- REFLEXIONES PERSONALES
En esta segunda parte expondré lo que, en mi opinión y a partir del texto podemos intuir, deducir o comprender aunque no aparezca expresamente escrito, así como algunas reflexiones personales que me sugiere.
- RESPECTO A LA SALUD
Al principio y al final de la carta se alude a la de santa Luisa. Puede comprobarse que es un tema recurrente en la correspondencia de nuestros santos ¡sin duda por el siglo en que viven, por su propia experiencia y por el servicio que realizan¡ y tema muy interesante para profundizar.
Ahora, solamente deseo compartir lo que creo que, en san Vicente y santa Luisa, es un hecho: la salud está en función del servicio a los demás.
Me atrevo a decir que para ellos ‘salud’ equivale a ‘vida entregada’. Desde esta afirmación podemos entender que ‘cuidarse’ no puede ser mirarse a sí mismos, compensar carencias, autocomplacerse, reservarse para vivir más tiempo (o realizar desproporcionados esfuerzos por alargar los años a toda costa), etc., sino que cuidarse es donarse, entregarse, desprenderse de sí, en la dinámica evangélica del grano de trigo, hasta gastar por completo la vida dando vida a otros.
Afirmar esto, en ningún caso supone dejar de valorar y cuidar la salud o hacer apología del estrés o del ‘trabajar demasiado’. En este sentido es iluminadora una carta de san Vicente en que le dice a santa Luisa: » ¡Bendito sea Dios por haberla hecho llegar con buena salud! Tenga cuidado de conservarla por el amor de Nuestro Señor y de sus pobres miembros, y evite trabajar demasiado. Es una astucia del diablo, con la que engaña a muchas almas buenas, el incitarlas a hacer más de lo que pueden, para que luego no puedan hacer nada; y el espíritu de Dios incita mansamente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer, a fin de que lo hagamos con perseverancia y largueza».
Esta, en mi opinión, fue la práctica que nuestros Fundadores vivieron y nos enseñaron, práctica que en el mundo actual realmente es contracultural.
- TEMA NUCLEAR: FUNDACIÓN DE LA COMPAÑÍA
En su Retiro anual, Vicente de Paúl da vueltas a algo por lo que santa Luisa sentía inquietud y llevaba tiempo pensando y compartiendo con él: vivir en comunidad de vida fraterna con las jóvenes campesinas a las que ella conoce, forma y acompaña, y que están dispersas por las Caridades de las parroquias de París. Hasta el momento había tratado de disuadirla; así puede entenderse si leemos:
«En cuanto a lo otro, le ruego una vez para siempre que no piense en ello, hasta que Nuestro Señor haga ver lo que Él quiere, ya que ahora da sentimientos contrarios. Se desean cosas muy buenas con un deseo que parece ser de Dios, y sin embargo no siempre lo es. Dios lo permite para que el espíritu se vaya preparando a ser como El desea…. Usted busca convertirse en sierva de esas pobres muchachas y Dios quiere que sea sierva de El y quizás de otras muchas personas a las que no serviría de esa otra forma. Y aunque sólo fuera sierva de Dios, ¿no es bastante para Dios el que su corazón honre la tranquilidad del de Nuestro Señor? Eso es lo conveniente y esa es la disposición para servirle. El reino de Dios es la paz en el Espíritu Santo; El reinará en usted, si su corazón está en paz. Esté, pues, en paz, señorita, y honrará soberanamente al Dios de la paz y del amor».
En otra carta escrita, al parecer, en mayo de 1633, aún no lo ve claro: «Y en relación con el asunto que lleva entre manos, todavía no tengo el corazón bastante iluminado ante Dios por una dificultad que me impide ver si es ésa la voluntad de su divina Majestad»21.
Ahora, los días de Retiro están próximos a su fin y Vicente quiere quedar con Luisa para hablarlo, pues ha encontrado luz respecto a esa buena obra. Esa intuición interior de Luisa ¡ángel bueno¡ que anteriormente él aquietaba en este momento ve que viene del Espíritu¡ ha comunicado con el mío¡ y cree que, con la ayuda de Dios, hay que darle respuesta.
