San Vicente: Amigo de los pobres: años sin historia (1581-1600)

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Author: Martiniano León .
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Los años de la infancia

La etapa menos conocida en la vida de Vicente de Paúl es, sin duda alguna, la de su infancia. En esto, coincide con casi todos los grandes hombres.

Años de infancia. Años sin historia. Y, en realidad, ¿quién po­día estar interesado en ir consignando, día tras día, las insignifi­cantes acciones de un muchacho campesino?

Los años iniciales de la vida de Vicente de Paúl están llenos d lagunas históricas. Todo nos parece tan inseguro como el en­charcado suelo de sus Landas nativas. Fallas por doquier.

A falta de documentación histórica, seguiremos discutiendo, por ejemplo, el cuándo y el dónde del nacimiento de Vicente. La base son unos inseguros y escasos puntos de apoyo. Insuficientes, desde cualquier punto de vista, para estabilizar un andamiaje.

También, es posible que este halo de misterio haga que la fi­gura de Vicente nos resulte más atractiva.

La identificación

Louis Abelly es el primer biógrafo de San Vicente. Conoció, personalmente, al santo. Pues, Abelly asegura que Vicente de  Paúl nació en Pouy, el 24 de abril, un martes de Pascua, de
1576.

Sin embargo, la afirmación no es aceptada por otros estudiosos que aducen sus argumentos para demostrar que el nacimiento de Vicente de Paúl fue en 1581 o en 1580.

Una ininterrumpida tradición, que viene desde Abelly, sostiene que Vicente de Paúl era francés, natural de Pouy, pueblito cer­cano de Dax, en las Landas de Gascuña.

Se cree que, en su bautismo, el nombre de Vicente le fue im­puesto como una marca de familia. Siempre tuvo gran devoción a San Vicente de Zaragoza, a San Vicente de Saintes, primer obispo de Dax, y a San Vicente Ferrer «del que hablaba a los misioneros con gran entusiasmo».

Pouy es conocido, hoy, con el nombre de «San Vicente de Paúl». Un elegante pueblito frecuentado por veraneantes y jubila­dos. Pero, hace cuatro siglos, era una miserable aldea situada en los pantanosos terrenos de las Landas. Marismas, arenales y charcos.

En uno de los caseríos, en el de Ranquines, vivía el matrimo­nio Juan de Paúl y Beltrana de Mora. La casa, que, ahora, se nos presenta como el «berceau de Saint Vincent», tiene muy poco del original local. Es verdad que ocupa casi la misma área geográfi­ca. Incluso, se conserva una vieja encina, que es «testigo perenne de la devoción mariana de Vicente de Paúl». Una encina, cuyo corazón es de cemento hoy. Vive por la corteza. En ella, instaló el pastorcillo Vicente una estatua de la Virgen. Y, diariamente, acu­día a rezar.

Los De Paúl eran campesinos. Pero, campesinos libres. Pro­pietarios de su heredad. Es decir, que no eran arrendatarios ni co­lonos. Dueños de un pedazo de tierra de labranza; de un trozo de bosque para el pasto de ganados; de una casa; de una granja con variedad de animales. En fin, una familia labradora que podía vi­vir «honesta y pasablemente».

El tercer hijo de una familia campesina

Para 1581, año en que nace Vicente, la familia De Paúl tiene, ya, dos hijos. El recién nacido llega a ocupar el lugar tercero. Más tarde, se agregaron otros tres. Seis hijos, en aquellos tiem­pos, no eran un número excesivo para una familia de labradores. Constituían «la sólida y patriarcal» familia de campo, donde el esfuerzo de cada miembro debía aportar algo a la economía fa­miliar. Entre los campesinos, tan pronto como el niño llegaba a cierta edad, ya se le asignaban algunas ocupaciones acordes con sus capacidades. A Vicente se le encomienda el cuidado del re­baño. «Yo he guardado animales» repetiría San Vicente con cier­ta frecuencia.

Cuidar las ovejas, las vacas o los cerdos era un aporte no des­preciable para una familia rural. Y Vicente lo hacía de lo mejor: Quería a las ovejas y las ovejas le querían a él. Las llamaba por su nombre. Las llevaba a pastos agradables. Su preferida era la oveja «mariposa»: blanca, lanuda, cariñosa. Siempre le acompa­ñaba. Para ella, era el mejor manojo de hierbas. La oveja «mari­posa» era la madre de casi todos aquellos corderitos. Pero, de pe­queña Vicente se la había cargado sobre los hombros. Para distin­guirla mejor, la había comprado una esquila. Una esquila de plata era la que él quería. Pero con treinta sueldos… ¿Qué podía com­prar?

