SAN VICENTE DE PAÚL Y SAN FRANCISCO DE SALES (I)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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INTRODUCCIÓN

Sin duda, la profundización en el carisma vicenciano requie­re adentramos en la vida y obra de san francisco de Sales en su relación con san Vicente de Paúl. Una primera aproximación la obtendremos acercándonos a sus respectivas biografías. Más allá de los contactos personales, buscaremos sintonizar con los pro­fundos sentimientos de aprecio y simpatía que se manifiestan, y, sobre todo, con la corriente espiritual que se establece entre ellos.

Tenemos la confianza de que su experiencia espiritual ilumi­nará acertadamente los pasos hacia el futuro en que está empe­ñada la Familia Vicenciana para la evangelización de los pobres.

Desde el principio queremos tomar por guías a nuestros dos santos amigos y les seguiremos en el método de llegar al cono­cimiento de la verdad y la vivencia del amor. Francisco de Sales nos ilustra que la fe, esperanza y caridad imprimen su «divino movimiento» a todas las facultades del alma. Más aún: «Cuan­do Dios nos da la fe, penetra en nuestra alma y habla a nuestro espíritu, no con discursos, sino por la inspiración, presentando al entendimiento de modo tan agradable lo que debe creer, que la voluntad se siente complacidísima en ello, hasta el punto de moverle por su parte a recibir la verdad sin desconfianza ni duda»3. Por su parte, Vicente de Paúl nos advierte con convic­ción que el verdadero conocimiento nos lo da la fe que nos hace ver las cosas como son en Dios. Por eso, no es por grandes razo­namientos o discursos como se llega a Dios, sino a través de la luz de la fe, «porque las luces de la fe van siempre acompañadas de una cierta unción celestial, que se derrama secretamente en el corazón de los creyentes”.

Mi exposición quiere ser la comunicación de una vivencia personal, nacida al hilo de la reflexión sobre esa experiencia espiritual de los dos santos.

  1. ENCUENTRO Y SINTONÍA DE DOS VIDAS COMPLEMENTARIAS

La comunión de ideas y sentimientos espirituales que veremos reflejados en la vida y obra de Francisco de Sales y Vicente de Paúl, fácilmente nos llevarían a pensar en dos almas gemelas por su biografía. Es cierto, como veremos más adelante, que en ambos encontramos las mismas preocupaciones del momento y la voluntad de responder a la renovación de la vida de la Iglesia, conforme al Concilio de Trento. Sin embargo, sus respectivos nacimientos no auguraban, ni de lejos, que ambos protagonistas fuesen primero a encontrarse y después llegar a tal comunión de vivencias y amistad personal. Tampoco el entorno social y la orientación biográfica de cada uno de ellos hacían presagiar algo parecido.

Sin embargo, como veremos, a la luz de la fe los aconteci­mientos se van a suceder de tal manera que el encuentro de los dos se produzca en el momento oportuno, en que Francisco de Sales llega a la plenitud de su madurez y Vicente de Paúl acaba de entrar en ella.

  1. Dos VIDAS COMPLEMENTARIAS

1.1. Familia y ambiente social

El matrimonio formado por Francisca de Sionnaz y Francis­co de Sales, unos treinta años mayor que ella, conocidos por los Señores de Boisy, reciben a su primogénito Francisco el 21 de agosto de 1567. Su familia se cuenta entre la vieja nobleza per­teneciente al ducado de Saboya. El niño nace rodeado de toda clase atenciones y envuelto en el cariño y afecto, especialmente de su madre, de 16 años, que se apegaba a él con pasión. Desde la primera infancia aprende de sus padres a vivir la fidelidad a la fe católica, en una región vecina de Ginebra, entonces llamada la Roma de Calvino. Su formación se amolda a los estudios de un joven de la nobleza. Frecuenta los colegios donde acude lo más distinguido de la sociedad, tanto en Annecy como después en París, donde los Padres Jesuitas dirigen el Colegio de Cler-mont. A continuación completa sus estudios en la universidad de Padua, donde consigue el título de doctor en derecho civil y canónico.

