Capítulo III: El Sr. Pouget y la crítica religiosa (cont.)
V. El principio del desarrollo
Cuando los documentos que ha conservado el trabajo crítico han sido correctamente situados en el tiempo, entonces se puede estudiar el desarrollo de las ideas, de las creencias o de las instituciones. Lo que entonces interesa a la crítica es saber si las fases posteriores de estas series temporales son sustancialmente conformes a las fases posteriores y originales, en qué medida ha habido progreso o por el contrario regreso, sobrevaloración o corrupción – en suma, si estamos en presencia de una pura evolución o bien al contrario de un desarrollo propiamente dicho, bien sea progresivo o simplemente explícito. Esta idea recibe aplicaciones numerosas en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
El método del mínimum habría podido producir resultados desoladores en quien no hubiese tenido el espíritu de profundidad. Si es difícil de manejar, no es sólo por estos hábitos de sobrevalorar que henos contraído, es ante todo porque, para percatarnos de las verdades contenidas en ese mínimum original y esencial, debe tener la visón entrenada: le hace falta, entre otros conocimientos numerosos, lo que yo llamaría el sentido de lo implícito. El Sr. Pouget había adquirido el singular poder de ver en un texto o en una práctica todo lo que se encontraba implicado o presupuesto en ellos, por consiguiente cuanto de allí podía concluirse. Sabemos que su método corriente era de aferrarse a un punto sólido y fijo, conocerlo bien en sus aspectos, sus principios y sus sobreentendidos, volver a examinarlo, palparlo para extraer las consecuencias una a una. En ello, su espíritu caminaba al unísono con el objeto de su estudio, lo que es un favor nada común.
Todo sucedía en efecto a sus ojos como si en todos los dominios, y particularmente en el curso de la revelación, Dios hubiera confiado al hombre en un principio ciertas semillas de pensamiento, que se habían exteriorizado a continuación adquiriendo forma. Dios, pensaba él, llama al hombre al trabajo: le ofrece datos, de los que el hombre saca, según su trabajo, puntos de vista cada vez más ricos. El método del mínimum estaba pues íntimamente unido a lo que llamamos con Newman el principio del desarrollo. Estas palabras no se hallaban en el vocabulario del Sr. Pouget, pero veremos en qué sentido hubiera completado y corregido a Newman, y cómo nos indican las muchas direcciones constantes de su pensamiento.
Así es cómo por otra parte explicaba, en su trabajo de 1903, los caminos de Dios:
El Espíritu Santo, autor principal de la Escritura, habría podido manifestar al mismo tiempo y en su plenitud el contenido de la revelación judeo-cristiana, si esta revelación sólo fuera un aporte de verdad superior y no ya también, quizás más, una educación de nuestra especie, que llega a su perfección propia sólo a pasos insensibles: la excepción que constituyen algunas personalidades destacadas no es contraria a esta ley de la lentitud. Dios mueve a la humanidad, como todas las cosas, según la clase de naturaleza que le ha dado De ahí las largas preparaciones patriarcales que confluyeron en el mosaísmo, y la expansión bastante lenta de éste último, que tiene por término el cristianismo.
Con frecuencia, según la práctica normal del lenguaje, se ve este desarrollo como un conjunto de adiciones sucesivas a lo que precede. Pero se trata de imágenes mecánicas que son engañosas. Nos sugieren equivocadamente un trabajo de superficie y totalmente exterior, así como la imagen de fuerzas que actuaran sobre todo a saltos. Un germen, sin embargo, va creciendo siempre por introsuscepción; la formación tiene lugar en toda la masa y hasta en las partes más íntimas: es el trabajo de la vida, poderoso a pesar de la lentitud, porque siempre está en acción.
Mas este desarrollo de la revelación se realizó de dos maneras, de las cuales sólo la segunda está a nuestro alcance. Primero este trabajo se realizó en las multitudes a las que iba dirigida la revelación y, hasta se podría decir, en cada alma en particular. Pero también se realizó en los escritos de los profetas, y se deja ver como insinuado en los libros en los que la revelación fue consignada parcialmente.
En efecto, el desarrollo de la verdad revelada dejó rastros en la Escritura, de los que se han compuesto sucesivamente los libros, sobre todo los del Antiguo Testamento, durante un largo periodo de tiempo, y antes de que se manifestara la totalidad de la verdad sobrenatural. Se puede afirmar que solamente en los documentos escritos se nos han podido conservar los rastros de este desarrollo. Ya que todas las capas antiguas y nuevas de los aportes de la revelación total se confunden enseguida en un todo homogéneo en la tradición oral y en la enseñanza actual y viva de la autoridad religiosa.
De todo esto resulta que la Escritura se puede comparar, en sus diversas partes, a los diversos trabajos de un mismo autor cuyo pensamiento, excelente por otra parte, se ve constantemente modificado y siempre mejorando, desde que comenzó a escribir: sus últimos trabajos, sin contradecir a los más antiguos, podrán en caso de necesidad añadir algo, explicarlos, completarlos, a la par que no recibirían de ellos nada a cambio.
