San Vicente de Paúl, un hombre evangélico (I)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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INTRODUCCIÓN

A lo largo de la Historia de la Iglesia se ha dado este califica­tivo a muchos hombres y mujeres seguidores de Jesucristo. En realidad se puede afirmar que todos los santos son hombres o mujeres evangélicos, porque se toman en serio el Evangelio, lo hacen vida de su vida, inspiran en él su conducta y lo comunican con sus palabras y obras. Actualmente el teólogo Henri J. M. Nouwen, profesor de la universidad de Yate (EE. UU.), afirma que el hombre evangélico conoce la historia de Cristo y siente un ardiente deseo de que ese conocimiento pase de la cabeza a su corazón. Movido por la gracia de Dios, presiente que ese cono­cimiento del corazón no solamente le da un nuevo sentido de lo que es, sino que puede hacer en él nuevas todas las cosas’. Este conocimiento del corazón y novedad del Espíritu de Cristo se percibe a simple vista en la vida de nuestro Fundador. Por eso nos acercamos a san Vicente de Paúl como hombre evangélico, en el 350 aniversario de su muerte, con un objetivo claro: dejar que su vida nos interpele y que su intercesión ante Dios haga de nosotros personas evangélicas.

Al iniciar el tema constatamos que en los tiempos presentes se habla mucho en la Iglesia de la necesidad de tener en el presente personas evangélicas. Vicente de Paúl es la estrella polar que nos guía e interpela mostrándonos su corazón apasionado por Jesucristo y sus obras continuadoras de la misión del Divino Maestro. Enfocaremos el tema desde una doble clave. En primer lugar, la clave de la Teología espiritual del presente en nuestra Iglesia y en segundo lugar la clave de la perspectiva vicenciana que nos ofrece el propio santo.

Para abordar el enfoque de la Teología espiritual voy a seguir a dos autores de Diccionarios de espiritualidad, y particularmen­te a Giussepe E. Panella y Carlos María Martini, quienes definen hoy al hombre evangélico como conciencia peregrinante de la Iglesia. Esta conciencia peregrinante es la que, según los autores citados, impulsa la Fe de los creyentes y de la Comunidad eclesial hacia la estatura perfecta de Cristo. Ambos autores sitúan entre los hombres evangélicos a San Antonio de Padua, Santo Domingo de Guzmán, San Francisco de Asís, San Juan de Dios, san Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyo-la y otros santos. En ese lugar de los otros santos que han sido conciencia de la Iglesia peregrinante situamos a San Vicente de Paúl.

Los autores citados y algunos otros maestros de Teología

espiritual3 aportan unas características muy definidas para cata­logar a una persona como hombre evangélico. Estas característi­cas son las siguientes:

  • Su fe y sus obras se apoyan y fundamentan en el Evange­lio de Jesucristo.
  • Vive en solidaridad con los pobres.
  • Escucha los signos de los tiempos, se deja interpelar por ellos y da una respuesta conforme a las máximas de Jesu­cristo.
  • Confía en la divina Providencia y guiado por ella descu­bre los dones de los demás implicándolos en la causa del Reino de Dios.

Añaden además unas notas importantes sobre la espirituali­dad del hombre evangélico: cristocéntrica centrada en Jesucris­to y su Evangelio, espiritual, es decir, guiada por el Espíritu Santo y eclesial, sintiéndose hijo de la santa Madre Iglesia, actúa en comunión con ella y todo lo que hace es para expresar su san­tidad y catolicidad.

Una simple mirada a la vida de Vicente de Paúl nos hace ver que este paladín de la caridad y la misión verifica con creces las características de hombre evangélico.

Su fe y sus obras se apoyaron y fundamentaron sobre el Evan­gelio. Basta recordar el testimonio de Luis Abelly: «No había en él mezcla alguna de ligereza ni de fervor indiscreto en su conduc­ta. Se apoyaba no sobre el simple razonamiento humano, sino sobre las máximas y verdades del Evangelio, que había puesto por fundamento y que llevaba grabadas en su corazón y siempre las tenía presentes en su mente. Según ese principio se conforma­ba en todo a la doctrina y a los ejemplos de Jesucristo».

