Una Asociación de algunos católicos celosos, fundada en París, existió de 1630 a 1660, con el nombre de «Compañía del Santísimo Sacramento». Su existencia e historia eran ignoradas, hasta que, hace algunos años, los apuntes que daba a conocer esta Asociación fueron exhumados, siendo recibidos con grandísima curiosidad por todos los que se –interesan por la historia religiosa de la primera mitad del siglo XVII.
Los datos publicados bajo el título de Anales de la Compañía del Santísimo Sacramento nos dan a conocer que la mano principal de esta Asociación, como la de todas las obras de caridad y de celo de esta época, era su miembro San Vicente de Paúl; este es un hecho que queremos consignar y examinar muy particularmente. Tiene éste –para los lectores de los ANALES interés particular, tanto más, después que se ha discutido si del papel atribuído por la historia a San Vicente en las empresas caritativas de aquella época se debía descontar una parte, tal vez ‘considerable, para restituírselo a la Compañía del Santísimo Sacramento. Esta cuestión merece ser examinada, estando nosotros persuadidos que se puede resolver sin disminuir en lo más mínimo los méritos de cualquiera que sea. La suma del bien llevado a cabo en esta época es tan abundante, que con largueza se puede honrar a todos los que cooperaron a él.
En Le Correspondant (número del 25 de Marzo de 1911} se ha publicado un estudio importante de M. Geoffroy de Grandmaison, en que se hace un resumen, con buena crítica, de los trabajos precedentes. Bajo el título «La Compañía del Santísimo Sacramento, su fin, sus obras, sus historiadores», el autor expone, según nuestro juicio, la exacta fisonomía de esta institución.
Nosotros nos contentaremos con compendiar el conjunto y transcribir algunos pasajes de este erudito estudio, suficiente para dar a conocer la Compañía del Santísimo Sacramento. Entre la relación del origen y más tarde de la disolución de esta institución intercalamos algunas observaciones sobre el punto que nos interesa aquí, especialmente el papel y lugar que ocupó San Vicente de Paúl entre aquellos hombres de fe y de celo que componían dicha Asociación.
La Compañía del Santísimo Sacramento era una Asociación de piedad, de celo y de beneficencia: estuvo rodeada de algún misterio, por lo menos al principio, prescribiendo sus estatutos a todos los miembros el secreto sobre su existencia. Comenzó en 1630 y terminó treinta años después, suprimida por el Poder civil en 1660, año en que murió San Vicente de Paúl.
Fué establecida en París por un gran señor, Enrique de Levis, Duque de Ventadour, de acuerdo con un capuchino, el P. Felipe de Augoumois , y un jesuita, el P. Suffreu, a los cuales se unieron varios hombres celosos, pertenecientes a la Iglesia y al mundo. Entre los últimos se pueden contar los Condes Voyer de Argenson (padre e hijo), el Duque de Liancourt, el primer Presidente Guillaume de Lamoignon, los Mariscales de Schombert y de la Meilleraye, Armando de Bourbón, Príncipe de Conti, etc. Había en ella varios Prelados, como Francisco Fouquet, Obispo de Bayona, después Arzobispo de Narbona; Alain de Solminihac, Obispo de Cahors; Godeau, Obispo de Vence, etc,, y otros eclesiásticos, como Luis Abelly, perteneciente entonces al clero de París y después Obispo de Rodez, y Luis Rochechouar, Abad de Tournus. Se conjetura que San Vicente de Paúl ingresó en dicha Asociación hacia 1635.
El fin especial de la Asociación era honrar al Santísimo Sacramento; también se determinó a promover toda obra buena, y de hecho la nueva Compañía se interesó en todas las obras de caridad y de celo de aquella época: visitas a los forzados, socorros a las provincias desoladas por las guerras, conservación de la integridad de la fe católica en Francia, evangelización de las misiones extranjeras. Tal era la Compañía del Santísimo Sacramento. Cómo fue mirada por la Corte y por la Iglesia la nueva Asociación, que, aunque rodeada de cierto misterio, no podía, por lo menos, ser sospechosa, ni tuvo dificultad para ser aprobada y autorizada confidencialmente por una y otra autoridad. Sin embargo, no encontró en todas partes el apoyo que deseaba: el Arzobispo de París, Juan Francisco de Gondi, no vió con buenos ojos esta empresa que se formaba a sus espaldas, y no le- concedió su aprobación; Roma se mostró igualmente muy reservada en las dos veces que se trató de establecer anejos de la obra en la Ciudad de los Papas, no llevándose a efecto; respecto al Poder civil, gracias a la intervención de la piadosa Ana de Austria aprobó de su mano la secreta Asociación, que más tarde fue suprimida.
