10 de abril de 18131
Muy queridos y venerados hermanos:
La gracia de Nuestro Señor esté siempre con nosotros
«No se rompe fácilmente una cuerda de tres cabos» (Eclo 4, 12). Estas palabras del Espíritu Santo nos muestran, en un lenguaje figurado, que la concordia y la unión de los espíritus son el medio más seguro y más eficaz para llevar todas las empresas a buen fin. A esta máxima responden nuestras propias reglas (XII, 7): «Y en cuanto sea posible seremos siempre unánimes en la doctrina, lo mismo de palabra que por escrito, de modo que todos enseñemos lo mismo, y podamos, según dice el apóstol, saber y sentir todos igual». Pero si esta concordia de los espíritus es necesaria en toda clase de asuntos, con mayor razón lo es en las obras sobrenaturales, que tienen por fin la salvación de las almas, a cuya dirección llama san Gregorio «el arte de las artes». Pero a fin de alcanzar esta concordia, sin la cual nuestras ovejas mismas se encontrarían divididas, y, siguiendo cada una su inclinación natural, se irían con un sacerdote antes que con otro y dirían como en la primitiva Iglesia: «Yo soy de Pablo; yo de Apolo; y yo de Cefas» (1 Cor. 1, 12); me ha parecido bien, mientras esté aún con vida, y antes de que la muerte, que se acerca a grandes pasos, me separe de este siglo para hacerme comparecer ante el temible juez, quien me pedirá cuentas de mi administración, me ha parecido bien dar a mis hermanos, cuyo cuidado me ha sido confiado a pesar de mi indignidad y de mi resistencia, algunos avisos a fin de que todos estemos de acuerdo y unánimes en lo que se refiere al gobierno de nuestras ovejas, y que de esta forma no formen «sino un solo rebaño», como no hay «sino un solo pastor» (Jn 10, 16), que es Nuestro Señor Jesucristo. Y para que esta carta no se extienda hasta el infinito, si debiera comprender todo lo que es necesario para mantener entre nosotros una entera uniformidad, me limitaré a mencionar algunas prácticas que me han parecido muy a propósito para encender la piedad, extirpar la ignorancia, excitar el celo de los cristianos por el bautismo de los hijos de los infieles, para abolir en fin diversos abusos. Por eso suplico con entereza a todos los que cultivan conmigo la viña del Señor, que pongan todo esmero y toda vigilancia en introducir y hacer observar en cada distrito con fidelidad las prácticas siguientes:
1°. A fin de evitar la ignorancia de los misterios de Dios y de la doctrina cristiana, se deberá todos los domingos y días de fiesta de precepto leer sin precipitación, clara y distintamente, la quinta parte del catecismo que lleva por título: Ching-se-uen-ta, según el texto chino; y mientras un niño pregunta y otro responde, todos los asistentes escucharán con atención. Y para que las rodillas no se cansen demasiado, los lectores y los oyentes estarán de pie. Como no tenemos ningún derecho a cambiar por nuestra propia cuenta un catecismo de antiguo y legítimamente introducido entre nosotros, y que por otra parte contiene mucho que falta en el nuevo, continuaremos sirviéndonos de este antiguo catecismo y lo recitaremos como en el pasado en voz alta todos los domingos y días de fiesta. A este efecto, deberemos designar a cuatro cristianos al menos, dos de cada sexo.
Además, como no es algo raro que los cristianos se equivoquen respecto a la observancia de las fiestas y de los ayunos, será bueno prescribir que después de la recitación del catecismo, se lea el calendario correspondiente a cada semana para que no tengan excusa, si no observan las fiestas y los ayunos.
Y, para extirpar en su raíz la ignorancia, madre de todos los vicios, se establecerán en cada distrito al menos dos catequistas de uno y otro sexo, quienes presidirán el examen de la doctrina, que tendrá lugar todos los meses; a saber, para los niños el primer domingo, y para las niñas el segundo de cada luna: y para que haya más emulación entre los que pasen este examen, será preciso someter a todo el mundo a él, desde los siete años hasta los diecisiete o dieciocho; esta regla es tanto más sabia y conveniente, cuanto que sucede bastante a menudo que, personas que han alcanzado la edad de los dieciocho, se encuentran insuficientemente instruidas en las verdades rigurosamente necesarias a la salvación. En cuanto a los padres que sean convencidos de haber descuidado enviar durante un tiempo notable a sus hijos a este examen, deben ser juzgados indignos de recibir la absolución, como culpables de descuido en la salvación de sus hijos, a menos que razones legítimas les hayan impedido cumplir con este deber, lo que no se ha de presumir fácilmente.