  • San Vicente vive en solidaridad con los pobres. Su vida, su pensamiento y sus obras lo manifiestan abiertamente. Todos los biógrafos y estudiosos de su espiritualidad lo ponen de relieve. Su secretario particular, el Hermano Luis Robineau, nana muchas anécdotas sobre esta faceta. Tomamos nota de una conversación mantenida con él en la que manifiesta abiertamente su preocupación por ellos: «París —me decía- es la esponja de toda Francia y la que atrae la mayor parte del oro y de la plata del país, y esos pobres no tienen entrada en él (Hospital General) ¿Qué será de ellos, y en particular de esa pobre gente de Cham­paña y de Picardía y de las otras Provincias arruinadas por la guerra?… He aquí los sentimientos de misericordia y compasión que sentía el Señor Vicente». Esta solidari­dad con los pobres que siente y lleva en el corazón le hace exclamar: «Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria».San Vicente escucha los signos de los tiempos y da res­puestas creativas y eficaces. Jamás pasa de largo ante las situaciones de miseria, conflicto, ignorancia o pobreza… Siempre se pregunta: ¿Qué me pide Dios que haga en esta situación? ¿Cuál es su Voluntad sobre mí? ¿Qué puedo hacer yo? Y, apoyado en el Evangelio, se esfuerza por dar una respuesta eficaz. Así lo ponen de relieve los aconteci­mientos de Gannes, Folleville y Chátillon, su encuentro con los galeotes, los niños expósitos, las regiones devasta­das por la guerra y tantas otras que nos describen sus bió­grafos. Esta faceta ha sido estudiada ya con detalle y amplitud en otras semanas vicencianas.
  • Vicente oía también la voz de Dios en las personas. El campesino de Gannes, con su alarmante confesión en el lecho de muerte, fue para Vicente la voz de Dios que lo llamaba a organizar las misiones entre la gente del campo. La escucha atenta de las inquietudes de la Sra. de Gondí le tocó el corazón para fundar la Congregación de la Misión. La voz de la señora de Chaissagne que el 20 de agosto de 1617 entró en la sacristía de Chátillon para decirle que, en las afueras del pueblo, una pobre familia se encontraba en estado de extrema necesidad. El buen sacerdote sintió oprimírsele el corazón. En la homilía expuso a los fieles con acentos conmovedores la necesidad de aquella fami­lia. Su compasión fue contagiosa o, como él diría, Dios tocó el corazón de los oyentes. Y de esta escucha surgió la Cofradía de la Caridad de Chátillón… Pocos años después, en 1628, la escucha de las inquietudes expresadas por el Obispo de Beauvais fueron una llamada de Dios para embarcarse de por vida en proyectos prácticos para la reforma del clero.
  • Confía en la Providencia sin límites, sin adelantarse a ella ni retrasarse. Camina a su ritmo. Luis Abelly nos lo con­firma: «La confianza que el señor Vicente tenía en Dios era tan grande en las necesidades e indigencias que sufría en su persona, o en la de los suyos, como en las tribula­ciones, contratiempos y en otras circunstancias lamenta­bles y peligrosas que le ocurrieron… En algunas contra­riedades que había experimentado y en algunos apuros de sus asuntos, no se le vio nunca abatido ni desanimado, sino siempre lleno de confianza en Dios, con una continua igualdad de espíritu, y un perfecto abandono en su divina Providencia. Y solía estar encantado por haberse hallado en semejantes coyunturas para ponerse en una dependen­cia más completa y más absoluta de la divina Voluntad».

