Régis Clet, Carta 47: A Juan José Ghislain, C.M., En Pekín

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Francisco Régis CletLeave a Comment

CREDITS
Author: Francisco Régis Clet .
Estimated Reading Time:

3 de mayo de 18101

Padre y muy querido hermano,

¡La gracia de Nuestro Señor esté siempre con nosotros!

Bien poco faltó para que no pudiera tener con usted más relaciones que en el cielo. Al día siguiente de la Epifanía fui atacado de un chan­han-ping (tifus), es decir, creo, de una fiebre tifoidea que en pocos días me llevó a tal estado, que los médicos desesperaron de mi vida, pero un sudor muy abundante vino tan afortunadamente en su ayuda que el Padre Ho, a quien yo había enviado a buscar para que me administra­ra los últimos sacramentos, me encontró al llegar fuera de peligro. En lo más agudo de la enfermedad pensaba en el Padre Dumazel2 y me decía: «así que no veré a este querido nuevo hermano a quien llevo esperando tanto tiempo, y este querido hermano tendrá el dolor de encontrar a su llegada una casa vacía. ¡Vaya golpe para él!», pues no cabe duda de que la presencia de un antiguo europeo es una ayuda útil y aun casi necesaria al nuevo.

Y no es por mí, sino por nuestros feligreses, por lo que deseaba yo verle, de manera que bien sea por mí, que no estaba preparado para este último paso, bien sea por el consuelo de nuestro hermano de comuni­dad, o sea para bien de nuestro rebaño, yo estoy todavía en la tierra, y desde hace dos meses en situación de trabajar. Sólo me queda de esta enfermedad una debilidad y una inflamación de piernas, que no me per­mite largas caminatas a pie; por ahora sólo puedo hacer 20 o 30 ly…

Por fin el Padre Dumazel, cuyo nombre chino es Tul, llegó a nues­tro castillo de paja el 3 de la 3ª luna. En esta fecha yo visitaba un dis­trito que está a 20 ly de nuestra residencia. Pero la Providencia ha que­rido proporcionarme el placer de ver a este querido hermano lo más pronto posible; una extremaunción que no tuvo lugar a causa de la muerte del enfermo, me llevó ese mismo día a casa, de manera que di la impresión de volver para recibir al Padre Dumazel, y no para llevar los últimos auxilios a un enfermo, que ya no lo era desde antes mismo de ponerme en camino para administrárselos.

Me parece de una salud muy delicada, y que necesita muchos cui­dados. Sin embargo es muy ardiente, y requiere más la brida que las espuelas. Él querría andar siempre a galope tendido; si es detenido en su marcha, se entristece y cae fácilmente en la melancolía. Se lo he advertido, poniéndole por ejemplo las operaciones mismas de la gra­cia, que son lentas aunque estén dirigidas por la omnipotencia misma; con cuánta mayor razón nosotros, que no tenemos más que lo que le agrada a Dios darnos.

Pronto se hará con la lengua, ya que habla mucho, y no son los libros los que forman en esta lengua que no tiene gramática.

Nuestro maestro de escuela murió el día de viernes santo,3 después de una enfermedad de 8 meses, a la hora misma que 800 ó 900 cristia­nos se habían reunido en nuestra iglesia para hacer la adoración de la cruz, y que acudieron todos conmigo a rezarle las oraciones de la reco­mendación del alma. Tengo motivos de creer que Dios le ha recibido en su misericordia. Así que nos hallamos sin maestro, y por consi­guiente sin escuela para este año. Debemos examinar los medios de que nos envíen uno para el año próximo, ya que por este ario los esco­lares se han dispersado todos, con diversos maestros cristianos o paga­nos, al ver que la enfermedad de Qon José impedía la apertura de nues­tra escuela.

El Padre Richenet me anuncia que estoy repatriado con Monseñor el obispo de Anthédon,4 Vicario Apostólico de Chensy, y que mi carta no ha contribuido en nada, ya que me ha escrito otra con fecha anterior a la mía, que ha comunicado al Padre Marchini, y éste al Padre Richenet. Pues bien, esta carta del 29 de septiembre corrige todo lo que había de duro en las precedentes, y nos devuelve todas nuestros antiguas facultades.

Por lo demás, yo no sé qué camino ha podido seguir esta carta para llegar hasta mí, pero no la he recibido aún, aunque ya hayan transcu­rrido 7 meses desde su fecha. En la que ahora dirijo a dicho Vicario, no dejo de hacerle esta observación.

Entre los objetos que he pedido a Q. t. (Cantón) está un reloj, pues el mío no contiene las ganas de ir a todo galope, hasta adelantarse al sol dos horas al día. Vale 22 piastras y, a juzgar por el aspecto, es bueno. Si en esto me equivoqué, le ruego me perdone, pero la necesi­dad es tan manifiesta para nosotros cosmopolitas, que me perdonará el no habérselo pedido antes. Por ahora tengo en total 70 taéls, de los que no he hecho uso particular.

Ruego al Padre Lamiot que le comunique la necesidad de estable­cer un colegio en cada provincia, y por consiguiente un obispo. Si es un desatino, que se eche al fuego y no se hable más, y si no, vea lo que se puede hacer y actúe; ya que para usted y para mí pronto llegará el tiempo en que no podremos hacer nada, y pronto será quizá demasia­do tarde para tantear este asunto, cuyo fracaso hará que se pierda Hu­qoang antes de que pasen 30 años;5 porque si nos falta el recurso de Pekín, ¿dónde están los recursos de esta provincia? Dirá que hay que esperar, pero san Agustín dice en alguna parte que no obstante hay que actuar como si no se esperara.

Le ruego que recuerde lo que usted y el Padre Raux me prometieron varias veces, a saber, que la llegada de un europeo me valdría el des­cargo del superiorato,6 de lo que nunca he entendido nada, pues sabe que se me echó encima esta carga sólo por no haber otra cosa a mano.

Le pido que me abra un hueco grande en sus oraciones, pues soy un miserable espiritual más allá de todo lo que pueda pensar; asimismo estoy íntimamente persuadido de que Dios me deja todavía sobre la tie­rra por su gran misericordia, para concederme algo de tiempo en este gran viaje que fija nuestra suerte para siempre.

Yo no dejo pasar un solo día sin pensar en usted y en su familia, para que Dios derrame sobre ustedes sus bendiciones más abundantes. No se puede añadir nada a los sentimientos de afecto y respeto y hasta, si me lo permite, de amistad con los que tengo el honor de ser…

P.S.- Le envío a un alumno en quien no veo defectos de considera­ción. Se los veo pequeños, pero ¿quién no los tiene? Deseo que pueda sacar partido de él. En cuanto a los otros dos no me atrevería a arries­garme; los dos tienen úlceras en las piernas y son de salud poco fuerte.

A cambio del primero, envíenos por favor al Padre Tching ya pro­metido.

  1. CARTA 47. Casa Madre, original (Bazos n. 42 Ghislain, cfr. 17, nota 2.
  2. Hasta la fecha, el Bienaventurado Clet llamaba al P. Dumazel Ma (caballo).
  3. En 1810, Pascua cayó en 22 de abril.
  4. Para el obispo de Anthédon, cfr. Carta 19, nota 3
  5. Aconteció efectivamente a los 28 años. El 14 de agosto de 1838 se separó a Chen-si de Hup-é, que fue confiado a los misioneros de Propaganda Fide.
  6. Nunca llegaría a ocurrir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *