SAN VICENTE DE PAUL EN MARCHAIS (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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LA IGLESIA QUE CONTEMPLA VICENTE DE PAÚL

Al principio de la película «Monsieur Vincent» hay una larga escena muy significativa. El nuevo párroco de Chátillon, el Señor de Paúl, entra en el templo parroquial y contempla, entre la perplejidad, la ira y la tristeza, el estado de abandono total en que se encuentra el templo. Es una escena que, muchas veces, pasa casi inadvertida a los ojos del espectador. Pero muchos han querido ver en esta escena una metáfora o una imagen del esta­do en que se encontraba la Iglesia de Francia en tiempos de Vicente de Paúl. Y, ciertamente, esta parece ser la intención del director de la película.

1) Una Iglesia desolada

Es la Iglesia en la que se sitúa el joven sacerdote Vicente de Paúl, y en la que quiere hacer carrera y ascender hasta puestos importantes. Es la Iglesia donde un ejército ingente de pobres del campo y de la ciudad malviven en la miseria material y espiri­tual. Es la Iglesia donde el alto clero, los obispos y los abades están más preocupados de su situación social y de la vida mun­dana que de los fieles. Es la Iglesia donde la norma habitual es abandonar las diócesis y las abadías y frecuentar la Corte y su feria de vanidades’.

La Iglesia de Francia, tal como se presenta en tiempos de Vicente de Paúl, es una Iglesia férreamente jerárquica y jerarqui­zada a imagen y semejanza del poder temporal. Es una Iglesia total e íntimamente vinculada con el poder político. Es una Igle­sia que se mira en el espejo de cardenales como Richelieu o Mazarino, con todo lo que significa de poder y servidumbre. Es una Iglesia poseedora de grandes bienes y beneficios, que debe­rían repercutir en bien del pueblo pobre, pero que desfiguran su imagen más genuina. Es una Iglesia cargada de iniciativas en materia de asistencia y de beneficencia, pero que las lleva a cabo sin organización y sin eficacia.

2) Una Iglesia de pastores ineptos

La Iglesia que contempla Vicente de Paúl es una comunidad dividida, con unos pastores por regla general incompetentes, ignorantes e indignos, más introducidos en el sacerdocio por pro­fesión y búsqueda de buena vida que por vocación de entrega pastoral y de servicio evangélico. Las diatribas más fuertes que lanza Vicente de Paúl están dirigidas, precisamente, contra los malos pastores.

Por ejemplo, cuando escribe, el 5 de marzo de 1659, a un abo­gado de Laval que pretende abrazar el sacerdocio, pero como si fuera una profesión: «Yo me haría problema de conciencia de contribuir a hacerle entrar en las órdenes sagradas, especialmen­te en el sacerdocio, ya que son desgraciados aquellos que entran en él por la ventana de su propia elección y no por la puerta de una vocación legítima. Sin embargo, es grande el número de aquellos, ya que miran el estado eclesiástico como una condición tranquila, en la que buscan más bien el descanso que el trabajo; de ahí es de donde vienen esos grandes desastres que vemos en la iglesia, ya que se atribuye a los sacerdotes la ignorancia, los pecados y las herejías que la están desolando» (SVP, VII, 396).

O cuando se dirige a los misioneros en una conferencia de sep­tiembre de 1655: «¡Oh padres y hermanos míos, cuánto hemos de rezar a Dios por esto, y cuántos esfuerzos hemos de realizar por esta necesidad tan grande de la Iglesia, que se está arruinando en muchos lugares por la mala vida de los sacerdotes! Porque son ellos los que la pierden y la arruinan; es demasiado cierto que la depravación del estado eclesiástico es la causa principal de la ruina de la Iglesia de Dios. Hace pocos días estuve en una reunión, donde había siete prelados, que, al reflexionar sobre los desórde­nes que se ven en la Iglesia, decían públicamente que la causa prin­cipal de los mismos eran los eclesiásticos» (SVP, XI, 204-205).

Sin embargo, hay historiadores de la Iglesia de Francia del siglo XVII que equilibran, de algún modo, la balanza describiendo otra parte del clero más positiva. Y también hay vicencianistas que atribuyen a san Vicente una cierta exageración y un gran rigor en los juicios negativos y generalizados a todos los sacerdotes. Sea como fuere, Vicente de Paúl contempla con preocupación una realidad pastoral que debe ser urgentemente reformada.

3) Una Iglesia tridentina

Como hombre del postconcilio de Trento, Vicente de Paúl se sitúa en la línea de la contrarreforma, y su visión de la Iglesia está influida por la eclesiología que brota de Trento. Aunque este Concilio no se planteó globalmente el tema eclesiológico, el programa de reforma que traza tiene como base y trasfondo una determinada eclesiología: carácter apologético, estructura jerárquica, centralismo romano, juridicismo, hostilidad frente al mundo…

La reforma católica va a estar marcada por este sentido de la Iglesia. Así, la Iglesia es vista como «sociedad perfecta», destacándose en ella su aspecto jurídico y visible. Se tiende a identificar la Iglesia con su jerarquía, con lo que se reduce, con frecuencia, la eclesiología a «jerarquilogía».

