San Vicente de Paúl, maestro de oración (04)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Abbé Arnaud d’Agnel · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1929.
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Capítulo IV: ¿Cómo llegar a ser hombre de oración?

vincent Croatia Zagreb 2Estos son, según san Vicente de Paúl, algunos principios para ser hombres de oración, aparte de las virtudes que facilitan este ejercicio y le hacen más fructuoso. Estas últimas serán el objeto de otro capítulo. La primera disposición de espíritu que se ha de tener es de estar convencidos del papel  de la oración  en la vida cristiana y de su importancia. Tal es por otra parte la razón de ser de las páginas que se acaban de leer sobre la necesidad de este acto.

Proponer esta convicción como punto de partida es seguir al santo en su táctica para ganarse las almas en la oración y unirlas fuertemente a ella. Comienza por atraer los deseos hacia ella demostrando su grandeza, su hermosura, sus ventajas. Luego, cautivos la imaginación y el corazón, conquista la inteligencia y la voluntad presentándosela como un bien que les es tan necesario como el aire, el alimento y el alma misma lo son al cuerpo.

No digáis, estoy persuadido, yo  también, de esta función vital de la oración, la tengo por indispensable, y a pesar de todo no la hago más que irregularmente. Tal vez estéis realmente convencidos, pero existen grados  diversos en la convicción, como el calor y la luz. La vuestra, ¿es sólida y profunda? No lo creo, incluso estoy seguro de lo contrario. En este clavo de oro no habéis golpeado más que un número demasiado de veces y con golpes demasiado débiles para hundirlo bien en vuestra alma. Su punta no ha penetrado más allá de las primeras capas del espíritu en las cuales del yo solo tiene un débil interés. Hasta que no traspase las capas subyacentes, aquellas en las que la verdadera personalidad se oculta y se concentra, no se conseguirá nada serio. Para ahondar una convicción hasta el fondo del alma, la imaginación, la memoria, el juicio, la razón, el corazón, la voluntad deben unirse y no formar más que una masa para golpear sobre esta idea con fuerza y con golpes repetidos. Entonces, pero solo entonces, se habrá ganado la causa por fin.

Si el Sr. Vicente insiste tanto en la necesidad de la oración en sus charlas y en sus escritos, si despliega en este asunto una elocuencia tan persuasiva, si se dirige al corazón como al espíritu al mismo tiempo que estimula la energía voluntariosa, es para ayudar a sus hijos e hijas espirituales a golpear en el clavo de oro para  hundirlo más en sus almas.

Si el santo hubiera vivido más de un siglo habría seguido insistiendo hasta el final en el papel y la necesidad de la oración en la vida cristiana, de esa manera veía en esta certeza la condición sine qua non de la fidelidad a este ejercicio. Esta certidumbre, el psicólogo que era, la quería reflexionada con madurez, aceptada en plenitud, querida y de alguna forma vivida con gozo. De donde procede su habilidad en hacer resplandecer esta obra de arte que es la oración y su insistencia en querer hacer entrar  a todas las almas en ese paraíso en la tierra, preludio y prenda del Cielo de gloria.

En la imposibilidad de oír al santo, cuya palabra habría actuado profundamente sobre nosotros, tomemos la resolución de releer cada quince días este capítulo meditando sobre las diversas comparaciones que desarrolla con tanta justeza y precisión.

Bueno es hacerse en el secreto del corazón la aplicación a sí mismo de esta necesidad. Cada uno se dirá: por tales y tales causas, la oración me es particularmente necesaria. Debilitado en el punto de vista moral por mis negligencias y mis faltas, cómo recuperar vigor si no es respirando este aire de las cumbres y nutriendo a mi alma hambrienta con este alimento de los fuertes.

Viendo la importancia de mis deberes de estado y la obligación y la obligación en que estoy de cumplirlos día a día, entonces mismo cuando sucumbo bajo su peso, ¿acaso no me siento feliz por tener a mi disposición esta fuente de Juventud en la que puedo, cada mañana, rejuvenecerme y renovarme?

Llamado con más frecuencia de lo que querría a resolver graves problemas por mi cuenta personal o por la de los demás, necesito de las luces del Espíritu Santo que me serán otorgadas  sobre todo en el curso de estas charlas íntimas con Dios.

¿Acaso no he sido imprudente y torpe en varias circunstancias por no haberme dado el tiempo de reflexionar sobre lo que más convenía hacer? Si hubiera meditado antes de obrar, mi conducta habría sido otra distinta.

Constatación más dolorosa aun: cuántos pecados cometidos sea por debilidad de voluntad, sea por ligereza de espíritu, y contra los cuales la oración de la mañana me habría puesto a cubierto.

¿Acaso no he visto y, por decirlo así, tocado con el dedo qué doloroso es conocerse tan incompletamente y tan mal? ¿No he permitido estar a la merced de mis impresiones y zarandeado continuamente por ellas?

Y no obstante tengo en la oración una fuente maravillosa de documentación sobre mi carácter, mis aptitudes, mis tendencias, al propio tiempo que un medio no peor para alcanzar  ese bien fundamental del dominio de sí que condiciona todos los demás.

¿No es una pena tener en mí recursos de orden moral inexplotados, cuando meditando, cada día, yo veré su empleo?

¿No sería un necio desinteresándome  de un procedimiento de santificación que ha hecho sus pruebas y del medio de asegurar mi salvación eterna en la más amplia medida posible?

Es preciso por último acordarse de las situaciones difíciles ante las que uno se ha visto desamparado por no haberse preparado en la oración y la reflexión.

Todos deben también recordar el consuelo y el ánimo causados por una oración bien hecha: y este recuerdo, en los malos días, disipará toda tentación de abandonar este ejercicio.

Después de convencerse de la necesidad de la oración, importa estar bien persuadido de que es accesible a todo el mundo y que sería una equivocación  pretextar su ineptitud para dispensarse de ella. Esta persuasión no es tan común como se pudiera creer, y como es indispensable, se tratará de ella en otro capítulo. Este problema proviene a la vez de la psicología y de la teología. Estudiarlo bajo un doble aspecto es como se puede resolver de un modo completo.

Se verá en este estudio la solidez de los argumentos sobre los que se apoya  el santo para sostener que la oración mental está al alcance de todas las almas.

El Sr. Vicente recomienda a los cristianos que quieren seguir fieles a la oración diaria que se pongan en las mejores condiciones posibles para contraer la costumbre. Se ha de entregar a este ejercicio siempre a la misma hora, salvo impedimento grave. Lo ideal es hacer de ella la primera acción del día, y por lo tanto fijar el momento de su despertar, y una vez fijado este no apartarse de ello si no es por razones muy serias. El insomnio no es el motivo suficiente para levantarse más tarde y por eso mismo para cambiar la hora de la oración.

El santo previene a sus hijas contra la negligencia hábil en transformar  lo difícil en imposible, e insiste en estos términos en la obligación del madrugar: «Si no se levanta a la hora, el tiempo pasa, no hay lugar, hay que vestirse de prisa y se abandona la oración…  Después de cometida esta falta un día, lo hará al día siguiente. Si la cometen dos Hermanas, habrá bien pronto tres, sobre todo cuando se trata de ancianas. Si esto pasara, pronto toda la comunidad no haría ya oración».

Recordemos que un acto opuesto a una costumbre la debilita por el hecho mismo de que tiende a sustituirla por una  contraria. Nuestros días forman una cadena más o menos floja o más o menos cerrada cuyos eslabones son nuestros gestos. De ahí la importancia de respetar el orden de estos últimos lo más posible. Lo esencial es de unir estrechamente los primeros eslabones, ya que cada uno de nuestros días es de alguna forma una nueva vida que se ha de orientar desde el principio.

Se comprende entonces por qué el Sr. Vicente estima la costumbre de la oración un tesoro. No hay sacrificio que no se haya de hacer para adquirirla. Es triste ver a tantos sacerdotes, religiosas y piadosos laicos no continuar sino flojamente su adquisición, igual que si se tratara de un bien cualquiera.

El santo mira con compasión a estos devotos incapaces de contraer la costumbre de madrugar y de la oración. Para hacerles sentir más su pereza, la opone al valor con el que muchos hombres siguen puntualmente el orden del tiempo que se han trazado. ¡Cómo recular, por el servicio de Dios, ante los esfuerzos que se imponen tantos funcionarios por el servicio del Estado, tantos comerciantes y obreros con la esperanza de una mayor ganancia!

Vicente se indigna en estos términos por una conducta así: «¿Por qué no nos sacrificamos por Dios, al ver que la mayor parte del mundo son exactos observadores del orden que se han propuesto? Jamás o muy raramente la gente de la justicia deja de levantarse y acostarse, de ir y volver  del palacio a la misma hora. La mayor parte de los artesanos hacen lo mismo. Solo nosotros los eclesiásticos que somos tan amantes de nuestras comodidades  caminamos al aire de nuestras inclinaciones. Por el amor de Dios, trabajemos en desembarazarnos de nuestra pequeña sensualidad que nos convierte en cautivos de estas voluntades «.  Si somos del número de estas voluntades débiles, escuchemos al santo y pongamos mano a la obra de inmediato.

El hábito de levantarse por la mañana y de la oración no se forma más que al cabo de esfuerzos repetidos, mas por el contrario, este hábito una vez contraído, los actos que son su objeto llegan a ser de una ejecución cada vez más fácil. Cada uno dirá: si quiero perseverar en la oración, como debo pues Dios me da el deseo, yo no tengo otro medio a mi disposición: por penoso que me parezca, es forzoso que lo tome, y que lo tome sin más tardar.