Vicente nace dentro de una familia de campesinos acomoda­dos que podía vivir de su trabajo «honesta y pasablemente según su condición”. Y, sobre todo, era una de aquellas familias arrai­gadas en la fe que, según palabras de Vicente dirigiéndose a las Hijas de la Caridad, viven «llenas de confianza en Dios». Sus primeros pasos en el colegio de los Franciscanos de Dax los emprendería con gran sacrificio de la familia, por el empeño de su padre y los buenos oficios del señor de Comet, que descubrie­ron en Vicente cualidades sobresalientes. Casi, desde el primer momento Vicente ha de contribuir a la financiación de los estu­dios, primero como preceptor de los hijos del Señor de Comet y después regentando un pensionado. En 1604, a los 24 años da por terminados sus estudios con el título de Bachiller en Teolo­gía. Años más tarde, ya en París, obtendrá el título de licenciatu­ra en Derecho’.

1.2. Experiencia espiritual

Desde los primeros años, la vida de Francisco estaba llena de piedad sincera. Sus biógrafos señalan este sentimiento de Francis­co: «Mi Dios y mi madre me quieren mucho». Sus compañeros de colegio destacarán su bondad como principal característica.

En la adolescencia sintió la llamada al sacerdocio. Así lo con­fesaba él mismo a la Madre Angélica, Abadesa de Port Royal des Champs: «Desde los doce años estaba yo tan firmemente resuel­to a ser de la Iglesia que ni por un reino hubiese cambiado esa resolución». Esa decisión y fuerza interior le llevará a realizar los estudios de Teología y Sagrada Escritura a escondidas de su padre, que pensaba que su primogénito estaba llamado a desem­peñar oficios más altos en el Ducado.

Muy pronto, en la época de sus estudios en París, probable­mente entre 1586-1587, llega a la etapa que san Juan describirá por los mismos años como la «Noche» en que todos los afectos y fuerzas del alma sufren una purificación divina. Dura aproxi­madamente seis semanas. La crisis y la respuesta de Francisco nos las revela la Madre Chantal: «Este Bienaventurado me contó una vez, para consolarme en alguna tribulación que yo tenía, que siendo escolar en París cayó en grandes tentaciones y en extremas angustias de espíritu; le parecía que con toda seguri­dad estaba condenado y que ya no había salvación para él… Pero a pesar de este sufrimiento tan desgarrador, mantuvo siem­pre en el fondo de su alma la resolución de amar y servir a Dios con todas sus fuerzas durante su vida y con tanto más cariño y fidelidad, por parecerle que ya no le iba a ser posible hacerlo en la eternidad». Francisco se encamina directamente por la senda del «puro amor de Dios».

Al reanudar sus estudios de Teología en Padua, reaparece de nuevo el tema de la predestinación. Bajo la dirección del P. Possevino, S. J., encontró en la doctrina del P. Molina, quien en 1588 acababa de publicar su libro «La concordancia del libre albedrío con los dones de la gracia …», la interpretación de Santo Tomás que le parecía «más verdadera y amable». Además aprende en el «Combate espiritual» de Lorenzo Scupoli la ascesis del puro amor de Dios: «una total desapropiación de nuestra voluntad» y la «sumisión incondicional al beneplácito divino». Si en París había había concebido el «amor puro» existencialmente, en Padua toma conciencia de él intelectualmente.

A través de su acción pastoral, especialmente en la misión de Chablais, experimenta que la bondad de Dios es la que atrae a las almas, y se esfuerza por hacer realidad en su vida las palabras evangélicas: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de cora­zón». En las disputas sabe usar el lenguaje de la claridad, preci­sión y de la fuerza de la argumentación. Pero él prefería usar la dulzura y la amabilidad. En cierta ocasión en que acababa de comentar el pasaje evangélico «Si alguno te pega en la mejilla derecha, preséntela la otra», un calvinista le dijo: «Si ahora te diera yo una bofetada, ¿volverías la cara para que diese otra?». Respondió con dulzura: Sé lo que debería hacer, pero no sé lo que haría, porque estoy lleno de flaqueza. Aunque podéis ensa­yar». A quienes le criticaban por una respuesta tan blanda, con­testó con convicción profunda: más se hace con el amor y la cari­dad que con severidad y rigor.

