Reflexiones sobre la vida en común del misionero vicenciano

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. .
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asdINTRODUCCIÓN

Punto de referencia

El enunciado del tema es ya significativo, porque pone de relieve los tres aspectos que nos interesan: la vida de fraternidad en común, del misionero vicenciano.

No nos interesa ahora reflexionar sobre los componentes de la vida comunitaria en general, sino sobre los propios de la vida comunitaria vicenciana. A estos elementos me referiré continua- mente. porque son los que nos centran en lo propio y en lo específico de nuestra comunidad, y los que dan el propio significado a los elementos comunes. El magisterio postconciliar y el Derecho canónico llaman continuamente la atención para interpretar y vivir según la índole propia o el propio espíritu de cada instituto, lo que es común.

Tipos de comunidad que se excluyen

También el enunciado insinúa otra faceta muy importante: la unión entre la fraternidad y la presencia física. Es evidente que sin amor fraterno mutuo no hay comunidad por muy vecinas que se encuentren las personas, pero tampoco hay comunidad fraterna vicenciana si ésta no se desarrolla dentro de las estructuras comunitarias vicencianas. Excluimos, pues, dos tipos de comunidades: la comunidad calificada de dispersión, en la que los miembros se unen en la obediencia. y la comunidad calificada de equipo de trabajo apostólico. en la que los miembros se unen por las metas que se han propuesto alcanzar en el campo del apostolado, como puede ser la comunidad existente entre el párroco y sus vicarios. Hoy, en la Congregación. según mi parecer, el peligro no está tanto en la dispersión, sino en hacer de nuestras comunidades locales comunidades de mero trabajo apostólico o comunidades de clérigos seculares.

Elementos básicos de la comunidad en las Sociedades de Vida Apostólica

El Derecho canónico, cuando describe en general lo que es la comunidad de los Institutos de Vida Consagrada, pone el acento en la vida fraterna por la que todos los miembros se unen como en una familia peculiar en Cristo… y en la comunión fraterna, enraizada y fundamentada en la caridad, para que los miembros sean ejemplo de la reconciliación universal en Cristo (c. 602). Pero el mismo derecho canónico cuando describe la comunidad de las Sociedades de Vida Apostólica, dice explícitamente: Los miembros deben habitar en al casa o en la comunidad legítimamente constituida, y llevar vida común, de acuerdo con el propio derecho por también las ausencias de la casa o de la comunidad local (c. 740).

Es importante, por tanto, el artículo 21, 1 de nuestras Constituciones, que establece: la vida comunitaria es un rasgo propio de la Congregación y su forma ordinaria de vivir ya desde su fundación y por voluntad clara de San Vicente. Por tanto, sus miembros deben vivir en una casa o en una comunidad legítimamente constituida, a tenor del derecho propio. Fundamentar este artículo con textos vicencianos es fácil. Basta leer el Contrato de Fundación de la Congregación, el Acta de Asociación de los primeros misioneros, la Reglas Comunes y las Circulares de los Superiores Generales. El artículo 21 no es más que la constatación de lo que lo que ha sido la forma ordinaria de vivir en la Congregación. desde sus comienzos hasta el presente hasta presente.

RELACIONES ENTRE LA VIDA FRATERNA EN COMÚN Y EL APOSTOLADO

Teóricamente, nadie niega que la relación entre la vida en común y la comunión fraterna es esencial a la comunidad local vicenciana. Todos deseamos convivir fraternalmente. Sin embargo, todos somos conscientes de que surgen conflictos y tensiones entre ambos aspectos. Veamos cuáles son las relaciones entre la vida común fraterna y el apostolado.

1. Las respuesta de las Constituciones.

En las Constituciones tenemos la respuesta: la vida fraterna la vida fraterna en común vicenciana, o más simplemente, la comunidad vicenciana es para la misión. La finalidad de la comunidad vicenciana es la misión: prepara la misión, fomenta la misión, ayuda a la realización de la misión. Constituidos en comunión fraterna, es decir, presentes, unidos y organizados, los misioneros se esfuerzan por cumplir la misión común (cfr. art. 19). Es evidente, y siempre se creyó así, que la comunidad vicenciana está orientada a la actividad apostólica, pero no se identifica con ella.

