San Vicente: AYUDA A PARÍS Y A SUS ALREDEDORES (I)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Situación política

Cuando Luis XIII muere (14 de mayo de 1643) está en germen la Fronda con todas sus intrigas y miserias. El nuevo rey tiene cinco años. Comienza una nueva regencia. Luis XIII, la víspera de su muerte, constituye un consejo de regencia en una declaración, firmada por los príncipes, los pares, los ministros y registrada por el parlamento. Su fin es permitir la continuación de la obra de Richelieu, por medio de los ministros que forman parte del con­sejo del reino, y limitar la autoridad de la reina y del duque de Orléans.

La primera preocupación de Ana de Austria es hacer anular esta declaración por el parlamento. El mismo día de esta anula­ción la reina nombra jefe del consejo al antiguo favorito de Rechelieu: Mazarino. Este nombramiento provoca una estupefacción general.

Para hacer aceptar el nombramiento de su ministro, la reina se ve obligada a comprar a la nobleza, concediendo a su alrededor dinero y gracias.

La nobleza «humillada» por Richelieu, reacciona después de la muerte del cardenal y de su rey. Los «grandes» intentan usurpar el poder y satisfacer sus ambiciones. El parlamento quiere realizar su misión de intercesor entre el pueblo y el rey.

Ante las usurpaciones del parlamento y las ambiciones de los grandes, Mazarino va a continuar la obra de Richelieu: mantener la nobleza en la obediencia, retirar al parlamento el derecho, que se arroga, de controlar el presupuesto del estado.

En 1648, la actitud del parlamento se vuelve revolucionaria. En su deseo, quizás sincero, de disminuir las cargas fiscales im­puestas al pueblo, rechaza registrar los nuevos impuestos necesa­rios para pagar los gastos de guerra: excelente medio de hacerse popular y de someter al gobierno real a su disposición. Al mismo tiempo intenta proteger las situaciones adquiridas por los poseedo­res de cargos públicos y defender a los poderes provinciales y lo­cales contra la centralización del gobierno real.

Pasando rápidamente de la oposición a la rebelión y de la rebe­lión a la guerra civil, el parlamento no hará en definitiva más que aumentar la miseria y el sufrimiento del pueblo. Practicando la demagogia, se gana la opinión pública en la lucha llevada contra el gobierno, en razón de sus propios intereses. Persuade a los habi­tantes de París y a los demás franceses, de que las cargas fiscales son excesivas, injustas, inútiles, sirviendo únicamente para la gloria del rey y para el lujo de la corte. En realidad el rey se ve obli­gado a pedir créditos a los financieros y la corte está en la indi­gencia.

Los habitantes de París terminan por sentir afecto y venera­ción por el parlamento. Por uno de sus miembros, Broussel, que hace las proposiciones más ventajosas para el pueblo, este senti­miento se convierte en veneración.

El 26 de agosto, la reina manda encarcelar a Broussel. La ma­sa popular de París se rebela contra esta detención de su «feti­che». Comienzan los días de las barricadas de París (26, 27, 28 de agosto de 1648). Días que hacen aparecer, en crisis general, una guerra civil latente, continuada por el parlamento hasta la paz de Rueil (1 de enero de 1649) y prolongada por los príncipes y no­bles hasta 1653.

Esta rebelión del parlamento obliga a la reina (la noche del 5 al 6 de enero de 1649) a huir de París con el rey, su ministro y toda la casa real a Saint-Germain-en Laye. Para hacer cesar la opo­sición del parlamento y hacer capitular a los parisinos, Ana de Aus­tria, Mazarino y Condé proyectan reducir por el hambre a la capital.

El sitio de París comienza. Los combates entre las tropas rea­les y las tropas de los jefes de la Fronda se convierten en luchas sangrientas. El bloqueo rígido de la capital, impide asegurar el abastecimiento de los parisinos y enrarece los víveres en el mercado. El precio del pan no cesa de subir y los campesinos pasan du­rante la noche, a escondidas, para ir a vender su trigo a precios desorbitantes.

En París, después de la salida de la corte, cesa todo trabajo. Para colmo de males, el Sena se desborda, destruye puentes y ca­sas, inunda las calles y los habitantes más pobres se ahogan. La miseria aumenta y el parlamento se ve obligado a suprimir el pago de la renta del tiempo de pascua a todos los inquilinos parisinos. Los ricos pagan también las consecuencias, y si pueden conseguir un poco de pan, a precio de oro, están expuestos a otros peligros, especialmente, los sospechosos de ser partidarios de Mazarino.

El bloqueo aumenta el furor de los parisinos contra la reina y Mazarino. En los alrededores de París los sufrimientos de los ha­bitantes son aún mayores, al tener que soportar las atrocidades y el saqueo de los mercenarios del rey, dirigidos por el conde de Erlach y acantonados en los pueblos

Después de dos meses de sitio, Condé reconoce que no puede, con 12.000 hombres, apoderarse de París, ni siquiera bloquearlo to­talmente, ni reducirlo por el hambre. Por añadidura las dificultades que provienen de la falta de abastecimiento de víveres, no hacen sino exasperar a los parisinos contra la corte y justificar su posi­ción de resistencia.

