Régis Clet, Carta 55: A Pablo Song, C.M.

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Francisco Régis CletLeave a Comment

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Author: Francisco Régis Clet .
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Después del 8 de diciembre de 18111

Padre y muy querido hermano

La gracia de Nuestro Señor esté siempre con nosotros

Mientras el Padre Dumazel a quien usted escribe está con la fami­lia de Liéu-tchi-qoue, y el portador de las cartas está a punto de salir, me pongo a contestarle. Y comienzo por bendecir a Dios porque su salud va mejor que cuando estaba en casa; deseo que se fortalezca cada vez más: pero para ello hay que cuidarla con un trabajo moderado y suspenderlo una vez que experimente alguna molestia.

El Padre Ghislain se queja vivamente de que yo imponía a mis her­manos de comunidad un trabajo por encima de sus fuerzas, capaz de arruinar la salud más robusta y que no les concedía descanso alguno.

No estoy enfadado porque se quejen de mí a los superiores mayo­res. Desearía que incluso se presentaran contra mí quejas tan fuertes, que determinaran a mis superiores a descargarme de un peso o cargo que no puedo llevar, pero examino mi conciencia y me parece que no he tenido nunca la intención de arruinar la salud de mis hermanos con trabajos superiores a sus fuerzas. Le ruego pues que cuide de su salud, ya que siempre he dicho que en China sobre todo, donde los sacerdo­tes son raros, es mejor vivir que morir por la gloria de Dios y el servi­cio de la Congregación, de la que es usted miembro.

Hay en su carta ciertas frases que no comprendo; le ruego que me dé la explicación en la primera ocasión. Son éstas: «Habría creído que el Padre Clet fuera tal como yo hablo; pero no: me equivoqué. Yo debería darme a conocer más para tranquilizarlo».

Estas palabras son para mí un misterio.

Le han alarmado equivocadamente en cuanto a nosotros. Estamos tranquilos en casa. El mandarín de Hien2 no ha publicado, por ahora, el decreto imperial contra los pastores y sus ovejas. Así que entre noso­tros todo sigue su curso ordinario. Sin embargo tenemos nuestros temores; el negocio de Babilonia3 está que se tambalea. La tienda Occidental se ha cerrado,4 los fabricantes5 han vendido todo y se han retirado por su propia iniciativa. La tienda Oriental y la Meridional6 han vendido también todos su efectivos y los fabricantes están prestos a partir a la primera señal. La tienda Septentrional7 sigue su curso ordi­nario; sólo ha despedido a uno de sus alumnos por razones de salud, incluso ha enviado algo de dinero para sostener su comercio interior, que sin auxilios apenas habría podido subsistir. Yo le enviaría un pequeño subsidio para sostener su comercio, pero el hambre que reina por aquí hace que los caminos no sean seguros, llenos de gente ham­brienta que despojan a los transeúntes de sus ropas. Por eso, si necesi­ta dinero, pida préstamo, que ya responderemos de él en tiempo de calma. Hablando de dinero, le ruego que advierta a Tchang-ky-tai de Péko-chu-kéu que el Padre Ho, nuestro corresponsal del llano, ha reci­bido de U-yn-pang 100 taéls de pe-yn (buen dinero), para ser pagados por nosotros a la presentación que nos haga dicho U-yn-pang de un billete firmado por el Padre Ho. Diga pues a Tchang-ky-tai que esté tranquilo por su dinero.

El comercio de dicho Padre Ho no marcha: su tienda cerró hace dos meses. Acabo de escribirle para que si su comercio continúa cerrado se vuelva a ayudarnos a hacer el nuestro, que tampoco anda muy boyante.

No se crea tan pronto confesor de la fe. No está obligado a ir a pre­sentarse ante el mandarín inútilmente, para fortalecer en la fe a algu­nos cristianos débiles. Y digo inútilmente: pues apenas habría pronun­ciado una o dos palabras, cuando sería detenido con gran detrimento del mayor número de sus ovejas, privadas con ello de su pastor. Antes bien escóndase, para volver a aparecer en tiempo de paz. La tempestad actual no es contra las ovejas sino contra los pastores. Pero si llega el caso en que las ovejas fueran perseguidas con rigor para descubrir a los pastores, entonces los pastores deberían entregarse por las ovejas. Fuera de este caso hay que huir… etc.

Primer caso. Si Pablo opignatario pide prestado dinero a interés para dárselo a Pedro dueño de la tierra, y advierte a dicho Pedro que el dinero que le entrega es un préstamo con interés; el dicho Pablo, que ha hecho este préstamo a favor de Pedro, puede legítimamente recibir frutos de la tierra por razón del daño naciente.

Segundo caso. Una intención vaga de sacar provecho legítimo de su dinero por negocio, compra de tierras o de otro modo, no es suficiente para autorizar la percepción de intereses por razón del lucro cesante. Es preciso para ello una voluntad sincera y actual de hacer valer su dinero. Si el prestamista está dispuesto a aprovecharse de la primera ocasión que se presente de poner su dinero a ganancia legítima, puede decir al que pide prestado: te presto ahora dinero sin interés, pero si se presenta la ocasión de hacer valer a mi dinero, o me lo devuelves o me darás un interés a razón más o menos de mi lucro cesante… Todavía se ha de examinar si el prestamista tiene dinero abundante y no quiere colocar a interés más que una parte, entonces el prestamista no se encuentra en el caso de lucro cesante, ya que aparte del préstamo tiene dinero ocioso que puede colocar cuando quiera.

