San Vicente (Collet) 1

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

Al Rey de Polonia, duque de Lorena y de Bar.

Señor,

Si la política tiene sus héroes, la Religión tiene los suyos. Es cierto que estos últimos no figuran mucho a los ojos de los hijos del siglo. Envilecidos, despreciados, a veces reducidos a buscarse un asilo en los antros y en los bosques, estos hombres de quienes el mundo no  es digno -1 Cor. 4.-, son considerados en él como el desecho y barredura de la tierra. La vanidad castiga con un desprecio cruel el desprecio cristiano que han hecho de ella –Job. 12-. Su sencillez es tratada de ineptitud, su prudencia de puerilidad; parecidos a su maestro, según él lo había predicho, no ofrecen a la prudencia humana más que rasgos humillantes: y como se les cree que viven sin gloria –Sáb.4-, se les cree que mueren sin honor.

Para combatir, para anular estas perniciosas máximas, no necesitamos, Señor, más que de los grandes ejemplos que nos da Vuestra Majestad. Héroe en todo género, vos supisteis todavía joven merecer los elogios del Alejandro del Norte: pero los que la piedad os prodigó, tocaron más sensiblemente vuestro corazón. Favores y desgracias, todo lo pusisteis al servicio de la Religión; y si, como este santo Rey –S. Luis-, cuya raza vos debíais perpetuar, se os vio a veces menos feliz, no se os vio nunca menos fiel al cumplimiento de vuestros deberes. Es decir demasiado poco, Gran Rey, llevasteis a la práctica el precepto, sin despreciar el consejo: el pupilo abandonado halló en vuestro seno recursos que no habría encontrado en el seno de la familia. La tímida inocencia no precisó más que de su nombre para parecer delante de vos; y la Guardia que vigila las puertas de vuestro Palacio, fue colocada allí solamente para dar a la virtud una entrada más segura y más honorable. El presente no limitó vuestros cuidados generosos: llegasteis hasta las necesidades posibles. Padre tierno en la atención en socorrer a vuestros pueblos, vos fuisteis Monarca en la profusión del socorro; y el ilustre Escribano, que debe transmitir a la posteridad las maravillas de vuestro Reinado, no tendrá otra preocupación que justificar el exceso de vuestra magnificencia.

Pero me doy cuenta, Señor, de que llevado por un tan hermoso asunto, no hablo sino de Vuestra Majestad, y no de mi Libro. En él se trata tan sólo de un sencillo Sacerdote; pero este Sacerdote tan vil, tan despreciable a sus ojos,, fue el modelo de los Pastores, el Padre de los indigentes, el apoyo de los Obispos, el Consejero de los Reyes, el reformador del clero, el intrépido defensor de las decisiones de la Iglesia, el alma de todo cuanto se ha hecho grande para la gloria de Dios, durante su vida. Su virtud se ha erigido trofeos en todas las partes del Universo. Argelia y Túnez resuenan con sus obras grandes: y su nombre tan favorable a los Maronitas, sigue todavía hoy grabado en los cedros del Líbano.

Mas, Señor, lo que más os impresionará, es que de todos los Países, que tratan con Vuestra Majestad, no hay uno solo que haya quedado fuera de la actividad de su celo.

Polonia, donde vos reinaréis para siempre en todos los corazones, le vio bajo Casimiro V, enfrentarse en la persona del más querido de sus alumnos, a los peligros de la guerra y de la peste, arrojarse en Varsovia entre los vivos y los muertos, establecer el orden en Ciudades que un ejército formidable había devastado, enjugar las lágrimas del Ciudadano consternado, y enseñarle a bendecir la mano del quien no castiga, sino para dar lugar al perdón.

Francia que os debe una reina, a la que el adorno de las más amables virtudes coloca a la par con las Clotilde, las Radegunda, las Blanca de Castilla; Francia no posee en su dilatada extensión ni dignidad, ni condición a las que no haya prestado sus servicios señalados. Reyes, Príncipes, Ministros, Obispos, Pastores subalternos, Magistrados de primer rango, Nobles y Pueblo, todos le han tenido como un ilustre Prelado como el Santo del siglo -Sr.Bossuet obispo de Meaux-; y para llegar a este juicio que tantas cosas dice, cada uno de ellos no ha necesitado más que su propia experiencia.

En cuanto a la Lorena, me atrevería a decir, Señor, que no hay en ella ni Villa, ni pueblo, en que su memoria no deba vivir eternamente. Es él quien en aquellos días en los que el Cielo irritado agotaba los vasos de su furor suaviza con esfuerzos prolongados y prodigiosos al más riguroso de sus habitantes. Consoló a sus Sacerdotes en gemidos. Recogió a sus Vírgenes dispersas. Arrancó del seno de la muerte a multitudes de desgraciados que daban ya los últimos suspiros. Desarmó a aquellas mujeres famélicas, que iban en pos de los horrores del último sitio de Jerusalén. Recibió con la más respetuosa distinción a una Nobleza preciosa, a la que no le quedaba de su fortuna pasada más que un sentimiento más vivo de sus desgracias. Finalmente otorgó, y otorgó en las más funestas coyunturas, tantos buenos oficios a los dos Ducados que, para obtener su Beatificación, uno de vuestros más preclaros Predicadores (Carta del Duque Leopoldo a Clemente XI, del 28 de Agosto de 1706) creyó que le bastaba con traerle a la memoria al primero de los Pastores.

Son estos motivos, Señor, los que me han hecho tomarme la libertad de consagraros esta Obra. Al abrigo de vuestro augusto Nombre S. Vicente de Paúl triunfará por segunda vez de los enemigos de su gloria, y su triunfo será siempre el de la Iglesia Romana. Haga el Señor, que sean escuchados por largo tiempo los votos, que expresan sin cesar por la conservación de Vuestra Majestad las dos Compañías instituidas por él. Séame permitido, gran Príncipe, unir los míos también. Por incapaces que sean, tendrá al menos el mérito de la sinceridad y del celo respetuoso con el que seré toda mi vida

Señor, de Vuestra Majestad, el muy humilde y obediente Servidor +++ 

Trad. Máximo Agustín

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *