SAN VICENTE DE PAUL Y LOS GONDI (IV)

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SAN VICENTE Y LOS GONDI

4.1. Los COMIENZOS

Fue Bérulle, en todo caso, quien propuso a san Vicente como capellán y preceptor de los hijos del matrimonio de Gondi-Silly. Régis de Chantelauze propone como fecha aproximada de la incorporación de san Vicente a la familia de Gondi los meses finales del año 1613, y, como lugar, el palacio de Mont-mirail, donde Francisca Margarita de Gondi se encontraba espe­rando el tercer hijo fruto de su matrimonio con Felipe Manuel de Gondi. Otros autores hablan de París como la ciudad donde san Vicente comenzó a vivir en casa de los de Gondi, pero esto no tiene gran relevancia en este trabajo.

A partir de este primer encuentro, san Vicente vivió con la familia en el campo y en la ciudad. En Folléville primero y en Joigny después de que Felipe Manuel adquirió el título de Conde, la tradición local nos señala el lugar exacto donde vivió, y en general, se puede decir que su vida transcurrió entre las posesiones de los Gondi en el campo y en la capital. En este tiempo vemos a san Vicente predicando algunas misiones y el sermón sobre la catequesis en la toma de posesión del condado de Joigny por parte de Felipe Manuel de Gondi, orientando la vida de la familia y enseñando a los jóvenes Gondi. Sabemos que evitó un duelo del Señor de Gondi, y que ayudó a la Señora a vencer sus escrúpulos. Sabemos también que se esforzó siempre en ver a Jesucristo representado en el Señor de Gondi y a la Vir­gen María representada por la Señora de Gondi. En este tiempo predicó el primer sermón de Misión, el 25 de enero de 1617, a ruegos de la Señora de Gondi, hecho que el mismo san Vicente consideraba el punto de partida de su pequeña Compañía.

4.2. EL MOMENTO DECISIVO

A mediados de 1617, sin un aviso previo, san Vicente de Paúl dejó la casa de los Gondi para ir a Chátillon. Cuando la Señora de Gondi, sobre todo, se dio cuenta que su capellán se había mar­chado, le escribió ella misma varias cartas rogándole que volvie­ra e hizo que le escribiera su marido y otras personas hasta que consiguió que volviera.

Después de haber meditado a menudo sobre este hecho, yo lo considero como el que hizo posible la independencia espiritual de san Vicente y el desarrollo de su actividad caritativa.

El Padre Koch ha probado sin lugar a dudas que san Vicente dejó la casa de los Gondi porque se lo pidió Pedro de Bérulle, y que su ida a Chátillon no se debió al hecho de que Chátillon fuese una parroquia poco practicante, sino todo lo contrario. La obediencia de san Vicente dejando la casa de los Gondi sin rechistar nos muestra hasta qué punto san Vicente estaba inmer­so en la vida del Oratorio.

Cuando la Señora de Gondi reclama y consigue que san Vicente vuelva a la casa de Gondi (san Vicente había dejado la casa de los Gondi sin consentimiento de ellos), en realidad se produce una ruptura con el Oratorio, que no ha podido retenerlo en Chátillon: San Vicente deja la órbita berulliana para entrar definitivamente en la de los de Gondi. A partir de este momento la espiritualidad de san Vicente se vuelve más y más precisa, siempre en torno al pasaje evangélico de San Lucas, «el Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres». Y a partir de este momento serán los de Gondi quienes le apoyarán en este servi­cio incondicional a todos los pobres y por todas partes.

4.3. LA FUNDACIÓN DE LA CM

La familia de Gondi se considera la inspiradora de la institu­ción de la CM, la fundadora, y la que proporcionó no solo los lugares de trabajo de la nueva Congregación, sino también todo el apoyo económico y jurídico necesario para su funcionamiento.

Fue la Señora de Gondi, en palabras de san Vicente, la que pidió a san Vicente, después de habérselo pedido infructuosa­mente a otras familias religiosas, que hiciera posible unas misio­nes populares en sus tierras. Sabemos bien, y nos lo recuerda una placa en la Iglesia de Gannes, que en diciembre del 1616 san Vicente confesó a un moribundo que, agradecido, hizo grandes elogios de este modo de practicar el sacramento delante de la Señora de Gondi.