Para estudiar este desarrollo admirable es preciso disponer de una serie de documentos escalonados en el tiempo y correctamente fechados. La primera operación necesaria a esta inteligencia de la revelación en marcha es por tanto una cronología de la Escritura. Y no es una cosa nada fácil: lo mismo que el código llamado código de Napoleón o código civil encierra, con las innovaciones imperiales, las costumbres de la monarquía, algunos textos de Justiniano y hasta algunos edictos de los pretores, así mismo algunas colecciones bíblicas atribuidas a un autor principal son colecciones de documentos: algunos pueden ser más antiguos que el autor principal que los habrá compilado, adaptado y presentado; otros pueden haber sido escritos mucho más tarde bajo su influencia o también a imitación suya, otros finalmente pueden haberle sido atribuidos al cabo de siglos de intervalo, puesto que era una costumbre literaria y jurídica del Antiguo Oriente atribuir a un autor antiguo y venerado disposiciones recientes cuya autoridad se aumentaba de esta manera a los ojos de las multitudes a cuya salvación iban dirigidas. Así sucede que un libro, que parece un bloque a una mente no perspicaz, se fragmenta en varias fuentes de documentos escalonados en el tiempo y cuya fecha aproximada se puede fijar por criterios convergentes. Este trabajo permite dar a conocer con una certeza suficiente el hecho del desarrollo religioso.
El Sr. Pouget había estudiado el desarrollo en Israel con un cuidado particular, y se habría podido llegar por sus escritos a este ensayo sobre el desarrollo de la religión judía, que presupone Newman, pero que no escribió por falta de recursos.
Había establecido desde este punto de vista la sucesión de las profecías mesiánicas. En primer lugar había rechazado textos en los que se vio más tarde mesianismo porque «se quería ver» (así Gen., XLIX, 10); o también textos que no eran necesariamente mesiánicos (así II Sam., VII; Is., IX, 5-6). Pero, hecha esta purificación, demostraba que las promesas de los patriarcas se habían conservado en Israel, mientras Israel había permanecido tranquilo en su suelo; que se habían puesto a meditarlas y a explicarlas bajo los ataques venidos de fuera y durante el gran peligro; que entonces había cuajado sobre todo la idea de una revancha resonante que reuniría a todas las naciones en Jerusalem; que tras el exilio, a pesar de las tristezas del regreso, se habían mantenido estas mismas esperanzas: quedaban en los corazones, espirituales en unos, terrestres en los otros, según las excelencias de las almas; que, sin desprenderse del todo de estas vistas carnales, el mesianismo se vislumbra cada vez menos en ellas; que se le ve hacerse interior en Jeremías y Ezequiel, completo en calidad y extensión en la segunda parte de Isaías quien nos presenta al gran Siervo sufriendo por los pecados de su pueblo; que en fin Daniel representa al Mesías como el fundador del reino de los Santos, que será el reino de los cielos del Evangelio: estamos ya en presencia de un mesianismo espiritual y universal y que no puede recibir otra plenitud que su cumplimiento. El Sr. Pouget notaba de paso que estos «profetas escritores no hacen tesis; hablan de Mesías cuando se hace presente en su pensamiento. Es una especie de presentimiento que, arrancando de todos los rincones de Israel, ha apuntado alto y con tino, como lo prueban los hechos posteriores».
Pero esta idea de expansión no la limitaba a lo que se llama comúnmente las profecías. Mostraba que este mismo movimiento siempre ascendente a pesar de los periodos momentáneos de parada y de regresión, caracterizaba la historia interior de Israel, y que en él se podía advertir, en todos los terrenos, un progreso regular de la conciencia humana. Debemos reducirnos aquí a mencionar sus estudios concretos en que estas expansiones diversas son estudiadas cuidadosamente, aunque todavía de manera bien resumida y bien elíptica. El Sr. Pouget había analizado en un primer artículo el progreso de la idea de Dios y de la idea del hombre, tanto en esta vida, como después de su muerte; en un segundo artículo el progreso de las ideas y de las prácticas que se refieren a las relaciones mutuas de Dios y del hombre (idea de la Providencia, de la moral familiar; paso del culto exterior al culto completo; progreso de la enseñanza religiosa; progreso de la moral personal). Finalmente, un tercer artículo trataba de las relaciones de los hombres entre ellos, es decir de la moral propiamente dicha (protección de los pequeños, esclavitud, protección de los acusados; relaciones con los extranjeros, relaciones con los otros pueblos, problema de lo prohibido).
Desde este punto de vista podía renovar hasta ciertos problemas de exégesis, y esto es lo que le había permitido arrojar un poco de luz sobre el Cantar. Lo que le interesaba de estos seis cortos capítulos no era tan sólo ver en ellos, después de Renan y varios otros, los elementos de un pequeño drama campestre; sino que era ver a una joven campesina, fuerte y pura, aunque todavía un poco ingenua y un tanto traviesa, resistir al honor. Que un santo autor haya podido escribir un libro sobre este tema era señal de un verdadero refinamiento del sentido de la igualdad y de la libertad de las personas. También pensaba el Sr. Pouget en una fecha bastante reciente: el Cantar era el término de este desarrollo. Después de poner a la mujer en el mismo plano que al hombre. Después de haberla liberado de la esclavitud en la que se hallaba primeramente con respecto al marido, su señor, después de neutralizar la poligamia y el divorcio contrario al plan primero y al espíritu original, – la clase selecta de Israel había entrevisto por fin que el matrimonio está fundado sobre el amor mutuo que aquellos se dan el uno al otro para siempre, por humilde que sea su condición, por corta que sea su edad, porque así lo quieren ellos.
