San Vicente de Paúl: AYUDA A PARÍS Y A SUS ALREDEDORES (II)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Situación política: la Fronda de los Príncipes (1650-1653)

Firmada la paz de Rueil, Condé y los generales de la Fronda se reconcilian rápidamente. Condé espera ser indispensable a la reina y suplantar la influencia que Mazarino tiene sobre ella. Los jefes de la Fronda esperan, con la ayuda de Condé, aumentar bienes y privilegios.

La arrogancia e insubordinación de Condé comprometen el pres­tigio y el porvenir de la corona. Rechazando a Mazarino, toma par­tido contra la reina. Ana de Austria decide encarcelarle después de haber negociado con el duque de Orléans, Gondi y los jefes de la antigua Fronda.

La mañana del 18 de enero de 1650, la reina hace detener a Condé, Conti y Longueville. La noticia del arresto se extiende rápidamente y la alegría es general. Estos permanecerán encar­celados durante trece meses. Al mismo tiempo se estrecha la alianza con los jefes de la Fronda colmando de favores al parlamento y al duque de Orléans.

Mazarino, vencedor y feliz, hace trasladar de Vincennes al Havre a los príncipes, prisioneros. Liberado de su principal enemi­go, Condé, el ministro olvida pagar el precio de la complicidad de los jefes de la Fronda. Llega a declarar abiertamente a Gondi, que jamás le concederá el birrete prometido de cardenal. El futuro cardenal de Retz, que no quiere pasar por víctima de un engaño de Mazarino, arriesga perder su popularidad y arruinar su prestigio. Se decide a hundir a Mazarino a cualquier precio. Por este rechazo inhábil de no querer concederle el birrete, Mazarino acaba de arro­jar a Gondi al partido de los príncipes. Este atrae consigo a todos los jefes de la antigua Fronda. Descontentos también éstos del cardenal, se reconcilian con Condé y proyectan obtener ellos mis­mos su liberación. Quieren asegurar sus intereses y liberarse de la venganza de Condé, si éste llega a ser liberado por Mazarino.

Las dos Frondas se unen ahora contra Mazarino a través de ne­gociaciones secretas y de una red complicada de intrigas. Esta unión de las dos Frondas libera a los príncipes, destierra a Mazarino y tiene cautiva a la reina en París.

La entrada de los príncipes en París (6 de febrero de 1651) es triunfal. La misma alegría, que había acompañado su arresto, aco­ge ahora su liberación. La casa de Condé está en estos momentos en el auge de su potencia.

La coalición, que había sacado a Condé de la prisión, se des­hace rápidamente. Quienes se habían unido para la lucha, se con­vierten en enemigos, al repartirse el poder. Ana de Austria estable­ce a Condé en el poder. Naturalmente el príncipe está muy satis­fecho de sus negociaciones y promete ayuda a la reina. Por el contrario olvida cumplir las promesas hechas a la señora de Chevreuse y a Gondi en el momento de la negociación de su liberación. El obispo-coadjutor de París presiente su desgracia. Reconoce que ha perdido el prestigio y la influencia. Por el momento se encuentra en guerra personal contra Condé.

Ana de Austria consigue dividir y vencer a sus enemigos. Para conseguirlo promete el gobierno de Guyenne a Condé, aplaca al duque de Orléans destituyendo a Molé, da satisfacción al parla­mento y al pueblo desterrando a Mazarino y decapita la facción por la retirada de Gondi. Una era de paz parecía abrirse para Fran­cia, agotada después de tres años de guerra civil. En realidad, una nueva alianza entre Mazarino y Gondi, negociada por mediación de la reina, hace reaccionar a Condé con una última insurrección, más sangrienta que todas las anteriores.

El 7 de septiembre de 1651, día de la mayoría de edad del rey, Condé no asiste a la ceremonia. Al día siguiente, el rey forma el nuevo ministerio, prometido por su madre a Gondi y a Cháteau-neuf. A la misma hora, en el castillo de Trie, Condé se esfuerza en hacer participar el duque de Longueville en la rebelión. Antes había enviado a Lanet a Madrid para pedir al rey de España ayuda de hombres y de dinero y remitido a Tavannes el mando de sus tropas.