Vicente imbuido de la fe profunda y sencilla de su familia, tomó el camino del sacerdocio con una convicción sincera y empujado por las circunstancias sociales y familiares, sin contar demasiado conscientemente con la voluntad de Dios sobre su vocación. Es lo que nos daría a entender más tarde en su carta a un abogado15: «Son desgraciados aquello que entren en el sacer­docio por la ventana de su propia elección y no por la puerta de una vocación legítima». Lo cierto es que Vicente empieza una carrera contra obstáculos para hacerse cuanto antes con algún beneficio eclesiástico remunerado que le permitiera mirar con tranquilidad su futuro, sobre todo porque abrigaba la esperanza de compensar así los esfuerzos económicos que había tenido que hacer la familia en su favor. Pero todo esto no era sino la cara externa de una vida interior que la gracia de Dios había ido acre­centando progresivamente en Vicente de Paúl. Ya al año de su ordenación él mismo nos cuenta como se emocionó en Roma anta la tumba de los Apóstoles hasta derramar lágrimas: «¡Cuán feliz es, señor, por poder caminar sobre la tierra por la que caminaron tantos grandes y santos personajes! Esta considera­ción me conmovió tanto cuando estuve en Roma hace treinta años, que, aunque estaba cargado de pecados, no dejé de enter­necerme, incluso con lágrimas, según me parece».

El que Vicente fuese detrás de un beneficio eclesiástico, era común en aquella época y no prejuzgaba la voluntad de ser y actuar como un buen sacerdote. Precisamente el mismo año en que consigue los primeros beneficios, la Abadía de San Leonardo de Chaumes y la capellanía de la reina Margarita, se pone bajo la dirección de Pedro de Bérulle, quien le pondrá en contac­to con la corriente fervorosa’ de personas que se empeñan en llevar adelante la reforma del Concilio de Trento, y le introduce en el círculo del Oratorio, asociación de sacerdotes seculares, cuya mística era la visión del estado sacerdotal como ideal de vida cristiana.

Desde 1609 Vicente de Paúl pasará por un proceso espiritual profundo que va a comprometer toda su persona, «conocimiento-afecto-acción», de frente al misterio de Dios. Los acontecimien­tos de estos años le llevarán a una progresiva purificación que terminará en vaciarse de sí mismo para ponerse totalmente en las manos de Dios al servicio de los pobres. El ritmo y el contenido de la experiencia vendrán marcados por su progresivo encuentro con Cristo. Cuando la acusación de robo, será capaz de elevarse a Dios y callar, porque la presencia de Cristo escarnecido le mantiene. La tentación contra la fe, según nos dice Abelly, cesa­rá en el momento en que decide entregarse totalmente a Jesucris­to y dar la vida por su amor en el servicio de los pobres. Los acontecimientos pastorales de Gannes-Folleville y de Chátillon descubren a Vicente de Paúl su gracia particular, que no será otra que el encuentro con Cristo portador de la Misericordia del Padre a los pobres, hasta el punto de identificarse con ellos. Esta experiencia lo llevará a descubrir y vivir la autenticidad del amor a Dios en el servicio de los pobres.

1.3. Misión apostólica

Francisco, tan solo 14 años más viejo que Vicente de Paúl, había realizado plenamente su ideal apostólico cuando Vicente estaba a punto de confirmar definitivamente el suyo. Francisco llega a su ordenación consciente de la dignidad del sacerdote y de su responsabilidad. Desde el primer momento de su ordena­ción, a los 26 años, ejerce como Preboste del Cabildo, segunda dignidad de la diócesis. En la toma de posesión ante el Cabildo, les propone su programa para luchar contra el pecado por medio de la oración, la penitencia y, sobre todo, la caridad.

A partir de su entrada en Annecy como el nuevo obispo de Ginebra, se propone seguir el ideal trazado en el Concilio de Trento y toma como modelo a san Carlos Borromeo. Es el momento de la plena madurez personal y apostólica. Iniciará res­puestas a los problemas pastorales en los más diversos campos, que después servirán de referencia a Vicente de Paúl.

Su primera preocupación, contrastada ya en la misión de Chablais, será la formación y la santidad de vida de los sacerdotes.

Considera con el Concilio de Trento que la mala vida y la falta de conocimiento de muchos sacerdotes ha sido una de las causas que han favorecido la aparición del Protestantismo.

El propósito que alienta su actuación episcopal es llevar a todos sus fieles a la «vida de la santa caridad». Todos, sea cual sea su clase, profesión, estado o situación, están llamados a la santidad. Esta doctrina espiritual es la que promueve en su pre­dicación, su correspondencia y sus escritos, en particular la Introducción a la Vida Devota y el Tratado del amor de Dios.

