San Vicente de Paúl, un hombre evangélico (V)

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VICENTE DE PAÚL EXPRESA AL VIVO LAS BIENAVENTURANZAS DE JESÚS

Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Son el corazón del Evangelio. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las per­fecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos. El texto de Mateo lo deja bien claro: «Bien­aventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz que expresan el nuevo orden del amor en plenitud que Cristo nos ha revelado en su Evangelio. En las Bienaventuranzas Jesús celebra la alegría de los pobres de quienes es ya el Reino (Lc 6,20). Por eso Vicen­te de Paúl hizo de estas santas máximas de Jesucristo la norma de su vida. Así lo confiesa en las Conferencias que sobre ellas dirigió a los misioneros y a las hijas de la Caridad59.

Vicente encuentra libertad interior, paz, felicidad y seguridad plena en la vivencia de las Bienaventuranzas. Así lo expresa en 1642 cuando escribe al P. Bernardo Codoing, superior en Roma, rechazando la propuesta de dar misiones en los pueblos de los Cardenales de la Curia. No es evangélico ganarse la simpatía de los Cardenales. Por eso rechaza el proyecto con energía, porque no se ajusta al espíritu de las Bienaventuranzas: «Esté seguro de que los principios de Jesucristo y los ejemplos de su vida nunca nos llevan al desastre, sino que dan su fruto a su debido tiempo, que todo lo que no es conforme con ellos es vano, y que al que sigue las máximas contrarias todo le saldrá mal. Tal es mi fe y tal es también mi experiencia. En nombre de Dios, padre, tenga esto por infalible y ocúltese bien». San Vicente expresa la dicha que siente por haber sido elegido para expresar al vivo las Bienaventuranzas. En 1643, hablando del celo misionero, expre­sa en tono interrogativo lo que él estaba viviendo: «¿Verdad que nos sentimos dichosos, hermanos míos, de expresar al vivo la vocación de Jesucristo? ¿Quién manifiesta mejor la forma de vivir que Jesucristo tuvo en la tierra, sino los misioneros?”.

Al explicar las Bienaventuranzas como máximas esenciales de Jesucristo, Vicente proyecta lo que vive. El mundo llama bienaventurados a los que abundan en riquezas y honores, que viven regocijadamente y no tienen ocasión alguna de padecer. Los pobres de espíritu que Jesucristo llama bienaventurados son los que tienen el corazón desprendido de las riquezas, hacen buen uso de ellas si las poseen, no las buscan con solicitud si no  las tienen, y sufren con resignación su pérdida si se las quitan. Así lo expresa él atribuyendo sólo a Dios todo el bien que reali­za y la fundación de sus obras; al rechazar los honores, se mani­fiesta totalmente desprendido de las alabanzas y reconocimien­tos, vive desprendido de los bienes materiales y sólo los utiliza a favor de los pobres. El Hermano Luis Robineau nos aporta múl­tiples detalles que lo ponen de manifiesto.

San Vicente está convencido de que los mansos tratan al pró­jimo con dulzura y sufren con paciencia sus defectos y agravios sin quejas, resentimientos ni venganzas. En la Conferencia a los misioneros del 28 de marzo de 1659 expresa sus convicciones y vivencias sobre la virtud y bienaventuranza de la mansedumbre, una de las cinco virtudes fundamentales del misionero. Afirma, además, que los misioneros, más que todos los demás sacerdo­tes, deben estar llenos de mansedumbre ya que su vocación les llama a servir a los más miserables y abandonados de la socie­dad. Señala que su práctica conlleva varias fases. La primera fase tiene dos etapas: en la primera, la persona reprime el movi­miento espontáneo de cólera que siente, esforzándose en perma­necer sereno y razonable. Esto es difícil, dice el santo a sus oyen­tes, pero es posible, pues aunque los movimientos de la naturaleza preceden a los de la gracia, la gracia puede dominar­los. La segunda etapa consiste en orientar la cólera de forma apropiada. A veces puede ser importante corregir, castigar, reprender, como lo hizo Jesús con sus discípulos. En estos casos el misionero deberá actuar, no porque se haya dejado dominar por la ira, sino porque él la ha dominado. Afirma con energía que las personas mansas son constantes y firmes. Son capaces de juz­gar rectamente. Por el contrario, los que se dejan llevar por la cólera y la pasión son ordinariamente inconstantes.

San Vicente relaciona con frecuencia la mansedumbre y el respeto». Dice a las Hijas de la Caridad que no hay caridad sin mansedumbre y respeto mutuo. Exhorta a Roberto de Sergis a tratar a los criados con mansedumbre, cordialidad y profundo respeto. Además, añade: «Creo que sólo a las almas que tienen mansedumbre se les concede poder discernir las cosas». Con gran expresividad manifiesta a lo largo de su vida y sus enseñan­zas su fe y experiencia en torno a esta bienaventuranza.

