San Vicente de Paúl maestro de sabiduría (VII)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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El espíritu de la Misión

Bien, ¡bendito sea Dios! ¡Dejemos ya el pasado! Tomemos nuevas resoluciones de adquirir este espíritu, que es nuestro espíritu; porque el espíritu de la Misión es un espíritu de sencillez, de humildad, de mansedumbre, de mortificación y de celo. ¿Lo tenemos o no lo tenemos?

Pero, padre, ¿qué hacer para ello? Es menester que esas cinco vir­tudes sean como las facultades del alma de toda la congregación; es menester que así como el alma conoce por el entendimiento, quiere por la voluntad y se acuerda por la memoria, también un misionero obre por estas virtudes. Se trata, por ejemplo, de hacer esto o aque­llo; hay que predicar; tengo que hacerlo, pero sencillamente y por Dios; nada de finuras ni de fanfarrias; que cada uno hable como quie­ra, con tal que la predicación sea según el espíritu de sencillez. Pero entonces nos llenaremos de confusión en nuestras predicaciones. Pues bien, un verdadero misionero dirá enseguida: «Yo acepto esta confu­sión; con ella podré vencer mi orgullo»; porque, fijaos bien, querer obrar de otra manera es querer aparentar y hacer el fanfarrón. Hablar sencillamente, ésa es la naturaleza de nuestro espíritu; de la bondad de la Misión se juzgará por la sencillez, por la humildad, y así en lo demás. Esa es la manera con que hemos de juzgarnos; por eso es por lo que tengo que obrar, si tengo que hacer alguna cosa; en una palabra, todo lo que Dios pide de nosotros en las máximas evangélicas se encuentra en estas cinco virtudes.

La conclusión de Vicente es imperativa y nos alcanza más allá de los siglos: «Procuremos cada uno encerrarnos en estas cinco virtudes lo mismo que los caracoles en sus conchas, y hagamos que nuestras accio­nes sean expresión de estas virtudes».

El pensamiento vicenciano sobre estas actitudes fundamentales es tan rico que merece al menos una modesta tentativa de síntesis.

Vicente nos invita a focalizar nuestra mirada en Cristo. Sus orienta­ciones son ante todo cristológicas. Vicente nos pide que contemplemos al Cristo sencillo (verdadero), humilde (servidor), manso (con perfecto dominio de sí), mortificado (eligió salvar al mundo en la cruz), y lleno de celo, digamos, ardiente. El celo de Dios lo devora: «He venido a pren­der fuego a la tierra», dice en Lc 12,49.

La vocación «a lo san Vicente» conduce a los pobres; adoptar el comportamiento vicenciano, es revestirse de las actitudes funcionales, prácticas. La finalidad de las cualidades morales fundamentales es apos­tólica, pastoral, misionera; alguien ha dicho «profesional». Intento ser pobre para mejor servir a los pobres.

Somos sencillos, humildes, mansos, mortificados y con celo entre nosotros para serlo mejor entre aquellos de los que somos responsables. No comprenderían que nosotros seamos, por vocación, llamados para estar cerca de ellos por la motivación de Cristo, y de hecho, lejos de ellos, por nuestro comportamiento cotidiano. Es la fractura más amena­zante que desafía a toda vida vicenciana.

Estos cinco puntos fuertes han de ser vividos en comunidad para que ésta sea mejor evangelizadora. Nuestro primer compromiso es el testi­monio. Las gentes comprenderán mejor que tendemos hacia estas acti­tudes si comenzamos por vivirlas entre nosotros.

Con la definición de estas orientaciones de vida vemos aparecer pun­tos de insistencia que pueden reagruparse en torno a la idea de compromiso, de energía, de fuerza. Parece que el comportamiento vicenciano de las cinco virtudes requiere ante todo de nosotros la voluntad. Como persona de acción, el vicenciano asume riesgos, se atreve, emprende. Se mantiene firme después de haber tomado la decisión que cree que es la mejor. Tiene esta voluntad porque en él habita la fuerza del amor.

Esto implica una cierta no-violencia en provecho de la verdadera violencia. Hay como un desplazamiento de la voluntad de poder. Nues­tras energías son empleadas en una lucha contra nosotros mismos con el fin de llevar a cabo buenas obras para evangelizar a los pobres. Es necesario hacerse violencia para dominar la cólera y ser manso; es necesario hacerse violencia para ser sencillo en el estilo de vida, en nuestra manera de pensar y de comunicar, cuando es más fácil apare­cer sabio o importante; es necesario hacerse violencia para ser humil­de, al nivel de los pequeños, cuando es más gratificante vivir con los ricos y de tener cierto poder; es necesario hacerse violencia para optar por la cruz en nuestra vida cuando es mucho más fácil huir del esfuer­zo y del sacrificio; en fin, es necesario hacerse violencia para optar resueltamente por el avance del Reino de Dios cuando nos tienta la pereza o la insensibilidad. Este es el verdadero sentido aceptable de la mortificación.