Vicente pensaba recomendar la oveja «mariposa» a Gayo, su hermano menor, cuando este se hiciera cargo del rebaño. Le indi­caría, también, dónde había abundante pasto. Porque ser un «buen pastor» no era nada fácil. Suponía sus sacrificios: Había que desplazarse con el ganado en procura de la buena hierba. Los rebaños de De Paúl llegaron hasta Montgaillard. ¡Más de cin­cuenta kilómetros de distancia desde Pouy! «Lo conozco bien; de niño yo guardaba animales y los llevaba hasta ese lugar.» Así que, había que temperar al aire libre porque no era posible regre­sar al anochecer.

Esa fue la vida de Vicente hasta los quince años. «Soy el hijo de un pobre labrador y he vivido en el campo hasta la edad de los quince años.» No es de extrañar que el ambiente campesino dejara algo en sus recuerdos. Siendo ya una persona madura, les decía a las Hijas de la Caridad que fueran como las «buenas al­deanas». Posiblemente, en su imaginación, estaba la figura de la madre:

«Vuelven fatigadas de su trabajo a la casa, para tomar un li­gero descanso, cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de ba­rro; pero, apenas llegan, tienen que ponerse, de nuevo, a tra­bajar si hay algo que hacer; y, si su padre o su madre las mandan que vuelvan, en seguida, vuelven sin pensar en el cansancio ni en el barro, y sin mirar cómo están arregladas.»

Otras veces, hará referencia a las sencillas costumbres de la gente aldeana:

«En el país de donde yo procedo, se alimentan con un pe­queño grano llamado mijo, que se pone a cocer en un puche­ro; a la hora de la comida, se echa en un plato y los de la ca­sa se ponen alrededor a tomar su ración y, después, se van a trabajar.» «La mayor parte se contenta, muchas veces, con pan y sopa aunque trabajan incesantemente y en trabajos fa­tigosos.»

La leyenda «áurea»

Los biógrafos de San Vicente, como los de casi todos los san­tos, se han empeñado en resaltar que, ya desde niño, Vicente de Paúl daba señales de una santidad sólida e inteligente:

«Los testigos encuestados por encargo de Abelly, recordaban que el niño, cuando iba al molino, abría el saco de harina y repartía puñados de ella a los pobres que encontraba por el camino, lo que su padre, «que era un hombre de bien, no lle­vaba a mal». Otras veces, les daba parte del pan contenido en su zurroncillo de pastor; y, en una ocasión, habiendo lo­grado ahorrar hasta treinta sueldos se los entregó íntegros a un mendigo que le pareció especialmente necesitado.»

La opinión del P. José María Román, al enjuiciar estos he­chos, es muy admisible:

«Nada hay en esos relatos que obligue a desconfiar de su ve­racidad. En el fondo, los actos caritativos atribuidos a Vicente niño no pasan de ser la respuesta dócil, de un corazón in­fantil y generoso, a la educación recibida en el seno de una familia cristiana. El mismo ambiente explicaría, también, otros rasgos piadosos atribuídos, por la tradición, al pastorcillo Vicente: Sus frecuentes visitas a las ruinas del viejo san­tuario de Nuestra Señora de Buglose o la colocación de una imagen de María en el hueco de una encina plantada en me­dio del «airial» paterno para ofrecerle, ante ese improvisado oratorio, el homenaje de sus plegarias».

Los estudios

En el terreno intelectual, hay que resaltar que el joven Vicente se destacaba por su espíritu despierto. Su padre decidió hacerle estudiar. ¡Es bueno que tenga una carrera!

En la vecina ciudad de Dax, los Padres franciscanos regenta­ban un internado. Los gastos no eran elevados. Sin embargo, se convertían en un gravamen si debían ser pagados por una familia de labradores. El calculador campesino se sentó a hacer sus cuen­tas: ¡Vale la pena! Mi pariente, con las rentas de un beneficio, ha mejorado ostensiblemente la economía de su familia. Haremos el sacrificio. Venderé un par de bueyes para sufragar los gastos. Aguardaré hasta terminar el verano.

