SAN VICENTE DE PAÚL Y SAN FRANCISCO DE SALES (III)

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  1. ¿QUÉ INFLUENCIA TUVIERON ESAS RELACIONES EN LA OBRA Y ESPIRITUALIDAD VICENCIANAS?

Vicente había llegado al encuentro con Francisco de Sales cargado de la experiencia de Dios que le había ido iluminando y modelando a la luz de los acontecimientos de su vida. En la lec­tura de estos acontecimientos contó de forma privilegiada con el consejo y la dirección de Pedro de Bérulle, en quien depositó su confianza durante más de diez años. Al mismo tiempo se enri­queció del círculo de grandes espirituales y eminentes doctores que se empeñaban en la reforma de la Iglesia impulsada por el Concilio de Trento. Entre ellos empezó a recibir con calurosa acogida las orientaciones del buen señor Duval. De él conserva­rá un recuerdo agradecido toda la vida, porque destacaba por su ciencia, pero sobre todo por su santidad.

Pero el encuentro con Francisco de Sales supone la confirma­ción plena de su propia vivencia espiritual, del camino de su san­tidad. Podemos decir, en este sentido, que la influencia de san Francisco de Sales en Vicente de Paúl fue plena y profunda. Como llegó a afirmar Jean Calvet, bien podemos concretar de forma lapidaria que, si en Bérulle descubre qué es la santidad, en Francisco de Sales encuentra al santo y le entrega su corazón. Vicente de Paúl acoge y asimila con devoción la vida y doctrina del santo Obispo de Ginebra. Su veneración personal hacia él permaneció viva durante toda su vida. Pero a todas las aportacio­nes que recibe, les imprime su sello personal característico de hacer efectivo el evangelio.

  1. INFLUENCIA A NIVEL PERSONAL

Vicente de Paúl, a sus 37 años, ha alcanzado ya la madurez espiritual, ha pasado su «noche» de purificación y está a punto de configurar su vocación misionera. El contacto familiar con san Francisco de Sales, lleno de santidad y amabilidad, le va a des­cubrir esa misma bondad de Dios que viene actuando en él. Años más tarde, en referencia a esa experiencia personal, él mismo nos abrirá su corazón: «Tenía una bondad tan grande que la de Dios se palpaba sensiblemente a través de la suya». Por eso la sin­tonía que se produce espontáneamente entre ambos es plena. Francisco diría de Vicente de Paúl que «no conocía a nadie que fuese tan digno y tan santo sacerdote como el señor Vicente”. Por su parte, Vicente considerará a Francisco como «nuestro bienaventurado padre».

La veneración personal que Vicente le guardará, no sólo no menguará, sino que se acrecentará con el tiempo. Haber coloca­do el cuadro del santo obispo en la sala de conferencias de la Casa Madre de San Lázaro es bastante elocuente. En sus char­las con los misioneros e Hijas de la Caridad acudirá con frecuen­cia al modelo del «bienaventurado obispo de Ginebra». Su ejem­plo se vuelve recurrente en temas como el amor de Dios, amor al prójimo, bondad, humildad, mansedumbre, oración, sencillez, etc. Las citas explícitas son frecuentes, pero sobre todo su espí­ritu y doctrina conforman las pláticas y actuaciones de Vicente. En carta a Luisa de Marillac, entre 1626 y 1629, marca así el cri­terio de su actuación: «Me he propuesto dejar hacer en la forma que me parece que haría nuestro bienaventurado padre».

