Introducción: IR A LAS FUENTES
I.- LAS INFLUENCIAS EXTERIORES
Todos los autores espirituales lo dicen y las almas santas lo viven intensamente. Un hervor religioso y literario agita la sociedad de la época de los siglos XVI y XVII. Grandes personalidades tienen una influencia notable y bajo el influjo del movimiento renano-flamenco, muchas mujeres y hombres modelan el pensamiento de Vicente de Paul, y, como consecuencia, el nuestro. Vicente lee, profundiza y crea una biblioteca y un pensamiento. Realmente san Vicente no ignora las corrientes espirituales de su época, se nutre de grandes autores, bebe de ellos y se impregna de lo mejor, como hacemos nosotros al ritmo de nuestras lecturas y de nuestros latidos del corazón. Conoce el humanismo devoto, el misticismo español o flamenco, el jansenismo naciente. Avanza al ritmo de sus afinidades personales y permanece libre y capaz de trazar su propio itinerario y afinar su síntesis espiritual.
La influencia de la Escuela francesa
En el primer lugar está el Dios de Jesucristo que viene a expandir su amor en los corazones; él es el enviado del Padre. Adhiriéndose a esta visión, Vicente propone una espiritualidad cristocéntrica. Tiene su propia concepción, pero su fuente es identificable, pertenece a la Escuela francesa de espiritualidad. Es imposible captarla con exactitud sin evocar esta fuente, cuya influencia en san Vicente todavía no se ha valorado suficientemente, dentro de los límites fijados de su independencia.
El origen está identificado: Pedro, cardenal de Bérulle, contemporáneo y amigo de Vicente. Cómo no recordar aquí, aunque sea brevemente, ¡ay!, al gran cardenal, artesano de la implantación de las Carmelitas y fundador del Oratorio de Francia. Político a sus horas, es sobre todo un místico y director espiritual solicitado. Vicente lo admira y le consulta. Para este referente de la espiritualidad del siglo XVII, el misterio de la Encarnación está en el corazón del pensamiento y de la vida. Y todo esto sobre un fondo trinitario. La Encarnación nos reenvía al Padre, que se dice tal por su Hijo, mientras que su Espíritu hace al hombre «capaz de Dios».
La persona del Verbo encarnado está en el corazón de la existencia, del pensamiento y de las enseñanzas de Bérulle… Urbano VIII le llama «apóstol del Verbo encarnado». Las palabras fluyen de este sentido: «Él fue enviado como un nuevo san Juan para señalar a Jesucristo con el dedo… Este fue, me atrevo a decirlo, su apostolado y su misión» afirma Bourgoing; «Él no amaba más que a Jesucristo, no se ocupaba ni gustaba más que de Jesucristo, no se cuidaba, ni se entretenía más que con Jesucristo» señalaba Habert, su primer biógrafo; y Luis Cognet asegura: «Uno de los monumentos de nuestra historia espiritual».
Repiensa toda la espiritualidad a partir de Jesucristo; ciertamente, desea unirse al Dios que adora. A causa del pecado y de la incapacidad del hombre para poder adorar verdaderamente, propone el solo verdadero adorador, Jesús. Señalamos este texto esencial: «Tu eres ahora, oh Jesús, este adorador, este hombre, este servidor infinito en poder, en calidad, en dignidad, para satisfacer plenamente este deber y rendir este divino homenaje». Texto esencial, se ha subrayado. Jesús es «el religioso del Padre», porque está enteramente consagrado a él. A partir de aquí se desencadena todo un dinamismo: el hombre se vuelve «alabador»; alaba a Dios, sobre todo por la eucaristía; toda su vida consiste en ser para Dios y «llegar a ser Jesús»; medita con perseverancia «los estados de Jesús». Es «la adherencia», porque se unió a Jesús.