Emparejó el buey manso con el buey viejo. Agarró la vara de arrear; se colocó detrás de la pareja y, camino de Dax. Pausada­mente. Tras los bueyes. Había salido con tiempo. Buscó un punto llamativo en el mercado. Escogió un cruce. ¡Que se vean bien es­tos bueyes! Están limpios, lustrosos, cebados… Todavía, pueden trabajar. A punto, estuvo de regresar a casa con su mercancía. Pe­ro, necesitaba el dinero.

A la vuelta, habló bien de la feria; a él, le había ido bien, Ca­minó apoyado en la vara de arrear. Caminó contento. Dejó caer la bolsa de monedas sobre la mesa para que la vieran Beltrana y los muchachos. Pensó en el chico; en los bueyes… Casi se le cae una lágrima.

Vicente de Paúl tenía ya sus quince años. Era tiempo de tomar la decisión. ¿Para qué tardar más? Al comienzo del curso, Vicente y su padre llegaban a las puertas del convento de los francisca­nos de Dax.

Poco tiempo pasó el chico en el internado. La precoz inteli­gencia del muchacho atrajo el interés de un protector: El señor Comet, abogado de Dax y juez de Pouy. Por tanto, conocido de la familia. Requirió, del padre de Vicente, que el joven ingresara en la casa en calidad de preceptor de sus hijos.

Dos motivaciones alegaba: Vicente podría ganar sesenta li­bras y pagarse sus estudios. Él ayudaría al joven para que prosi­guiera «la carreta eclesiástica». Convenció al viejo labrador y, así, se hizo.

También hay una leyenda «negra»

Mientras vivió en Dax, Vicente de Paúl se debió codear con otros jóvenes pertenecientes a familias más distinguidas que la suya. Como consecuencia, empezó a sentirse desgajado del tron­co familiar. Lo sabemos por dos anécdotas.

«Me acuerdo de que siendo muchacho, cuando mi padre me llevaba con él a la ciudad, como estaba mal trajeado y era un poco cojo, me daba vergüenza ir con él y reconocerlo como mi padre ¡Miserable de mí! ¡Qué desobediente fui!»

«… en el colegio en que yo estudiaba, me avisaron de que me llamaba mi padre, que era un pobre aldeano. Yo me negué a salir a hablarle, con lo que cometí un grave pecado».

Junto a aquella leyenda «dorada» del corazón generoso y des­prendido del Vicente caritativo, hay que colocar esta leyenda «ne­gra» del rebelde y orgulloso adolescente. Solamente, en la mez­cla, se irá perfilando la silueta humana de ese hombre extraordi­nario que será el futuro San Vicente de Paúl.

La decisión de ser sacerdote

Ya lo hemos apuntado. El señor Comet tuvo mucha importan­cia en la toma de esta decisión. Conocemos, de una manera cierta, que, en 1596, recibe la tonsura en Dax. Ingresa, por tanto, en el número de los clérigos. Al poco tiempo, recibe las llamadas «órdenes menores». Con ello, da los primeros pasos requeridos en esta carrera hacia el sacerdocio.

Con el deseo muy claro de ser sacerdote «para conseguir un beneficio eclesiástico», inicia sus estudios universitarios. Tiene como objetivo graduarse en teología. Escoge, como medio, la universidad de Zaragoza: ¿Por qué tiene fama de ser excelente? ¿Por qué no le queda distante de su lugar de nacimiento?… Lo se­guro es que estudió en Zaragoza aunque por un corto tiempo. Collet es el que hace la observación:

«No podemos precisar si el viaje que hizo a Aragón (Zarago­za) precedió al comienzo de sus estudios en Toulouse. Lo que es seguro es que estudió, por algún tiempo, en Zaragoza, pero su estancia, allí, no fue larga.»

Posiblemente, la muerte de su padre fuera la causa. Su padre fallecía cuando él, todavía, no había culminado el primer curso universitario.

En su testamento, el difunto disponía de ciertas mejoras en fa­vor de su hijo Vicente a fin de que pudiera culminar los estudios. Nunca él quiso hacer valer estas pequeñas ventajas que aparecían como la postrera voluntad de su padre.

Estudiante – Profesor

Estamos insinuando una sospecha, pero no sabemos cuál fue la verdadera razón por la que Vicente se traslada a estudiar desde Zaragoza hasta Toulouse.