Los escritos del santo obispo de Ginebra son la fuente perma­nente a la que recurrirá Vicente. No sólo formarán parte de su propia lectura, sino que también los recomienda a sus interlocu­tores, en particular a los misioneros y a las Hijas de la Caridad. La lectura del libro de la Introducción a la Vida Devota ya figu­raba en las reglas de la Caridad de mujeres de Chátillon-les‑Dombes con una expresión llena de sencillez y admiración: «Las que sepan leer, leerán todos los días pausada y atentamente un capítulo del libro del señor obispo de Ginebra titulado Introduc­ción a la vida devota y elevarán de vez en cuando su espíritu a Dios; antes de esta lectura implorarán su gran misericordia para sacar fruto de su amor en este devoto ejercicio’. También lo recomienda, tanto a Luisa de Marillac, como a sus hijas, para las meditaciones del retiro, aunque siempre con la flexibilidad necesa­ria para que no se convierta en un obstáculo para quienes no pue­dan usarlo. Tampoco se olvida Vicente de recordar al P. Nacquart, enviado a la misión de Madagascar, que lleve en su equipaje algu­nos ejemplares de la Introducción a la Vida Devota.

La identificación más lograda del espíritu y la doctrina de Francisco de Sales se encuentra en su Tratado del amor de Dios. Vicente siente palpitar ahí el corazón del santo obispo y acude a su lectura como si fuera a un coloquio particular. De ahí el encendido elogio que hace del libro en su Declaración para el proceso de beatificación: «Obra inmortal y nobilísima, fiel testi­monio de su ardentísimo amor a Dios; libro ciertamente admi­rable, que tiene tantos pregoneros de la amabilidad de su autor como lectores; el cual yo con todo ahínco he cuidado de que se lea en nuestra comunidad como remedio universal para los tibios, espejo para los entorpecidos, incentivo del amor y escala de los que tienden a la perfección».

  1. COINCIDENCIA EN LAS LÍNEAS MAESTRAS DE SU ESPIRITUALIDAD

Nuestros dos santos, aunque de origen distinto, viven las pre­ocupaciones de la misma época y participan de las corrientes espirituales que dinamizan y potencian la reforma propuesta en el Concilio de Trento. En ambos confluye la teología que susten­ta la doctrina de Trento, la influencia de la espiritualidad renano-flamenca, el renacimiento teológico espiritual español e italiano, la doctrina sobre la voluntad de Dios de Benito de Canfield y, en general, todo el resurgir religioso y espiritual en torno al círculo de Madame Acarie, que a su vez es deudor del espíritu e influen­cia del Santo Obispo de Ginebra. Además permanece el soporte de las Grandes Congregaciones y particularmente la Compañía de Jesús. No es extraño, por lo tanto, que entre ellos se den múl­tiples coincidencias.

No intentaremos aquí analizar detalladamente la doctrina, ideas y expresiones del santo Obispo de Ginebra que se hallan presentes en los escritos de san Vicente53. Leía con verdadera veneración la Introducción a la vida devota y el Tratado del amor de Dios, pero también para poder atender mejor a las Hijas de Santa María. Si las conferencias y pláticas a los misioneros e Hijas de la Caridad están sembradas de expresiones salesianas, hay que pensar que las dirigidas a las Hijas de Santa María les producirían la impresión de estar escuchando a su santo Fundador.

Aquí intentamos adentramos en el espíritu que sustenta las profundas coincidencias y que, al mismo tiempo, reafirma su peculiar vocación personal. El mismo espíritu que les llevó a sin­tonizar mutuamente y establecer una gran familiaridad, hasta el punto de crear entre ellos una profunda intimidad espiritual. Inti­midad que se prolongó con santa Juana Francisca de Chantal, quien le confió «su vida interior» durante veinte años’ y gozó de su presencia y ayuda en la hora de muerte. En su última carta desde París al monasterio de Annecy escribe la Madre Chantal: «El Señor Vicente es un Santo».

Pretendemos acercarnos a ese espíritu progresivamente a tra­vés de tres campos concéntricos, que nos descubran su comunión profunda y el sello personal de cada uno.