La Señora le pidió a san Vicente que predicara un Sermón de Misión, cosa que san Vicente hizo el 25 de enero de 1617. Si tenemos en cuenta la distancia entre Gannes y Folléville, el hecho de que era invierno y las dificultades del transporte, se puede decir que fue casi al día siguiente, aunque en realidad pasó más de un mes entre la confesión y el primer sermón de Misión.

Como la Señora de Gondi quería continuar con las Misiones Populares en sus tierras, y no encontraba una familia religiosa que las asegurara, propuso a san Vicente que fuera él mismo quien las predicara. Y san Vicente aceptó la oferta.

Desde ese momento, los objetivos a lograr eran dos: una aso­ciación de sacerdotes y la subsiguiente aprobación del obispo; una fundación que asegurara la subsistencia de los dichos sacerdotes predicadores, ya que las Misiones debían ser gratis. Andando el tiempo surgiría otra dificultad: el receptor de una Fundación de un ciudadano de París debía ser también ciudadano de París; esta cláusula creaba una dificultad, ya que san Vicente estaba empadro­nado como párroco de Clichy.

Así pues, se consiguió en primer lugar la Fundación de la Congregación de la Misión, mediante un contrato firmado en 17 de abril de 1625. En este contrata se le concedían a san Vicente 37.000 libras contantes y sonantes y 8.000 más prometidas para antes de un año, y se le pedía a san Vicente que buscara seis per­sonas eclesiásticas para que le acompañaran en las misiones. Ya sabemos que las cláusulas que puso la Señora de Gondi incluían que san Vicente siguiera de Capellán de su casa.

La aprobación del contrato de Fundación por parte del primer Arzobispo de París, lleva fecha del 24 de abril de 1626. Como la Señora de Gondi había muerto el 23 de junio de 1625, esta apro­bación nos hace reflexionar en el hecho de que san Vicente no pierde el apoyo de la familia de Gondi cuando muere su principal valedora. Esta consideración se verá reforzada ante el hecho del segundo contrato de fundación de la Congregación en la que se exigen a san Vicente únicamente las Misiones y la capellanía de las Galeras, desligándolo de otras servidumbres del primer contrato.

Finalmente, el Acta de asociación de los primeros misioneros se firmó el cuatro de septiembre de 1926. En lugar de los seis misioneros exigidos por el primer contrato, vemos solo cuatro misioneros: San Vicente, Antonio Portail, Francisco du Coudray y Juan de la Salle.

La familia de Gondi es la inspiradora y la principal auxiliar de san Vicente en la realización de la Congregación de la Misión.

4.4. LA UNIÓN DEL PRIORATO DE SAN LÁZARO A LA CM

Estamos tan habituados a interpretar los relatos que nos des­cribe Abelly sobre la donación del Priorato de San Lázaro a san Vicente de una manera lineal y tan al pie de la letra, que no deja­mos lugar a otras interpretaciones que, salvando los hechos narrados, puedan incluir realidades y personas sin las cuales la donación no hubiera podido realizarse.

Como este trabajo trata de las relaciones entre la Familia de Gondi y san Vicente, nos obliga a estudiar algunas fuentes exter­nas a la literatura «vicenciana» en orden a precisar el importante papel jugado por el Arzobispo de París en la donación de San Lázaro a san Vicente primero y a la Congregación después.

La descripción que nos hace Abelly de San Lázaro nos hace ver que se trata de un señorío eclesiástico, con «justicia alta, media y baja». Además de los numerosos alojamientos y de la gran extensión del terreno que tenía cercado, podían encontrar en él todos los recursos razonables para asentarse y multiplicarse. Se puede precisar algo más: tenía una extensión de unas 50 hec­táreas, a las puertas de París, con molinos y viñas, con derecho a celebrar ferias; era sitio real por varios conceptos, con abundan­te captación de agua, y con unas posibilidades inmensas de des­arrollo para alguien que fuera buen administrador y que contara con un excelente cuerpo de técnicos agrícolas, como era el caso de san Vicente con los Hnos. Pero, como decíamos, debemos hacer algunas precisiones históricas, que nos ayuden a compren­der quien podía donar San Lázaro, investigaciones que nos lle­varán al Arzobispo de París, un de Gondi.