Por lo que se refiere a las notas de la espiritualidad del hom­bre evangélico, Vicente de Paúl las verifica en plenitud. Su pri­mer biógrafo Luis Abelly, las pone de relieve. Su espiritualidad es totalmente cristocéntrica, fundamentando su itinerario espiri­tual y su apostolado en la vida de Nuestro Señor Jesucristo. «No hablaba casi nunca sin que adujera al mismo tiempo alguna máxima o algún hecho del Hijo de Dios, —dice Abelly— ¡tan lleno está de su espíritu! … Aplicaba las palabras y los ejemplos del Divi­no Salvador en todo lo que aconsejaba o recomendaba. He oído decir al señor Portail que lo conocía y trataba con él, desde hacia cincuenta años, que el señor Vicente era una de las imágenes más perfectas de Jesucristo que había conocido en la tierra».

Él mismo Luis Abelly que antes de escribir su biografía se documentó responsablemente, estudió sus escritos y recogió tes­timonios de las personas que vivieron y se relacionaron con él, precisa lo siguiente respecto a su espiritualidad totalmente cristocéntrica: «Se había propuesto a Jesucristo como el único modelo de su vida, y llevaba tan bien grabada la imagen en su alma, y poseía tan perfectamente sus máximas, que no hablaba, ni pensaba, ni obraba, sino a imitación suya y guiado por Él. La vida del divino Salvador y la doctrina de su Evangelio eran la única regla de su vida y de sus actos. Era toda su moral y toda su política, y, según ella, se regulaba a sí mismo y a todos los asuntos que pasaban por sus manos. Ese era el único fundamen­to sobre el que levantaba su edificio espiritual. Ciertamente podemos afirmar que nos ha dejado, sin él pensarlo, una des­cripción resumida de las perfecciones de su alma y el lema par­ticular en las bellas palabras que dijo un día salidas de la abun­dancia de su corazón: «Nada me place sino en Jesucristo»… De esa fuente procedía la entereza y la constancia inquebrantable en el bien, que no se doblegaba por ninguna consideración ni respeto humano, ni propio interés, que lo mantenía siempre dis­puesto a sostenerse firme ante todas las contradicciones, a sufrir todas las persecuciones».

Entre sus escritos encontramos una carta de mayo de 1635 al P. Antonio Portail que refleja su enraizamiento en Jesucristo, experiencia espiritual que da sentido a su vida: «Acuérdese, Padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo; y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo; y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo; y que para morir como Jesucristo hay que vivir como Jesucristo». El texto no es un juego de palabras, expresa su grado de identificación con Jesucristo como algo natural. Es la expresión de su espiritualidad cristocéntrica. En sus palabras resuena la misma experiencia y convicciones de Pablo: «Mi vida es Cristo; no vivo yo, es Cristo quien vive en mi» (Gal 2,20).

Su espiritualidad está guiada por el Espíritu Santo, al que Vicente llama con frecuencia espíritu de Jesucristo. Nos lo deja ver el mismo a través de sus confidencias en la correspondencia con el P. Bernardo Codoing, uno de los misioneros enviado a Roma en 1642. Vicente hace una confesión personal en la que se percibe cómo su espiritualidad está guiada por el Espíritu Santo quien, según él, impulsa a actuar siempre con suavidad y humildad: «El espíritu de Dios procede con suavidad y con toda humildad. Acuérdese de que tanto usted como yo estamos suje­tos a mil asaltos de la naturaleza, y de lo que le dije de que, cuando me encontraba en cierta ocasión, al comienzo de proyec­tar la Misión, estaba en esa continua preocupación de espíritu, desconfiando por ello y sin saber si procedería de la naturaleza o del espíritu maligno, hice expresamente un retiro en Soissons para que Dios quisiera quitarme del espíritu el gusto y la emo­ción que sentía en este asunto, y Dios quiso escucharme de forma que, por su misericordia me quitó este gusto y esta emo­ción y permitió que cayese en las disposiciones contrarias, y me parece que, si Dios le da alguna bendición a la Misión y yo no la escandalizó tanto, debe atribuirse a esto, después de Dios. Y deseo permanecer en esta práctica».