2°. Como, desde hace varios años, los cristianos ponen muy escaso celo en procurar la salvación eterna de los hijos paganos, confiriéndoles el bautismo en peligro de muerte, y que yo mismo tengo muchos reproches que hacerme por no haberles exhortado lo suficiente a practicar esta obra tan excelente de piedad y de caridad, les conjuro, por la misericordia de Dios y por la tranquilidad de mi conciencia y la suya, a que pongan todo el esfuerzo para que en adelante los cristianos se muestren más solícitos y más ardientes en bautizar a los hijos de los infieles cuando están en peligro de muerte. Para facilitar este trabajo, se han preparado en caracteres chinos unas instrucciones detalladas en las que se expone con claridad la obligación que tienen los cristianos de bautizar a sus hijos y el modo como deben comportarse en los diferentes casos que pueden presentarse con relación al bautismo de los hijos nacidos de padres cristianos o infieles. No hay nada que añadir a estas instrucciones, sino insistir vivamente para que se conformen a ellas y exhortarles a tiempo y a destiempo, advirtiéndoles que no se deben creer tan fácilmente exentos de pecado, cuando no aprovechan las ocasiones que se les presentan de bautizar a estos niños expuestos a la muerte o no buscan las ocasiones de darles el bautismo: también habrá que interrogar a los cristianos en el tribunal de la penitencia si no han faltado a este deber. Y para llevar a cabo esta obra tan santa, se deberá establecer en cada distrito al menos a dos cristianos de uno y otro sexo, sobre quienes descansará especialmente este cuidado, según se practica en los otros oficios, y poner esta obra bajo la advocación de san Vicente, como se ha colocado la del examen de los niños bajo el patrocinio de los santos Ángeles. Que ningún cristiano se crea dispensado de cumplir con este deber con la excusa de que otros están obligados por oficio, pues como dice el Espíritu Santo: «Dios ha confiado a cada uno el cuidado de su prójimo» (Eclo 17, 12). Además, para procurar con más eficacia y abundancia el éxito de esta obra, habrá que tratar de que en cada distrito una o dos personas de uno y otro sexo aprendan a curar las enfermedades de niños, y así encontrarán acceso a las casas de los infieles y, bajo pretexto de llevar remedio a las enfermedades del cuerpo, podrán curar, en el baño de la regeneración, las del alma. Si es obligación para cada uno, cuando se presenta la ocasión, de bautizar a los niños, también lo es aprender a conferir el bautismo. Por eso, en la medida de lo posible, que no se admita a nadie a la confesión hasta que no se le haya instruido bien en la manera de bautizar por el que acompaña al sacerdote. Pero como sucede a veces que no se tiene a mano una vasija para derramar el agua sobre la cabeza del niño, o las circunstancias no permiten usarla, el sacerdote debe enseñar a los cristianos cómo pueden legítima y validamente servirse de algodón o de otra materia blanda para bautizar. Por fin se recomendará a los catequistas encargados de este cuidado ejercitar a menudo a los cristianos en bautizar, y si no les resulta fácil hacerlo todos los meses, lo harán al menos cuatro o cinco veces al ario.
3. En las comidas chinas, sobre todo en las que se dan con ocasión de las bodas, reina un abuso deplorable que no se puede tolerar y que la religión no permite pasar en silencio. Quiero hablar de la costumbre odiosa de provocar a los invitados a beber, de suerte que los hombres más sobrios de ordinario difícilmente se ven libres de esta necesidad, impuesta de alguna manera, de sobrepasar los límites de la templanza; y lo que es peor es que se emplean en estas provocaciones palabras groseras e indecentes con las que se arrastra a la borrachera a los que se descuidan, y es bastante frecuente que se produzcan en estos banquetes riñas, discusiones, insultos y discordias. Lo difícil es beber con moderación en estas reuniones. Los que quieren mantenerse y mantener a los demás dentro de los límites de la templanza cristiana pasan por gentes inciviles y sin educación. El deber del misionero es protestar enérgicamente contra estas costumbres que huelen a paganismo, para que si los cristianos no se corrigen, lo que a Dios no le agrada, al menos sepan que son inexcusables y no puedan pretextar ignorancia sobre estos abusos. Jesucristo dijo: «Yo soy la verdad», no dijo: «Yo soy la costumbre», y que no vengan ahora con que se trata de una costumbre muy antigua. ¡ Ojalá que se pueda abolir del todo este aparato de bodas, este ruido, esta reunión de tantos convidados, que son la ocasión y, si se los puede llamar así, el foco, la raíz de desórdenes lamentables que con tanta frecuencia acompañan la celebración de los matrimonios chinos! No pretendemos proscribir absolutamente lo que la Iglesia tolera, pero al menos es deber de los sacerdotes exhortar con energía a los cristianos a celebrar sus bodas, no con todo ese ruido y todo ese fasto, con esa multitud exagerada de convidados, sino en el temor de Dios, en la sencillez y modestia, teniendo por modelo al joven Tobías, cuando por consejo del arcángel Rafael, se desposó con la joven Sara. Pero siendo difícil conseguir que algunos cristianos celebren sus bodas con esta piedad que excluye toda falta, que se les obligue al menos a observar las reglas, trazadas en caracteres chinos, para las diversas comidas, y en particular los banquetes de bodas, en los que estas reglas piden que se beba con moderación y abstenerse de ciertas fórmulas que arrastran fácilmente a la embriaguez a los que no están sobre aviso. Los transgresores incurren en diversos castigos y multas; el sacerdote podrá atenuarlos o cambiárselos por otras penas, según su prudencia y las posibilidades de los culpables.