Vicente de Paúl explica que los que lloran y no obstante se llaman bienaventurados, son los que sufren con resignación las tribulaciones, los que se afligen por los pecados cometidos, por los males y escándalos del mundo, por verse lejos del cielo y por el peligro de perderlo. Él sufrió con resignación la acusación de robo en su juventud; mirando a Jesús, que aguantó calumnias y persecución, decidió callar y no excusarse. En su madurez se afligió por los pecados de su juventud, sentía los pecados del mundo como ofensa a Dios y trató de remediarlos instruyendo al pueblo a través de las misiones populares. Le pesaban en el alma los pecados propios y los del clero de su tiempo, por eso empren­dió un trabajo serio y responsable a favor de la reforma del clero. Le dolían las profanaciones y desmanes contra la religión por ello mandó hacer actos de reparación en las aldeas de Clamart, Chatillon y Limetz y pidió a sus misioneros que fuesen en peregrinación a estas iglesias para reparar las profanaciones cometidas durante la primera guerra de la Fronda.

 

Y al final de su vida sintió con fuerza el peso de verse lejos del Cielo y se preparó para la muerte pidiendo perdón a todos y en particular a sus bienhechores. Así escribe al Sr. de Gondi, antiguo general de las galeras, un año antes de morir: «El estado tan achacoso en que me encuentro y una fiebrecilla que sufro, me obligan, ante la duda de lo que pueda ocurrir, d usar la pre­caución de postrarme en espíritu a sus pies para pedirle perdón por los disgustos que le he dado con mi rusticidad y para agra­decerle con toda humildad, como lo hago, esa paciencia tan caritativa que ha tenido conmigo y los innumerables beneficios que nuestra Congregación y yo en particular hemos recibido de su bondad. Esté seguro, señor, que si Dios quiere seguir dándo­me fuerzas para rezar, las emplearé en este mundo y en el otro para pedir por usted y por todos los suyos».

Para Vicente tienen hambre y sed de justicia los que ardiente­mente desean crecer de continuo en la divina gracia y en el ejer­cicio de las buenas obras. El hambre y sed de justicia es palpa­ble en el corazón de Vicente. De ellas brotan sus obras e instituciones de caridad. La expresión más radical de su hambre y sed de justicia es su celo misionero y su ardiente deseo de bus­car en todo la gloria de Dios y la extensión de su Reino. Afirma Abelly que es imposible conocer todo lo que hizo Vicente de Paúl para hacer brillar la justicia y la santidad de Dios en su Igle­sia: «Me parece que su Providencia misericordiosa ha querido usar las misiones para cooperar eficazmente a los principales efectos que había determinado producir por medio de la Encar­nación de su Hijo, y que había hecho predecir por su profeta, a saber: «Borrar la iniquidad, abolir y exterminar el pecado, y restablecer la santidad y la justicia».

El mismo Vicente reconoce que lo vivió así y lo deseó para los suyos. Lo manifiesta con ardor y celo en la conferencia a los misioneros sobre la búsqueda del Reino de Dios: «Buscar el reino de Dios… me parece que dice muchas cosas; quiere decir que hemos de obrar de tal forma que aspiremos siempre a lo que se nos recomienda, que trabajemos incesantemente por el reino de Dios, sin quedarnos en una situación cómoda y parados, prestar atención a nuestro interior para arreglarlo bien, pero no al exterior para dedicarnos a él. Buscad, buscad, esto dice, preocupación, esto dice acción… ¡Pobre hombre! Tengo mucha obligación de ser un hombre interior y no hago más que caer y volver a caer. ¡Que Dios me perdone! … Procuremos, hermanos míos, hacernos interiores, hacer que Jesucristo reine en nosotros; busquemos, salgamos de ese estado de tibieza y de disipación, de esa situación secular y profana, que hace que nos ocupemos de los objetos que nos muestran los sentidos, sin pensar en el creador que los ha hecho, sin hacer oración para desprendernos de los bienes de la tierra y sin buscar el soberano bien… Busque­mos la gloria de Dios, busquemos el reino de Jesucristo».

