Carta de despedida: RASGOS PARA UN RETRATO
Al señor Vicente
Querido padre y maestro,
No te perdemos de vista. Tu rostro revela bonhomía, tu mirada, aguda y maliciosa, y tu sonrisa, dicen mucho. Como lo ha escrito el cardenal Roger Etchegaray: «Cuando contemplo alguno de los viejos retratos reproduciendo la cara de san Vicente de Paúl, me siento embargado por esos ojos de Gascón, maliciosos y tiernos a la vez: dos ojos que han hecho de él el gran apóstol de la caridad, dos ojos que hacen de mí un llamado, un enviado hacia los pobres». Me gusta esta suave superposición de planos del antiguo arzobispo de Marsella que nos recuerda lo esencial: «Solo vemos bien con el corazón».
Un interrogante atormenta mi corazón: ¿Quién eres, señor Vicente? Se te contempla como un hombre activo, un gigante de la caridad, siempre ocupado, siempre en ascuas, alguien de quien se puede disponer a placer, para el bien de los pobres. Es cierto que estás lejos de toda especulación. Sin embargo, no dices más que cosas comunes, según los reproches oídos, pero, como ha escrito tu secretario, el Hermano Robineau, hablabas «con una fuerza nada común». Tienes el mérito de mantener el equilibrio entre el decir y el hacer. Porque añades una razón de peso: el ser. Eres un hombre que tiene un espíritu y esta es tu verdadera grandeza. No en vano, desde el inicio de tu síntesis espiritual exhortabas «a revestirse del espíritu de Jesucristo». Eso es lo que has hecho por ti mismo: toda tu vida ha sido una imitación de Jesús, te has adherido a su misión histórica, que has querido continuar. Te has situado a la sombra de su Espíritu, verdadera inspiración de tu vida. Es él quien te anima y te empuja. Te gustaba decir: «¿Cómo juzgaba de esto nuestro Señor? ¿Cómo se comportaba en un caso semejante? ¿Qué es lo que dijo? Es preciso que yo ajuste mi conducta a sus máximas y a su ejemplo». Y añades en esta misma charla: «Entremos en su espíritu para entrar en sus acciones. No basta con hacer el bien, hay que hacerlo bien, a ejemplo de nuestro Señor, de quien se dice en el evangelio que lo hizo todo bien… No basta con ayunar, con cumplir las reglas, con trabajar para Dios; hay que hacer todo eso con su espíritu, esto es, con perfección, con los fines y las circunstancias con que él mismo lo hizo».
Para tu vida interior y la de los otros no cesas de exhortar: «¡Oh, padre! ¡cuánto hay que trabajar en la adquisición de la participación de ese espíritu! ”. Tú haces de este espíritu el elemento propulsor de todo tu compromiso: «Le pido a Nuestro Señor que sea él el espíritu de su espíritu y la fuerza de su brazo». No se improvisa una semejante síntesis. ¡La vives! Nos la desvelabas también cuando conversabas familiarmente con el joven superior, Antonio Durand, que enviaste a Agde para abrir un seminario con estas dos obras que son las misiones y la parroquia. Tenía 27 años y debía formar nuevos sacerdotes; tu recomendación mira a lo más justo y dice algo de tu alma que transmite la sabiduría ante la falta de experiencia:
No, padre, ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros, o nosotros con él; que obremos en él, y él en nosotros; que hablemos como él y con su espíritu.
En ocasiones te han tildado de conservador. Esta observación es demasiado angosta. Como avanzabas al ritmo de la Providencia, lo aparentabas, pero como tu vocación era la de seguir al Maestro, no te faltaba ni audacia ni espíritu de invención. El padre Deffrennes, jesuita, que detecta tu psicología sobrenatural, afirma:
«Se torna innovador y progresista por virtud del espíritu de Dios, que constantemente procura la reforma y el progreso de su Iglesia. San Vicente tuvo conciencia de que, por inspiración de la Providencia, había dado a su siglo algo nuevo y grande, y esa conciencia le sostenía».
Las palabras fluían bajo su pluma: «innovador, progresista, hombre de acción e iniciativa, espíritu fuerte y voluntad firme».
Fuiste un gran emprendedor. El adjetivo grande no explica toda la plenitud de tu acción multiforme, en respuesta a las numerosas necesidades que jalonan tu existencia y la de tus discípulos. Actuaste con tanta eficacia que tu espiritualidad es todo praxis. Sabías que de este modo cumplías la voluntad de Dios. Preferías lo efectivo a lo afectivo y donde había lo afectivo deseabas que desembocase en lo efectivo.