El hecho es que aparece cursando estudios en la universidad de Toulouse. Lo hace, además, de una forma muy singular: Siendo estudiante y profesor.

Hoy día, es común hacer eso. Muchos estudiantes compagi­nan estudio y trabajo. Vicente tenía una razón: La experiencia ad­quirida en el internado de Dax y en la casa de Comet.

Se decidió a abrir un pensionado. Una residencia para cole­giales. Sin esforzar mucho la imaginación, podremos internamos en el hombre, que es Vicente de Paúl. Los días enteros los emplea en el trabajo. Las noches se le hacen cortas para preparar sus ta­reas. Tiene que aprovechar el momento de descanso de los pupi­los. No dispone de otro tiempo.

El pensionado estaba establecido en Buzet-sur-Tarn. Relativa­mente cerca de Toulouse. Por medio de una carta que escribe a su madre, sabemos que funcionaba muy bien. Por eso, cuando deci­de trasladarse a Toulouse para proseguir totalmente los estudios, algunos pensionistas se marchan con él.

No debe extrañarnos que, con una existencia tan dura, Vicente de Paúl piense en ordenarse sacerdote cuanto antes.

1600, año de su ordenación sacerdotal

Aprovechó las vacaciones escolares. El 23 de septiembre, re­cibía el presbiterado. Llegaba a la última etapa de su carrera. To­caba techo. Era sacerdote. Se acabarían sus penurias. Con la orde­nación sacerdotal, podía adquirir un «beneficio eclesiástico» y vi­vir holgadamente. Ayudaría, además, a su pobre madre que bien se lo merecía.

En ello, no hay ninguna aspiración extraña. Al contrario, se trata de manifestar los deseos espontáneos de un hombre que aca­ba de culminar, con muchos esfuerzos, sus estudios.

Sin embargo, nos llaman la atención algunas circunstancias que se conjugan con el hecho de su ordenación: Lo hace en una diócesis que está bastante lejos de donde ha nacido y de donde, actualmente, reside. Se busca un obispo que no le conoce. Le confiere el Sacramento el anciano Francisco de Bourdeille, obis­po de Perigueaux.

Y, a uno se le ocurre preguntar: ¿Por qué fuera de la diócesis donde vive o de la diócesis donde ha nacido? ¿Por qué donde na­die le conoce? ¿Por qué de manos de un obispo anciano y casi ciego que se muere a los pocos meses?

La fecha de la ordenación es uno de los pocos datos ciertos en esta «etapa sin historia» de la vida de Vicente de Paúl. Por tanto, en tomo a ella, como si fuera un eje, giran las puertas que nos permitirán acercarnos a otros acontecimientos.

Es «histórico» que Vicente de Paúl se ordena de sacerdo­te el año 1600. Partamos de este dato. Echemos el tiempo pa­ra atrás. Si, como es de suponer, recibe el sacerdocio a los venticuatro años, tal como estaba estipulado por los decretos del Concilio de Trento, Vicente debió haber nacido el año 1576. Este es un argumento fuerte para defender esa hipóte­sis.

Pero, resulta que las cosas no son tan precisas. Los decretos de Trento no se hacen efectivos, en Francia, sino hasta 1615. Por tanto, no obligan en el momento en que Vicente de Paúl recibe el sacerdocio. En consecuencia, el requisito de una «edad canónica para la ordenación» pudo, muy bien, no ser respetado. Se dieron muchos abusos. Digamos, pues, que Vicente de Paúl pudo recibir el presbiterado en una edad «extracanónica» a los veinte años, por ejemplo.

¡Que los especialistas confronten datos! A nosotros nos in­teresa saber cómo era el Vicente de los veinte años. Existen unas palabras suyas que podrían considerarse como un autorre­trato:

«Un joven, después de estudiar la filosofía y la teología, des­pués de los estudios menores, con un poco de latín, se mar­chaba a una parroquia y, allí, administraba los sacramentos a su manera.»

Es probable que, a sus veinte años, Vicente viera en el sacer­docio un «modo de vida» y no una vida.

«Son desgraciados aquellos que entran en el estado sacerdo­tal por la ventana de propia elección y no por la puerta de la verdadera vocación. Sin embargo, es grande el número de aquellos, ya que miran el estado eclesiástico como una con­dición tranquila, en la que buscan, más bien, el descanso que el trabajo.»

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