Para Vicente de Paúl, misericordiosos son los que aman en Dios y por amor de Dios a su prójimo, se compadecen de sus miserias así espirituales como corporales y procuran aliviarlas según su fuerza y estado, con un amor afectivo y efectivo. Toda la vida y obras de Vicente de Paúl son expresión de misericordia. El Hermano Luis Robineau nos habla de su misericordia y com­pasión con los pobres, detallando algunas facetas que han omiti­do los demás biógrafos, incluso Abelly. Nos relata que el Sr. Vicente movido por la misericordia de su corazón iba en busca de los pobres a sus casas, distribuye limosnas a 2000 pobres en el año 1649, con frecuencia da limosnas de su dinero personal, besa los pies de los pobres porque representan a Jesucristo y se quitaba el sombrero o bonete para hablar con ellos, hace llevar a una mujer enferma con úlceras en las piernas que se encontraba  tirada en la calle al Hótel Dieu, hace subir a otras dos señoras ancianas a su carroza, a los enfermos que ve tumbados en la calle, a un niño herido. Es el buen samaritano que no pasa de largo por los caminos de la vida y deja a los pobres en la cuneta. Se deja mover por la compasión, llora con los que lloran y sufre con los que sufren, afirmando al hablar del corazón compasivo: «¡Cómo! ¡ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias».

Una faceta de la misericordia de Vicente que también ponen de relieve Abelly y el Hermano Robineau es su capacidad de per­donar. Estaba convencido de que quien no sabe perdonar no tiene misericordia en el corazón. Abelly refiere algunos hechos: «Un día el señor Vicente se enteró que cierto Superior de una Comu­nidad Religiosa importante de París había manifestado alguna contrariedad por su forma de actuar en algún asunto. Inmedia­tamente fue a buscarlo, se echó a sus pies y le pidió perdón, como si lo hubiera ofendido. No recibió de él más que despre­cios y palabras ásperas; y sin poder calmarlo, se vio obligado a retirarse, muy contento por haber sufrido aquel rechazo por el amor de su buen Maestro». Pasados algunos meses el Sr. Vicente envió a un hermano a pedir ornamentos para una cele­bración. El citado Superior los cedió afirmando que el Sr Vicen­te estaba guiado por el espíritu de Dios y no entendía de resenti­mientos. El Hermano Robineau señala que el señor Vicente hace poner en libertad a un joven fracasado en su vocación, converti­do en ladrón que se había refugiado en la casa del ministro Drelincourt; afirma también rezó e hizo rezar por un burgués que le había injuriado y calumniado. Estos y otros hechos semejantes prueban como vivía la bienaventuranza de la misericordia.

La limpieza del corazón en el pensamiento de Jesús y de Vicente de Paúl, más que una virtud particular es la envolvente que acompaña a todas las virtudes, a fin de que sean verdaderas virtudes. Según el Evangelio lo que decide la pureza o impureza de una acción —sea ésta la limosna, el ayuno o la oración— es la intención: esto es, si se realiza para ser vistos por los hombres o por agradar a Dios (Mt 6, 2-6). Es la transparencia de la inten­ción que solo busca la gloria de Dios y nada más. En este senti­do san Vicente nos confiesa su atracción por la virtud de la sen­cillez: «Por lo que a mí se refiere, me parece que Dios me ha dado un aprecio tan grande de la sencillez, que la llamo mi Evangelio. Siento una especial devoción y consuelo al decir las cosas como son». Y porque busca solo la verdad y la gloria de Dios, se siente mero instrumento en manos de la divina Provi­dencia y se deja conducir por ella. Así lo confiesa en sus escri­tos: «Siento una devoción especial en ir siguiendo, paso a paso, la adorable Providencia de Dios. Y el único consuelo que tengo es que me parece que ha sido solo nuestro Señor el que ha hecho y hace continuamente las cosas de esta pequeña Compañía». La hipocresía es el pecado denunciado con más fuerza por Dios a lo largo de toda la Biblia y también por Vicente de Paúl. Con ella el hombre rebaja a Dios, le pone en el segundo lugar, situan­do en el primero a las criaturas. Cultivar la apariencia más que el corazón significa para Vicente de Paúl dar más importancia al hombre que a Dios. Él está convencido de que «El hombre mira las apariencias pero el Señor mira el corazón» (1 Sam 16, 7).

La bienaventuranza de los pacíficos se refiere a los que con­servan la paz con el prójimo y consigo mismos y procuran poner en paz a los enemistados. En las guerras que afligieron a Francia a mediados del siglo XVII, Vicente trabajó activamente como pacificador. Fue testigo de primera mano de los saqueos de vio­lencia y vio el dolor que la guerra traía especialmente a los pobres. Alrededor de 1640, durante la lucha civil en Lorena, se presentó ante el Cardenal Richelieu, se arrodilló ante él y le suplicó la paz. Richelieu se negó respondiendo que la paz no dependía sólo de él. En 1649, durante la guerra civil, abandonó silenciosamente París, cruzó las líneas de batalla y vadeó un río desbordado (casi a los 70 años de edad) para ver a la Reina y pedir que depusiera a Mazarino, al que consideraba responsable de la guerra. También habló directamente a Mazarino. Pero de nuevo sus súplicas fueron desatendidas. Mazarino, por el contra­rio, escribió en su diario secreto que Vicente era su «enemigo».

