LA INFLUENCIA RELIGIOSA
Si fuera de las dos congregaciones religiosas que había fundado, el Señor Vicente hubiese cesado de trabajar, se acusaría a sí mismo eternamente de ser un hombre de pequeña periferia y un bienaventurado indolente. No pudo por lo demás a su muerte abandonar las obras que había apadrinado y su actividad en la vida religiosa de la Iglesia tomó formas nuevas.
Las acciones de socorro
¿Qué ocurrió con las obras de socorro organizadas por el Señor Vicente?
Las Damas de la Caridad no pudieron subsistir en medio de la Revolución francesa, pero resucitaron en el siglo xix. Actualmente, siempre bajo la dirección del sucesor de san Vicente de Paúl, y envueltas en la vida del mundo, cuentan 450.000 miembros (40.000 en Francia, 5.000 para la diócesis de París). Actúan especialmente en Italia, en Polonia, en Bélgica, en Estados Unidos, en Méjico y en Brasil. En 1911, se fundó una filial de las Damas de la Caridad, «Las Luisas de Marillac», la alegría de los abuelos y de las abuelas. Son actualmente 35.000.
Las caridades masculinas, soñadas en otro timepo por el Señor Vicente, se convirtieron en 1833, por el espíritu, la tenacidad y la gracia de Federico de Ozanam, en una realidad viviente. Pese a los críticos que periódicamente las asaltan, las Conferencias de San Vicente de Paúl han realizado una obra inmensa. En nuestro mundo de 1975, en el que se desarrollan 36.000 conferencias, se pueden contar más de 650.000 conferencistas repartidos por los cinco continentes (109 países).
En todo caso, como el Señor Vicente no podía ya poner cuidadosamente a punto las obras que ayudaran a los pobres humanos a luchar contra las nuevas formas del pecado y de la miseria, discretamente, sin queja ni amargura, dio su «consejo». Pueden sin juicio temerario, hacerse recaer sobre él sospechas de que haya inspirado, sostenido, protegido las grandes iniciativas que responden a sus deseos. ¿Quién no evoca hoy al Padre Vicente ante el Secours Catholique organizado por Mon Rhodain, ante la ayuda a los sans-logis lanzada y valerosamente sostenida por el abbé Pierre, ante la reorganización de las personnes déplacés emprendida por el P. Pire?
Las nuevas formas de vida religiosa
En el terreno de las religiosas donde ejerció una vez su función de animador y de reformador el Señor Vicente sigue pacíficamente trabajando.
No pudiendo gobernar las Comunidades o dirigir las conciencias, místicamente, se adapta renueva sus funciones. Previene y ensueña, sugiere y aconseja. Hay que proponer, decía, a manera de los ángeles, como lo ha enseñado el cardenal Bérulle.
Gracias al Señor Vicente, gracias a la tenacidad que desplegó para hacer que se aprobasen Ias constituciones de los Lazaristas y de las Hijas de la Caridad, la mayoría de las congregaciones religiosas de los siglos XVII, XVIII y XIX adoptaron un nuevo estilo de existencia: las prácticas monásticas dejaron entre ellas de ser tan numerosas, la ascesis individual y colectiva se organizó a partir de las exigencias a menudo agotadoras del apostolado moderno. Cuando dejéis la oración para asistir a un enfermo, precisaba el Señor Vicente a las Hijas de la Caridad, dejáis a Dios por Dios. Cuidad al enfermo, eso es oración.
Que estas nuevas comunidades de hombres o de mujeres copien o no las reglas de los misioneros o de las Hijas de la Caridad (Hermanas de la Caridad de Clément-Auguste: 1808; Hermanas de Tilbourg) que tomen a san Vicente como patrón o como protector (Hermanas de la Caridad de Besangon – 1799, Hermanas de la divina Providencia de Ribeauvillé, Hermanas de san Vicente de Paúl del Padre Le Prévost – 1845; Hijos e Hijas de la Caridad del Padre Anizan 1918) todos, propónense un fin que el Señor Vicente hoy se propondría y ponen en marcha métodos y un espíritu que él no negaría.
Fue para transportar la Caridad vicenciana a otros dominios como fundó san Alfonso de Ligorio, en 1732, la Congregación del Santísimo Redentor (7.200 miembros en 1975) y como creó san Juan Bosco, en 1841, los Salesianos (18.972 miembros en 1974).