Los grandes maestros son también Charles de Condren (1588-1641), Jean-Jaques Olier (1608-1657). San Vicente de Paúl, San Juan Eudes (1601-1667), San Juan Bautista de la Salle (1651-1719), y san Luis María Grignon de Montfort (1673-1719), son también los herederos activos de esta corriente espiritual. Luisa de Marillac, por su estatura intelectual y su finura de reflexión, es una verdadera teóloga, que estimula de alguna manera al señor Vicente.
A éstos, hay que añadir los antiguos: Rodríguez, Vicente Ferrer, Benito de Canfield, Luis de Granada, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz y su amigo y confidente Duval.
A decir verdad, Vicente permanece él mismo; como señala el Padre Dodin «él tiene lo propio suyo con una deferencia que salvaguarda su perfecta autonomía. Adoptando, adapta y frecuentemente transforma». Sabemos que es conocedor y está interesado en el movimiento berulliano y, sin embargo, se aleja de todo lo que le parece excesivo o inadecuado a su pensamiento y a su práctica.
Francisco de Sales y la santidad
Vicente debe mucho a san Francisco de Sales. Este pone la perfección al alcance de todos, es la gran revolución de este obispo, reputado por su dulzura, y gran amigo de Vicente, él, el colérico, que debía encontrar en su temperamento y su virtud un ideal de vida. En su Introducción a la vida devota, Francisco se dirige ante todo a los laicos, poniendo a su alcance los secretos del amor de Dios y todas las potencialidades de la vida espiritual. Ésta ya no está reservada, es ofertada a todos.
Monseñor Calvet, juzga así la influencia de Francisco sobre Vicente de Paúl: «Si se quiere encontrar, después de Bérulle, un pensamiento que se le haya impuesto, hay que acudir a san Francisco de Sales. A éste es a quien ha admirado, amado y seguido, con plenitud de gozo, como discípulo, sin restricciones. Se dejaba arrastrar por él hasta las alturas de la mística, en las que no obstante, por humildad, no creía poder residir. Encontraba en la mística, o mejor, en el pensamiento místico del obispo de Ginebra, ese no sé qué de mesurado en el impulso, de racional en la evasión…
¿Cuál era lo esencial que debía retener en cuanto a la búsqueda de la santidad? Fue en 1609 cuando aparece en Lyon La Introducción a la vida devota. El libro quiere ofrecer a las almas en búsqueda una vía segura y dulce. Más allá de las diversas corrientes que entonces se le ofrecen, proporciona una originalidad. Hombre de su época, Francisco comprende las necesidades y las llamadas de las mujeres y los hombres de su tiempo. Introduce un estilo nuevo, admirable y seductor al servicio de los sencillos. Su lenguaje maravilla. Fascina a sus lectores y todos se rinden a su encanto. Las imágenes y las historias son abundantes. Aboga con genio y modernidad en favor del Amor de Dios. Un amor gratuito.
¡Hagamos por amor lo que no llegamos a hacer por la fuerza! Un soldado, un artesano, un príncipe, un esposo, una esposa, pueden alcanzar la santidad. Revolución. «La verdadera devoción es la facilidad de hacer diligentemente y bien las acciones al servicio de Dios». Hacer bien lo cotidiano, actuar en Dios y por Dios. He aquí la santidad liberada de falsos problemas: dilema entre contemplación y acción, culto interior y exterior, piedad y juridismo, ascesis y mística, servicio de Dios y servicio de los hombres. No hay, por un lado, el monje henchido de santidad, y, por otro, el laico en estado de privación; el fervor de la caridad no es patrimonio de nadie, cualquiera sea su condición. Todos están llamados. Todos aquellos que están en camino pueden alcanzar este objetivo.
La devoción es sobre todo interior, es la «perfección de la caridad» y se adquiere más por el espíritu de la oración que por la multiplicidad de ejercicios. Y si estos son necesarios, como la oración, por ejemplo, no interfieren en nada en el cumplimiento integral, alegre y aplicado del deber de estado.