Parece que el lugar fue primero sede de un monasterio dedi­cado a San Lorenzo, del que habla san Gregorio de Tours, y que fue destruido por los normandos entre los años 885-888. Sobre sus ruinas se construyó una leprosería, puesta bajo la protección de san Lázaro, el leproso del relato evangélico de san Lucas, (parábola del rico Epulón y el mendigo Lázaro). No obstante, el sello de San Lázaro representaba a Jesús resucitando a Lázaro, el hermano de Marta y María, amigo de Jesús. No debemos extrañarnos, porque es una confusión común a toda la Edad Media, esta de confundir los dos Lázaros de evangelio, el imagi­nario y el real.

Según nuestras fuentes internas, sobre todo según Abelly, San Lázaro fue donado a San Vicente de una manera espontánea: Así parece desprenderse del testimonio de san Vicente’ en el momen­to de la muerte del Sr. Prior de San Lázaro, y también del relato del Sr. Lestocq, párroco de San Lorenzo (parroquia en cuyo terri­torio estaba enclavado San Lázaro). Según estas fuentes, el único problema de la donación fue el de conciliar el gran deseo del Sr. Le Bon de entregar San Lázaro, y la no menos grande intención de no querer aceptar esta donación por parte de san Vicente.

Finalmente san Vicente aceptó por consejo del Sr. Duval y, des­pués de haber asegurado bajo contrato al Sr. Prior y a los religio­sos comida, alojamiento y algunas rentas, san Vicente tomó posesión de San Lázaro pacíficamente.

Las fuentes históricas «no internas» nos obligan a precisar más. No es fácil aceptar sin más un relato de este tipo, sobre todo si se consideran las riquezas de la propiedad, y, más todavía, la complejidad de sus estatutos, que dejaban al prior de San Láza­ro todos los poderes menos el de nombrar un sucesor. En otras palabras, Adrián Le Bon no podía dar San Lázaro porque no tenía poder para hacer esta donación.

Una de las cosas más interesantes para comprender rectamen­te qué ocurrió en verdad, y la importancia de la Familia de Gondi en la donación, sucedió en 1515, cuando Esteban de Ponchier, obispo de París, que quería reformar el priorato cambiando la administración para evitar algunos abusos, establece en San Lázaro una comunidad de canónigos regulares de San Víctor, pero con una condición especial: se trata de una instalación ad nutum, es decir, revocable a voluntad del obispo, es decir, que el derecho de colación del priorato dependía del Arzobispo de París. Desde esta fecha en adelante, todos los nombramientos contienen esa cláusula; y también, como es lógico, el nombra­miento de Adrián Le Bon, hecho por Enrique de Gondi, obispo de París, en 1611. Estas características hacen de San Lázaro algo incompatible con la naturaleza de un priorato-beneficio. Es decir, quien tenía poder para nombrar prior de San Lázaro era el obispo de París, que continuaba siendo un Gondi.

Esta cláusula nos hace ver la larga y, aunque no demasiado visible, eficaz mano de los Gondi, que conocían a san Vicente, y que no querían dejar una propiedad de las características de San Lázaro en manos ajenas a la Casa de Gondi y al obispado de París. En realidad, el primer arzobispo de París aprobó en derecho la unión a san Vicente y a la CM una gran propiedad, pero también muchas obligaciones que hubieran hecho pensar seriamente a cualquier otro candidato en la posibilidad de no aceptar este regalo troyano. Pero no era el caso de san Vicente, que finalmente aceptó.