2.1. Una espiritualidad abierta

Una de las características más innovadoras de la espirituali­dad salesiana es lo que el Concilio Vaticano II definirá como la «universal vocación a la santidad»56. En su época la santidad, la perfección o devoción tenía poca atracción, ya porque se con­sideraba propia de los que se alejaban del mundo y vivían en conventos y monasterios, ya porque se la presentaba con cara sombría, triste y producía rechazo57. San Francisco de Sales libe­ra a la «devoción» de esas ataduras. La verdadera devoción es a la caridad, como la llama al fuego, y la «hace pronta, activa, diligente» en la práctica de los Mandamientos, Consejos e Inspira­ciones de Dios.

Por una parte, abre el camino de la santidad a todos, sea cual sea su estado de vida, sus ocupaciones y quehaceres. Principal­mente en su obra de la Introducción a la Vida Devota enseña cómo la perfección cristiana es accesible a todos los que viven en el mundo. «Donde quiera que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida perfecta». Esta será la doctrina del Concilio Vaticano II: «Todos los fieles de cualquier estado y condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección»(LG 40). No será necesario alejarse del mundo y entrar en un monasterio, ni tampoco cambiar de estado, para aspirar a la santidad, a la perfección de la caridad. «Todos los fie­les están invitados y deben tender a la santidad y a la perfección en el propio estado» (LG 42). Es en la vida cotidiana y en el que­hacer de cada uno donde se nos manifiesta la voluntad de Dios y se produce nuestra respuesta de amor.

Por otra parte, la «devoción» manifiesta su cara más atractiva y amable, porque no es «otra cosa que el verdadero amor de Dios». El designio de Dios sobre nosotros es llevar a perfec­ción las huellas de la imagen y semejanza que había depositado en nosotros, mediante el modelo que tenemos en Cristo. Pero la santidad no se consigue por el esfuerzo humano, sino por el amor de Dios que suavemente nos arrastra y conduce a su amor. Dios confiere la gracia a todos y, por lo tanto, la santidad es posible a todos. Ahora bien, Dios nunca fuerza nuestra voluntad, sino que requiere nuestra libre cooperación. «Aunque el Espíritu Santo, como fuente de agua viva, se acerque a todas y cada una de las partes de nuestro corazón para inundado de gracia, como ello debe realizarse previo el consentimiento libre de nuestra volun­tad, no la derramará sino a medida de su beneplácito y de nues­tra propia preparación y cooperación».

La llamada a la devoción, a la vida de caridad, a la unión con Dios se hace asequible a todos en una doble dimensión: en cuan­to que la santidad es posible en cualquier estado o condición en el mundo y en cuanto que la perfección más alta no está ligada a la entrada en un monasterio o convento de clausura.

Vicente de Paúl es ante todo un misionero que pretende con­tinuar la misma misión de Jesucristo, y aplicará con fidelidad la doctrina salesiana que san Francisco no pudo llevar a la práctica con la fundación de las Hijas de Santa María.

Por una parte, todos están llamados a continuar esa misión de Jesucristo, sea cual sea su estado. La participación en esa misión de Jesucristo no está reservada a los sacerdotes y religiosos, sino que es vocación de todos los cristianos. Los laicos son los prime­ros protagonistas de las fundaciones vicencianas. Todo depende del amor y fidelidad a la propia vocación. No es lo mismo el espíritu de un capuchino, de un cartujo y de un misionero, ni el de una religiosa o una Hija de la Caridad. Cada uno ha de res­ponder a su propia vocación. De ahí dependerá su perfección. Por eso, san Vicente no dudará en considerar la vocación de la Hija de la Caridad de la mayor excelencia y grandeza, ya que, les dice, «hacéis profesión de dar la vida por el servicio del próji­mo, por amor a Dios».