4. Existen por fin otros reglamentos para instruir a los fieles a vivir honradamente, piadosamente, en una palabra, de una manera cristiana. Están todos contenidos de forma resumida en estas breves palabras del Profeta: «Apártate del mal, haz el bien» (Sal 37, 27). Así: 1. Estos reglamentos prohiben ciertos abusos que, de tal manera se han hecho costumbre, que por ceguera se niegan a tenerlos por reprensibles. El sacerdote leerá la lista tal y como ha sido confeccionada en caracteres chinos, hará resaltar la malicia de estos usos e intimará a los cristianos la renuncia a ellos. 2. Estos reglamentos prescriben diversas prácticas, cuya realización hará a los cristianos dignos del nombre que tienen el gran honor de llevar. Si son fieles en observarlas, comprenderán su dignidad, y la vergüenza no les permitirá adoptar costumbres paganas. Reconocerán que son como dice san Pedro: «un linaje escogido, sacerdocio regio, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pe 2, 9). «Que vuestro comportamiento desmienta a quienes os calumnian como si fueseis malhechores, y así ellos mismos glorifiquen a Dios el día de su venida» (1 Pe 2, 12). «Que ninguno tenga que sufrir por asesino o ladrón, por malhechor o por meterse en asuntos ajenos. Pero si es por ser cristiano que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar ese nombre» (1 Pe 4, 15-16).
Estos reglamentos, impresos en cuatro pliegos, serán leídos regularmente en cada distrito cristiano, entregándose un ejemplar a cada catequista. Y para no cansar la atención de los oyentes, estas normas se han distribuido de tal manera, que se lea cada domingo la séptima parte para que se puedan leer todas en el intervalo de siete domingos. Esta lectura no se omitirá nunca el domingo, a menos que el misionero haya dispuesto otra cosa. ,
Ahora bien, todas estas instrucciones, y otras que se puedan añadir, serán de poca utilidad, o quizá de ninguna, si no procuramos mostrarnos nuestras ovejas como verdaderos ministros de Dios y dignos dispensadores de sus misterios (1 Cor 4, 1), de manera que cada uno de nosotros pueda decir con san Pablo: «Sed imitadores míos, como yo mismo lo soy de Jesucristo» (1, Cor 4, 16). Recordemos estas palabras:
«El que es malo consigo mismo, ¿con quién será bueno?» (Eclo 14, 5). Guardémonos, bajo un pretexto desordenado, de dejarnos absorber todo nuestro tiempo por las funciones de nuestro ministerio con los demás. Sigamos los pasos de los apóstoles, que decían: «No cesaremos de dedicarnos a la oración y predicación» (Hch 6, 4). Apliquémonos a la piedad, que, como dice el apóstol, «es útil para todo y tiene la promesa de la vida presente y de la futura» (1 Tim 4, 8). El medio para mantenerla es la fidelidad a los ejercicios espirituales que están en uso en nuestra Congregación, como la oración mental, el examen particular, la lectura del Nuevo Testamento, la de algún libro de devoción, y cada año los ejercicios espirituales. Esos son, en efecto, como otros tantos tesoros, de donde sacaremos todo cuanto puede ser útil para la salvación de las almas. No seamos, y la comparación es de san Bernardo, como canales que dejan circular toda el agua que reciben, sino como fuentes, que no dan más que de la sobreabundancia; por fin sirvamos de ejemplo a los fieles en la palabra, en la conversación, en la caridad, en la fe, en la castidad (1 Tim 4, 12).
Apacentemos el rebaño que Dios nos ha confiado, ofreciéndole nuestra alma como modelo de la suya, y al aparecer el Pastor soberano recibiremos la corona inmarcesible de la gloria (1 Pe 5, 4). Estas últimas palabras contienen los votos más sinceros que hago por vosotros y por mí, que soy con el mayor respeto y afecto, Padres, vuestro muy humilde y obediente servidor,
Clet, i. s. d. l. M.