La conclusión era fácil de sacar. El Sr. Pouget veía en Israel el medio de elevarse poco a poco con velocidades desiguales, pero sin retroceso y sin parada, bajo la acción de los hombres de Dios, «hasta ponerse a la altura del umbral del Evangelio, en el que, ya desde entonces, se vieron introducidas las inteligencias y las voluntades rectas». Nos encontramos aquí, continuaba diciendo, en presencia «de un hecho señalado y que la historia no nos muestra más que en Israel. En todas las demás partes, en materia religiosa, o bien se fracasa, o se estaciona uno en el sitio o, si se intenta levantarse, es para volverse a caer: sólo en Israel comenzó el progreso, avanzó, alcanzó su meta».
De esta forma, para el Sr. Pouget, el efecto que explicar no era tal o cual milagro particular transmitido por la Tradición y consignado en los Libros Santos; era este gran acontecimiento difundido a través de los siglos e incuestionable para el historiador moralista, el acontecimiento del desarrollo de las conciencias. Poco importaba en estas condiciones que tal historia estuviese mezclada de leyenda, que tal fecha fuera errónea, que tal detalle fuera falso. Poco importaba que la Biblia fuera menos antigua de lo que se había creído en un principio. Lo que importaba es que, al utilizar fuentes exteriores o extranjeras, las hubiera limpiado de todo error religioso, como se ve claramente al comparar el mito babilónico de los orígenes y del diluvio con el relato bíblico; y era después de que no hubiese habido nunca regresión en la doctrina, ni decaimiento en las esperanzas; por fin era que el progreso de las conciencias se había cumplido, lo que define la verdadera civilización. Pero ya tendremos ocasión de volver sobre estos puntos.
Este avance se proseguía, según el Sr. Pouget, con diferencias que pronto indicaremos, en el interior del Nuevo Testamento. Sea suficiente aquí notar el principio que regulaba su exégesis: él consideraba por una parte las epístolas de Pablo y los escritos de Juan, por otra los evangelios sinópticos, en particular el de san Marcos. Era en esta fuente primera, en este germen donde él trabajaba con predilección. Prefería estos evangelios y sobre todo los pasajes más primitivos que descubría en cada uno de ellos. Era el sedimento sobre el que se había levantado el resto. Era el resumen o la muestra de la predicación hecha al pueblo, de la predicación hablada puesto que era producto de la experiencia de los primeros testigos y sin ninguna intervención de la reflexión, sólo con esos pequeños arreglos necesarios para transformar un recuerdo vivo y profundo en un relato comunicable y útil. Allí se podía encontrar el eco de las palabras mismas de Cristo encarnado a los fieles comunes; las que los pobres habían debido recoger muy temprano y habían recopiado finalmente mal que bien y distribuido en rollos (lo que había constituido la fuente de esas colecciones de logia de que nos habla Papías y que leemos en san Mateo) – y que estaban ligadas y referidas a un hecho, las que se grababan por sí mismas en la memoria que retiene los actos y que se hallaban en abundancia en la predicación de Pedro de quien era intérprete san Marcos.
Son estas palabras y estos hechos (estas palabras operantes, estos hechos significativos) los que él recogía en su memoria amorosa y repetía sin cesar, comparaba, ampliaba, ahondaba en medio de su noche y de sus oraciones. Y luego, volviéndose a «Pablo» y a «Juan», esos grandes teólogos inspirados, se encontraba en sus escritos con la expansión de las humildes sentencias de Jesús o de sus acciones sorprendentes. Veremos pronto este método en práctica cuando expongamos las pruebas de la divinidad de Jesús. En estas materias su palabra preferida era el adverbio equivalentemente. «Los más hermosos pasajes paulinos y joánicos no nos enseñan nada que no sepamos ya».
Pero el principio de la expansión recibía también una aplicación bien interesante: hemos visto cómo ayudaba a comprender el nacimiento de la Teología. Veamos cómo ayudaba a comprender que la Iglesia y sus sacramentos habían salido de las manos de Cristo, sin que tuviera que fijar explícitamente las formas, el uso y los modos. Ahí es donde el adverbio equivalentemente aportaba sobre todo su luz.
Cristo fundó una sociedad jerárquica: estableció la Iglesia, o reino de Dios en el tiempo, como una sociedad en la que se ha de entrar cuando se la conoce y en la que se ha de perseverar si se quiere llegar al Reino de Dios en la eternidad. A los primeros guías de esta sociedad se confió una autoridad imperecedera que, sin separarse jamás de su fuente divina, puede y debe, por delegación y subordinación, extenderse sin límites en el espacio y en el tiempo. Si pues Cristo quiso una sociedad así jerarquizada, quiso en consecuencia las condiciones en que esta sociedad espiritual debía desarrollarse. Es la autoridad suprema la que introduce a los conversos, ya por sí misma, ya por sus delegados; ella la que les impone las condiciones de admisión que son una verdadera conversión y una instrucción religiosa suficiente, y ella la que tiene el poder sobre los ritos y los elementos de iniciación. Cristo quiso una ceremonia de iniciación porque quiso una sociedad organizada en la que hay que entrar y ser recibido para llegar a la vida eterna. Esta especie de naturalización en lo sobrenatural debe señalarse por un acto oficial: como en toda sociedad, este acto no puede tener valor sino se realiza conforme a una forma de solemnidad determinada o al menos reconocida por la autoridad establecida. La forma de la iniciación es lo que llamamos hoy el rito sacramental del bautismo y de la confirmación. – ¿Qué sucede ahora si el recién convertido e iniciado falta visible o invisiblemente a sus promesas, y se coloca así por su culpa, visible o invisiblemente, fuera del marco y de la vida de la Iglesia? De una sociedad a la que uno ha dado su palabra se puede salir con sus propios riesgos y peligros, – mas para volver a entrar, después de salir, es necesaria la intervención de la autoridad que impondrá verosímilmente condiciones más onerosas que las de la simple iniciación. Pues bien, según la constitución misma de la Iglesia, se puede deducir que la autoridad que había recibido el poder de integrar a los todavía no comulgantes a la comunión, como se ve por la existencia del catecumenado, había recibido también el poder de reintegrar a los excomulgados. Y esta deducción se confirma por la práctica de la Iglesia que se puede seguir remontándonos al tiempo del siglo III de la época apostólica y por los escritos del Nuevo Testamento, que indican claramente la posibilidad para los fieles de obtener, por intervención de la autoridad, la remisión de las culpas posbautismales. Desde luego que los textos examinados que establecen el poder de la Iglesia son mudos sobre el uso que puede hacer de ellos; pero nos hallamos ahora en el dominio del gobierno espiritual en el que los jefes están guiados por las circunstancias, por la prudencia y por el Espíritu. En un medio fuertemente cristiano, las condiciones de la reconciliación podrán ser más pesadas; se suavizarán cuando el nivel no permita ya las primeras exigencias. En todos los casos, el ejercicio de este poder de reconciliación lleva consigo un juicio que no puede limitarse al exterior y a lo material de la culpa, sino que debe referirse sobre todo al interior, a la intención, que sólo el pecador conoce, de donde la necesidad de la confesión, que resulta de la naturaleza misma de la reconciliación. Por ahí se ve cómo el Sr. Pouget podía hacer llegar hasta Cristo cada uno de nuestros sacramentos sin ser necesariamente obligatorio encontrar para cada uno de ellos, en los textos del Evangelio, las palabras explícitas de la institución. A él le bastaba que Cristo hubiera fundado una sociedad de salvación eterna, provista de una autoridad a la que había dado poder de introducir y de reintroducir, y con la que él estaría todos los días hasta el fin de los siglos.
Pero entendamos bien esta palabra desarrollo. En la lengua del Sr. Pouget, excluía lo que los modernos llaman generalmente la evolución, una aportación inédita, una novedad real, o una variación, para hablar como Bossuet. Cierto que, antes de Cristo, había habido sobre algunos puntos un desarrollo real, que implicaban un progreso serio, aunque los profetas no hubiesen hecho otra cosa que sacar las consecuencias implicadas en las enseñanzas primitivas de la revelación patriarcal; se puede decir que el Viejo Testamento nos hace asistir a una especie de aurora. Luego, no es más que una irradiación, y ya su palabra no era la de desarrollo, sino la de equivalencia. Además, desarrollo no pertenecía más que a su lenguaje pulido, cuando tomaba la pluma. En general, dejaba escuchar aforismos de este género: «La revelación marcha», «Iba, avanzaba «, «En Israel, siempre ha ido creciendo. Todo se hace con el tiempo; no es igual que una batalla». Eso en cuanto al Antiguo Testamento. Para el Nuevo: «Esto estaba ya», «Es algo así como lo de Newman», aunque añadiera: «Lo que se llama el desarrollo del dogma, en el fondo, no existe». Ya vamos a ver en qué sentido.
Y ya que lo hemos comenzado, permítasenos citar aquí algunos logia del Sr. Pouget tomados al vuelo. Estas palabras vivas iluminarán y completarán:
– Los Evangelios fueron escritos hacia el final de los apóstoles. Contenían lo que los fieles habían escuchado a los apóstoles. Los sinópticos sólo pusieron las premisas. Juan, que había vivido con los griegos, sacó las conclusiones, Lo principal es la misión de Cristo: Cristo, como Dios, sobrepasa a la Iglesia.
No conociendo los teólogos medievales la historia de antes del 80, creían que Cristo había establecido sedes episcopales. Bueno, estableció un cuerpo de pastores; más tarde hubo colegios en las grandes ciudades. Era el apóstol quien dominaba la Iglesia que había fundado.
Los apóstoles debían entenderse para predicar la doctrina de Cristo. Cuando se examina bien, todo vale, Marcos, Pablo, Juan, los logia de Mateo son antiguos. Si los logia existían en la época de Marcos, ninguna necesidad de insertarlo todo: todas las palabras no son indispensables.