El párrafo segundo del art. 21 confirma la dicho: la convivencia fraterna, que se alimenta continuamente de la misión, crea la comunidad para conseguir el progreso personal y comunitario para hacer más eficaz la labor evangelizadora. Aparece clara la distinción entre comunidad fraterna, misión y evangelización. Esta distinción es muy importante, porque fundamenta la autonomía de cada elemento y resalta las relaciones entre ellos.

2. El apostolado, pretexto frecuente para eludir la convivencia. Dificultad actualmente universal.

No obstante lo establecido en las Constituciones, la realidad es distinta. Con frecuencia, se asumen compromisos apostólicos para aliviar las dificultades de la convivencia. A veces, se justifican por el apostolado muchas ausencias o muchas divergencias en los comportamientos y en el estilo de vida de los misioneros. Se tilda al apostolado como causa de unas relaciones superficiales entre los miembros de la misma comunidad. Es decir, que un elemento tan importante de la misión vicenciana, como es el apostolado, que debería teóricamente alimentar la convivencia, y fortalecerla; que la debería interpelar para que fuera cada vez más evangélica, resulta muchas veces todo lo contrario: es causa de la debilidad apostólica, de la existencia de vidas paralelas entre los misioneros, y -lo que es peor -del antitestimonio, por falta de unidad y de caridad. Sabemos también cómo la tensión entre apostolado y vida común ha servido de pretexto para abandonar la Congregación.

La tarea de armonizar este doble elemento es, o debe ser, uno los compromisos más serios y más urgentes de los misioneros. El Cardenal Hamer, Prefecto actual de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, ha dicho no hace mucho, que en la vivencia de la vida comunitaria se juega hoy el sentido de la vida consagrada y de su eficacia apostólica. En nuestras comunidades se trabaja, se practican la caridad y la comprensión, la resignación y la paciencia, pero con frecuencia no se vive a gusto. No es suficiente para vivir satisfactoriamente la vida fraterna en común practicar los aspectos .’correctivos» de la caridad.

3. La Asamblea General de 1986 se preocupó de la cohesión interna de la vida comunitaria.

El análisis que la Asamblea General de 1986 hizo de la comunidad vicenciana en la actualidad, puso de manifiesto los aspectos negativos siguientes: el individualismo, la falta de organización, la superficialidad de las relaciones mutuas, el vivir juntos sin conocerse, no tener tiempo para escucharse, salir fuera de la comunidad para dialogar y hallar el apoyo que la comunidad no presta o que los mismos miembros se niegan a sostener.

Consecuentemente con dicho análisis, las Líneas de Acción, dimanadas de dicha Asamblea General, proponen como medios para conseguir la cohesión interna de la vida común la comunicación mutua, como cauce indispensable para crear auténticas comunidades, la búsqueda diligente y sincera de formas y medios para escucharse mutuamente y para compartir los propios éxitos y fracasos, la programación y revisión del diálogo fraterno, de la práctica de la oración, del desarrollo de los ministerios y del descanso y el cumplimiento del deber humano y evangélico de preocuparse unos de otros, tanto si viven juntos como si viven solos.

4. Los obstáculos para la convivencia señalados por los Visitadores.

La valoración de las Líneas de Acción, hecha en las Provincias para el encuentro de los Visitadores de Río de Janeiro (1989), va en la misma dirección y expone los principales obstáculos que los Visitadores han encontrado en la animación de las comunidades locales: dispersión de los miembros y de las obras. polarización de las ideas por causas diversas, los problemas personales, el individualismo, la independencia. el rechazo de los orientaciones comunitarias, el exceso de trabajo y la falta del proyecto comunitario local (cfr. Vinc. (1989) 392- 393. En realidad, una vez más se constatan las dificultades que surgen en la armonización de la vida en común con la convivencia y con el apostolado. Se añaden otras causas muy importantes: los problemas personales, el individualismo, la no aceptación de los criterios dados por la Congregación y la no realización del Proyecto comunitario local.

