San Vicente de Paúl, siervo de los pobres (15)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Iginio GIordani · Translator: A. O. León. · Year of first publication: 1964.
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XV: El «pequeño método» en el «gran siglo»

Reforma de la elocuencia sagrada

La generación barroca termina, según opinión co­rriente, en 1660: el mismo año en que se extinguía aquel que, en su sencillez, había realizado el cambio completo en los gustos; el gran santo, por medio del cual, en las conferencias abiertas, que sustituían a los salones cerra­dos, y en las misiones populares, que sustituían a los dis­cursos académicos, se había realizado una especie de cam­bio completo proletario, con la vuelta a la fuente de la verdad, de donde había hecho brotar un venero de vida divina. El funambilismo de las «preciosas» había sido substituido por la actividad de las «siervas», que catequi­zaban e instruían a la pobre gente con la sencillez del lenguaje y conversación popular. Moliére había dado du­ros golpes contra la hipocresía de Tartufo, empleando una prosa burlesca y corrosiva; Vicente había removido la hojarasca y había construido un edificio nuevo, con una prosa lineal al servicio de un ideal límpido. De una ma­nera semejante, a la sátira del avaro en el Arpagone de Moliére, había respondido por parte del de Paúl, la cele­bración efectiva de la donación de las riquezas y de la existencia misma, a los pobres.

Se ha observado que, en medio del bosque de aquella literatura, los espíritus más libres y más abiertos inicia­ron un estudio social, con un humanismo popular. Cier­tamente: pero, ¿hasta qué punto aquel interés no era el fruto de esta búsqueda del pobre, del desgraciado, del campesino y de esta restauración de los disminuidos y de los vencidos en su dignidad humano-divina, obradas por los discípulos de Vicente, que a ejemplo suyo, se lanzaron a la recuperación de los desechados socialmente, caídos a, veces de escaños de nobleza, junto a venidos a menos de toda clase?

Vicente comprendió de lleno el error de aquel arti­ficio literario admitido en la elocuencia sagrada que, de predicación del Evangelio, se convertía en una feria de vanidad. Sufría por ello y a esa elocuencia oponía un lenguaje comprensible, facilísimo, empezando desde el principio, de los principios de Nuestro Señor, por los cua­les el sí volvía a ser sí y el no, no, Comprendía muy bien el motivo inspirador de aquella exhibición afectada de panoplias literarias: con ella el orador no predicaba a Jesús, se predicaba a sí mismo; y trataba de cubrir el va­cío revistiéndolo de follaje. «i Este era el punto, esta la monstruosidad! Oh, miseria humana, oh maldita soberbia, de cuántos males eres causa! En una palabra es un pre­dicarse a sí mismos, no a Jesucristo ni a las almas»1.

Es un sacrilegio a los ojos del Santo, Y lo combate, oponiendo las armas evangélicas de la humildad y de la sencillez: la humildad del sentimiento en quien habla, la sencillez de la exposición tanto en la idea como en el estilo y en el tono, con el fin de adaptarse al auditorio.

Y da ejemplo. Sus sermones, hechos según el pequeño método, rehuyen citas, mientras caminan sobre una base sólida de doctrina, No en vano ha seguido los cursos uni­versitarios, Su refutación del jansenismo es racionalmen­te formidable y teológicamente segura, mientras que esti­lísticamente es límpida.

Sólo que es apóstol de la caridad: y ha comprendido que el mundo tiene necesidad de ésta porque sus males —y sus mismos errores teológicos— se derivan sobre to­do de la falta de ésta.

Y la oratoria debe ser caridad, ya que la palabra cristianamente vale si ayuda a volver a encontrar y a consolar a las almas: si se convierte en vínculo de unidad en Cristo, Con la caridad, la palabra se encarna en la vi­da, como Verbo que se hace carne.

Estamos en el siglo de Descartes, que iniciaba la fi­losofía moderna enseñando un nuevo método (el Discours sur la méthode es del año 1631),

De Paúl inicia la sociología moderna enseñando su «pequeño método» (como si fuera «el método del discur­so») en que traduce el principio de la caridad, o sea, del servicio, Este empieza desde el princpio, es decir des­de la comunicación del pensamiento que, para los sacer­dotes y las almas consagradas, es sobre todo apostolado.