Comenzada de nuevo la guerra civil, Mazarino, llamado por el rey, entra en Francia. A pesar de los decretos violentos del parla­mento contra el cardenal, éste continúa su ruta tranquilamente ha­cia Poitiers, donde se encuentra la corte. Llega allí el 28 de enero de 1652. Condé ofrece al parlamento su persona y su ejército para combatir al enemigo común. El duque de Orleáns firma un tratado de alianza con Condé el 24 de enero de 1652 para expulsar a Mazarino del reino. Este cambio del duque de Orléans invierte el equi­librio de fuerzas y cambia la orientación de la guerra, favorable hasta entonces al rey. La presencia de sus tropas en la región parisina extiende el dominio de la guerra y los estragos de los solda­dos. La guerra civil estalla en las provincias de Francia.

Para restablecer el equilibrio con las tropas de los príncipes, Mazarino ofrece a Turenne el mando de las tropas reales. La guerra civil asola ahora a la capital y a sus alrededores.

Extensión de la miseria

Los acontecimientos políticos del año 1652 devastan y des­pueblan la región parisina, especialmente al sur y al este de la ca­pital, donde las tropas de los diversos partidos se suceden desde el mes de abril hasta octubre, sembrando miseria, enfermedades, muertes, saqueos, robos y profanaciones. Como escribe Vicente de Paúl al papa Inocencio X el 16 de agosto de 1652, son cosas «horribles para contar y más todavía para ver».

Desde el mes de marzo, las tropas, que llegan de Picardía para reforzar el ejército establecido a lo largo del Loira, comienzan a saquear y a devastar. Las tropas de Nemours, al servicio de los par­tidarios de la Fronda, saquean Houdan e imponen una contribución de guerra de 4.000 libras a la pequeña ciudad de Monfort-l’Amau-ry. Las tropas del rey, pasando al este, saquean la región de Brie. La señora feudal de Courcelles en Mormant valora sus pérdidas y las de sus colonos en más de 25.000 libras. Cuando el ejército de Turerine llega el 24 de abril a Ferté-Alais, una vanguardia de croatas y de alemanes saquea la abadía de Cernay. En siete horas de saqueo los daños ascienden a 37.000 libras. Unos días más tarde, las mismas tropas devastan la región de Arpajon. Después, es Palaiseau el teatro donde se realizan las mismas escenas durante tres semanas. Según la información dada a Vicente de Paúl «la mitad de los habitantes de Palaiseau está enferma y todos los días mueren de diez a doce personas». En el mes de julio «los soldados cortan los trigos» y los campesinos se quedan sin cosecha. A finales de julio, la «enfermedad y la pobreza son extremas allí».

Durante este tiempo, el ejército de los príncipes saquea los al­rededores de Etampes. Después de dos meses de estancia y un mes de sitio, casi todos los habitantes que sobreviven están «enfermos y en gran pobreza». Tienen la «piel pegada a los huesos y no hay nada para aliviarlos». «Los cementerios resultan pequeños para sepultar a los muertos, que se encuentran esparcidos por la ciu­dad». Los estercoleros, «donde hombres y mujeres fallecidos están mezclados con excrementos de caballos y otros animales», infectan la ciudad.

Las campiñas de los alrededores participan de las mismas cala­midades «ofreciendo un espectáculo de duelo y desolación». En Corbeil y en Lagny, existe la misma miseria que en Etampes y en Palaiseau: «Los pueblos están desiertos y los pobres moribundos no tienen como alimento más que un poco de agua y uva. ¿Quién pue­de expresar la situación de Lagny de Corbeil y de los alrededores?» se pregunta el redactor de las Relations. En Etioles «no hay ni una casa que esté entera y los enfermos están expuestos a la intem­perie y desprovistos de todo auxilio temporal y espiritual». En los departamentos de Linas, Etréchy, Villeleuve-Saint-Georges, La-my: «sólo se oye hablar de asesinatos, saqueos, robos, violencias y sacrilegios». En Etréchy, «los vivos están mezclados con los muer­tos, que abundan en la región». En estas zonas no hay ni camas, ni vestidos, ni pan…».