El parlamento, consternado’ por el drama que provoca, desea firmar la paz. La corte, que teme una guerra civil, provocada por los parlamentos de las provincias, aguarda la ocasión favorable pa­ra entrar en conversaciones con el parlamento de París.

Desde el 26 de febrero, la corte y el parlamento negocian acer­ca de las condiciones de la paz. Los dirigentes de la Fronda inten­tan, por todos los medios, interrumpir estas conversaciones. El 11 de marzo llegan incluso a prohibir a Molé reanudar las negocia­ciones. Sin embargo, este mismo día, Mateo Molé, primer presi­dente del parlamento de París, firma la paz.

El tratado de paz se registra solemnemente en el parlamento el 1 de abril de 1649. Los grandes de los dos partidos obtienen de la corte el precio de las reivindicaciones exigidas para llegar a la paz. Excelente comercio para todos ellos. Una vez más el pueblo no obtiene nada después de haber luchado y pasado hambre. En realidad es el único que paga los gastos de esta rebelión fracasada.

Acción de Vicente de Paúl

Vicente de Paúl, que no piensa más que en servir a los pobres, decide ir a encontrar a la reina. Acompañado del hermano Ducourneau, su secretario, sale de París el 14 por la ‘mañana. Se va de París «con el deseo de prestar algún pequeño servicio a Dios». Por la mañana, se entrevista con la reina y Mazarino en Saint-Germain-en Laye. ¿Les habla duramente? Se puede sospechar que fue así, puesto que él mismo se acusa de haber fracasado en su embajada por su falta de serenidad.

El servicio que Vicente de Paúl quiere prestar a los parisinos es mal interpretado por los dos partidos. Los partidarios de la Fronda, con el pretexto de inspeccionar la casa de Saint-Lazare, la requisan y saquean: excelente botín bajo pretexto de motín». Al no poder entrar en París, Vicente decide pasar la visita a las casas de la Congregación de la misión.

«Si la providencia» le aleja de la capital, quiere estar pre­sente en ella por los consejos dados a los misioneros y a las Da­mas de la Caridad en orden a organizar la caridad. El «pequeño servicio» que Vicente había querido «prestar a Dios» yendo a Saint-Germain, se lo quiere ofrecer ahora al pueblo, hambriento, desconcertado, víctima de la violencia. Para suscitar el impulso caritativo de las Damas de la Caridad, no teme escribirles y pre­guntarles si han «resistido hasta verter sangre, o al menos, si han vendido una parte de sus joyas».

Vicente de Paúl no tiene necesidad de soñar, como la mayoría de los hombres, para obrar. Le es suficiente comprobar ‘la necesi­dad y la miseria de los pobres para despojarse de lo que posee. En el momento en que «los disturbios inquietan los espíritus y dis­minuyen el fervor de la caridad» él toma decisiones claras, com­prometidas. Quiere mostrar a todos que lo importante, es salvar a quienes se encuentran en peligro de muerte a causa del ham­bre. Puesta su esperanza en Dios, encuentra la alegría de com­partir, todos los días, lo que posee con 2 ò 3.000 pobres. Des­pojado de lo que tiene, encuentra en este despojo el buen agrado de Jesucristo.

Vicente continúa su camino a través de varios incidentes y no falta, incluso, quien le amenaza con la muerte. Mientras visita las casas de sus misioneros y de las Hijas de la Caridad, piensa «en las miserias públicas y privadas de París». Desea y «ruega a nues­tro Señor Jesucristo» que sea él mismo la fuerza y el consuelo» de los que sufren. Este hombre de Dios y este amigo de los hom­bres, llega a la ciudad de Richelieu. París se resiente de su ausen­cia. Luisa de Marillac, que quizás tiene más necesidad de él que los demás, le escribe el 6 de abril de 1649: «Tenemos una gran preo­cupación por saber dónde está y cuál es su situación. Suplico a la bondad de Dios que su estado de ánimo y sus asuntos, relativos a su comunidad, le permitan venir pronto. Se requiere su presencia en París para las obras de caridad. La señora presidenta de Lamoig-non, especialmente, le suplica que venga pronto».

Durante su estancia en la ciudad de Richelieu recibe órdenes de la reina. Concluida la paz, Ana de Austria le «manda varias veces venir a París». Vicente «ruega a su majestad que le permita con­tinuar su viaje» para terminar la visita proyectada de sus comu­nidades. Sin embargo, «se somete a la opinión del padre Lambert, de la duquesa de Aiguillon, de Luisa de Marillac… que ven las ne­cesidades de París». Una vez más la necesidad de los otros de­cide el ritmo de su vida y de sus proyectos.

El sacerdote, que se había comprometido a buscar la paz la mañana del 14 de enero, vuelve a París el 13 de junio de 1649. Vicente de Paúl entra en Saint-Lazare que se encuentra saqueado, desorganizado. La miseria, producida por la confusión de estos meses de guerra, y la indigencia presente le impiden ayudar, como quisiera, a estas miserias ambulantes.

En medio de estas desgracias, Vicente trata de «preocuparse más de extender el imperio de Jesucristo» que de hacer fructificar sus posesiones. «Preocupémonos de sus asuntos, él hará los nues­tros —escribe el 7 de enero de 1650 al padre Santiago Chiroyer, su­perior de Lucon—, y honremos su pobreza, al menos por nuestra moderación, ya que no lo hagamos por medio de una completa imi­tación».

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