San Vicente animó a los miembros de la Congregación de la Misión a trabajar en curar las relaciones rotas. Uno de los obje­tivos de «la misión» era la reconciliación (RC, XI, 8). De hecho, los misioneros a menudo contaban a san Vicente sus éxitos en apaciguar las rencillas. Es claro, a partir de sus cartas, que él mismo a lo largo de su vida intentó mediar en muchas disputas entre los miembros de la Congregación, las Hijas de la Caridad y otras personas a quienes él aconsejaba. Insiste en que la paz personal es esencial para juzgar bien. «Creo», escribe casi al final de su vida, «que sólo a las almas que tienen mansedumbre se les concede poder discernir las cosas»8° La vida de Vicente se correspondió con sus palabras. Abelly nos dice que muchos lo consideraron el hombre más pacífico y manso de su tiempo.

La última bienaventuranza también fue expresada al vivo por san Vicente. Padecen persecución a causa de la justicia los que sufren con paciencia las burlas, improperios y persecuciones por la fe y la ley de la caridad que Jesucristo nos ha regalado con su Encarnación, vida, muerte y resurrección. Vicente sufrió burlas, improperios y persecuciones por la fe y la caridad en Argel durante su esclavitud, en Mácon cuando organizó las Cofradías de la Caridad a favor de los mendigos. Así lo refiere él mismo: «Cuando fundé la Caridad en Mácon, todos se reían de mí, se me señalaba con el dedo por las calles, pues pensaban que nunca podría tener éxito. Y cuando se hizo la cosa, todos derra­maban lágrimas de alegría. Y los regidores municipales, cuando (›,vtaba ya para marcharme, me colmaron de honores, de tal manera que no pudiéndolo aguantar, me vi obligado a salir de incógnito para evitar los aplausos. Y ahora hay allí una de las Caridades que mejor marcha».

Experimentó la oposición y persecución solapada de algunos frailes el Oratorio que le hicieron la contra en Roma para que el Papa no aprobase la Congregación de la Misión, de algunos canónigos y sacerdotes de París cuando le ofrecieron el priorato de San Lázaro; el Cardenal Mazarino le expulsó del Consejo de Conciencia… Durante la guerra de la Fronda sufrió fuertes con­tratiempos y persecuciones. Su actitud siempre es la del perdón, de bendición: «En 1649, los soldados nos causaron daños por valor de 42.000 libras, según evaluación, pero no se trató de una pérdida particular, ya que todo el mundo se resintió de las cala­midades públicas: el mal fue común, y nosotros fuimos tratados del mismo modo que los demás. Pero, ¡bendito sea Dios!, Her­manos míos, porque ahora ha querido su Providencia adorable despojarnos de una tierra, que nos acaban de quitar (la finca de Orsigny). Se trata de una pérdida considerable para la Compa­ñía, pero que muy considerable. Hagamos nuestros los senti­mientos de Job cuando decía: «Dios me dio estos bienes, El me los quitó. ¡Bendito sea su Santo Nombre!  Es verdad que defiende sus derechos a favor de su Comunidad y de los pobres, pero ruega a los abogados que no usen palabras ofensivas sino respetuosas con todos.

A lo largo de este recorrido hemos visto que Vicente de Paúl es un hombre evangélico y quiere que lo sean sus seguidores. Terminamos con una bella oración en la que san Vicente expre­sa el deseo de que todos sus seguidores, todos los que hemos sido llamados a continuar la misión de Jesucristo, seamos perso­nas evangélicas: «¡Oh, Salvador! ¡Mi buen Salvador! ¡Quiera tu divina bondad librar a la Misión del espíritu de ociosidad, de la búsqueda de la comodidad, y darle un celo ardiente de tu gloria, que la haga abrazarlo todo con alegría, sin rechazar nunca la ocasión de servirte! … Estamos hechos para esto; a un misione­ro, un verdadero misionero, un hombre de Dios, un hombre que tiene el espíritu de Dios, todo le tiene que parecer bien e indife­rente; lo abraza todo, lo puede todo; con mayor razón ha de hacerlo una Compañía; una congregación, una asociación, lo puede todo cuando está animada y llevada por el espíritu de Dios… Si nada podemos por nosotros mismos, lo podemos todo con Dios. Sí, la Misión lo puede todo, porque tenemos en nos­otros el germen de la omnipotencia de Jesucristo».

San Vicente de Paúl, un hombre evangélico

 

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