Fiel al programa del Concilio de Trento que señala que «el primero y principal oficio del Obispo es el de predicar», se entre­ga tan fielmente a esta misión, que san Vicente de Paúl no duda­rá en llamarlo «Evangelio parlante». Aprovecha para ello todas las ocasiones, pero especialmente el tiempo de cuaresma, el cate­cismo y la visita a la diócesis, parroquia por parroquia. Su pala­bra llena de unción del amor de Dios y la expresión de dulzura cautivaban al auditorio. Como el mismo Francisco mostrase su extrañeza, ya que él usaba un lenguaje sencillo, le contestó un interlocutor: «¿Pensáis que son las bellas palabras lo que bus­can en vos? Les basta con veros en el púlpito. Os verían hacer una corta plegaria y esto les bastaría. Vuestras palabras corrientes, abrasadas del fuego de la caridad, traspasan los corazones’. Más tarde, Vicente usaría el «pequeño método», al que se sometió el mismo Bossuet, y le supondría parecidas expresiones por parte de los asistentes a las Conferencias de los Martes. Uno de los obispos asistentes le declaró abiertamente: «No sé qué unción del Espíritu Santo tienen vuestras palabras, que conmueven a todos … una sola, salida de vuestra boca, sur­tirá más efecto que todo lo que nosotros podamos decir».

Si en la estancia de 1602 había quedado admirado de la san­tidad y profunda espiritualidad que encontró en el círculo de Madame Acarie, en 1619 comprobaba que la renovación espiritual había llegado con fuerza a la aristocracia parisina. Eran muchos los que acudían a él en búsqueda de consejo y dirección espiritual. Entre ellos, princesas, damas de la alta sociedad y ricas burguesas dispuestas a colaborar en obras de caridad. Lo que hace decir a Maurice Henry-Coüamer: Vicente de Paúl podía aparecer’.

El trato con almas cultivadas, como Santa Juana de Chantal, que aspiraban a la entrega total a Dios, mueve a Francisco a pen­sar en una nueva fundación que sería la culminación de su doc­trina espiritual: vivir la «perfección del divino amor». La nueva fundación estaría abierta a todas las almas, sea cual sea su esta­do salud, porque, según anota Francisco en el Libro de los Votos el día en que hicieron su «oblación» la tres primeras Hermanas: la Madre Chantal, Bréchard y Favre: «No tenemos más vinculo que el de la dilección, que es el vínculo de perfección… la cari­dad de Cristo nos urge».

Después de unos años de búsqueda de cómo situarse y ejercer el ministerio sacerdotal, Vicente de Paúl había encontrado ya el camino de su ideal apostólico. En las tierras de los Srs. De Gondi y en Chatillon-les-Dombes, descubrió que el pueblo sencillo esta­ba abandonado espiritual y materialmente. La causa principal la encontraba, por una parte, en la mala formación y vida de los sacerdotes, y, por otra, en la falta de organización de la caridad. Desde entonces había decidido entregarse totalmente a la evange­lización del «pobre pueblo del campo». Sólo una dificultad se interponía en su camino. Era el apego y la dependencia que la Sra. de Gondi tenía de él. Temía que esta atadura le impidiera dedi­carse de lleno a su vocación. Coincidía con la preocupación de M. Bourdoise, aunque no con su actitud. Éste llegó a reprocharle al santo Obispo de Ginebra: «Sois obispo y no os ocupáis más que de las mujeres. ¿Para qué sirven esas damas de la Visitación? ¿No sería mejor que instruyerais a los eclesiásticos?».

Vicente, menos brusco que Bourdoise y lleno de humildad, seguirá firme en la dedicación a la evangelización de los pobres y la formación de los clero, pero, tocado de la dulzura y amabi­lidad de Francisco de Sales, terminará por orientar a esa causa a toda clase de mujeres, desde las damas de la alta sociedad hasta a la humildes campesinas.

La obra apostólica de Francisco de Sales está a punto de ter­minar, cuando empieza con fuerza la de Vicente. Francisco muere en 1622 y Vicente desarrollará su amplia acción apostólica hasta 1660.

José Mª López Maside

CEME, 2008

 

 

 

 

 

 

 

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