La práctica de «las virtudes fundamentales» no puede existir sin la gracia de Dios. Solo el Espíritu da la fuerza para ser sencillos, humildes, mansos, mortificados y con celo. Para vivir de este modo es preciso actuar en esta dirección y orar para obtenerlo. En este sentido, el hom­bre de oración es capaz de todo.

Estas cinco virtudes nos sitúan en el camino de La Bienaventuran­zas. No será difícil encontrar puntos de convergencia con cada una de las Bienaventuranzas. Hay en ellas una especie de condensación del Evangelio. Vicente dice: «La sencillez, este es mi evangelio», nosotros podemos decir; «Las cinco virtudes, he aquí nuestro evangelio».

Se ha hecho notar que las cinco virtudes son «virtudes de equili­brio». La expresión es del padre Juan Morín, poco antes de su muerte, en 1987. Es preciso decir que Vicente es el santo del justo medio. En él nada había de excesivo. Situándonos en la verdad con relación a Dios, en la mansedumbre con relación a los otros y poniéndonos en el camino del Crucificado (por la mortificación bien comprendida), nos convertimos en apasionados del Reino, llenos de celo, digamos de ardor.

Vicente es un apasionado. Es un meridional que ha puesto toda su energía al servicio de Dios en los pobres. Estaba habitado por el entu­siasmo, la fogosidad, la llama. Me parece que esta pasión por el Reino está muy presente en el texto que nos puede servir de meditación final y que tiene valor de testamento:

La intensidad ante todo

En Madagascar los misioneros predican, confiesan, catequizan con­tinuamente desde las cuatro de la mañana hasta las diez, y luego desde las dos de la tarde hasta la noche; el resto del tiempo lo dedican al ofi­cio y a visitar a los enfermos. ¡Esos sí que son obreros! ¡Esos sí que son buenos misioneros! ¡Quiera la bondad de Dios darnos el espíritu, que los anima y un corazón grande, ancho, inmenso! Magnificat anima mea Dominum!: es preciso que nuestra alma engrandezca y ensalce a Dios, y para ello que Dios ensanche nuestra alma, que nos dé amplitud de entendimiento para conocer bien la grandeza, la inmensidad del poder y de la bondad de Dios; para conocer hasta dónde llega la obligación que tenemos de servirle, de glorificarle de todas las formas posibles; anchu­ra de voluntad, para abrazar todas las ocasiones de procurar la gloria de Dios. Si nada podemos por nosotros mismos, lo podemos todo con Dios. Sí, la Misión lo puede todo, porque tenemos en nosotros el ger­men de la omnipotencia de Jesucristo.

Oremos:

«¡Oh Salvador, Señor, Dios mío! Tú trajiste del cielo a la tierra esta doctrina, la recomendaste a los hombres y la enseñaste a los apóstoles, a quienes, entre los consejos que les diste, les dijiste que esta doctrina es como la base del cristianismo y que todo lo que no se cimiente en ella estará cimentado sobre arena; llénanos de este espíritu. Señor Dios mío, que has sellado con este espíritu a esta pequeña compañía, espíritu tan necesario para que responda a su vocación, tú eres su autor; me atrevo, Señor, a decir que sólo tú serás el culpable de que no lo tengamos, ya que todos nosotros ardemos en el deseo de poseerlo. Dispón nuestros corazones a recibir este espíritu… Este es el fin por el que nos hemos hecho misioneros: ser sencillos, humildes, mansos, mortificados y celo­sos por la gloria de Dios. Es lo que hemos de pedirle y lo que hemos de esperar de su divina bondad… ¡Qué Dios nos conceda esta gracia!

La profusión de los valores vicencianos

Las virtudes aconsejadas a las Hijas de la Caridad son tres: senci­llez, humildad, caridad; desde su punto de vista, ellas son también ele­gidas a causa del servicio a los pobres. Las Constituciones las presentan así: «Depender del Espíritu Santo es dejarle crear en sí mismo la seme­janza con el Cristo, manso y humilde de corazón. Este espíritu evangé­lico es el que, según san Vicente, debe animar a la Compañía: «Dios quiere que las Hijas de la Caridad se dediquen especialmente a la prác­tica de la humildad, la sencillez y la caridad».

La humildad las lleva a dar gracias de Dios, en la aceptación de sus limitaciones y las mantiene en el espíritu de sirvientes. La sencillez las pone en armonía con Dios, las hace amar la verdad y actuar con trans­parencia y coherencia. Como acaba de escribir Benedicto XVI, la caridad se realiza en la verdad, la verdad de las cosas y las situaciones en gene­ral. Entonces las hermanas están obligadas a vivir la caridad: «La cari­dad de Jesucristo crucificado nos apremia», según la divisa dejada por la fundadora, santa Luisa de Marillac.