Acampadas en los alrededores de París, las tropas formadas por el duque de Orléans y por el parlamento se comportan de la misma manera. Juvisy y Athis son saqueadas en los últimos días de abril y desde el 8 de mayo se evoca en el parlamento la desolación de estas regiones.

Las tropas del duque de Lorena saquean a su llegada el pueblo de Choisy y los alrededores, roban en las casas y cortan el heno y los trigos. Su paso por la región de Brie está marcado por nu­merosas exacciones: en Liverdy, el párroco certifica bajo juramento «que los soldados del ejército del duque de Lorena no han dejado ninguna vaca, ni ternero, ni oveja, ni cordero, lo mismo han hecho con el trigo, pan, harina y con todo que puede servir de alimen­to». Las casas de Thiais son incendiadas. Al otro lado del Sena, la granja Saint-Placide le sirve de cuartel general 43. Al abandonarla los soldados se llevan las puertas y las tarimas del suelo de las habitaciones. El priorato de la Saussaye es saqueado.

Las tropas de Condé siguen en la invasión de los alrededores de París al ejército de Carlos de Lorena. Acampadas en Ivry, «sa­quean en dos días todos los pueblos de tres leguas a la redonda», devastan la parte de Saint-Cloud para volver, a principios de julio, a saquear Vitry. A finales de mes, van hacia Juvisy, a causa de las protestas de los parisinos, dejando a su paso «gran suciedad y he­diondez».

Las tropas de Turenne ocupan el norte de la capital. La vís­pera de san Pedro, el pueblo de Saint-Leu es saqueado. Los solda­dos rompen las puertas de la iglesia, donde los habitantes habían amontonado todo lo que poseaín. En Saint-Prix, el párroco es azo­tado por los soldados a fin de hacerle declarar dónde se encuentran escondidos los bienes de los campesinos. Se podría continuar enumerando la larga serie de violencias cometidas.

A estas exacciones se añade, para los campesinos, la difícil ne­cesidad de abastecer a los ejércitos, cuyos efectivos, para la época, no son despreciables. ¿Cómo alimentar estos miles de bocas su­plementarias, cuando la cosecha de 1651 había sido mediocre? Durante el verano los soldados recolectan para su provecho y los campesinos pierden la cosecha.

Al abastecimiento de tropas, el campo debe añadir el abasteci­miento de la capital, para evitar los graves disturbios: se sacrifica el campo a la ciudad y la miseria de los campesinos, en ocho o diez leguas alrededor de París, es total.

Ante las violencias y los saqueos repetidos de las tropas, la pri­mera reacción de los habitantes de la llanura es huir. Para los más cercanos, París es el refugio tradicional. Los granjeros de las comu­nidades parisinas vienen a pedir asilo a casa de sus propietarios. Las comunidades religiosas imitan este movimiento. Los campe­sinos que se encuentran más lejos de la capital, se refugian en los castillos cercanos, donde la solidez de las murallas o la calidad de sus propietarios son para ellos asilos seguros, o al menos juzgados como tales. Por esto, Port-Royal y el castillo de Vaumier, pertene­ciente al duque de Luynes, hijo de la duquesa de Chevreuse, se convierten en campo atrincherado. Con los habitantes de los al­rededores, que transportan sus bienes y muebles a las dependencias del castillo, el duque forma cuatro o cinco compañías que los «soli­tarios de las granjas» dirigen. Durante el día, los obreros trabajan en la construcción de torres de defensa en el cerco del recinto del monasterio: en tres meses se edifican once.

Saqueos, asesinatos, destrucción de cosechas, desorden general, todo esto permite comprender la horrible miseria de toda la región parisina. De mayo a diciembre se puede seguir la progresión del desastre. Durante el otoño, para muchos centenares de parroquias y para miles de pobres campesinos, el problema se pone en térmi­nos de no poder sobrevivir.

La vida de la región se paraliza poco a poco. Los campesinos, que no se atreven a salir de casa, abandonan los trabajos del campo. Hacia mediados de julio, se intenta hacer salir de París a los labradores para cosechar el grano, o lo que queda, pero los soldados lo roban a medida que se siega. En los alrededores de París, no hay cosecha que hacer, ni grano que sembrar. El mercado se suprime y no se encuentran caballos para arar la tierra. El ritmo de los trabajos agrícolas se trastorna y la paz llega demasiado tarde para poder recuperar el tiempo perdido.