Así pues, el 7 de enero de 1632 se firmó el contrato entre, Adrián Le Bon y los canónigos regulares de san Víctor que aún quedaban, por una parte, y por la otra, san Vicente. Este contrato se puede ver en los Archivos Nacionales de Francia. Pero curio­samente, un día después, 8 de enero, aparece el decreto de unión de San Lázaro a la Misión, firmado por el arzobispo de París, Juan-Francisco de Gondi, decreto que sería confirmado por las letras patentes del rey, dadas en Metz ese mismo mes de enero, y registradas en el Parlamento el 7 de septiembre siguiente. Decre­tos de estas características no se preparan de un día para otro, y una secuencia tan continuada de emisión de los documentos nos hacer ver que había personas del entorno arzobispal que llevaba mucho tiempo preparándolos.

Hubo serios oponentes a esta concesión. El P. Fauré, prior de Santa Genoveva, y el abad de San Víctor (la famosa abadía medieval donde enseñaron Guillermo de Champeaux y Hugo de San Víctor), intentaron hacer valer sus derechos. Tarea inútil, porque si bien ellos eran altas personalidades y sabían utilizar sus archivos, estaban luchando, sin saberlo, contra el Sr. Arzo­bispo, en vez de hacerlo contra el Señor Vicente. El 29 de diciem­bre del 1632 se firmó un nuevo documento confirmatorio, que fue de nuevo aprobado por S. E. el Arzobispo de París el 31 de aquel mes, y vuelto a confirmar por letras patentes de Luis XIII en enero de 1633.

Todos estamos de acuerdo en que los hechos que se narran en el libro de Abelly son verdaderos: ahora bien, no son, en sentir mío, completos. En la consideración de la unión del priorato a la CM, es preciso leer las fuentes históricas externas que nos hablan de la larga sombra de los poderes que verdaderamente movían al París de la época, y muy especialmente los intereses del arzobispo y de la familia de Gondi.

4.5. LAS DAMAS DE LA CARIDAD

Conocemos bien por la correspondencia de san Vicente, y por los estudios monográficos sobre este tema, la gran importan­cia de las Damas de la Caridad en el conjunto de obras de Cari­dad impulsado o realizado por san Vicente de Paúl. Como seña­la el Padre P. Coste en la obra citada, las obras principales en las que las damas tuvieron una parte importante fueron el Hótel-Dieu, los niños expósitos y la ayuda a regiones devastadas, la ayuda a los refugiados irlandeses y el Hospital General de Cari­dad. Sería una tarea casi imposible querer dar los nombres de todas las Damas de la Caridad pero, en un artículo sobre San Vicente de Paúl y los de Gondi, tenemos que detenernos en algu­nos nombres, a quienes el P. Coste dedica unas breves líneas en su libro y sobre todo en Madame Goussault que fue la persona por quien los Gondi entraron en este hermoso capítulo de la vida de san Vicente.

Cuando san Vicente volvió de nuevo a la Casa de los de Gondi y comenzó las Misiones, al final de cada Misión se fun­daba la Cofradía de la Caridad. Suponiendo que las Misiones se habían comenzado de modo sistemático en 1626, en dos años había bastantes Cofradías fundadas y algunas de ellas no iban bien: San Vicente pidió ayuda a tres grandes Damas; Madame Goussault, Madame Pollalion y Mademoiselle Le Gras. Estas tres Damas visitaban las Cofradías, algunas veces las tres juntas y otras cada una por separado, corrigiendo los pequeños errores que surgían y animándolas en el servicio al pobre. Poco a poco, Madame Pollalion y Madame Goussault se fueron dedicando a otras obras, y quedó como principal colaboradora en la visita a las Cofradías Mademoiselle Le Gras.

Madame Goussault se fue especializando en los hospitales, según vemos en la carta publicada por Pierre Costé», y fue quien hizo posible que las Hijas de la Caridad trabajaran en el Hótel-Dieu de Angers, su ciudad natal. Llevada de esta preocupación por los hospitales, Madame Goussault quería que se ayudara a los enfermos del Hótel-Dieu a practicar una vida espiritual más asidua, sobre todo en lo referente a la Confesión y la Comunión (Ya sabemos que el Hótel-Dieu era una institución caritativa lle­vada y administrada por la Iglesia y servida por las Agustinas, cuyo último responsable era el Arzobispo Juan Francisco de Gondi). A este propósito, Madame Goussault pidió ayuda a san Vicente que se negó en repetidas ocasiones, argumentando que en el Hospital trabajaban, con gran dedicación, las religiosas Agustinas y los canónigos de la catedral.

