San Vicente de Paúl, un hombre de oración (III)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Al leer estos textos ¿cómo no pensar en lo que decía el teólo­go suizo Maurice Zundel? Con un estilo diferente pero de una manera verdaderamente asombrosa, coincide con las conviccio­nes de san Vicente. Es un texto que me gusta mucho y me emo­cionó la primera vez que lo leí, lo confieso. Una vez más no resisto al placer de compartirlo con vosotros. Escuchémosle: «… me he encontrado con bastantes personas instruidas, muchas personas persuadidas de su ingenio, muchas personas que sabí­an hablar como libros, —y que los escribían— pero esto no me ha impactado mucho. Lo que me ha impactado es siempre la humil­dad de mujeres muy ordinarias que no se contemplaban, que decían cosas maravillosas sin darse cuenta, porque justamente la luz de Dios atravesaba su transparencia… y si la firma de Dios es siempre la de la humildad y del don de sí, es evidente que Dios mismo es humildad y don de sí».

La meditación de estos textos nos conduce naturalmente a la sencillez que es como la hermana gemela de la humildad. San Vicente decía a este respecto: «Es la virtud que yo amo más y a la que presto mayor atención en mis actos» y añade: «Dios me da una estima tan grande de la sencillez que la llamo mi evangelio». Para san Vicente lo propio de Dios es la sencillez: «Dios es infinitamente simple, es la misma simplicidad; por tanto, donde hay simplicidad y sencillez, allí está Dios». Decía también en sus char­las: «Dios es un ser simple, sencillo, que no recibe ningún otro ser, una esencia soberana e infinita que no admite que entre nada en composición con ella; es un ser puro, que no sufre nunca alteración alguna».

Como se puede constatar fácilmente, directamente ligada a la humildad la sencillez es un camino privilegiado para un encuen­tro con Dios. Dios es accesible a todos los hombres. No está reservado a una élite cultural, intelectual o social. Es cierto sin embargo, que hacen falta ciertas disposiciones para acogerlo: «El Hijo de Dios, decía san Vicente,…quiere corazones sencillos y humildes; y cuando los encuentra, ¡cuánto le gusta hacer allí su morada! En la Sagrada Escritura nos dice que sus delicias consisten en tratar con los pequeños. Sí, hermanas mías, el gusto de Dios, la alegría de Dios, el contento de Dios, por así decirlo, consiste en estar con los humildes y sencillos que permanecen en el conocimiento de su miseria». «¡Hermosas palabras de Jesucristo, que nos demuestran que no es en el Louvre y entre los príncipes donde Dios pone sus deli­cias!».

Nos puede extrañar esta parcialidad, esta «preferencia» de san Vicente por los pobres. Lo cierto es que la ha sacado de las ense­ñanzas del Evangelio de san Lucas. Y si da tanta importancia a la sencillez es que para él tiene el extraño y maravilloso poder de crear el clima y el ambiente que favorecieron la venida de Cristo y que favorece su venida cada día a nuestras vidas. «¿Sabéis, hermanas mías, dónde habita Nuestro Señor? En los sencillos de corazón» decía san Vicente a las Hijas de la Caridad.

Además, nuestro Señor, el Cristo que contempla Vicente en su oración es justamente el Cristo sencillo y humilde, y no el Cristo «maestro», ni el «médico,» ni el «perfecto Adorador del Padre» o la «imagen perfecta de la divinidad», sino «el evangelizador de los pobres». No cesa de hablar y de mirar este Cristo de la misericordia infinita que recorre Judea y Galilea, que habla Familiarmente, utiliza términos e imágenes que todo el mundo comprende, que instruye, catequiza, obra milagros con gestos y palabras muy sencillas. El Cristo al que ora y contempla el Señor Vicente, es el que deja aparecer el Dios de toda bondad, es un Cristo sencillo y concreto cuyas palabras expresan el buen senti­do de Dios. Es un Cristo campesino y pobre. «Nada me com­place sino en Jesucristo» decía y animaba a sus discípulos a contemplar continuamente y siempre a Cristo: » ¡Oh! ¡Qué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas hermosas palabras de nuestro Señor: Evange­lizare pauperibus misit me Dominus!».