Este sería el asunto principal de la carta que, de alguna forma, introduce desde el primer párrafo cuando hablando de la salud de Luisa le pide que se cuide, no ya como una persona particular sino como si otras muchas tuviesen parte en su conservación.
- EL NOMBRE DE Hijas de la Caridad
Me parece genial el juego de palabras que podemos ver como anticipo de lo que será más adelante. Vicente dice la Caridad de sus hijas y posteriormente el pueblo las llamará Hijas de la Caridad.
Previo a que san Vicente hable a las Hermanas sobre nuestro nombre’, encontramos una carta a santa Luisa, escrita entre el 1634 y 1636, en que dice literalmente lo que llegará a ser éste: ¡Ya tenemos la primera víctima que Nuestro Señor ha querido aceptar de sus hijas de la Caridad! ¡Sea por siempre bendito!’ (No se trata de Margarita Naseau, quien murió en el hospital de san Luis, sino de otra Hermana «mártir de la caridad», probablemente la primera que murió en la Casa madre de la Compañía). Posteriormente (1640), en una carta enviada a un padre de la Congregación de la Misión, se expresará de igual forma: «A la señorita Le Gras le gustaría que fuese usted a dar una vuelta por Angers para visitar a sus hijas de la Caridad en forma de visita».
A partir del nombre que se nos da y de la convicción de ser Dios el único ‘inventor’ de la Compañía, san Vicente hace toda una fundamentación teológica de nuestra vocación, nos instruye insistentemente en lo que significa ser hijas del Buen Dios28, llamadas por pura gracia a vivir continuamente en el Amor, amando en seguimiento de Jesucristo servidor de los pobres como Él lo hizo en su vida terrena.
- SANTA LUISA ES NUESTRA “MADRE”
Me parece importante no olvidar que para san Vicente hemos sido engendradas por santa Luisa, como claramente les dice a nuestras primeras Hermanas en la conferencia sobre las virtudes de la difunta señorita:
«¡Ánimo, tenéis en el cielo una madre que goza de mucha influencia… tenéis que poner vuestros ojos en la que es vuestra madre, porque os ha engendrado! No os habéis hecho a vosotras mismas, hijas mías; ha sido ella la que os ha hecho y os ha engendrado en Nuestro Señor.
El primer punto de esta charla, hijas mías, es sobre las razones que tenemos para hablar de las virtudes de nuestras hermanas que descansan en Dios y especialmente las de la señorita Le Gras, vuestra querida madre».
Es interesante que santa Luisa, a su vez, refiriéndose a las Hermanas, le habla a san Vicente de sus hijas: «Padre, todas sus hijas se toman la libertad de [encomendar]se a su caridad». «Permítame, padre, presentarle los muy humildes saludos de sus hijas, nuestras queridas hermanas». El padre Vicente también se dirige a las Hermanas llamándolas hijas mías.
A propósito de las referencias mutuas a «las hijas», de san Vicente ¡según santa Luisa¡ y de la señorita ¡ según el señor Vicente¡ ¿no podríamos nosotros abandonar, de una vez para siempre, la subordinación de Luisa a Vicente respecto a la fundación de la Compañía?
Teniendo en cuenta la inquietud vocacional de Luisa y dado el conocimiento y empuje que ella tenía, pues era quien visitaba, reorganizaba y animaba las Caridades, así como quien conocía de cerca, en el día a día, a las jóvenes sirvientas, si nos seguimos empeñando en hablar de un ‘autor principal’ de esta buena obra, en encontrar quién fue el inventor, quién fue por delante de quién…, etc.
… ¿no tendríamos que hacer memoria justa de la Señorita?
… ¿No sería la acción de Vicente de Paúl respuesta a las inquietudes de Luisa de Marillac, aprobación de lo que ella veía desde la fe como Voluntad de Dios para sí y para sus hijas, superación de los miedos al encerramiento en clausura de estas jóvenes sirvientas ¡ con las pérdidas irreversibles que eso supondría para las Caridades; , miedos que, en el santo, eran muy fuertes por el conocimiento de otras experiencias ecle-siales, especialmente la de las Visitandinas?