En este momento entra el arzobispo en juego, a súplicas de la presidenta Goussault, y manda a san Vicente que ayude a las Damas en sus propósitos. Lo que pretendían las Damas era sen­cillo: repartir una pequeña merienda entre los enfermos, y apro­vechar ese momento de refrigerio para ayudarles a prepararse a recibir la Confesión y la Comunión. Las Damas ayudaban a las señoras enfermas, y pagaban capellanes que ayudaran a los hom­bres enfermos. Ciertamente fue el mandato del Señor Arzobispo, quien movió a san Vicente a actuar en este campo; conociendo a san Vicente, podemos asegurar que nunca hubiera entrado en este campo sin este mandato de Juan Francisco de Gondi.

A partir del mandato del Señor Arzobispo, san Vicente comenzó a trabajar con este grupo de Damas, algunas de ellas de la más alta nobleza, que llegó a contar con más de 150 miem­bros. Estas Damas esperaban siempre la palabra ardorosa y cercana de san Vicente que siempre las llevaba a la fuente de la Caridad, Jesucristo Nuestro Señor. Ellas hicieron posible que la Caridad cristiana se hiciera presente allí donde el sufrimiento, el hambre y la pobreza afligían a las personas y a las sociedades.

4.6. EL SENTIR DE SAN VICENTE

San Vicente entró en casa de los Gondi a los 33 años. Era una persona madura que podía contar en su haber unos estudios sóli­dos, una piedad sincera, y el haber superado situaciones de gran dificultad en su vida. La capellanía y la preceptoría de los de Gondi le llegaban en un buen momento: podía finalmente conse­guir el beneficio honorable que había sido, desde siempre, el sueño de su familia y el suyo propio.

Aún siguió pensando en acumular algunos beneficios y parro-quias40, pero la tendencia a olvidarse de sí mismo y a pensar en el pobre pueblo se fue acentuando más y más. Es indudable que la familia de Gondi tuvo mucho que ver en este cambio paulati­no. Eran una familia de guerreros y de eclesiásticos, con obispos y abadesas, y sabían lo que era estar dispuestos a dar la vida por las causas que consideraban justas. Una de estas causas, por las que ellos lucharon sin descanso fue la vivencia y la propagación de la fe católica.

Por otra parte no es exacto el pensar que san Vicente se abu­rría en casa de los Gondi. Recordemos que el hermano mayor de los Gondi murió en un duelo y que el mismo Felipe Manuel esta­ba a punto de batirse en otro duelo cuando san Vicente lo con­venció de que eso era contrario a su fe. Por otra parte, no hay duda de que era un excelente director espiritual, a juzgar por las manifestaciones de los dos esposos cuando san Vicente dejó los de Gondi para ir a Chátillon. Los sermones que conservamos de esa época son de gran solidez’, y su labor pastoral en la predi­cación al pueblo era constante y eficaz. Si tenemos en cuenta los numerosos viajes y el trabajo de preceptor, podemos afirmar que la agenda del capellán era la de un buen trabajador.

San Vicente vivió situaciones dolorosas en la familia de Gondi: la muerte del cardenal Pedro de Gondi que parecía dejar huérfana a la gran familia; la muerte de Enrique de Gondi, pri­mer cardenal de Retz en Béziers, y cuyo entierro fue un duelo de Estado y de toda la ciudad de París; la muerte del pequeño Enrique de Gondi, casi contemporánea de la de su tío el carde­nal, que debió llenar de tristeza a la familia entera, por lo repen­tino e inesperado de esa desgracia; finalmente, la muerte de la Señora de Gondi, que él mismo quiso anunciar al General de las Galeras, para lo cual se desplazó a Marsella, conocedor como era del genio fuerte de Felipe Manuel de Gondi.

La familia de Gondi aceptó el homenaje con el que san Vicente la quiso siempre honrar, pero a su vez, los dos esposos supieron escuchar los consejos del capellán. El Hno. Robineau nos hace ver que las 45,000 libras con las que se fundó la Con­gregación de la Misión eran el dinero recibido por el pequeño Juan Francisco Pablo, futuro segundo cardenal de Retz, prove­niente de las encomiendas de las abadías de Buzay y de Sainte-Croix de Quimperlé que pertenecían a su tío el primer cardenal de Retz, que había muerto. San Vicente hizo ver que Juan Fran­cisco Pablo era todavía muy pequeño y no era justo que recibie­ra un dinero de la Iglesia cuando no tenía edad para servirla. Así el dinero que la familia recibió de las encomiendas de las abadías de Buzay y de Sainte-Croix de Quimperlé volvió de nuevo a la Iglesia mediante la donación para la fundación de la Congrega­ción de la Misión.

San Vicente reconoció siempre a la familia de Gondi su papel principal en la fundación de la Congregación. Es verdad con relación a los laicos de la familia, pero más aún si se tiene en cuenta el papel de los eclesiásticos de la familia. El agradeci­miento de san Vicente fue público y arriesgado, tanto por los servicios a la familia, como por los servicios a la diócesis de París. El arzobispo contribuyó de una manera decisiva nombran­do a san Vicente principal de Bons-Enfants Saint Victor; no es extraño que, a la vista de los buenos resultados pastorales de esta donación, el Arzobispo decidera dar San Lázaro a la naciente pequeña Compañía para repetir esos buenos resultados a gran escala. Así se multiplicaron esas obras ingentes, que hasta ese momento san Vicente realizaba a pequeña escala: los Ejercicios a Ordenandos y al clero a favor de la diócesis de París y otras, y las Conferencia Eclesiásticas de donde salieron los mejores obis­pos de Francia en aquella época. Detrás de todo esto estaba la mente y el propósito de un buen arzobispo, pero también la pre­cisión de un buen organizador y el trabajo de un cuerpo de téc­nicos que debemos señalar como de los mejores de la época: los primeros Hermanos de la pequeña Compañía.

No le importó a san Vicente encargarse, a pesar del trabajo que podía resultar agobiante y de las consecuencias políticas que podían sobrevenir, de determinadas obras en las que podía adi­vinarse que la persona del arzobispo estaba detrás: cofradía de Damas del Hótel-Dieu, atención de Luis XIII en su lecho de muerte, Consejo de Conciencia, Conversaciones con la reina en 1649 y 1652, acogida del Cardenal de Retz en Roma. Además, sus cartas de despedida a Felipe Manuel de Gondi43 y a su hijo el cardenal son especialmente emotivas, y denotan la seriedad con la que san Vicente aceptó las glorias y las servidumbres de la cercanía de esta gran familia. Es verdad que procuró alejar de la pequeña Compañía a Felipe Manuel de Gondi y le aconsejó entrar en el Oratorio de Bérulle, cuando quiso entrar en religión: pero esa era una técnica que empleó constantemente con las per­sonas cuyas relaciones en la sociedad eran tan notorias, que podían perturbar e incluso destruir la vida comunitaria de la naciente compañía.

Cuando la caída en desgracia de los Gondi fue evidente por el arresto a que el Cardenal Mazarino sometió al Padre de Gondi, y por la terrible persecución a que sometió al segundo cardenal de Retz, Juan Francisco Pablo de Gondi, san Vicente se mantu­vo en una fidelidad constante, a riesgo de hacer peligrar la exis­tencia misma de la pequeña Compañía de la Misión. Los Gondi, del partido devoto, fueron cayendo ante las desgracias persona­les y ante los golpes de los cardenales Richelieu y Mazarino. En los diarios de este último, san Vicente aparece identificado como alguien peligroso, al lado de la Marquesa de Maignelay y del Padre de Gondi. Se puede decir ciertamente que era un hombre peligroso, pero por otras razones, ya que no hay persona más peligrosa para los poderosos de este mundo que quien sabe man­tenerse pobre, luchando por los pobres, buscando siempre la voluntad de Dios fiel y pacientemente, sin importarle las conse­cuencias de esta actitud.

Juan Julián Díaz Catalán

CEME, 2008

 

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