Porque tal es la voluntad de Dios; según tu mentalidad, la caridad va siempre acompañada de la obediencia a esta voluntad de Dios que tu acción sanciona admirablemente. Haces tuya esta máxima que tu primer biógrafo reseña: «Nuestro Señor era una comunión continua con las almas virtuosas, que se mantenían fiel y constantemente unidas a su santísima voluntad; y que tenían un mismo querer y un mismo no querer con Él».
Para validar tu acción, te sumerges en Dios a través de la oración, centro de tu jornada y la consigna más preciosa que dejas como herencia. Es el lugar donde «se extirpan los vicios y se plantan las virtudes». Es tu baño de inmersión y renovación. En la oración realizas el discernimiento de espíritus, encontrando el bien que se ha de poner en práctica y se ha de resaltar. Particularmente me gusta una reflexión tuya, de un día de 1655, sobre la compra de San Juan Mercatelli en Roma: «Varios han hecho oración sobre este tema, a saber, si es conveniente entrar en tratos sobre esa casa; la resolución final ha sido la de que se desista de ello», carta que hace referencia a una enviada a Luisa de Marillac en 1640: «Esta mañana, durante la oración, he pensado mucho en la cuestión de una casa en la Villette y he visto muchas ventajas en ello. El señor párroco ofrece su parroquia; ya veremos». Nos indicas aquí el vínculo entre acción y contemplación. Eres el que eres y haces lo que haces por la oración, y prolongas, sin cesar, su gracia por el ejercicio constante de la presencia de Dios. Se ve muy bien tu preocupación de vivir y actuar siempre bajo su mirada, al paso de la Providencia, que amas y sigues a merced de sus deseos y sus manifestaciones.
En suma, el Espíritu de Dios te concede concordar tu voluntad con la de Dios que se manifiesta con frecuencia en los momentos ordinarios o extraordinarios de tu vida. A partir de estos dos principios, reemprendes tu marcha. Anuncias a continuación algunas señales para esta acción: mirar las cosas como son en Dios; ser firme en la consecución del fin y flexible en la elección de los medios; vivir lo que llamas máximas evangélicas, indicaciones extraídas directamente del Evangelio: la búsqueda del Reino, la sencillez y la prudencia, la dulzura y la humildad, la negación de sí mismo, la huida de la singularidad con el paso obligado a la regla de oro (tratar a los demás como queréis que ellos os traten), la aceptación de las críticas y las persecuciones, como conjunto de señales de las virtudes evangélicas.
Pero tu motor esencial quiere ser la Caridad. La has convertido en tu fuerza. No se trata de filantropía, por muy noble que sea, ni de humanismo, sino de la virtud teologal, sacada de la fuente viva del ágape, teniendo como objeto a Dios y al prójimo. Buscas el bien del ser amado, hasta la renuncia y el sacrificio, como dirá Benedicto XVI en su encíclica en la que te cita. Actúas porque amas a aquél que lo ha dado todo, hasta el Único Hijo, para que tengamos vida. Tu caridad es claramente sobrenatural.
Se ve con toda claridad que estás empapado de lo espiritual y lo conjugas con tu naturaleza. Tu lentitud legendaria, —esponsales del tiempo—, te otorga ser un modelo de prudencia. Tomas consejo. Optimista, generas confianza. A pesar de los riesgos e imprevistos de la vida, a pesar de la rudeza de tu entorno político y social, a pesar de todos los rostros magullados de los pobres que se cruzaban en tu camino, mantienes una fina sonrisa que dice mucho sobre la mirada que echabas sobre ellos y sobre la densidad de tu paz interior. Entiendo tu última palabra como un testamento compartido con todos tus amigos de siempre: «¡Confido! ¡Tengo confianza!».
Al final de estas líneas y de la modesta síntesis de la que te estoy agradecido, formulo la petición de que nos ayudes a poner por obra su contenido: las he escrito para nosotros vicencianos de hoy. Ojalá puedan insuflarnos tu espíritu y hacernos dignos de tu herencia.
¡Gracias, querido señor Vicente!
Tu humilde discípulo y afectuoso hijo.
Jean-Pierre Renouard cm
Limoges, 27 de noviembre de 2009
Al Señor Vicente Depaul, Saint-Lazare-lez-París
Renouard, CEME 2014