Sobre los Evangelios: el Evangelio de Mateo utiliza los logia arameos, y los encuadra en relatos que son por lo general resúmenes del de Marcos. Los apóstoles predicaban sin ocuparse de escribir, pero al tener que desaparecer, como la vida del Salvador corría peligro de perderse y de deformarse, redactaron, mandaron redactar o dejaron redactar los Evangelios por sus discípulos inmediatos.
Los Evangelios sinópticos fueron redactados para el pueblo que no tiene tiempo de reflexionar, pero contienen sobreentendidos considerables.
Los apóstoles eran gente práctica, pequeños bateleros, pequeños patronos. Eran muy prudentes, iban despacio! Eran gente de gobierno; plantaban el Evangelio en Antioquía, en Alejandría, en Roma.
Los asuntos religiosos no se miden como los científicos con el tiempo y el espacio. Son generalmente eternos. Lo que importa es la calidad de los hechos, de los gestos y de las palabras de Cristo. Oh! hasta en las ciencias sólo cuentan las diferencias de potencial Qué bien lo expresa Bergson: el arco tenso, la flecha partirá, el arco le da la dirección. No podemos medir la tensión del arco, sólo medimos un símbolo de lo que era el acto en sí mismo. Si hundís un hilo de platino en el Océano en ebullición, no marcará más de cien grados. Mientras que el arco eléctrico qué tiene que ver con el Océano, y sin embargo qué intensidad tiene! Lo que nos da a entender lo que es la calidad.
Son los profetas quienes han conservado y desarrollado los núcleos primitivos, como el mesianismo monoteísta. ¿Qué impidió a los Judíos dirigirse a los falsos dioses? Los profetas. Un gran hombre tiene un séquito de discípulos que le hacen durar. Gracias a la influencia existen séquitos. Los grandes hombres son los que poseen un largo alcance de vista; gracias a ellos viven las ideas. Los hechos materiales no nos interesan sino en cuanto nos permiten constatar las realidades de orden moral. Sólo los hechos de orden moral son susceptibles de ser objetos de historia.
Lo que llamamos expansión del dogma, en el fondo, eso no existe. Nuestro estudio de los datos concretos nos permite detalles que no habíamos tenido antes. Pero los Padres no eran tan malos. En la Edad Media lo echaron a perder: se perdió el sentido de la historia. Por eso santo Tomás admitía que todos los grados del orden eran de origen divino. No tenían más que a san Agustín y algo de san Jerónimo. Ha existido expansión en cuanto a la práctica de los sacramentos, en particular la Eucaristía. Oscilación pero más bien progreso. También ha habido un cambio en la centralización, que ha aumentado. Para la Trinidad una sola fórmula, pero explicaciones probables. Si hay progreso en el estudio del dogma, es porque de lo concreto siempre se puede sacar algo. Los sacramentos son cosas concretas.
A medida que incrementamos nuestros conocimientos nos vemos obligados a agrandar la Biblia, que se presta a ello perfectamente. La conocemos cada vez mejor.
Desarrollo de la Eucaristía y la Penitencia: Hay gérmenes precisos históricos, ya no la persona de Cristo. Así para los primeros cristianos, la carne y la sangre del Señor eran instrumentos de gracia: viviendo Cristo, él estaba allí. Nosotros concluimos la presencia real. La adoración no comenzó hasta el 350: se adora a Cristo, no a un trozo de pan. Hoy la Eucaristía es Cristo presente en ella: la divinidad ha salpicado a la humanidad sin destruirla. La Eucaristía se entregaba a los fieles. Los grandes romanos la guardaban en sus casas. Según san Juan Crisóstomo, algunos se abstenían de comulgar durante dos años. A san Antonio en su caverna no se dice si le daban la Eucaristía. También, en cuanto a la confesión, no se confesaba más que por tres grandes pecados. Había casos en que se creía que sólo Dios podía dar la absolución. Se daba sin embargo la penitencia a la hora de la muerte. Luego, los monjes se confesaron y aconsejaron a los fieles hacer lo mismo, de donde la práctica de las confesiones de devoción.
La Inmaculada Concepción para mí es una conclusión teológica, que fue definida para satisfacer la fe de los fieles. La Universidad de París, en el siglo XIII, pedía sostenerla (no afirmarla), el concilio de Trento deja la cuestión sin tratar. La Virgen es sin igual.