«¿Cómo predicaban los apóstoles? A la buena de Dios, familiarmente, sencillamente, Este es también nues­tro modo de predicar: un discurso común, a la buena de Dios, sencillo, familiar… de tal manera que todos pue­dan comprenderlo y sacar provecho de él»2. Vicente sugiere el método pan componer un sermón.

Puesto que no se propone asombrar, sino conver­tir, habla clara y sencillamente; y sella el discurso con las obras, como Jesús, que coepit facere et docere. Las confraternidades, con todas las formas de asistencia, re­presentaban la acción; las misiones, con las diversas for­mas de conferencias, representaban la instrucción. Una sellaba la otra. Y por caridad, se hizo también maestro de predicación y comunicó su método —hermoso instru­mento de ideas claras y argumentos persuasivos– aun a los ordenandos y a cuantos sacerdotes venían a las mi­siones. Sólo que al formar al misionero, como de costum­bre, no pensó nunca limitarse a las dotes de predicación, sino que hizo preceder y acompañar la formación en las virtudes, para que los sacerdotes predicaran no menos con la vida que con la palabra.

Substrayendo la oratoria a las academias, la metía en la vida. Además, dándole un timbre de frescura, hacía de ella una fuente de actualidad, que resultara de hechos más que de teorías. Vida diaria, contemplada con todo realismo. El pueblo comprendía sobre todo ésta, y para el pueblo, quería que los temas fueran de ordinario ac­tuales y prácticos: virtudes, sacramentos, oración, conduc­ta moral… apropiada a las condiciones de la jornada de los más. Y así lograba ser atrayente. Atraía por la po­pularidad y practicidad, sin caer en el doctrinalismo ni en la utopía; afrontando los problemas de la existencia de todos. Por esta actualidad aun Bossuet —tuvo que declararlo él mismo— le escuchaba ávidamente. Y como siempre le movía la caridad, sus palabras vibraban con los sentimientos humanos más conmovedores. Hablaba de la abundancia del corazón. Con toda razón, como nos ase­gura Coste, los manuales de literatura reproducen entre los párrafos más hermosos de la elocuencia francesa esta magnífica llamada al corazón maternal: «Animo, señoras mías, la compasión y la caridad os han hecho adoptar a estas criaturitas por hijos; habéis sido sus madres según la gracia desde que sus madres según la naturaleza las abandonaron. Dejad ahora de ser sus madres para con­vertiros en sus jueces. Su vida y su muerte están en vues­tras manos; ea: yo recojo los votos y los sufragios; es el momento de pronunciar su sentencia y de saber si renun­ciáis a tener todavía misericordia de ellas. Vivirán si vosotras continuáis teniendo cuidado de ellas, morirán y perecerán infaliblemente si las abandonáis. La experien­cia no os permite dudar».

Dejando hablar al corazón, Vicente había hallado sin pensarlo, los acentos de la verdadera elocuencia. Y no fue aquella la única vez. Oigamos lo que decía a sus sa­cerdotes a propósito del señor Bourdaise, misionero en Madagascar: «El señor Bourdaise, hermanos, el señor Bourdaise, que está tan lejos y tan solo y que, como habéis sabido, ha engendrado para Jesucristo, con tanto trabajo y cuidado, a tantos pobrecillos de aquel país en que se encuentra. ¡Oremos por él! Señor Bourdaise, ¿vivís to­davía o no? Si vivís ¡quiera Dios conservaros la vida! Si estáis en el cielo ¡rogad por nosotros!»

«Un pasaje como este, escribe el abate Brémond, ¿no debería sernos familiar a todos, desde los años de colegio? ¿No es digno, quizás, de figurar al lado de las tres mara­villas del género: de David que llora a Jonatás: Montes Gelboe; de Virgilio: heu! si qua jata; y de san Bernar­do en la oración fúnebre de su hermano?»

La humildad vicenciana

Vicente centraba su ascética en la humildad y por eso era universalmente accesible. Movía al hombre des­de la conciencia de la propia nada para impulsarle a llenarse de Dios con una adoración perpetua. Vicente animó aquella adoración —sustanció la devoción salesia­na— de servicio al hermano, como habría querido hacer­lo el mismo san Francisco de Sales. En él el servicio al hermano se convertía en una adoración perenne al Padre.