Como se enraízan las costumbres adquiridas desde la infancia más profundamente en el alma, no se podría aconsejar  demasiado a los sacerdotes, padres y maestro iniciar temprano  a las jóvenes y a los muchachos  en la meditación, es preferible no obstante  no llevar a los educadores por este camino, si son unos pedagogos mediocres. Esta iniciación debe ser realizada con tacto y habilidad. Sin lo cual arriesgaríamos que el niño  rechazara para siempre la oración. Si es enojoso no decir nada sobre este ejercicio al joven, sería más lamentable de  hablarle como se hablara a hombres hechos. El acto en cuestión, reducido al principio a dos o tres minutos debe ser propuesto a los más sabios como una señal de estima y una recompensa de orden superior.

Las ideas y los sentimientos, sobre los cuales meditará el niño, serán muy sencillos, bien apropiados a su mentalidad naciente y a sus necesidades. Cuanto más se use de un modo concreto y vivo, mejor será el efecto.

Nada mejor que servirse de  cuadros  en color que representen los principales misterios de Cristo Jesús y de la Virgen, con la condición de que el coloreado sea vivo, el dibujo neto y los personajes poco numerosos. Importa que al representar estas imágenes bellas, ser sobrio, muy sobrio en palabras.  Una palabra es suficiente con tal que esté bien elegida.

En el terreno pedagógico, los largos discursos no valen nada. Es el error de la mayor parte de los padres y de los maestros multiplicar explicaciones y reproches. Más valdría callarse nueve veces de diez y no hablar sino después de reflexionar. Verdadero en todos los órdenes de ideas, este principio de experiencia lo es en particular bajo el punto de vista religioso.

Sea la que sea nuestra edad, un medio de seguir fiel  a la oración es darle por objeto los misterios que más nos atraen, nuestros deberes de estado, los de orden moral a los que nosotros y los nuestros estamos expuestos, en una palabra lo que más queremos.

La mayor parte del tiempo, se deja a un lado la oración y se renuncia a ella a falta de adaptarla a sus necesidades y de darle un carácter práctico. Para que una verdad religiosa eche raíces en uno, debe hacerse su aplicación en el secreto de su conciencia. Solamente con esta condición, de teórica e inmóvil, llega a ser viva y activa. Cuando se sufre de frío, no se miran las llamas de lejos, nos acercamos lo más posible hasta sentir el calor interiormente. Esto ocurre con las almas más o menos enfriadas por el egoísmo.

El inconveniente de los asuntos de meditación tomados en los libros es su nota impersonal. Por el hecho mismo que han sido compuestos y publicados para todo el mundo, estos asuntos nos impresionan poco. El menor pensamiento salido de nuestro propio fondo les es preferido.

Lo mismo recurrir a una colección de meditación es bueno en los comienzos porque enseña insensiblemente la técnica de este ejercicio, que servirse siempre de ella podría dañar en los progresos espirituales. Una vez adquirida la costumbre de desarrollar el contenido de un pensamiento o de un sentimiento, lo mejor es hacer trabajar al alma sola bajo la mirada de Dios. La tarea será más dura pero mucho más interesante y fructuosa. Experimentémoslo, y pronto no querremos ya bajo ningún pretexto servirnos de un libro por bien hecho que esté.

De los cristianos entregados a la oración mental, ¿cuáles son los más perseverantes? Sin duda alguna los que la hacen sin  manual de ninguna clase. Ejerciendo más sus facultades psíquicas, las suavizan y las fortalecen de manera que están siempre preparadas para entrar en juego. El espíritu, el corazón, la voluntad son traslados al momento deseado, el primero en fijar su atención, el segundo en conmoverse y la tercera en tomar fuertes resoluciones. Bien está no servirse de ningún libro en el curso de la oración, pero todavía se necesita enriquecer su propio fondo con lecturas substanciales y adaptadas a sus necesidades.  Hechas regularmente cada  noche, estas lecturas alimentarán la reserva en que el alma escoja, cada mañana, ideas y sentimientos.

¿Es necesario hacer la advertencia? Los diversos procedimientos indicados en este capítulo no tienen por sí mismos la virtud de hacernos fieles a la oración diaria. Ya que este ejercicio es sobrenatural, su cumplimiento exige una ayuda del mismo orden, de donde la necesidad de la gracia y de los dones del Espíritu Santo, de donde la obligación para nosotros de solicitarlos por la oración.

Esta asistencia divina nos será otorgada con tanta mayor abundancia cuanto más profundamente sintamos su necesidad y la imploremos con mayor constancia fervor.

Bajo pretexto de desconfiar de uno mismo y de colocar su confianza en Dios solo, no convendría no tener en cuenta de los procedimientos indicados. Desdeñarlos sería despreciar indirectamente la experiencia de san Vicente de Paúl y de los maestros de la espiritualidad. Lejos de ser señal de humildad, esta actitud  sería prueba de orgullo o de pereza, por lo menos de necedad.

La hagiografía cristiana lo demuestra: en el dominio de la oración más que en todos los demás, Dios exige de nuestra parte una colaboración muy activa y perseverante. En esto, más que en todos los demás casos, se verifica la palabra de San Agustín: Dios que nos ha creado sin nosotros no quiere salvarnos sin nosotros.

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