Sobre las indulgencias: La primera forma de la penitencia fue la penitencia pública. Sólo se imponía por cuatro categorías de pecados. La idolatría, el homicidio, el adulterio y la fornicación. Esta penitencia no se concedía más que una vez en la vida. Era muy larga y humillante: los penitentes no asistían más que a la primera parte de la misa, y al comenzar el sacrificio se los echaba fuera. Cuando hubo mártires o, más exactamente confesores de la fe, encarcelados y dispuestos a morir por Cristo, los penitentes iban a pedir a los «confesores» unos «billetes de indulgencia», que presentaban luego a la autoridad episcopal. Ésta, a la vista del billete, reducía la penitencia pública un cierto número de días. Pronto se presentaron abusos, los billetes de los mártires adquirieron demasiada importancia, y los confesores otorgaban sus indulgencias con demasiada facilidad. La autoridad de los obispos se reservó desde entonces este derecho. Las indulgencias se refieren pues a la pena temporal debida al pecado y sobre la cual posee la Iglesia todos los poderes. Pero tenían asimismo cierto poder sobre la vida eterna en virtud de la comunión de los santos. Los méritos de los futuros mártires como los méritos de los santos pueden disminuir y hasta suprimir la pena debida al pecador. Sobre estos méritos la autoridad de la Iglesia tiene cierto derecho. ¿Qué valor tiene la indulgencia a los ojos de Dios? Nada sabemos. Sin embargo yo digo una oración indulgenciada con mayor fervor, ya que la autoridad de la Iglesia y por consiguiente la de Cristo reza conmigo y apoya mi oración. Dios nos ha ligado a los sacramentos, pero él no se ha ligado. La Iglesia es una sociedad y por ello existen sacramentos en la Iglesia. Veamos el caso del matrimonio: está claro que la Iglesia no puede durar sin reclutarse, y el matrimonio se encuentra de esta forma en la base de la sociedad eclesiástica, lo mismo que de la sociedad civil. La Iglesia ha mirado el contrato de matrimonio como canal de las gracias necesarias para la vida de los esposos. Y ahora la penitencia: para entrar en la Iglesia se necesitan condiciones, por ejemplo se ha de practicar la ley moral, creer lo que cree la Iglesia. Cuando se ha tenido una caída moral, o cuando se ha caído en herejía, ya no se forma parte de la Iglesia, y si se quiere volver de nuevo, la Iglesia debe poner condiciones nuevas: ahí está el origen de la penitencia. Pero si Cristo nos ha sometido a los sacramentos, él no está sometido, no necesita de sacramento para dar la gracia. En la época en que la penitencia y sobre todo la comunión pascual no estaban inscritas en la ley positiva, vemos a un san Antonio pasar treinta años lejos de la sociedad de los hombres y sin embargo oraba, meditaba, luchaba con el demonio, vivía de la vida de Dios.
Una religión positiva está fundada sobre datos positivos constatados de una forma contingente. El porqué nada tiene que ver. Somos razonables, y no obstante somos incapaces de resolver algebraicamente una ecuación de 5º grado.
La historia de la Iglesia vale por todos los sistemas. La hagiografía es su flor.
La idea es lo que los hechos nos dejan de eterno y que se manifestará más tarde de otra manera.
La religión es un reflexión detenida sobre hechos transmitidos por la tradición y vividos.
Hay más de una manera de aficionarse a estos desarrollos, y de complacerse en ellos, y yo veo al menos tres que son bastante diferentes: bastará con explicar el principio para permitirnos saber lo que tenía de original.
Una vez establecida la expansión, es decir la identidad sustancial del pasado con el presente, unos prefieren colocarse en el periodo actual y presente y consideran con la satisfacción del cosechero este aparente crecimiento que ha enriquecido los gérmenes, este florecimiento del que no existían más que promesas anteriormente; bien sea en el dominio de las fórmulas dogmáticas, de los ritos de la liturgia, o de las prácticas de gobierno, se felicitan de ver una armadura compleja y sistemática allí donde el origen no permitía percibir más que formas embrionarias, y la Iglesia católica les parece más hermosa porque se complica y perfecciona, sobre todo al compararla con las Iglesias vecinas que han conservado idénticas las formas del pensamiento y de la vida cristiana que ya existían en el momento de su secesión. Otros en cambio prefieren ver revivir en el interior del presente el pasado más lejano. Los modos nuevos los chocarían vivamente y herirían su sensibilidad religiosa, si no hallaran, detrás de estos velos modernos, la sustancia estática del pasado. De la manera que el ostensorio no está hecho más que para mostrar y hacer resplandecer a las miradas la humilde realidad de la hostia, así la irradiación de este desarrollo no tiene otro fin que el de preservar y de ilustrar el tesoro de la fe antigua, que ha sido «de una vez por todas» confiada a la Iglesia, como lo dice san Judas. Otros, más filósofos, prefieren ver en él una especie de vida secreta de dialéctica interna requerida por el Espíritu para su paso por el tiempo, como si la idea madre del cristianismo tuviese varias facetas para proponerlas todas a la vez y fuese necesaria la duración para percibirlas una a una. Y quizás se pudieran encontrar otras maneras más de concebir y gustar de estos desarrollos.