Al margen de algunas críticas, la temática del libro es acogida con aplausos, y se convierte, en opinión del gran especialista de san Francisco de Sales, el padre André Ravier, en «el breviario de los cristianos». El Tratado del amor de Dios, refuerza ésta perspectiva muy innovadora de la época. Así nace el libro más leído en tiempo de Vicente y sobre el que se inclina con asiduidad y fervor para libar «su propia miel». Y la nuestra.
La herencia salesiana
Vicente ha aprendido bien el propósito de su amigo y maestro. Hombre de acción y contemplación, se encuentra muy cómodo en este modo de ver las cosas que concierne a todos los bautizados, tanto si su congregación se consagra, a la par, a la misión o a la formación de los sacerdotes. Ha entendido bien la lección, no quiere oponer acción a contemplación. Para él, éstos son dos aspectos complementarios que deben nutrirse el uno del otro. De su experiencia y de la de los miembros de sus comunidades nace una convicción: la vida espiritual intensifica la misión y la misión alimenta la vida espiritual.
La revisión de 1984 de las Constituciones de la Congregación de la Misión hace justicia a esta verdad salesiana: «Por la íntima unión de la oración y el apostolado, el misionero se hace contemplativo en la acción y apóstol en la oración». Con los mismos consejos, Vicente mantiene los ejercicios de piedad que no deben nunca perjudicar el compromiso con el mundo, y deja un gran espacio para la oración.
Esto es muy perceptible en las consignas dadas tanto a las Hijas de la Caridad como a los misioneros, sacerdotes y hermanos. Nunca deja de doblar todas sus consignas misioneras o caritativas en las recomendaciones espirituales. Para él, como para el obispo de Ginebra, la unas no van nunca sin las otras. Es muy interesante hacer notar que en las Reglas comunes de las Hijas de la Caridad, reglas pensadas en gran parte por él, más tarde ordenadas y presentadas por su sucesor, de nueve capítulos, cinco son consagrados a la vida espiritual. En las Reglas comunes de la Congregación de la Misión, salidas enteramente de la mano de Vicente, de doce capítulos, siete están dedicados a la vida espiritual.
Vicente ha comprendido muy bien la idea matriz de Francisco de Sales: guardar su especificidad. Las Damas de la Caridad y las Hijas de la Caridad están al servicio directo de los pobres; tos Misioneros son los responsables de la evangelización de los pobres. Cada grupo puede, sin embargo, ocuparse del uno o del otro campo. Y nada les impide llevar una vida espiritual fuertemente estructurada. No se trata de ser agentes técnicos de la pastoral y del servicio, sino de mujeres y de hombres impregnados del amor mediante el recurso esencial de la oración. Se trata de vivir de Cristo y poner resueltamente la proa hacia la vida bautismal.
II.- LA LECCIÓN DE LA EXPERIENCIA
El joven sacerdote de Dax se ha abrevado en los mejores autores. Asimila y restituye una buena dosis de espiritualidad particular. Pero aporta un toque sin igual a ningún otro, el de la experiencia. La experiencia es su gran despensa, su vivero de elementos ajustados a su personalidad. La vida es el libro de cabecera de Vicente. Habituado a la observación y a la espesura de la realidad desde su edad más joven, aprende como un reflejo condicionado: ama las lecciones de las cosas y sabe captar las enseñanzas de la naturaleza. Los acontecimientos son sus maestros preferidos porque son los grandes difusores de la experiencia. La vida y sus diversas situaciones, con frecuencia difíciles, lo modelan y le ayudan a subrayar unas constantes que serán sus referencias.
Acontecimientos significativos
Se ha escrito: «Los acontecimientos del pasado, leídos y releídos, como pábilos de una intensidad variable, acaban por proyectar sobre su presente un haz de luces convergentes».
Podemos citar a modo de ejemplo su manera de releer la tentación contra la fe y de aprender la lección: los turbios encuentros, más allá de la prueba que constituyen, conducen a un rejuvenecimiento de la fe y a un mayor anclaje en sus misterios. Surgen entonces la acción de gracias y la unión amorosa con un Dios que prueba para mejor colmar el corazón».