Actualmente, más de cien comunidades religiosas se orientan de cerca o de lejos, por la barquilla del Señor Vicente y observa su estela. Dejemos a Dios guiar nuestra barquilla, decía a cuantos se asustaban, él la preservará del naufragio.
Expresiones de la piedad
Rebasando las estructuras sociales de la vida religiosa, es en el corazón mismo de la vida de piedad donde el Señor Vicente continúa presente y prosigue su vocación de educador religioso.
Existe en efecto una vida interior que se puede llamar vicenciana, no sólo porque se justa invariablemente a los reglamentos dados por el Señor Vicente, sino, más bien, porque adopta sus miras sobre el hombre y sobre Dios. Por fidelidad y por afinidad, conjuntamente, gusta de sus temas de oración y de pensamiento. Asume su psicología y se convierte en su prudencia. En una palabra, mira y modelo su vida en ese espejo que es el alma viviente del Señor Vicente.
Algunos signos delatan rápidamente su secreta pertenencia.
Esa no testimonia sino una benevolencia limitada para las formas extraordinarias del sentimiento religioso. La oposición de Vicente a ciertos fenómenos presobrenaturales, su conducta con los Iluminados de todo género, arman en contra sus reflejos y vacunan su sensibilidad. La lectura periódica de la conferencia sobre las Ilusiones, sería, si hubiese necesidad, un rito simple, higiénico y eficaz.
Ante los fenómenos místicos manifiesta una prolongada reserva. Sin duda los conocía el Señor Vicente por experiencia pero le resultaban sospechosos por no tener bastante en cuenta las tretas del demonio y las fatigas del servicio terrestre. Después de todo ¿no puede creerse que los éxtasis son más nocivos que útiles?
Concorde con el Señor Vicente para oponerse a las tesis del Señor Antoine Arnauld, preconiza una participación frecuente en los misterios eucarísticos y en las purificaciones del sacramento de la penitencia. Ahí reconoce las dos fuentes y los dos signos de una excelente salud sobrenatural.
Pero paradójicamente, esta piedad vicenciana propone y conjuga dos actitudes que parecerían excluirse. De un lado, reclama un rigor racional, un cuidado de lo concreto y de lo práctico que invoca a Descartes y transporta el Discurso del Método al sentimiento religioso. De otro lado, repele obstinadamente las alianzas con la naturaleza insidiosa. Si se escucha a la naturaleza, piensa con el Señor Vicente, la vida religiosa no será más que un desarrollo humano. No hay que caer en la trampa. La vida de Cristo se desarrolla en régimen de oposición y en una atmósfera de lucha. El espíritu de Dios que habita en el hombre pide sin cesar y da batalla: el celo, la humildad, luego la sencillez y la prudencia, la mortificación son las armas de la panoplia espiritual.
Así pues, más que ningún otro, en unión con su amigo Francisco de Sales, Vicente de Paúl da a la piedad de los suyos y sin duda a toda la piedad francesa, una marca característica. Aprieta los vínculos entre la ética y la religión. Piedad y devoción son a un mismo tiempo una expresión, una prueba y una prolongación de la experiencia moral.
La devoción mariana
Plegándose a los principios de esta vida interior es como se ha desarrollado particularmente la devoción mariana dentro de la doble familia de san Vicente.
Estaba en la línea de los primeros sermones del Señor Depaul y asimismo en la del patronato mariano reclamado por la primera Caridad de 1617. Se desarrolló permaneciendo fiel al ritmo fundamental de la vida interior vicenciana. Se benefició sin duda del fervor mariano del siglo xnc, pero todavía más de las apariciones (le 1830 a santa Catalina Labouré. Dos formas de culto mariano centradas en el Dogma de la Inmaculada Concepción, están hoy en plena prosperidad: la asociación de Hijas de María Inmaculada, la Novena de la Medalla Milagrosa.
La primera, la asociación de Hijas de María Inmaculada cuenta actualmente 100.000 miembros que encuentran en revista Les Rayons un precioso instrumento de cultura religiosa.
En cuanto a la práctica de la Novena de la Medalla Milagros ha hecho de la Capilla de las Hijas de la Caridad, de 140, rue du Bac, el lugar de culto más frecuentado de la capital. En Estados Unidos, esta práctica alcanza a 4 millones de fieles repartidos por 3.600 parroquias. La joven revista «La medalla milagrosa», lanzada por el P. J. Henrion cuenta no menos de 170.000 lectores.