… ¿No sería Vicente quien ¡ ¡por fin!¡ vio desde la fe, en el contexto de su Retiro anual, que la intuición fundacional de La Señorita no era mero deseo de ella sino la adorable Voluntad del buen Dios?
Según la carta, fechada un martes, le quedan dos días de Retiro. Sabemos entonces, que el jueves lo finalizaba y a Luisa le dice que el viernes o el sábado hablarían del tema. Esta prontitud para dialogarlo, ¿no sería porque vería claro que no aprobar el proyecto de Luisa podría suponer retrasarse respecto al paso de la Providencia?
Vicente, que a lo largo de su vida entendió que la verdadera sabiduría consiste en seguir a la Providencia paso a paso, comprendió que ya era el momento de que La Señorita reuniera en su vivienda a las jóvenes campesinas sirvientas de los pobres en las Caridades, formando esa pequeña comunidad «dedicada a servir al prójimo donde debía haber idas y venidas», tal como Luisa había intuido en aquella Luz de Pentecostés de 1623.
¿Acaso, en algún momento, no habría comunicado a san Vicente, la experiencia interior que tuvo sin saber aún descifrarla del todo? ¿No habrían hablado, de lo bueno que sería vivir juntas con las jóvenes que ella recibía, acompañaba y educaba? ¿No lo viviría como una experiencia de verdadera vocación en la Iglesia?
En mi opinión, santa Luisa hacía relectura de su propia historia personal y, en conexión con aquella experiencia de Pentecostés, viendo los buenos frutos que daban las muchachas sirvientas de los pobres y creyendo que todavía podrían dar más si las reunía con ella, pudo leer desde la fe el devenir de los acontecimientos llegando a percibir como llamada de Dios la formación de esta primera comunidad de Hijas de la Caridad, totalmente de Dios para servir a Cristo en los pobres, de una forma que hasta entonces no se había visto. Y éste es el asunto, según mi parecer, desde el que habría que interpretar la carta de Vicente a Luisa, que dice:
«En cuanto a lo otro, le ruego una vez para siempre que no piense en ello, hasta que Nuestro Señor haga ver lo que El quiere, ya que ahora da sentimientos contrarios. Usted busca convertirse en sierva de esas pobres muchachas y Dios quiere que sea sierva de El y quizás de otras muchas personas a las que no serviría de esa otra forma. Y aunque sólo fuera sierva de Dios, ¿no es bastante para Dios el que su corazón honre la tranquilidad del de Nuestro Señor?
¿Cuál, si no la convicción de ser Voluntad de Dios, era la causa de la inquietud e insistencia de Luisa?
¿También aquí hay que responder ligeramente que la causa era su psicología ansiosa, el escrúpulo por resolver su estado de vida?
Sinceramente creo que por ‘demasiado’ amor a san Vicente, por desatinado prejuicio y poco afecto por nuestra Santa, por ignorancia respecto a la riqueza de la personalidad femenina, su obra y sus escritos ¡o, tal vez, por otras causas que ni se me ocurren¡ me parece que, con sospechosa frecuencia, se ignora la iniciativa de santa Luisa, no viendo en su actuar más que la respuesta de una mujer dependiente a la voluntad de su director, y lo pudiendo imaginar que, en quien injusta y machaconamente se la etiqueta como espiritualista y neurótica, pueda el Espíritu de Dios gestar la gran obra de la Compañía.
Permítanme que, al menos como hipótesis, nos planteemos la intuición fundacional de Luisa de Marillac en la que, de forma inclusiva, en cuanto dialogada y discernida, hay que considerar la de san Vicente. Las palabras de Abelly me parecen que refuerzan esta hipótesis:
«Y Dios, que hizo al señor Vicente Fundador de una Congregación de hombres para evangelizar a los pobres, quiso también que fuera el Padre y Fundador de una nueva Comunidad de Mujeres para el servicio también de los pobres, y principalmente de los enfermos. Esta obra debe atribuirse a la guía de la Divina Providencia tanto más cuanto que el señor Vicente contribuyó menos que en otras a ella por su propia iniciativa, y se vio como obligado, contra sus propios planes, a prestar ayuda a la nueva fundación».
CEME
Cristina Calero H.C.