Tercer caso. Como existen tres precios legítimos, el supremo, el medio y el ínfimo, la práctica ordinaria y legítima es vender a crédito según el precio supremo, y al contado según el precio medio o ínfimo. Cuarto caso. El acusador del catecúmeno que ha vendido su pretendida esposa a un pagano, no podía acusar legítimamente más que para obligar al catecúmeno a retirar a esta mujer cristiana de las manos de los paganos. Ahora bien, como su acusación no habrá tenido ningún efecto y por otra parte ha desistido de su acusación, está claro que su intención no era otra que recibir unas perrillas que no tenía derecho a recibir. Dicho acusador me parece haber tenido sólo intención de compartir el dinero que el catecúmeno ha recibido por el precio de la venta de su mujer. Yo le obligaría a entregar a los pobres las sapecas recibidas.

Quinto caso. El hombre que ha repudiado a su mujer legítima está obligado a volver a recibirla, a menos que la haya repudiado por causa de adulterio.

Sexto caso. Estos cristianos que no han roto más que de pico los esponsales pro pueris, han hecho confesiones sacrílegas tantas veces como se han confesado con la reminiscencia de esta ficción. Si luego se olvidaron de esta ficción, se les obliga a repetir las confesiones hechas con esta ficción, y no las hechas sin esta ficCión.

Séptimo caso. Al coincidir la fiesta de la Concepción y el segundo domingo de Adviento, ha hecho bien dando la preferencia a esta fiesta.

Octavo caso. El consentimiento verbal no es una condición necesa­ria para la validez del matrimonio; una acción cualquiera, que, según la costumbre, va destinada a manifestar el consentimiento interno de las partes contrayentes, es suficiente. Pero siempre es mejor seguir la costumbre de la Iglesia, que exige un consentimiento verbal.

Noveno caso. Me inclino a creer que un cristiano que no encuentra tierra que cultivar a menos que dé una fianza, puede pedir dinero pres­tado a interés para pagar dicha fianza, diciéndoselo al dueño del terre­no, y obtener así una disminución de la pensión anual.

Décimo caso. La decisión común es que el prestamista que no ha advertido al que pide prestado del daño que sufre, no puede obtener nada. Sin embargo me parece que la equidad natural exige que el segundo compense al menos en parte el daño del prestamista, quien por pura simplicidad no advirtió al segundo del daño que sufría.

Me he olvidado del tercer caso, en el que se trata de la viuda Marta que, por razones de pobreza, da en renta su tierra a un cristiano,- quien consiente en este contrato sólo en favor de los cristianos del lugar, o sea para evitar que esta tierra sea rentada a un pagano. Así es como entien­do yo el caso que está mal expuesto… Respondo que el cristiano no puede recibir ningún provecho anual más que ratione lucri cessantis aut damni emergentis (por razón del lucro cesante o del daño emergente).

Le envío un calendario para dos meses, a la espera de los calenda­rios del pro-administrador que no hemos recibido aún.

Ofrezco mis más sinceros y afectuosos saludos al querido hermano y amigo…

  1. La mención de los Padres Ghislain y Dumazel permite fechar con certeza esta carta, des­pués del 8 de diciembre de 1811. El Padre Clet dice al Padre Song que ha hecho muy bien dando la preferencia a la fiesta de la Concepción de la Santísima Virgen con relación al Segundo Domin­go de Adviento. Ahora bien, en 1811 es la única vez que coincidían, durante la presencia simul­tánea del Padre Ghislain en Pekín (+ el 12 de agosto de 1812), y del Padre Dumazel en Hu-pé (llegado el 6 de abril de 1810).
  2. El Subprefecto.
  3. Babilonia = Pekín.
  4. La tienda Ocidental es la misión de Si-t’ang que fue cerrada en 1811.
  5. Los fabricantes eran cuatro misioneros de Propaganda que residían en Si-t’ang, a saber: Manuel Conforti, cfr. Carta 13, nota 2. Santiago Ferreti, sacerdote de la Congregación de San Juan Bautista, originario de Verona en Lombardía, Italia. Llegó a Si-ngan hacia 1782 y fue arrestado en 1784, con­ducido a Pekín en donde fue encarcelado. Después de la amnistía concedida por el emperador, permaneció en Si-t’ang por razón de la salud. A la muerte del Padre Raux en noviembre de 1801, se le rogó que se encargase de la clase de teología en el Semi­nario de los Padres Paúles. En 1811 se cerró Si-t’ang, y él abandonó Pekín para vol­ver a Macao, a donde llegó e 21 de enero de 1812. Se ignora lo que le sucedió des­pués (J. de Moidrey, Confesseurs…………………………. , p. 19). Adeodato de San Agustín, cfr. Carta 44, nota 1. Anselmo de Santa Margarita, nacido en Italia, fue profeso en la Provincia Romana de los Agustinos. Vino a Macao con el Padre Adeodato y llegó con él a Pekín en noviem­bre de 1784. En 1811 abandonó Si-t’ang con sus otros compañeros, llegó a Manila el 18 de abril de 1812, afiliándose a la Provincia de Filipinas. Durante cuatro años llevó una vida muy ejemplar en el convento de Manila, en donde murió el 6 de diciembre de 1816 (J. Moidrey, Confesseurs……………. , p. 72).
  6. La tienda Oriental y Meridional: Tong-t’ang y Nan-t’ang.
  7. La tienda Septentrional: Pe-t’ang.

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