Es la visión de Iglesia que rodea a Vicente de Paúl, en la que se forma, la que asume en ciertos aspectos y frente a la que reac­ciona en otros para enriquecerla. Sin olvidarse de algo muy importante: Vicente de Paúl quiere vivir en la fe de la Iglesia, sin apartarse lo más mínimo de ella y acatando con obediencia total lo que la Iglesia enseña. En una conferencia a los misioneros, de fecha desconocida, Vicente de Paúl se expresa de esta manera:

«Siempre he tenido miedo de verme envuelto en los errores de alguna nueva doctrina, sin darme cuenta de ello. Sí, durante toda mi vida, he tenido miedo a esto» (SVP, XI, 730).

Sin embargo, también hay algún vicencianista que hace un matiz importante: Vicente de Paúl se distancia bastante de esta visión tridentina de la Iglesia, de esta eclesiología dominante en su tiempo. Por ejemplo, André Dodin no duda en afirmar: «¿Qué es lo que caracteriza la presentación de la Iglesia para san Vicente? Que ella es totalmente diferente de la eclesiología de inspiración `romana’. Yo pienso aquí en aquella Iglesia que se desprende de los tratados del cardenal Belarmino, de Pedro Canisio: una Iglesia jerárquica, estable y vertical. En la cumbre, en la punta de la pirá­mide, el Papa, luego los obispos, los sacerdotes, y en lo bajo, los laicos. Vicente de Paúl no tiene esta visión, y no es el único».

4) Una Iglesia «contradictoria»

Se ha dicho que la Iglesia de Francia en tiempos de Vicente de Paúl es una Iglesia «contradictoria». Porque si solamente nos quedásemos con el panorama anterior, estaríamos dibujando un cuadro lleno de oscuridades. Y sería, a todas luces, un cuadro injusto o, por lo menos, excesivamente parcial.

Cierto que, por una parte, las capas altas de la sociedad prac­tican un desprecio absoluto a los pobres, refugiándose en una moral hipócrita para justificar el enriquecimiento mercantilista. Cierto que la caridad es sustituida por la salvaguarda del orden y muchas veces convierten las obras de caridad en represión (recordemos el famoso caso del «encerramiento de los pobres» y la asociación presidida por un obispo que defendía este «encerra­miento» para evitar la condenación eterna de los mendigos y maleantes). No menos cierto que la Iglesia, tanto en el clero alto como en el clero bajo, está aliada con la conveniencia del Esta­do y ve a los pobres como un lastre que amenaza la moral o que los círculos más elitistas de la Iglesia se refugian en una espiri­tualidad desencarnada y ansiosa de experiencias místicas más que dudosas. Cierto que la vida cristiana se va enfocando hacia unas prácticas devotas sin conexión con la caridad y el compro­miso por los pobres. Y cierto también que se va arrinconando la doctrina tradicional de la Iglesia, desde los Santos Padres y desde la teología escolástica, sobre la obligación que tiene el Estado y todas las instancias públicas, religiosas o no, de socorrer a los pobres.

Pero, a la vez, en esta Iglesia desolada de Francia que contem­pla Vicente de Paúl hay una característica no siempre suficiente­mente subrayada. Me refiero a que, en este habitat, es donde se da una mayor floración de Órdenes, Congregaciones o Compañí­as dedicadas al servicio a los pobres en diversos campos». Su enumeración sería demasiado larga o un poco aburrida. Pero sus trabajos y su dedicación en el campo de la sanidad, de la enseñanza, de la asistencia social, de la beneficencia en general ponen una importante tonalidad de color esperanza en ese cuadro de oscuridades.

Sin olvidarnos, por supuesto, de otros personajes, maestros bien conocidos del campo de la espiritualidad, de la teología o de la mística.

El escritor católico inglés Chesterton decía que «cada genera­ción es salvada por el santo que más la contradice». No sabemos en qué generación y en qué santo estaba pensando Chesterton, pero su frase bien puede aplicarse a esta Iglesia de la Francia del siglo XVII y a todo ese resurgimiento de grupos y Congregacio­nes nacidos para el servicio a los pobres.

En definitiva, y a grandes rasgos, esta es la Iglesia que con­templa y experimenta Vicente de Paúl, y a la que ama, a pesar de sus grandes sombras y deficiencias. Y, si alejarse de esa realidad, intenta dar respuesta a las necesidades eclesiales, viviendo y haciendo vivir una imagen nueva y más evangélica de la Iglesia.

Celestino Fernández

CEME,             2008

 

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