Esta caridad presenta tres caras, a imagen de la santísima Trinidad. Amar a Dios, vivir en comunión entre ellas e ineludiblemente servir. Podemos multiplicar las citas, pero nos contentaremos con ésta de her­mosa inspiración, dirigida a todos:

Nuestros amos y señores

Vuestro principal empleo, después del amor de Dios y del deseo de haceros agradables a su divina Majestad, tiene que ser servir a los pobres enfermos con mucha dulzura y cordialidad, compadeciéndoos de su mal y escuchando sus pequeñas quejas, como tiene que hacerlo una buena madre; porque ellos os miran como a sus madres nutricias y como a personas enviadas por Dios para asistirles. Por eso estáis destinadas a representar la bondad de Dios delante de esos pobres enfermos. Pues bien, como esta bondad se comporta con los afligidos de una forma dulce y caritativa, también vosotras tenéis que tratar a los pobres enfermos como os enseña esa misma bondad, esto es, con dulzura, con compasión y con amor: pues ellos son vuestros amos, y también los míos. Existe cierta compañía, cuyo nombre no me viene ahora a la memoria, que llama a los pobres nuestros señores y nuestros amos; y tienen razón, pues ellos son los grandes señores del cielo; a ellos le toca abrir sus puertas, como se nos dice en el evangelio.

Esta caridad es también el motor de la vida y de la espiritualidad de las Voluntarias de la Caridad. Las voluntarias, herederas de las Damas de la Caridad, son invitadas a vivir solidariamente unas con las otras y con las mujeres y tos hombres a los que sirven. Han sido instituidas «para honrar el amor que Nuestro Señor siente por los pobres». Su servicio no es otra cosa que entrega y bondad para con ellos, pero procede del amor mutuo, según la hermosa expresión que aparece con frecuencia: «Se querrán mutuamente como personas a las que Nuestro Señor ha unido y ligado con su amor».

La palabra «amistad» es incluso pronunciada, mientras que las tres virtudes dadas más tarde a las Hijas de la Caridad aparecen a partir del 8 de diciembre de 1617, cuando se estableció la Cofradía. Más tarde, la misma instancia se verificará en el Reglamento de las Damas del Hótel-Dieu. Es preciso actuar «por puro amor de Dios, mirando únicamente al bien mayor que pueda hacerse (¡ágape!). Estamos en la cima de la vida de Vicente y de su espiritualidad: ¡Todo por Dios y sus pobres!

Los miembros de la sociedad San-Vicente insisten sobre dos virtudes forjadas en la escuela del bienaventurado Federico Ozanam y que Vicen­te no habría desaprobado.

Ante todo, la alegría. Evitar los rostros ceñudos, las miradas tristes, los pensamientos y actos amargos; disolver las nubes que ensombrecen la vida y la vocación, todo esto no es más que obedecer la consigna renovada de Vicente a Luisa: «Manténgase muy alegre». Todo vicenciano gustará poder repetir la respuesta de sor Andrea a esta pregunta: «Entonces, hermana, ¿no hay nada en el pasado que le cause temor?», ella me respondió: «No, Padre, no hay nada, a no ser que sentía mucha satisfacción al ir por esos pueblos a ver a esas buenas gentes; volaba de gozo por poder servirles».

La cordialidad, “esa exultación del corazón», es algo natural. Comunica alegría a los demás y muestra la unión de corazones: «Nada de diferencias, sino un mismo afecto, un mismo aprecio de la virtud, un mismo horror al mal». Estar siempre contento del otro, he aquí el mejor efecto de la caridad y de la alegría. El vicenciano hace suya la célebre frase: «Si la caridad fuera una manzana, la cordialidad seria su color». Nunca debe recurrir a la mezquindad ni a la división. Es el hombre de todas las paciencias y de todos los diálogos, siempre en unión con la gran familia vicenciana, viviendo e irradiando el espíritu de san Vicente.

Quiere ser en fin equitativo y amante de la justicia, en nombre de los pobres. Por esto, presta especial atención a los disminuidos, respeta por encima de todo a la persona, se niega a todo espíritu de partido, recordando que, en nombre del derecho natural, «los deberes de justi­cia son preferibles a los de la caridad».

Oremos:

¡Salvador de nuestras almas! Tú, por amor, quisiste morir por los hombres y dejaste en cierto modo tu gloria para dárnosla y, por este medio, hacernos como otros dioses, tan semejantes a ti como era posi­ble. Imprime en nuestros corazones esa caridad, a fin de que algún día podamos ir a unirnos con esa hermosa Compañía de la Caridad que hay en el cielo. Tal es la súplica que te hago, Salvador de nuestras almas… Haz pues, Señor, que todas ellas se sientan llenas de amor hacia ti, hacia el prójimo y hacia sus otras hermanas.

 

 

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