5. Resultado inquietante.

El debilitamiento ‘interior» de nuestras comunidades, por decirlo de alguna manera, tiene, o puede tener, otras muchas causas, además de las mencionadas por la Asamblea General y los Visitadores. En resumen, podemos decir que la causa de la convivencia no satisfactoria está, en gran medida, en el tipo de comunidad que se ha creado en algunas Provincia de la Congregación y que me parece, se sigue creando contra lo establecido en las Constituciones. Esto es inquietante. Por falta de vocaciones, por no querer o no poder dejar obras, por la escasez de personal, por la pérdida de los ministerios tradicionales, en la Congregación prevalece hoy la comunidad para el trabajo ministerial y no la comunidad en la que se puedan poner en práctica los valores que son propios de la comunidad local vicenciana. Nos podemos preguntar: ¿Cómo es posible que el trabajo apostólico impida habitualmente el que los misioneros hagan una hora diaria de oración, o que asistan a las reuniones comunitarias? Es una pregunta entre otras que todos podemos hacer, basados en la experiencia actual de la vida comunitaria en muchas de las Comunidades de la Congregación. Parece que, en la práctica, tenemos uno de los tipos de comunidad excluidos: la comunidad para solo el ministerio.

6. Alternativas que se presentan.

Si este tipo de comunidad prevalece, es decir, si la comunidad para la misión se entiende como comunidad exclusivamente para el trabajo misionero y la comunidad de convivencia se pone aparte y no se la atiende como merece, dos alternativas se presentan: o tenemos que plantearnos la cuestión de la vida fraterna en común de otra manera, v. g., al modo de los sacerdotes seculares, párrocos y vicarios, o, por el contrario, debemos corregir la situación de muchas de nuestras comunidades actuales, pensadas exclusivamente o casi exclusivamente para el trabajo apostólico.

De las dos alternativas, la primera es inaceptable. Las Líneas de Acción, consecuentes con toda la tradición de la Congregación y con lo establecido en las Constituciones, rechazan esta primera alternativa: No podemos abandonar la misión so pretexto de salvaguardar la vida comunitaria, pero, según san Vicente, sacrificar la vida comunitaria sería fatalmente nocivo para la misión. Como apoyo de esta idea se cita el capítulo VIII de las Reglas Comunes i (cfr. Vinc. (1986) 557.559). Y en el encuentro de Río de Janeiro se ha llegado a la misma conclusión, pero invirtiendo los términos: Es necesario ver la vida comunitaria como un valor en sí misma y en vista de la evangelización de los pobres (cfr. Vi nc. (1980) 517).

7. ¿Marcha atrás?

Lo que estoy diciendo ¿es volver al conventualismo tan criticado de nuestras comunidades? Creo que no. Nuestra Comunidad, inserta en la Iglesia y en la sociedad, se ve afectada por ideas y comportamientos nuevos y distintos. No es difícil ver que nuestro modo le vivir, unas veces ha padecido de conventualismo, la comunidad se cerró, se «religiosizó». Es la acusación que algunos de nuestros historiadores lanzan contra el P. Etienne, sin que puedan negar la expansión misionera que la Congregación desarrolló en su tiempo. Otras veces, y creo que es lo que a nosotros nos toca vivir, nuestra comunidad padece los efectos de la secularización. Uno de los efectos negativos de la secularización es la sobrevaloración del trabajo -la pasión por el trabajo -, el contacto con el mundo – comunión con el mundo -, la obsesión por la eficacia a costa de la verdad- pasión por la técnica-. Otro efecto negativo es, como sabemos, la minusvaloración de los valores espirituales y religiosos.