Por otra parte, tampoco la santidad está ligada a un estado determinado. Es verdad que en tiempo de san Vicente se consi­deraba que los religiosos estaban en «estado de perfección». Pero el Santo aclara inmediatamente: nosotros estamos en «estado de caridad». Vivir del amor de Dios y para el amor de Dios como Jesucristo es lo que nos capacita para continuar su misión. No son las rejas, ni el velo, ni la clausura, ni el monasterio lo que más conviene a la vocación de las Hijas de la Caridad. Por eso, les dirá que no tienen «más monasterio que las casas de los enfermos y aquella en la que reside la superiora, ni más celda que un cuarto de alquiler, ni más capilla que la iglesia parro­quial, ni más claustro que las calles de la ciudad, ni más encie­rro que la obediencia». Pero, por el hecho de no pertenecer a una Orden religiosa ni estar sometidas a clausura, no quedan dis­pensadas de vivir en plenitud la perfección cristiana. Al contra­rio, ya que no tienen otra protección que su entrega total a Dios en el servicio de los pobres, «tienen que tener tanta o más virtud que si hubieran profesado en una orden religiosa». Sobre todo, por estar llamadas a hacer lo que hizo Nuestro Señor en la tierra, su estado requiere la mayor perfección: «Hermanas mías, ¡si pudieseis ver cuánta perfección requiere vuestro estado!»

2.2. Humanismo cristiano

El humanismo renacentista que se desarrolla en Europa desde la segunda mitad del siglo XIV hasta finales del siglo XVI, da lugar a tendencias contrapuestas, según se ponga el único centro en la naturaleza humana vista a la luz de la cultura y los conte­nidos del mundo clásico greco-latino, la corriente que Bremond denomina «humanismo naturalista»; o se intente armonizar los valores humanistas con la fidelidad al mensaje evangélico, que da lugar al «humanismo cristiano» con sus diferentes matices; o se vea la nueva cultura como incompatible con una visión radi­calmente pesimista del hombre, que cristaliza en la doctrina cal­vinista y jansenista.

Francisco nace en pleno apogeo del humanismo renacentista y recibe desde los primeros años una educación en los valores y la cultura humanista. Su humanismo está inspirado en el espíri­tu de Clermont, donde los Padres Jesuitas se esforzaban por «cristianizar el humanismo del Renacimiento». La comprensión y vivencia que tiene del humanismo está claramente reflejada en su Tratado del Amor de Dios: «El hombre es la perfección del universo; el espíritu, la del hombre; el amor, la del espíritu, y la caridad, la del amor; por ello, el amor de Dios es el fin, la perfección y la excelencia del universo». Mantiene siempre una visión positiva del mundo y del hombre, tanto en su cuerpo, como en la razón y la libertad. La raíz de la grandeza del hom­bre arranca de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios y de su vocación a la unión con Dios. Por lo tanto, «el cristiano debe amar su cuerpo como imagen viviente del Salvador» y mantiene su libertad, ya que la gracia nunca lesiona nuestro libre albedrío. El ser humano se distingue de los demás seres vivien­te por la razón. Para que el amor propio no nos prive de ella, es necesario radicarnos en la humildad y la caridad, que nos sitúan ante Dios y ante los demás. «La humildad nos hace perfectos res­pecto a Dios y la dulzura respecto al prójimo«.

Francisco de Sales reconoce la degradación del hombre por el pecado y las consecuencias de la concupiscencia, pero afirma, a pesar de todo, que existe en él una inclinación natural a conocer y a amar a Dios, ya que por «las entrañas de su misericordia» «no nos quiso destruir del todo ni quitarnos la señal de su gracia perdida». Dios se sirve de esta inclinación natural como de lazo para prender con suavidad nuestros corazones y atraernos hacia Sí muy dulcemente. Más aún, si la secundamos, la dulzura de la piedad divina nos ayudará a ir más adelante. Si nosotros con­sentimos a la inspiración, la gracia de Dios, que se verifica «en nosotros sin nosotros», nos llevará de amor en amor hasta el acto sobrenatural de la fe. Así Dios, «mediante un proceso de inefa­ble suavidad, conduce al alma que ha hecho salir de la tierra de Egipto del pecado, llevándola de amor en amor… hasta introdu­cirla en la tierra prometida, en la caridad divina». Sin duda, Francisco confiesa y sigue la concepción cristiana del hombre, pecador y redimido. Pero, a pesar del pecado, pone claramente el acento sobre la huella que permanece en el hombre, «santa incli­nación a amar a Dios», y sobre la gracia de la Redención. Acoge el humanismo en la medida en que concuerda con el Evangelio. A Camus, que considera a Séneca como autor más cristiano que pagano, le aclara: «El espíritu del Evangelio no pretende sino despojarnos de nosotros mismos, y ese filósofo nos recuerda siempre a nosotros mismos». Es lo que H. Bremonr llamará el «humanismo devoto», que tiene en Francisco de Sales su representante más genuino.