A él le gusta recordar su paso por Clichy y explica a las hermanas: «Yo he sido párroco de una aldea (¡pobre párroco!)… Esto me daba tanto consuelo y me sentía tan contento, que me decía a mí mismo: «¡Dios mío! ¡Qué feliz soy por poder tener este pueblo!». La misma tonalidad en la relectura casi anual del 25 de enero de 1617, en el momento del sermón que está en el origen de la Misión: nadie pensaba en ello, Dios velaba y suscitaba el impulso apostólico de los primeros obreros. De este modo, podemos evocar la pérdida de la granja de Orsigny, la epopeya de Madagascar y otros acontecimientos compartidos con sus hermanos. Todo sirve de pretexto para la instrucción.
Una enseñanza constante
¿Quiere subrayar la importancia del testimonio? Constata: «Por la palabra se conoce lo que hay en el corazón. Lo digo por experiencia, pues no sé de mejor medio para edificar al prójimo que tener cuidado con nuestras palabras»16. ¿Quiere reformar la predicación en la Iglesia? Ofrece esta pista: Aun cuando demuestre la experiencia que los que obtienen más éxito son los que hablan con mayor familiaridad y sencillez popular», o más aún, «la experiencia nos enseña que los predicadores que predican conforme a las luces de la fe impresionan más a las almas que los que llenan sus discursos de razonamientos humanos y de motivos filosóficos».
Al analizar las reacciones de sus hermanos de Congregación, recalca con humor: «He visto por experiencia que era verdad lo que decía, que los del norte están mucho menos sujetos a dejarse llevar por la pasión, por los movimientos de cólera, y que los del sur y los de estos países más cálidos lo están más». ¿Quién no detecta en estas palabras una buena descripción de sí mismo?
A esta observación de las gentes y de las cosas, se añade su experiencia íntima de Dios. El habla de vida interior y desea poseerla como la perla preciosa del Evangelio. Perseverar en su búsqueda es la labor que nunca falla. Hacer reinar a Dios en nosotros es ponerse en condiciones de difundirlo mejor. Estimar a Dios es estar seguro de amarlo más. Hacer su voluntad es estar ya en el Paraíso y entre los ángeles.
Y he aquí que nos brinda su secreto: estar en Dios supone una posesión tranquila. No sirve de nada calentar el espíritu:
El justo medio
¿Pues qué? ¿hay inconveniente en amar a Dios? ¿Se le puede amar demasiado? ¿Puede haber excesos en una cosa tan santa y tan divina? ¿Podremos alguna vez amar bastante a Dios, que es infinitamente amable? —Es cierto que nunca amaremos bastante a Dios y que nunca nos excederemos en su amor, si atendemos a lo que Dios merece de nosotros. ¡Oh Dios Salvador! ¿quién pudiera subir hasta ese amor extraño que nos tienes, hasta derramar por nosotros, miserables, toda tu sangre, de la que una sola gota tiene un precio infinito? ¡Oh Salvador! No, padres, es imposible; aunque hagamos todo lo que podamos, nunca amaremos a Dios como es debido; es imposible, Dios es infinitamente amable. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que, aunque Dios nos manda amarle con todo nuestro corazón y todas nuestras fuerzas, su bondad no quiere que esto llegue a perjudicar y arruinar nuestra salud a fuerza de actos; no, Dios no nos pide que nos matemos por esto.
Hermanos míos, las virtudes consisten siempre en el justo medio; todas ellas tienen dos extremos viciosos; cuando uno se separa de un extremo, corre el peligro de caer en el vicio contrario; hay que caminar debidamente por el centro, para que nuestras acciones sean dignas de alabanza. Por ejemplo, la caridad de la que hablamos tiene dos extremos que son malos: amar muy poco o nada en absoluto, y amar con demasiado celo y con ansia. No preocuparse nunca de amar, no hacer ningún acto de amor o muy raras veces, es negligencia y pereza en contra de la caridad, que nunca está ociosa; pero también hacer actos hasta quemarse la sangre y romperse la cabeza es excederse en esta materia y caer en el otro extremo vicioso; la virtud está en el medio; los extremos no sirven para nada.