Si hoy hablamos de crisis en nuestras comunidades, no es por falta de trabajo, ni porque los misioneros no trabajen, ni tampoco porque no trabajen en general entre los pobres y para los pobres. Si hoy hablamos de crisis de nuestras comunidades locales, es porque en ellas no funcionan bien los dinamismos espirituales. Se ha constatado que en algunas Provincias no llegan al 50% los miembros que no hacen Ejercicios Espirituales anuales, porque dicen, entre otras razones, que no tienen tiempo, que el trabajo se lo impide.

No creo que lo que propongo sea una vuelta atrás. En la reflexión que actualmente se está haciendo en la Iglesia sobre la vida consagrada se advierte lo siguiente: Después de los casi treinta años postconciliares, se ha pasado de una situación de entusiasmo a una situación de malestar, porque lo que se esperó de aquellos textos tan bellos no se ha logrado plenamente y lo malo es que del malestar se corre el riesgo de pasar al conformismo, lo más vecino a la muerte de las instituciones. Me temo que esto se dé, se pueda dar, en el campo de las relaciones interpersonales de algunas de nuestras comunidades locales.

8. ¿Qué hacer?

La cuestión que se plantea es, pues, cómo superar el malestar y lograr, de una manera suficientemente satisfactoria, lo que los textos proponen, armonizar vida fraterna en común y apostolado. Cada época ha hecho lo suyo, hagamos nosotros lo nuestro, desde nuestra situación y desde nuestra gracia. ¿Qué es lo que tenemos que hacer? Una respuesta obligada es: seguir reflexionando sobre lo que somos y sobre las instituciones que sirven de vehículo a nuestra identidad y las que la hacen sociológicamente visible y convincente. La reflexión, es de esperar, nos llevará a tomar decisiones, coyunturales unas veces y otras, quizás, más definitivas. Lo importante es buscar y mediante la búsqueda resolver los problemas que nos aquejan, bien corrigiendo los defectos. bien creando nuevos caminos.

LOS VALORES ESENCIALES DE LA COMUNIDAD MISIONERA VICENCIANA

Se impone una reflexión sobre la identidad teológica de la comunidad misionera vicenciana, sobre los valores evangélicos que quiso San Vicente estuvieran vivos en sus comunidades.

San Vicente citó tres de veces la profecía de San Vicente Ferrer. Esta profecía vaticinaba lo siguiente: …Vendrán sacerdotes que con le fervor de su celo abrasarán toda la tierra (SVP, XI, 39, 703, 763). La triple cita de la profecía hecha por san Vicente, ha dado pie a que algunos escritores se pregunten si san Vicente pensó que tales sacerdotes serían los misioneros En el Coloquio Internacional sobre San Vicente, tenido en París en 1981, Jean Seguy planteó de nuevo la cuestión bajo el título: San Vicente, la Congregación de la Misión y los últimos tiempos.1

Es posible que san Vicente, conocedor de la doctrina y profecía de su segundo patrón, san Vicente Ferrer, la recordase y la citase como un aliciente para que los misioneros fueran más celosos y se dedicaran con más esmero a la formación de los sacerdotes. La humildad y el realismo de san Vicente le impidieron creer que sus misioneros iban a cumplir la profecía del santo dominico. Es casi seguro que esta profecía no se ha cumplido todavía. Lo que san Vicente dijo en una conferencia, posterior a 1648, indica lo que el santo pensaba sobre la relación entre la profecía y los misioneros: Si no merecemos que Dios nos conceda esa gracia de ser de esos sacerdotes, supliquémosle que al menos nos haga sus imágenes y precursores; pero, sea lo que sea, estemos ciertos De que no seremos verdaderos cristianos hasta que no estemos dispuestos a perderlo todo y a dar incluso nuestra vida por el amor y la gloria de Jesucristo (SVP, XI, 763).