La influencia del espíritu del santo obispo será determinante en la antropología vicenciana. Vicente conecta con el abad de Saint Cyran, asiduo también del círculo de Bérulle, y comparte con él los ideales de la reforma de la Iglesia y la santificación personal de los sacerdotes. Se establece entre ellos una amistad personal que los lleva a hacer la oración en común y a comuni­carse sus pensamientos. Saint Cyran, partiendo de la grandeza de Dios, buscará una purificación humana tan exigente que ter­minará por llevarle al rigorismo más exagerado e incluso a una descalificación de la naturaleza humana. Vicente, deudor en parte de un cierto pesimismo antropológico, propio de la visión agustiniana del siglo, remontará la miseria humana gracias a la experiencia de la bondad y misericordia de Dios presentes en Jesucristo.

En primer lugar, contempla al ser humano desde su relación con Dios. Por eso siempre mantendrá su dignidad, a pesar de que en algún caso tenga el rostro tan desfigurado que humanamente resulte irreconocible. «¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables». La sensibilidad y la compasión eran en él naturales. Jean Calvet ve en él el don de la humanidad, que lo lleva a reconocer en el último de los hombres un hermano. También los humanitarismos de la ilustración y del romanticismo llegaron a considerar en Vicente un modelo. En realidad, es la visión desde Dios lo que potencia y sublima ese sentimiento natural.

En segundo lugar, concreta esa visión del hombre desde su propia experiencia y la doctrina paulina. Constata que el mal en el hombre tiene raíces profundas, que arrancan del pecado y del egoísmo. Hay dentro de él una inclinación natural al mal y una impotencia para el bien. El hombre, aunque vea borrado el peca­do por el bautismo, sigue deudor de la concupiscencia, que lo incita «al afán y deseo de ser ricos, de buscar nuestra satisfac­ción, de hacer nuestra propia voluntad». Abandona aquí la visión más optimista de san Francisco. Podrá superar esta situa­ción tan negativa, siguiendo la doctrina paulina de despojarse del viejo Adán para revestirse de Cristo, al situar el misterio de la Encarnación y la Redención en la perspectiva histórica de la acción creadora de Dios.

En tercer lugar, el esfuerzo por entrar en los sentimientos de Cristo va modelando al mismo tiempo su antropología. El amor de Dios manifestado en Jesucristo Salvador llena el corazón de Vicente y le hace descubrir la dignidad del hombre más allá de su miseria. Centrando toda su vida en Cristo, llega a realizar el verdadero humanismo, el de Cristo. El amor y bondad de Dios que testimonia Francisco de Sales, Vicente lo contempla en Cris­to anonadado y evangelizador de los pobres. El encuentro con Cristo le manifiesta al mismo tiempo la misericordia de Dios y la dignidad del hombre, aun el reducido a la mayor miseria. Revestido de los sentimientos de Cristo, siente una compasión inmensa por los pobres con un corazón lleno de ternura. Más aún, en las relaciones con los demás mantendrá la actitud de que es necesario dar el propio corazón para obtener el de los otros.