Al invocar a la Madre de Dios y tomarla por patrona en Ias cosas de importancia, no puede sino ir todo bien y redundar en gloria del buen Jesús su Hijo.
LA LEYENDA Y LOS VALORES DEL CORAZON
No basta, para conocer al Señor Vicente, con clasificar sus estados de servicio ni con caracterizar su influencia religiosa. Para la memoria popular en la que se ha instalado, Vicente de Paúl es un «gran hombre». Más humano que Richelieu, menos taimado que Mazarino al que no se logra amar, Vicente es la sonrisa de la bondad simple y familiar.
Esta reputación de bondad es bastante merecida. La mejor prueba de ello serían tal vez, pues claro, los reproches de dureza que el Señor Vicente se dirigía a sí mismo. Solos los tiernos tienen estos escrúpulos. Suplicaba él a Dios imprimiese bien hondo en su corazón esta dilección, que sea, proseguía, la vida y el alma de mis acciones. Vigilaba su exterior: Hace falta, decía, cierto atractivo y un rostro para no enfurecer a nadie (xn, 189). Soñaba y rogaba pensando en los que Dios tiene prevenidos con su gracia, a los que ha dado un trato cordial, dulce, amable por el que parecen ofreceros el corazón y pediros el vuestro.
Para ser verídicos, el rostro y la biografía del Señor Vicente deben, pues, dejar adivinar la calidad de su ser, el amor que le impregnaba. Entre él y la humanidad, al cabo de centenares de años, es una historia de amor la que transcurre.
En su tiempo como hoy, podía ser desconocido. Podía también irritar, atraer el desprecio o el desdén. No parece que haya sido fríamente detestado u odiado. No tuvo de golpe todas las simpatías. Conoció la oposición, de la gente de Port-Royal y de buen número de descontentos. Mezclado en los asuntos públicos, fue salpicado por la política. No podía mientras vivía, atraer un afecto general e incondicionado. Los elogios y los agradecimientos oficiales que ascendían hacia él, lo percibimos a distancia, ocultaban una puntilla de interés que podía, en caso de decepción, revolverse y herir. Cuando los socorros y las limosnas bajaron, los buenos sentimientos pasaron al purgatorio y volvían a veces de él abrasados de cólera, Los insultos que asaltaron a Vicente durante las calamidades y la Fronda no eran tal vez de otra naturaleza.
La muerte de Vicente en 1660 hizo gemir a muchas personas. Abría también la era de las purificaciones y de las idealizaciones.
Fluyen algunos años, antes de que Pitau, Van Scuppen, Lochon, Edelinck, provean de un apoyo imaginero al afecto de las multitudes.
En el siglo XVIII, se desarrolló una popularidad particularmente sentimental. Habiendo puesto Perrault al Señor Vicente entre los hombres ilustres (1700) que deben suscitar la admiración, la invitación estaba formulada. Las fiestas de la beatificación y de la canonización presentaron al Padre de los pobres como un modelo religioso y un patrón sobrenatural. Pero todas estas consagraciones oficiales se hubiesen quedado en letra muerta sin este ascenso general del fervor sensible. El carácter tan humano de la sensibilidad vicenciana no podía sino beneficiarse de él. La imagen de un Padre de la Patria, del amigo de los galeotes, del protector de los refugiados inflamó de sentimiento fantasma del Señor Vicente. En una época en la que la fiebre contra el poder, los ricos, los tiranos era sabiamente orquestada, el Señor Vicente apareció más simpático que nunca.
Con suavidad también, se benefició él de la neutralidad de sus retratos. Sin duda, no era un revolucionario, pero tampoco pensaba que era un devoto y mucho menos un hombre encerrado en la Iglesia. Ciertos retratos le revestían de una sobrepelliz, pero otros le rodeaban de una pobre capa de invierno. Con él se sentía uno a gusto, en el calor protector de una buena compañía. La aproximación y la conversación eran fáciles: rápidamente, Vicente fue representado en un grupo (a partir de 1717). Su vocación de ir a todos fue ampliamente explotada. Se olvidó que había predicado, misionado, confesado. Las imágenes le representaban únicamente en conversación familiar o mejor, pasando a la posteridad en sus obras de caridad. En ningún cuadro está la Iglesia lejos. Se ve a menudo el campanario de una capilla en el horizonte, pero son los pobres quienes están en primer plano.