III.- ENSEÑANZA DE LAS REGLAS COMUNES
Mucho de lo que se refiere a la vida espiritual se encuentra en las Reglas Comunes o Constituciones de la Congregación de la Misión. San Vicente es el autor de este pequeño libro que discutió con sus hermanos. Aparece dos años antes de su muerte. Lo presenta como el fruto de la experiencia personal y colectiva, y es el reflejo de las máximas del Evangelio. Lo distribuye entre sus hermanos el 17 de mayo de 1658, después, cosa loable y digna de interés, de treinta años de ajustes y de una historia ajetreada (comisiones, asambleas generales, paso obligado por el arzobispado y los despachos romanos, nueva revisión, etc.). Se trata de un retraso controlado. Vicente pone de relieve que los cartujos nunca han tenido necesidad de reformas, y que los jesuitas no cesan de incrementarse. Estas son las comunidades de referencia. También aquí el tiempo es un gran aliado. Quiere una comunidad original. Para conseguirlo se desmarca de las congregaciones parecidas que le rodean, por ejemplo, los oratorianos o los Misioneros de Provenza. A Vicente no le gusta su modo de gobierno y espera lo que el cuerpo y la práctica de su Congregación le dicten.
Si Vicente lee con cierto interés las reglas de san Agustín, san Bruno y san Ignacio, hace de su uso el verdadero guía para determinar el estilo de autoridad, la actividad misionera, el comportamiento de los sujetos y el estímulo espiritual. Además, retiene tres grandes misterios como principios fundamentales, la Trinidad, la Encarnación, y la Eucaristía. Aparecen en la primera página de la edición príncipe. Con estos elementos, obtiene una congregación muy perfilada y un librito original que le sirve de apoyo.
Más allá de los reglamentos, de las costumbres, las indicaciones espirituales y las insistencias, este librito transmite un espíritu que sería peligroso abandonar. Privarse de su meditada lectura, es malograr el impulso evangélico dado por Vicente y los primeros misioneros. Este hálito impregna las Constituciones de la Congregación de la Misión de 1984 y permite verificar hoy la fidelidad al carisma inicial… pero nada vale tanto como el original.
A los doce capítulos, depositarios de un objetivo, de un espíritu y un estilo, se añade un tesoro: las explicaciones ofrecidas por el propio Vicente. Durante un año, él amplifica su pensamiento ante sus hermanos con los que se reúne los viernes por la tarde, de anochecido. Es prácticamente el contenido del volumen once cuatro de la recopilación de Pedro Coste. Pero además de esta exégesis de las Reglas, este espíritu nos es transmitido también por las repeticiones de oración y las demás conferencias. En ellas destila un espíritu que nos permite conocer su pensamiento sobre muchos temas fundamentales. Es preciso, con toda seguridad, mencionar sus cartas, verdaderos mensajes, que unen el arte del gobierno y la animación espiritual; en ellas nos entrega con frecuencia su mística de la acción.
Cómo no evocar aquí los primeros reglamentos de las caridades de las damas evocando a Cristo como «patrón» de la cofradía y centrando a las participantes en la devoción de la Santa Trinidad y la Eucaristía. Las Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad que Vicente les explica desde 1655, insisten en la misma temática: El Cristo que conduce a una mirada de fe sobre los pobres, la devoción a la santa Trinidad, el culto de la oración y, cosa novedosa para la época, la comunión eucarística más frecuente. Se percibe a un hombre viviendo él mismo esos acentos espirituales y fortalecedores. Estas son las convicciones personales que Vicente quiere trasmitir a los suyos.
Renouard, CEME 2014