Les acabo de decir que Dios es accesible a todos los hombres. Esto no impide que para encontrarlo y para aceptar recibir todo cada uno debe entrar en la verdad de su vida. Aceptar estar en la verdad delante de sí mismo, para estar en la verdad delante de Dios. Mientras no hagamos este trabajo sobre nosotros mismos, no podemos hacer la experiencia de Dios. La pobreza que nos pide Cristo para manifestarse a nosotros es ésa. Finalmente ¿No es esta pobreza la que experimentó san Vicente?

La verdad es fruto de la humildad y «la humildad es sen­cillamente la verdad sobre nosotros mismos», decía Santa Tere­sa. La humildad es reconocerse con sus cualidades y sus defec­tos, con sus limitaciones, encarnado, frágil y mortal. El P. José M» Ibáñez dice con mucho acierto en su libro: «La fe se verifica en el Amor»; «La mística del anonadamiento es para Vicente de Paúl como para los místicos renano-flamencos, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y Benito de Canfield, el medio de llegar a la unión con Dios. Hay que aceptar ser débil, vulnerable, para vivir la fe cristiana como una «experiencia de fragilidad». Entonces, Dios penetra en el hombre y lo transfor­ma. No se puede ir a Dios «desnudo» —tampoco «vestido»— sola­mente puede uno acercarse a Él despojado, desprendido».

En cuanto a mí, pienso que san Vicente hizo verdaderamente la experiencia de Dios, justamente pasando por la «prueba de lo real», pasando por diferentes pruebas que lo sacudieron durante la primera parte de su vida, sobre todo la prueba de la tentación contra la fe. Tuvo en su vida en ese momento como un «soltar la prenda»; se vio acorralado en un callejón sin salida y es así como aceptó poco a poco «retirar la máscara, romper la coraza del orgullo para afrontar con valentía su propia verdad». Consintió por fin no ser sino lo que era, en su pobreza íntima. Si en su juventud había escogido trabajar por Dios, en este momento su compromiso es hacer el trabajo de Dios. Más que servir a Dios va a dejar que Dios se sirva de él. Este fue un momento capital, decisivo, un momento de crisis, un lugar de discerni­miento y de decisión.

En efecto, la crisis representa el momento más agudo de una situación, la fase crítica, decisiva, el punto de ruptura, de cam­bio, la cima del rito del paso. Vicente comprendió finalmente, a través de la crisis, que no se llega a la verdad sobre sí mismo sólo con el esfuerzo personal, sino y sobre todo, dejando que Dios actúe en nosotros. Y Dios actúa en nosotros, a través de la vida, las experiencias que la vida misma trae consigo. Dios hace el vacío en nosotros mediante nuestras desilusiones, nuestras decepciones… y nos revela nuestros errores, trabaja en nosotros a través del sufrimiento, cuando nos sentimos vacíos, despoja­dos. Pero la crisis es también un «kairós», tiempo favorable, tiempo de gracia. La crisis es eminentemente positiva porque desinstala y hace vulnerable al cambio, permeable a lo nuevo, a la acogida de un plus de vida. La crisis desestabiliza y desestructura para que pueda emerger una manera nueva de ser, una nueva coherencia. En el dominio espiritual la crisis coincide con la conversión. Es lo que experimentó san Vicente. Progresivamente, sin duda, pero realmente, comprendió que en la vida espiritual lo que importa es dejar en Dios todos los esfuerzos espiri­tuales para dejarse conducir por Él, hasta lo más profundo de nuestro ser, a través de los vacíos y de las arideces de nuestro propio corazón. Es en el fondo de nuestro ser y no en nuestras imaginaciones o nuestros sentimientos donde encontramos nues­tro yo en verdad, y también nuestro verdadero Dios. Y es enton­ces cuando tomamos conciencia de que somos llamados a tomar una decisión importante: Elegir entre el camino que lleva a la muerte y a las tinieblas espirituales o el camino que lleva a la Luz y a la Vida; entre los intereses exclusivamente temporales o el orden eterno; entre la voluntad personal o la voluntad de Dios. Sí, reconocemos en esto el caminar espiritual de san Vicente. Este caminar que le condujo a cambiar radicalmente la orientacción de su oración; a no buscar más en ella «al Proveedor de Nenes», sino a Aquel cuya voluntad quiere cumplir profun­damente.

Alain Pérez

CEME 2011

 

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