Los datos que tenemos sobre esta Asociación proceden de un manuscrito por mucho tiempo ignorado, escrito por uno de los miembros de la Asociación, Renato de Voyer d’Argenson. He aquí lo que dice de él M. de Grandmaison.
Los Anales de M. de Argenson se encuentran al presente entre los manuscritos de la «Biblioteca Nacional» (Sección francesa núm. 14.489). Un modesto erudito, pero instruido, el P. L. Lasseur, le descubrió hacia 1865, en cuarto menor, de 161 folios, de una escritura menuda y muy apretada. Murió sin, haber escrito cosa alguna sobre un asunto que él había dado a conocer al editor de las Memorias del P. Ra-pin, que aparecieron por aquel tiempo; después a otro jesuita, el P. Clair, y a un benedictino, Dom Beauchet-Filleau. Hacia 1888-1889, en los Éludes, el P. Clair publicó una serie de artículos muy exactos y edificantes, bajo el título «Una página sobre la Caridad en el siglo XVII».
Diez años después apareció un trabajo, con el título algún tanto tendencioso: Una Sociedad secreta católica. Su autor, el Sr. Rabbe, estaba tan poco versado en el asunto, que ignoraba el nombre de San Vicente de Paúl, al que llamaba el Abate Pablo Vicente, y el del famoso P. de Rhodes, a quien llamaba el P. Rodín, aprendidos sin duda en su lectura de Eugenio Sué.
En 1900, puesta la cuestión a la orden del día, dió un gran paso: Dom Beauchet-Filleau publicaba el texto íntegro de los Anales de M. de Argenson. Su fin era desautorizar las leyendas y ofrecer el mejor elemento de investigación a los historiadores. El primero que usó de él, Sr. Raoul Allier, poseía profundos conocimientos y actividad, pero estaba, merced a su situación, condenado a la parcialidad; siendo Profesor en la Facultad de Teología protestante, se. creyó llamado a tomar una reivindicación póstuma contra los antiguos adversarios de sus correligionarios: era la moda de aquel tiempo; desplegando en él mucha sagacidad multiplicaba las investigaciones curiosas, y de un libro de 450 páginas hizo un escrito satírico, y le publicó con el título de La Cábala de los Devotos, recordando y amplificando en el fondo la palabra de Mazarin, que, según creo, no la había entendido en tal sentido infamante. El Sr. Allier adornó sus capítulos con títulos y subtítulos melodramáticos: «Una liga secreta.—Movimiento caritativo.—Espionaje sagrado.— Temores de Vicente de Paúl.—Punzada de guadaña.—Una red sagrada sobre el Reino.—El complot descubierto». El lector podía ver en él un verdadero romance. Mas por otra parte se hallaban en su obra abundantes datos preciosos y exactos tomados de las fuentes.
De muy distinto modo se mostró imparcial el Sr. Rebelliau (Revista de los Dos Mundos, Julio-Septiembre 1903); censuraba este estudio, que juzgaba deformado probablemente por el prejuicio confesional. Muy exacto en los elogios por los hechos realizados en otro tiempo en el terreno de la caridad, no lo es menos en sus reservas, desagrado y en sus censuras por el proselitismo, que él llamaba indiscreto. Muy conocedor de la vida íntima del siglo XVII, juzgaba de ella como hombre del XIX.
El P. de la Briére publicó un folleto de propaganda (1905) para demostrar lo que fué La Cábala de los Devotos. Propende a una imparcialidad que le honra; su resumen es muy estimado de los hombres de obra, y aprovecha las circunstancias atenuantes cuando advierte excesos de celo, que tampoco disimula.
Estaba enterado, por lo menos cuanto se podía desear, de las interioridades de la Componía de París; parece que nunca se conocerá mucho más, siendo esto lo bastante para formar su opinión. (Le Correspondant, número citado, página 1.124.)