La comunidad de los doce, modelo de comunidad

Más cierto es que san Vicente, como otros muchos Fundadores de comunidades dedicadas al Apostolado, tomó la comunidad de los Doce, la forma de vivir de Jesús con sus discípulos, como modelo de su Comunidad. La comunidad de los doce presenta unos rasgos evangélicos bien precisos:

a. Es una vida de comunidad de vida cristocéntrica, vivir con Jesús y en Jesús, compartirlo todo con él, comulgar en todo con Jesús.

b. Es una comunidad en la que Cristo es el modelo. Todos los demás miembros tienden a configurarse con Jesús, imitarle, «seguirle», pensar como él y tener los mismos sentimientos que él.

c. Es una comunidad dedicada totalmente a la misión de Jesús, de tal modo que la misión es un elemento determinante en la Comunidad de los doce.

Lo que sucede es que cada fundador, guiado por el Espíritu, selecciona aquellos rasgos de la comunidad de los doce que más le sirven para configurar evangélicamente la comunidad que él intenta fundar. San Vicente hizo lo mismo. El contempló la comunidad de los doce y escogió aquellos rasgos que mejor podían configurar la comunidad de los misioneros.

¿Cuáles son las características evangélicas de la comunidad vicenciana, continuadora de la misión evangelizadora de Cristo? El número uno del capítulo octava nos una pista:

  • Es una comunidad de llamados
  • Es una comunidad animada por el amor mutuo
  • Es una comunidad de mutua ayuda
  • Es una comunidad de reconciliación
  • Es una comunidad de obras comunitarias
  • Es una comunidad de personas humildes

En la explicación que san Vicente dio sobre estas características descubrimos otras facetas muy interesantes. San Vicente vio el amor mutuo de los misioneros como un reflejo del amor trinitario. Al tratar de la unión entre las casas de la Congregación, san Vicente propone este ideal: Que se diga que en la iglesia de Dios hay una compañía que hace profesión de estar muy unida, de no hablar nunca mal de los ausentes, que se diga de la Misión que es una comunidad que nunca encuentra nada que criticar en sus hermanos. La verdad es que yo estimaría esto más que todas las misiones, las predicaciones, las ocupaciones con los ordenandos y todas las demás bendiciones que Dios ha dado a la compañía, tanto más cuanto que en nosotros estaría entonces más impresa la imagen de la santísima Trinidad(SVP, XI, 45-46). Estas afirmaciones en boca de san Vicente son muy significativas y dignas de tenerse muy en cuenta cuando queremos crear una comunidad vicenciana o revisar el modo de vivir de las actuales. Lo que nadie puede poner en duda es que san Vicente deseó que todos sus misioneros fueran hombres evangélicos podemos citar lo que escribió en el Prólogo de las Reglas Comunes: Nos pareció que quienes han sido llamados a continuar la misión del mismo Cristo, misión que consiste sobre todo en evangelizar a los pobres, deberían llenarse de los mismos sentimientos y afectos de Cristo mismo; más aún, deberían llenarse de su mismo espíritu y seguir fielmente sus huellas», o lo que escribió en el art. 3 del C. I de las Reglas Comunes: Para que esta Congregación consiga, con la ayuda de la gracia de Dios, el fin que ha elegido para sí misma, es menester que trate con todas sus fuerzas de revestirse del espíritu de Cristo, espíritu que brilla, sobre todo en las enseñanzas evangélicas.

Otros modelos de comunidad

Existen otros modelos de comunidad, v. g. la comunidad de los primeros cristianos: comunidad de fe, de fraternidad, de oración, de comunicación de bienes; y la comunidad inspirada en la Iglesia: Como la Iglesia y en la Iglesia, la Congregación descubre en la Trinidad el principio de su acción y su vida.

De todas maneras, todos los modelos aportan valores evangélicos importantes, tales como, ejemplo de la Iglesia anunciar el amor de Dios a los hombres y manifestarlo con la propia vida personal y comunitaria, o como la de los primeros cristianos tener los bienes en común.

Todas estas perspectivas teológicas son buenas, aceptables e inspiradoras. La cuestión está, a mi modo de ver, en lo que de la contemplación de tales perspectivas somos capaces de deducir y vivir.

