinito de las abominaciones de mi vida, para que quiera su misericordia ten, piedad de mí”.
El reconocimiento de sus pecados se hace oración penitente y confiada, al mismo tiempo: “Le suplico que pida a Dios que me perdone todas las abominaciones de mi vida pasada y especialmente las de este año pasado”; “Ruego a Dios con todo mi corazón, hijas mías, que os perdone vuestras faltas. Y también a mí, miserable como soy, que no guardo mis reglas. Os pido perdón a todas. Yo soy muy culpable con vosotras en lo que se refiere a vuestra obra. Por favor, rogad a Dios que me conceda su misericordia. Por mi parte, pediré a nuestro Señor Jesucristo que os dé él mismo su santa bendición y no pronunciaré hoy las palabras, porque las faltas que he cometido con vosotras me hacen indigno de ello. Pido, pues, a nuestro Señor que lo haga él mismo”; “¡Dios mío! ¡Qué cuenta tendré que darte por las cosas que dejan de hacerse por mi culpa!”; “… este miserable que os está hablando; caigo y vuelvo a caer, salgo muchas veces fuera de mí y pocas veces entro en mi propio interior; voy acumulando faltas sobre faltas; es ésa la miserable vida que llevo y el mal ejemplo que os doy. Y recogiéndose un momento, el padre Vicente añadió: ¡Pobre hombre! Tienes mucha obligación de ser un hombre interior y no haces más que caer y volver a caer. ¡Que Dios me perdone!”; “¡Salvador mío! Tú me acusarás de todas mis rudezas y sabes muy bien que no hay casi ninguna tentación a la que no haya sucumbido; perdóname; concédeme la gracia, a mí y a los demás superiores, de escuchar bien las advertencias y de saber hacerlas con tu espíritu. ¡Cuántos motivos tengo para humillarme por haber faltado en eso! Te pido perdón a ti y a toda la compañía. Me gustaría ponerme de rodillas para hacerlo, pero me lo impiden mis achaques. Tened paciencia conmigo, queridos hermanos, ya que soy una abominación, y rezad a Dios por mí”.
- SAN VICENTE, SERVIDOR
El Hermano Robineau nos ha transmitido la forma de proce der de san Vicente de Paúl cuando se dirigía a los misioneros. “El señor Vicente no manda, ruega. Siempre usaba la palabra «ruego», cuando quería que se hiciera alguna cosa a alguien, quienquiera que fuese, hasta en las cosas más pequeñas, diciendo: Señor o Hermano mío: le ruego que haga esto, o que vaya acá o acullá. Nunca usaba palabras imperativas, al menos, no recuerdo habérselas oído nunca, aunque he tenido el honor de estar junto a él y de hablarle muy frecuentemente desde el año 1647 hasta su muerte, excepto una vez que lo hizo conmigo. No me acuerdo ahora por qué ni de qué se trataba».
No duda en ocupar el último lugar, «en la parte baja de la iglesia, junto a la entrada de la puerta… como el lugar más abyecto, el último, el más incómodo», para atender las confesiones durante la misión destinada a los pobres en San Lázaro.
«Le he visto varias veces en la cocina, con el mandil puesto lavando la vajilla con los Hermanos que allí se encontraban».
«Cuando estaba en la mesa para la comida, quería que le sirvieran después de los dos pobres allí presentes, de forma que sucedió varias veces que, como los que servían iban a llevar un potaje o un pedazo de carne antes que a los pobres, hacía señas de que sirvieran antes a los pobres».
Durante la comida, se colocaba «en el primer sitio con que se topaba y entre los demás, a veces incluso… en la mesa de penitencia».
«Le he visto varias veces servir a la misa en nuestra iglesia de San Lázaro, como si no fuera más que un simple clérigo, siendo como era Fundador y General de la Compañía y un venerable anciano y septuagenario».
Al hablar con los pobres, se quitaba el sombrero o el bonete y les hablaba con dulzura y respeto. Y, a los pobres que venían a visitarle, les hacía sentar junto a él y conversaba con ellos con «alegría, bondad y humildad».
Hacía la guardia en San Lázaro durante la Fronda, como los demás, cuando le tocaba, para guardar la casa: «Durante las revueltas de París, velaba, cuando le tocaba, como los demás por las noches».
«No quería pasar delante de los internos, sobre todo si eran sacerdotes». Les cede el paso.
«Quedando para él lo más penoso, rehusó cuanto le fue posible todas las ventajas y todos los honores «.
Cuando le obligaron a utilizar para sus desplazamientos una carroza, a la que no dudaba en llamar «mi ignominia», invitaba a subir primero a las personas que le acompañaban’.
Las actas de la primera Asamblea General de la Congregación de la Misión, celebrada en 1642, han recogido la disponibilidad de Vicente de Paúl y la aceptación, en espíritu de obediencia y de servicio, para seguir siendo el superior. «Al final, el padre Vicente de Paúl, superior general de la congregación, después de haber indicado a la Compañía la poca capacidad que él creía tener para el gobierno de la misma, le suplicó con humil dad y puesto de rodillas, con gran insistencia, que procediese la elección de otro superior general. Le respondió a ello la Compañía que no podía elegir otro superior mientras viviera aquel que había elegido Dios por su bondad; a lo cual accedió el suso dicho después de nuevas instancias, protestando que era el primer acto de obediencia que creía hacer a la Compañía, rogándole que le ayudase con sus oraciones. Así prometió hacerlo la Compañía, renovando además las promesas de obediencia que le había hecho».
CEME
Corpus Juan Delgado