2.3. Una espiritualidad de la caridad

Cuando Pío IX proclama a san Francisco de Sales doctor de la Iglesia, lo hace fundamentalmente como doctor del amor divino. Si algo define al santo obispo de Ginebra es vivir del amor de Dios y para el amor de Dios. Llamados y atraídos por el amor de Dios, emprendemos el camino de la santidad, de la «santa caridad». El fuego de ese «amor divino» cristaliza en la caridad pastoral, que lo lleva al celo por la sal­vación del prójimo. Al amar al prójimo con el amor de Dios, la caridad pastoral adquiere los rasgos de mansedumbre, dul­zura y amabilidad.

El amor de Dios está en el centro de su pensamiento, de su vida y de su acción. El testimonio más elocuente es su Trata­do del amor de Dios. Así lo declara la Madre Chantal en el proceso de beatificación: Este Bienaventurado ha compuesto un admirable tratado, de 12 libros, sobre este asunto, en el que encuentro que se representa ingenuamente». Francisco ama con ternura y pasión, pero la historia de ese amor arranca de Dios mismo. Es Él quien nos crea y llama para amar en Cris­to. Nuestro amor se asienta en la Cruz de Cristo y no permiti­ría ni la menor fibra que no estuviese penetrada del amor de Dios. «¿Por qué vivimos sino para amar a esta soberana Bon­dad? ¿Cuándo nos consumirá el amor divino de suerte que muramos enteramente a nosotros mismos y vivamos solamente para Él?».

El amor de Dios que nos enriquece de todos los bienes, produ­ce en nosotros el amor de complacencia. «Probando el bien que vemos en Dios y gozándonos de ello, realizamos el acto de amor que se llama complacencia, porque nos complacemos del gozo divino más que del nuestro». Así como el amor de Dios hacia nosotros empieza siempre por amor de benevolencia, por el que nos crea, redime y adorna de todos los bienes, nuestro amor a Dios empieza siempre por amor de complacencia, que a su vez nos lleva al amor de benevolencia. Este amor de benevolencia, ya que a Dios nada podemos aportarle, nos mueve a engrandecer en nosotros la complacencia que sentimos en la divina Bondad. Para ello renunciamos a cualquier otro placer que no sea Dios y nos unimos a todas las criaturas para alabar a Dios.

El ejercicio del amor a Dios puede ser afectivo y efectivo o activo. El afectivo nos une a la bondad de Dios y el efectivo nos hace ejecutar su voluntad. El primer ejercicio consiste sobre todo en la oración. Para san Francisco, «la oración o teología mística no es otra cosa que cierta conversación mediante la cual el alma trata con Dios tiernamente sobre su amabilísima bondad para unirse y gozar de ella». El primer grado en la oración es la meditación, por la que pensamos en cosas divinas para aficionar­nos a ellas y tomar resoluciones. Una vez que el conocimiento ha originado el amor divino, éste va más allá del conocimiento por el amor de contemplación. De ahí la explicación de Santo Tomás de que a menudo «los más sencillos y las mujeres abun­dan en devoción» que supera a la de los ilustrados.

Sin embargo Francisco advierte sobre los grados más altos de oración: Cuando se ve a una persona experimentar en la oración arrobamientos por los cuales sale de si y se alza hasta Dios, pero no tiene éxtasis en su vida, es decir, no lleva conducta ele­vada y unida a Dios mediante la abnegación,… y, sobre todo, la continua caridad, créeme, Teótimo, podemos decir que todos esos arrobamientos resultan grandemente dudosos y perjudicia­les». Y, comentando 2 Cor 5, 14 y ss., donde el Apóstol dice: «Porque el amor de Cristo nos apremia», concreta: San Pablo hace el llamamiento más enérgico, fuerte y admirable a todos al éxtasis y arrobamiento de vida de las obras».