«¿Qué es el hombre? —se había preguntado Béru­lle; y había respondido—: una nada capaz de Dios». Vicente que no tenía tiempo para dictar fórmulas, par­tía, como los grandes místicos, de la conciencia de la pro­pia nada; para deducir• la propia razón de ser de solo Dios, buscado en la acción de la caridad.

Así participó de aquel impulso místico, centrado en el amor a Dios encarnado, que fue característico de su época histórica y de su ambiente; pero el «amor puro», el «Dios solo» no lo entendió nunca —como lo entendie­ron a veces otros— según cierta angustia heretical, que culminó en el quietismo y en el jansenismo, como fuga de la caridad, si ya no directamente como deserción de la vida. Más aún, aplicando la doctrina de la Encarnación, puso siempre, como mediador efectivo, entre el Todo y la Nada, al pobre, considerado como equivalencia práctica de Cristo. Porque estuvo adherido a esa realidad diaria, varia, riquísima, que eran los pobres, no tuvo veleidad ni posibilidad de caer en patologías espirituales de nin­gún género: no fomentó fantasmas, porque cultivó realida­des y realidades tremendas; ni se dejó abatir por estas, porque miró siempre a Dios.

Ahora bien, la humildad fue la actitud que le con­sintió abajarse sobre las numerosas miserias, de que se veía rodeado, tomando parte, con el amor, en el drama siempre igual y siempre diverso de los miserables.

Por eso no se podía vivir la humildad con un heroís­mo y con una totalidad más completa que como la vivió Vicente en un siglo que fue la negación ruidosa de la hu­mildad. En él la gente experimentaba la verdad de que donde el espíritu se anonada en Dios, Dios lo eleva has­ta sí.

De esta manera aquel su ocultarse, casi desaparecer, como María, le permitió hallar a Dios en el mundo y ha­llar a los hombres en Dios, en el siglo, en que se tenía la manía de aparecer y aún la moda de desahogar en pompo­sidades y volutas, de modo que aun en las pinturas-de los santos los vestidos estaban como hinchados por vien­tos cielónicos, y la soberbia se consideraba como el reves­timiento necesario de la nobleza y corolario de la gran­deza.

La modestia

Cierto día en que atravesaba, a caballo, los barrios de París, durante la furia devastadora de la Fronda, un ciudadano le apostrofó injuriosamente, acusándole de ha­ber provocado el aumento de los impuestos. No conocía al santo aquel pobrecito y al ver que se detenía en las ca­sas de los poderosos, pensó que iba a traficar, en provecho propio, a expensas del pueblo. La reacción de Vicente fue típicamente vicenciana. Bajó del caballo, se arrodilló ante su acusador, y le pidió perdón por todo el mal que le hubiera podido hacer. Sobre la cabeza de aquel desconocido se derrumbó todo el castillo que había construido su fan­tasía; y al día siguiente fue a San Lázaro a pedir perdón. Vicente le trató con tanta gracia que le retuvo durante toda una semana haciendo un retiro, para prepararle a hacer una buena confesión general. Y como siempre ven­ció el amor: el amor introducido por la humildad.

Este procedimiento para él era normal, pues para él en el prójimo estaba Jesús: se ponía a los pies de Cristo, poniéndose a los pies de todos. Después desde aquella postura veía las necesidades de cada uno.

A Gertrudis Isabel Sevin, jovencita a quien Francisco de Sales había predicho la vocación de religiosa, tuvo que dar una definición de la humildad, con ocasión de una presunta flagelación en que fantaseaba haber tomado parte con Jesús otra joven, cuya impostura había descu­bierto Gertrudis.

«Mademoiselle —le dijo el Santo—, los verdaderos es­tigmas de Jesucristo deben ser la imitación de sus virtu­des y especialmente de la humildad, de la que nos ha dado ejemplos tan espléndidos durante su vida mortal, dejándonos a todos la mejor de las lecciones cuando dijo: aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis la paz y el descanso para vuestras almas».

Vicente no sólo se hacía pobre, sino que además se ha­cía humilde: es decir se colocaba al mismo nivel de los asistidos, y hasta por debajo de ellos. «Nuestro fin —re­cordaba a los misioneros— es el pueblo pobre, gente or­dinaria; ahora bien, si no nos adaptamos a él, no le ser­viremos. El medio, pues, para servirle, es la humildad…»

  1. t. XII, p. 22.
  2. t. XI, 4.258.

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