Cuando termina esta lucha, en octubre, se puede hacer un pri­mer balance. La Relation de septiembre y octubre completa la en­cuesta orientada bajo las órdenes del vicario general del arzobispado de París, Féret.

La indigencia y la enfermedad, provocadas por la guerra, multi­plican las víctimas en el campo. Los contemporáneos están impre­sionados por la amplitud de la mortandad durante este año te­rrible. La madre Angélica Arnauld escribe: «La mayoría de los hombres han muerto y no quedan más que niños huérfanos… la tercera parte de la población ha muerto…». El anciano Andrés de Ormesson escribe en 1653: «Los dos tercios de los habitantes de los pueblos de los alrededores de París habían muerto a causa de la enfermedad, la necesidad, el hambre y la miseria». «El estudio de los documentos parece confirmar, en conjunto, esta impresión de catástrofe excepcional», afirma Jacquart.

París sufre naturalmente de la miseria de sus alrededores: el pan de Gonesse no llega o es insuficiente y cuesta muy caro. Los refugiados que afluyen de Picardía, de Champaña y de la cam­piña parisina hacen aumentar la escasez de víveres. Los mendi­gos, que se multiplican todos los días, invaden la ciudad y los arrabales. Entre ellos se encuentran sacerdotes vagabundos, religiosas expulsadas de sus conventos, muchachas que «arriesgan perderlo to­do». Los pobres vergonzantes, cuyo número es considerable, aumentan las filas de esta tropa de indigentes: 1.800 familias de ar­tesanos en el barrio Saint-Médard; 12.000 en los arrabales Saint-Marcel, Saint-Jacques, Saint-Laurent de Villeneuve-sur-Gravois. El paro obrero aumenta las bandas de mercenarios y de amotinadores. La miseria aumenta y el 6 de septiembre de 1652, el parlamen­to se ve obligado a conceder la supresión del próximo pago de los inquilinos, a petición colectiva de los principales burgueses de cada barrio.

La enfermedad multiplica los desastres del hambre. Cada mes, durante el verano y solamente en París, el número de muertos, se dice, es de 10.000. El 116tel.Dieu suministra «un centenar por día». Este gran hospital, a pesar de las transformaciones, no puede ni siquiera remotamente hacer frente a las necesidades de la época, incluso si se amontonan «siete personas en cada cama».

Ante estas horribles desgracias, el pueblo quiere conseguir la paz. Pero París está dispuesto a todo, antes que recibir a Mazarino. En estas circunstancias Vicente de Paúl se decide a lanzarse una segunda vez en la lucha política. Va a Saint-Denis, donde se en­cuentra el cardenal y la corte. El día de su llegada no ve a Mazarino y se excusa por ello en su carta. Durante la conversión en Saint‑Denis, Vicente de Paúl habla de establecer al rey en su autoridad y de dar un decreto de justificación al cardenal, si éste acepta salir del reino. Luis xiv destierra al ministro por medio de un res­cripto elogioso. A pesar del destierro, Mazarino permanece en sus funciones y la paz no llega.

En este deseo de llegar a la paz, Vicente de Paúl escribe al papa Inocencio X el 16 de agosto de 1652 suplicándole intervenga, a fin de conseguir la paz. Finalmente el 11 de septiembre de 1652, se decide a escribir a Mazarino para tratar el asunto de la paz abier­tamente y a fondo. Toda su prudencia, su perspicacia y sutileza se reflejan admirablemente en esta carta. Ellas traducen su «sentido práctico» y el deseo de poder ofrecer al pueblo, que sufre dema­siado, la seguridad de una paz. En este momento se siente obligado a dirigirse a todos, a utilizar a todos aquellos a quienes la diver­sidad de opiniones, de condición y de pretensiones, mantienen en oposición. Y Mazarino, el hombre que tergiversa, el hombre que anda con rodeos debe recibir esta carta. Puesto que oficialmente estaba desterrado, Mazarino se aleja y deja al rey entrar solo en París. El pueblo cansado de las consecuencias de esta Fronda, quie­re el perdón y la vuelta del rey.

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