Ciñéndonos a las Reglas Comunes, vemos que San Vicente se inspiró en la comunidad apostólica cuando expuso el fin de la Congregación (c. 1) y la propuso como modelo de la pobreza de los misioneros (c.3), del trato mutuo trato (c.8) y con los externos (c.9) y de las prácticas de piedad (10) y de cómo comportarnos en los ministerios (11). Este modo de proceder de san Vicente indica que no se contentó con ser un contemplativo, que no se mantuvo en la reflexión teórica de lo que fue la Comunidad de los Doce, sino que se comprometió legislando y creando instituciones a fin de reproducir, aunque solo fuera limitadamente, lo que la comunidad de Jesús con sus discípulos le inspiró y sugirió.

Nuestra dificultad no está ni en la admisión de la teología de la comunidad apostólica, ni en la contemplación de la misma, sino en cómo crear cauces y medios para imitarla y seguirla y como tener el valor de llevar a cabo lo establecido. Tengo la impresión que la contemplación de realidades tan bellas crea una cierta desorientación y, por esto, aparecen las tentaciones de la dispersión, de centrarse excesivamente en el trabajo, de discutir eternamente los mismos temas, del irenismo y de la desilusión.

SIGNIFICADO DE LA EXPRESIÓN «COMUNIDAD PARA LA MISIÓN»

Otro punto de reflexión necesario es el sentido que tiene la expresión tan repetida: Comunidad para la Misión vicenciana, ¿qué entendemos por comunidad vicenciana? y ¿qué entendemos por misión vicenciana?

Comunidad vicenciana

La Comunidad vicenciana, en cualquiera de los niveles que se considere (general, provincial y local), es la gran institución en la que la misión se apoya, de la que la misión se sirve para realizarse en la Iglesia y en el mundo. La COMUNIDAD vicenciana no existe si no es para la MISION, pero tampoco la Misión vicenciana existe sin la Comunidad vicenciana. MISION y COMUNIDAD nacieron al mismo tiempo. Si la misión originó la comunidad, la comunidad sostiene la misión y la sostiene de muchas maneras: fomentado la actividad apostólica, preparándola, ayudándola, y activando todos los dinamismos espirituales e institucionales propios. De una manera especial vale lo dicho de la Comunidad local, en la que, según el art. 129, 1 de las Constituciones, la Congregación se hace realidad principalmente en cada una de las Comunidades locales.

La Comunidad está constituida por personas, por obras y por instituciones, pero no por personas, por obras y por instituciones vagas e imprecisas, comunes o genéricas, sino por personas, obras e instituciones animadas del espíritu propio, aptas y adecuadas para lograr el fin al que las personas aspiran, por el que las obras y las instituciones se crearon. En este sentido, es interesante recordar lo que manda el canon 602, aunque se refiera a las relaciones entre la Comunidad local y la vocación de sus miembros: la vida fraterna debe determinarse de tal manera que sea para todos una ayuda mutua en el cumplimiento de la propia vocación personal.

En realidad, la Comunidad en todos los niveles, especialmente la Comunidad local, integra, resume y condensa todos los demás elementos constitutivos de la vocación misionera. Desde ella, como espacio y como contenido esencial del seguimiento de Cristo evangelizador de los pobres, cobran unidad y adquieren sentido todas las demás dimensiones de la vida y vocación vicencianas. Uno de las factores que ha influido para que las figuras de gobierno intermedias, v .g.: la Provincia, hayan alcanzado una fuerte preponderancia ha sido el debilitamiento de las comunidades loca- les. Se ha olvidado que entre nosotros la Casa tuvo más importancia que la Provincia. Sin duda, las circunstancias han cambiado y, debido al cambio de las circunstancias, han cambiado las normas, el modo de gobierno, la influencia de las instituciones e, incluso, ha cambiado el aprecio por la Comunidad local. De todas maneras, y aceptados los cambios, nunca se debiera aminorar el valor que la Comunidad local tiene para el progreso de sus miembros y para la eficacia de la misión (cfr. art. 22).