El amor de Dios es el principio y fin de todo amor y así lo confiesa Vicente. Todo nace de que Dios «es infinitamente ama­ble». El mismo acto de amor de Dios queda subordinado a esta bondad de Dios. Parafraseando a san Francisco de Sales no duda en aclarar: «Si esto es así, un corazón verdaderamente lleno de caridad, que sabe lo que es amar a Dios, no querría ir hacia Dios, si Dios no se adelantase y lo atrajese por su gracia».

El amor de Dios debe dirigir toda la vida. Sin ese amor, aun las mejores acciones quedarían sin sentido. «Hay que imitar al Hijo de Dios —explica a las Hijas de la Caridad— que no hacía nada sino por el amor que tenía a Dios, su Padre». El nivel de profundidad a que debe moverse ese amor de Dios es total. «Val­dría más morir —afirma— que hacer algo contra su gloria y su puro amor»». Dios llena de tal forma el corazón de Vicente que no admite que una buena acción no sea hecha por la gloria de Dios. Es una constante de su vida y enseñanza, tanto a través de sus conferencias y repeticiones de oración, como de su numero­sa correspondencia. «La gloria de Dios» y «de nuestro Señor Jesucristo» es como su «leimotiv».

El dinamismo del amor impregna, conduce y consume la vida de san Vicente. Es su vida una existencia en caridad, que nace de su encuentro con Jesucristo. Por y en el amor de Jesucristo descubre el amor misericordioso de Dios hacia los hombres. «Mire­mos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo! ¡qué llama de amor!». El amor de Dios no sólo lleva a amarle sobre todo, sino que pide también que los demás le amen. «No me basta —excla­ma— con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo».

La caridad abarca no sólo el amor a Dios, sino también al pró­jimo por amor de Dios. Así se cumple más perfectamente la Ley, según lo afirma santo Tomás y le enseña a Vicente su propia experiencia espiritual. «Dadme a un hombre que ame a Dios solamente, un alma elevada en contemplación que no piense en sus hermanos; esa persona, sintiendo que es muy agradable esta manera de amar a Dios, que le parece que es lo único digno de amor, se detiene en saborear esa fuente infinita de dulzura. Y he aquí otra persona que ama al prójimo, por muy vulgar y rudo que parezca, pero lo ama por amor de Dios. ¿Cuál de esos dos amores creéis que es el más puro y desinteresado? Sin duda que el segundo, pues de ese modo se cumple la ley más perfectamente». En el fondo, viene a decir Vicente, quien ama a Dios tiene que amar a aquel a quien Dios ama. Más aún, el amor al prójimo se funda en el amor de Dios que nos ha dado a su propio Hijo. Es un amor que viene de Dios, según la expresión de san Juan: «Quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Quien ama con ese amor participa de la vida de Dios, se puede llamar hijo de Dios, comenta a las Hijas de la Caridad: «¿Qué creéis, hermanas mías, que quiere decir este hermoso nombre: Hijas de la Caridad? Nada más que hijas del buen Dios».

Vicente sabe que el amor de Dios se ejercita en la oración y da a entender que algunas Hijas de la Caridad han probado la oración de contemplación. Les pone incluso el ejemplo de santa Teresa: «¿Acaso sabéis, hijas mías, si Dios quiere hacer de cada una de vosotras una nueva Santa Teresa?» Pero quería una ora­ción que terminase en resoluciones prácticas y en acción. Sabe por experiencia que muchos actos de amor de Dios y afectos interiores, cuando no llegan a la práctica, pueden resultar sospe­chosos. Por eso, pone en guardia a sus misioneros: «Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente». De ahí que el servicio a los pobres llegará a marcar el tiempo de la ora­ción: «Es la hora de oración; si oís a los pobres que os llaman, mortificaos y dejad a Dios por Dios». Más aún, el amor y servi­cio a los pobres se convierte en la garantía del amor a Jesucris­to: «Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo».

José Mª López Maside

CEME, 2008

 

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