Invocaba al Espíritu Santo al iniciar su oración, al comenzar sus conferencias y cualquier obra caritativa o misionera; atribu­ye a sus inspiraciones el bien que realiza él y el bien que hacen las Cofradías y las dos Compañías por él fundadas: Admira y alaba a Dios porque la fuerza de su Espíritu Santo se hace pre­sente en medio de las tentaciones y de las situaciones difíciles.

Su espiritualidad es eclesial, su modo de ir a Dios y de rela­cionarse con Él, está en plena comunión con la Iglesia e inspira­da por su amor a ella. Sobre la dirección de los Seminarios, escri­be al P. Bernardo Codoing en 1644: «Hay que respetar las órdenes del concilio (de Trento) como venidas del Espíritu Santo»13. Vicente se siente hijo de la Iglesia y miembro compro­metido de ella. Le duele el abandono y la ignorancia de las parro­quias rurales, el abandono de los pobres, la ignorancia del clero, la falta de transparencia en el nombramiento de obispos, los erro­res y controversias heréticas del jansenismo, la situación de los esclavos cristianos de Argel, la ignorancia de las personas de color que habitan en Madagascar… En virtud de su espiritualidad eclesial y de su hondo sentir como hijo de la Iglesia, dio respues­ta a estas situaciones:

  • Para remediar el abandono y la ignorancia de las parro­quias rurales organizó las misiones populares y para dar­las estabilidad guiado por el Espíritu Santo fundó la Con­gregación de la Misión,
  • Para remediar el abandono de los pobres enfermos y la ignorancia de los niños en campos y ciudades, organizó la Asociación Internacional de Caridad (AIC) y la Compañía de las Hijas de la Caridad,
  • Para responder a la situación de la ignorancia del clero, organizó los Ejercicios para los que iban a ser ordenados, las Conferencias de los Martes para sacerdotes con res­ponsabilidades pastorales y los Seminarios para formar bien a los futuros sacerdotes,
  • Para salir al paso de la falta de transparencia en el nom­bramiento de obispos, aceptó ser miembro del Consejo de Conciencia del Reino,
  • Para combatir los errores y controversias heréticas del jan­senismo, se opuso a su difusión e hizo frente común con todas las personas que luchaban contra la extensión de las nuevas ideas,
  • Para remediar la situación de los esclavos cristianos de Argel, organizó con la ayuda de la duquesa de Aiguillon, la Casa Misión de Marsella y envió misioneros al norte de África para promover su liberación y asistencia religiosa,
  • Para remediar la ignorancia y situación de las personas de color en la isla de Madagascar, envió misioneros a aque­llas lejanas tierras, llenas de peligros…

Basta lo expuesto para poder afirmar y comprobar que Vicen­te de Paúl es un hombre evangélico que cumple las característi­cas expuestas por los especialistas en Teología espiritual.

En los apartados siguientes vamos percibir a san Vicente como hombre evangélico desde la perspectiva vicenciana. Él, a lo largo de la sus Conferencias a los misioneros y a las Hijas de la Caridad, va desgranado la espiga de las características que reúne la persona evangélica. De la abundancia de su corazón habla su boca y sus palabras perfilan, sin pretenderlo, cómo es el hombre evangélico:

  • Sus ideas, pensamientos y convicciones son conformes al Evangelio,
  • Tiene sentimientos semejantes a los de Jesucristo Nuestro Señor,
  • Actúa y realiza sus obras de forma que estén inspiradas por el Evangelio.
  • Manifiesta en su vida que las Bienaventuranzas son la norma de su conducta.

En los apartados siguientes desarrollaré esta perspectiva que nos ofrece el mismo san Vicente. Las fuentes de mi estudio y reflexión son las siguientes: testimonios y expresiones del pro­pio santo, de su primer biógrafo Luis Abelly y del Hermano Luis Robineau, secretario suyo. Creo que los tres son testigos inigua­lables. Me serviré, además, de algunos estudios escritos por vicencianistas especializados.

 

Sor Mª Ángeles Infante

CEME, 2011

 

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