Misión vicenciana

El término misión es muy amplio, abarca muchos campos, y su significado es muy diverso (misiones trinitarias, misión de Cristo, de la Iglesia, de los doce, misiones populares, ad gentes, etc.). Si no se le precisa puede engendrar una gran confusión. Lo que ahora nos interesa saber es el significado de «misión» en el pensamiento de san Vicente y en la teología posterior de la Congregación.

a) Lo primero que hay que decir es que «la Misión» vicenciana, aunque con frecuencia sea sinónimo de actividad apostólica, no se debe reducir únicamente a ella, sea en el campo que sea: misiones populares, formación del clero, etc. En parte podemos retener lo que ha dicho Pablo VI sobre al significado del término «evangelización»: Algunos elementos (de la evangelización) revisten tal importancia que se tiene a identificarlos con ella. De ahí que se haya podido definir la evangelización en términos de anuncio de Cristo, de predicación, de catequesis, de bautismo, de administración de sacramentos, etc. Ninguna definición parcial y fragmentaria refleja la rica, compleja y dinámica que comporta la evangelización, si no es con el riesgo de empobrecerla e incluso de mutilarla (EN 17). La Misión no es únicamente anuncio del evangelio a los pobres, predicar las verdades para la salvación, administrar los sacramentos, ejercer la caridad en favor de los necesitados.

b) El P. Dodin tiene un bello trabajo en el que explica cómo el espíritu de Cristo es el espíritu de la Misión. En este trabajo, el P. Dodin manifiesta los fundamentos cristológicos de la espiritualidad misionera vicenciana, lo cual significa que «la Misión» es, además del quehacer apostólico, una espiritualidad. El artículo 5 de nuestras Constituciones afirma que el espíritu de la Misión es la participación del espíritu de Cristo. La conclusión es que «Cristo es la Regla de la Misión». Decir «Misión» es, pues, afirmar la existencia de un espíritu especial en la Iglesia, apto para santificar y apto para dar un dinamismo propio a los quehaceres del misionero vicenciano.

c) La Misión puede entenderse como un carisma. Un documento muy importante, el Mutuae Relationes (14.5.1978) dice: todo carisma lleva consigo un estilo particular de santificación y apostolado que va creando una tradición típica cuyos elementos objetivos pueden ser fácilmente individualizados, y añade algo muy importante: Es necesario, por lo mismo, que en las actuales circunstancias de evolución cultural y de renovación eclesial, la identidad de cada instituto sea asegurada de tal manera que pueda evitarse el peligro de la imprecisión con que los religiosos (léase misioneros) sin tener suficientemente en cuenta el modo de actuar propio de su índole, se insertan en la vida de la Iglesia de una manera vaga y ambigua (MR 11).

d) Lo que nos quiere decir el Mutuae Relationes, al hablar de la tradición típica cuyos elementos objetivos pueden individualizarse, es que todo carisma lleva consigo un cuerpo, es decir, una tradición. unas obras, unas instituciones y unas estructuras por las que se hace presente en el mundo y actúa dentro de él. Decir la Misión vicenciana, es decir que existen una tradición vicenciana, obras, instituciones y estructuras vicencianas con contenidos propios a fin de que la misma Misión se reanime, se haga más fuerte y sea más eficaz en sus cometidos.

CONCLUSIÓN

La conclusión de estas reflexiones no es otra que una llamada de atención a esforzarse para comprender mejor el contenido de la expresión.’Comunidad para la Misión», ver, incluso, su complejidad, y evitar reducir su significado, como sería entender la Misión Vicenciana únicamente como quehacer misionero, actividad apostólica, e igualmente evitar que el término Comunidad se entiende como mero medio, nada más que mero medio, para llevar a cabo la actividad apostólica. Por tanto. cuando ambos aspectos se relacionan, hay que ver en qué sentido se relacionan y procurar armonizar prácticamente todos los valores y exigencias de la Comunidad y de la Misión.

  1. Seguy J.. Monsieur Vinccnt. J. Congregation de la Mission et les derniers temps, en Vincent de Paul, Actes du colloque international d’études vincentiennes, Paris. 25-26 septembre. 1981 .Edizioni vincenziane .Roma. pp. 217.224.

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