El Sr. Pouget no pertenecía a esas clases de familias. Para él, dejándolo todo en su sitio, y desconfiando de todos aquellos juicios que dependieran del sistema o de los gustos, cosas legítimas pero todavía subjetivas, prefería, si le entendí bien, habitar en ese periodo de la Iglesia que él llamaba la Iglesia bajo Cristo, periodo que cerraba la primera fase de la expansión religiosa en nuestro planeta y que fundaba para siempre la segunda fase de este mismo desarrollo, sin que sus rasgos constitutivos se encontraran aún indicados, sino como los rasgos del ser vivo en el embrión. Newman disfrutaba con la época patrística: era su centro, su morada, y el punto de mira al que lo dirigía todo. El Sr. Pouget se aferraba a la época apostólica, en la que los apóstoles elegidos, pero no enviados aún, vivían con el Maestro. Era en aquel periodo en el que la historia podríamos decir que se había interrumpido, como se entreabre la tierra para recibir la semilla cuando se siembra, donde él tenía su habitación preferida: estaba entonces con Cristo sólo, y veremos más tarde qué ayuda recibía por ello su piedad. Era de natural sencillo y le gustaba en todo acercarse a la naturaleza. Para muchos, volverse al Evangelio es dejar la Iglesia, es por lo menos protestar contra ella y querer purificarla, como los protestantes de antaño; o bien, según los modernistas, es volver y remontarse a una época primitiva que habría previsto una próxima consumación de las cosas sin ningún plan de duración, – y esa será la razón quizás de que la conciencia católica, sabedora de estos peligros, no preste la suficiente atención al germen evangélico y no prefiera ver más que predicaciones espirituales o el retrato del Verbo encarnado. El Sr. Pouget veía allí otra cosa: El Evangelio era el primer residuo de la primera tradición; era el testamento de los apóstoles que habían escogido lo esencial y que habían redactado o dejado redactar estas premisas de las que podía deducirse todo lo demás. Y lo mismo que los profetas habían conservado en otro tiempo los núcleos primitivos, de los que habían salido el monoteísmo y el mesianismo, así los apóstoles conservaban mediante la palabra y el escrito estos hechos históricos esenciales sobre los que se apoyaba todo. «La religión, decía, es una reflexión larga sobre hechos transmitidos por la tradición y vividos.» Y esa era la razón de que, por este amor de la esencia que en todos los planos constituye la pasión del pensador, volviera siempre a esta fuente.
¡Qué cantidad de luz aporta esta manera de presentar las cosas! Cómo es capaz de transformar una vida por las consecuencias íntimas y prácticas que de ello se podían sacar y que tenían por efecto entregarte una especie de clave nueva para abrir las puertas cerradas, un secreto para desatar los nudos que encierra el universo, sobre todo en las épocas de mutación, como la nuestra!
Así, por ejemplo, este método prometía responder a los que representan la condición del cristiano como la esclavitud de un discípulo abrumado de ritos a la usanza de los antiguos Judíos o bien en búsqueda de la seguridad en la «magia» de los sacramentos, sustituyendo la institución suave y sencilla de Jesús por una Iglesia hierática. Este afán de regreso a los orígenes que es el de todos los grandes reformadores y que irá en aumento sin duda a medida que la duración nos aleja de los tiempos primitivos, le satisfacía al Sr. Pouget, no por artificio, menos todavía por ruptura o revolución, sino por una exacta sumisión a la verdad histórica aprehendida en su profundidad.
Esta enseñanza nos proporcionaba a la vez un medio de comunicar con nuestros hermanos de las Iglesias separadas y con los protestantes mismos. Sin criticar en manera alguna los modos comunes de presentar la fe, abordaba estas cuestiones de manera indirecta e inusitada, y que tenía la ventaja de no despertar ninguna sospecha, ningún mal recuerdo. No provocaba esa desconfianza inmediata, que es tan a menudo la primera actitud de nuestros hermanos distantes, como ellos nos dicen: «Ya hemos refutado todo eso.» Fundándose en el campo de la historia, en el lenguaje de los hechos, se tenía un terreno común aceptado por igual de una parte y de otra y en el que se admitían los mismos criterios. Estos primeros tiempos de la Iglesia. Se querían y transmitían estos primeros tiempos de la Iglesia por cada una de las tradiciones concurrentes. Pero lo que tenía de más acertado era que el método de equivalencia permitía responder a los escrúpulos de aquellos para quienes la Iglesia posniceana, postridentina o posvaticana añade a la esencia del cristianismo algo nuevo o inédito. Y esto sin duda ya lo había dicho Newman. Pero el libro de Newman consistía sobre todo en mostrar que el tipo de Iglesia había sido el mismo: ella tenía en todos los siglos las mismas dificultades, las mismas persecuciones, las mismas luchas internas, los mismos géneros de santidad, en suma, la misma mezcla de grandeza y de miseria. Seguía su marcha pareciéndose a sí misma. Newman había compuesto una galería de retratos en los que se reconocía el mismo rostro, y lo que más destacaba era la analogía de la Iglesia de los Padres con la Iglesia romana. Resumiendo, el método de Newman era sobre todo sicológico; por lo tanto era personal, poético en algún sentido y, aunque se basara en intuiciones admirables, corría peligro de aparecer como la traducción intelectual o teológica de motivos personales que se limitaban a la historia de una conciencia. Además, Newman no había hablado más que por alusión de la historia de Israel y sobre todo de la relación del Evangelio con la Iglesia. Era a este punto, tan capital, al que se aplicaba él, atacaba el problema en su raíz, puesto que, en el siglo segundo, la Iglesia posee ya su forma. Pero ¿cómo pudo darse el paso de la fe primera a la teología primitiva, de la vida común a la organización eclesiástica, del culto judío a la liturgia cristiana, en una palabra, de Cristo a la Iglesia? Esa era la pregunta a la que trataba de contestar él. Estudiaba por decirlo así el desarrollo, antes del Desarrollo, el germen verdaderamente inicial, la época verdaderamente crucial.
Las mentes no están bastante hechas aún a estos métodos para que se pueda contar sin más con colaboraciones saludables; demasiados malos recuerdos siguen presentes. Pero se puede esperar que en el futuro trabajen las cristiandades en este sentido, y que encuentren en ello esa unidad del comienzo, que es la condición necesaria y la figura oscura de la unidad que está a la llegada. El sentido histórico ayuda a ver cuánto han cambiado a través del tiempo las expresiones de la fe y los modos de gobierno eclesiástico mientras recobraban una misma realidad. El método del Sr. Pouget, ya se ha dicho, tenía la ventaja de reducir lo esencial a un mínimo simple del todo: «El catolicismo no es un sistema sino una institución muy flexible, un cuerpo de pastores que enseñan con autoridad lo que se ha de hacer, y por qué se ha de hacer – con el poder de aplicar a los hombres los medios de santificación, los sacramentos que son ritos a los que va unida la gracia».
Se podía pues pronosticar como posible un tiempo en el que esta esencia muy pura se propusiera a los hambres de tal manera que las cristiandades separadas de la Iglesia no tuvieran la impresión de tener que abandonar o renegar de lo que han conservado del depósito, un tiempo en que la distinción de la sustancia necesaria y de las expresiones contingentes se haría de una manera tal que los cristianos separados tomaran conciencia de su unidad latente y en que se volvieran al espíritu de los orígenes, no para protestar, para nivelar y para empobrecer, sino al contrario para purificar todo aquello a lo que ha dado crecimiento el paso de los siglos. Sólo la Grande Iglesia parece capaz de hacer este reparto, ella sola puede realizar esta unión de la unidad necesaria y de las variedades legítimas, que es el deseo de todos hombres de nuestro tiempo.
Por otra parte, este método tenía otro interés, y éste filosófico. No se puede negar que, desde hace un siglo, las ciencias rectoras, sobre las que se organiza la filosofía, no sean, en gran parte, aquellas en que el tiempo entra en juego.
Sería difícil hoy no pensar en el tiempo, y hasta nos encontramos hoy, al parecer, con la operación del paso del tiempo hasta el contexto de este universo material, que se degrada, que se expande, que se irradia sin cesar. Pero todo ello no es sin duda más que una imagen, e incluso una imagen invertida de lo que pasa en nosotros mismos: en la vida espiritual, en lo más hondo de nuestro ser, si sabemos prestarle atención, captamos un tiempo rítmico de progreso y de desprendimiento, de maduración y de acabado que tiene lugar en este mundo en medio de tantas crisis, y que se continuará sin duda, sin ninguna brusquedad, en esa duración serena y pura que la fe llama el purgatorio. Pues, no se puede comprender una realidad que nos es exterior sin referirla de alguna forma a la realidad interior. Si san Agustín supo dar a la Iglesia la primera representación que ella se había fabricado de su vida total en el tiempo y también después del tiempo, es porque había sabido adueñarse con un esfuerzo único en su género de las pulsaciones de su propia vida: de otra manera, las Confesiones son la clave de la Ciudad de Dios. Y lo mismo le ocurrirá a Newman quien encontró en su experiencia de conversión ese tiempo espiritual que le servía para interpretar la historia toda de la Iglesia: tan verdad es que la experiencia del Espíritu es la luz que ilumina lo que está afuera,
Nos parece que en nuestros días vamos a asistir en mayor escala a esta especie de transubstanciación: los datos de la conciencia, el ritmo de la existencia, la situación del yo en el mundo, sus estados, sus crisis, su duración propia, son realidades que, por el trabajo convergente de los pensadores de todos los países, de las Américas a las Indias pasando por la vieja Europa, se nos vuelven más transparentes: y volvemos a vernos, con otros vocablos, con las experiencias seculares del cristiano. Pero entonces las viejas nociones de tiempo, de historia, de progreso, de tradición, ya están adquiriendo valores nuevos. La noción de desarrollo, cuyo valor había adivinado Ravaisson en su informe profético de 1867, es una de las que parecen más apropiadas para hacernos captar la relación secreta de lo interior y de lo histórico, al ofrecernos claves de las armonías del universo.
En lo que toca finalmente a la interpretación del catolicismo, a la que deberíamos ceñirnos aquí, el principio del desarrollo parece de la mayor importancia. Aparte de que nos permite comprender de una manera mucho más íntima que en tiempo de Pascal y de sus figuras, la relación de la religión católica con la religión judía a la que desarrolla y da cumplimiento, presenta también la ventaja de darnos a entender la relación de la religión cristiana con ella misma, en las diferentes fases de su historia. Y, según se ha podido ver con toda justicia, si la idea de desarrollo no se cuenta entre las tesis oficiales de la Iglesia, si bien una cita de Vicente de Lérins por el Concilio Vaticano parece suponerlo[1], no por eso está menos en posesión de la tradición, ya que las cosas no siempre ocurrieron como si se creyese en ellas. Es el caso de decir con el Sr. Pouget que se admitía equivalentemente. Podría ser que un día, cuando se sienta su necesidad, para explicar y asimilar los resultados positivos de la crítica y de la historia, llegue la Iglesia a formular este principio, como necesario a la comprensión de su vida.