Algo separado de su contexto religioso, el personaje de Vicente gran hombre comenzó en el siglo XVII una carrera que continúa hoy y que no está en su decadencia. Después de todo, esta imagen cuadra perfectamente a los que sufren y a los sencillos que no se cuidan de las ideas ni de los principios. La religiosidad vaga de un Voltaire, y, más tarde, la de los cultos revolucionarios quedó satisfecha de ella. En compañía de Fénélon y de B. Franklin, Vicente fue consagrado como «gran bienhechor de la humanidad». Es lo que de él se había hecho, se había acabado el embalsamiento. Entre 1970 y 1800, los retratos de Vicente pierden su vitalidad. La blandura de los rasgos intenta traducir la bondad, pero no ofrece más que un ser anónimo y estandardizado. La imagen idealizada se sustituye al retrato, el gran hombre nacional eclipsa al hombre de Dios.
Sobre estos frescos y títulos sonoros, el romanticismo religioso trabaja en todos los dominios, y apasionadamente. Rivalizaron escultores, grabadores, imagineros de Epinal. Historiadores poetas como Cappefigue (1827) compusieron el «conmovedor» diario de una Hija de la Caridad, que cotidianamente tomaba nota de las salidas nocturnas de san Vicente. Las colecciones de historia moralizadoras, bordaron en sentimientos sobre los grandes frescos caritativos. Para adaptarse a los niños y a las personas piadosas que suspiraban por estas pastillas incendiarias, se reconstruyeron inocentemente los diálogos del Señor Vicente con los verdugos, los forzados, los pobres. Todos estos personajes se limitaban por lo demás a recaudar los sentimientos que no reclamaban fatiga alguna. La gloria de un niño expósito, D’Alembert, resaltó en este momento sobre todos los abandonados. Toda esta proliferación —y las páginas de ciertos manuales son todavía buenos rebrotes de ella— se desarrolla a partir de tres grandes obras que se habían convertido en las tres expresiones del Señor Vicente: Niños Expósitos, los Galeotes, los socorros a los indigentes y las víctimas de la guerra. Todo cuanto fuera de eso había hecho fue concienzudamente olvidado. Los tres grandes gestos merecían un reconocimiento y una celebración, tuvieron un festival de imágenes, de palabras y de buenos sentimientos.
No abría la pantalla, en 1947, sobre otro espectáculo el film de Maurice Cloche. Pierre Fresnay dio al Señor Vicente una mirada de fuego y una voz que cantaba. Iba escoltado por sus huestes legendarias: los Niños Expósitos, los Galeotes, los refugiados. No era posible la duda: era por cierto el Señor Vicente, el Señor Vicente era por cierto aquel. Por lo demás hablaba correctamente la lengua de Jean Anouilh.
Ingenuamente, los historiadores dieron voces de protesta. Los mejores y los mejor informados no tenían, sin embargo, razón. El Vicente de la historia era aun así responsable del Vicente de Paúl de la leyenda. ¿Qué quedaría, sin este último, después tres siglos, en la memoria y en la imaginación de millones de seres? Torpemente, este ser legendario representa lo que se ha adquirido cotidianamente amando, pensando y tal vez rezando al Señor Vicente. El encarna y protege valores imperecederos pero deteriorables: los del corazón. El Vicente de la leyenda es pues también el Señor Vicente, pues este último no es solamente lo que fue entre 1581 y 1660, sino también lo que nos invita a ser y a llegar a ser.
ADIOS
«Cambió casi la faz de la Iglesia», declaraba solemnemente Mons. Henri Maupas du Tour, el 23 de noviembre de 1660, en el primer elogio fúnebre de Messire Vincent de Paul. ¿Qué sería este rostro de la Iglesia sin la vida y la acción del Señor Vicente? Nadie lo sabe y el que quiere imaginarlo se pierde en ensueños.
¡Qué importa! El Señor Vicente existió. Hasta estamos seguros de que erró completamente su «honroso retiro». Pero estamos ciertos de que al atardecer de su servicio terrestre, se retiró humildemente al fondo de la conciencia humana.
De tiempo en tiempo, suavemente, se despierta. Viene humildemente hacia nosotros. No nos lanza reproche alguno, no nos dirige ningún sermón. Es, con toda sencillez, un pobre de Dios. Para que podamos aún creer que «el hombre sobrepasa infinitamente al hombre», mendiga nuestro amor.







