Ramiro Rodríguez

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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P. Ramiro Rodríguez

22-09-75

La Orotava

Anales 75, p. 710

reginamundipRamiro fue un hombre bueno. En boca de uno de los Padres, que concelebrando por él, nos re­unimos en La Orotava, fue un «ni­ño grande» en el mejor sentido de la expresión: se reía, se agitaba por el más pequeño suceso; un hombre incapaz de hacer daño a nadie; se daba a todo el mundo v en eso encontraba toda su alegría. Preocupado por su enfermedad, se daba todo el mundo y en los años que conviví con él no en­contré nada en lo que él no fuera feliz, salvo la angustia que de vez en cuando le producía su corazón enfermo.

Recuerdo con admiración que todos sus temas de conversación incidían en su vida sacerdotal, su cariño por la comunidad y su con­tento en el trato con la gente: era raro y hasta cómico oírle hablar de otras cosas. De ahí que los Pa­dres, cuando le recordamos, deci­mos unánimemente de su amor a la comunidad; de ahí que la gente de nuestras parroquias de Andú­jar y La Orotava y de Garachico -su residencia de estos últimos meses- le recuerden, asombrosa­mente tantos, como gran sacerdo­te y todos como un hombre muy bueno y hasta divertido.

Forzosamente, después de tan­tos años juntos, no puedo menos de recordar cómo le veía a diario: un hombre de oración, un empe­dernido lector -él decía que a la fuerza- de los libros de siempre de las revistas a que estuviese suscrita la casa, preparando y es­cribiendo todas sus homilías, con­versando con todo el que cayera a su alrededor, ya que se fatiga­ba por poco que caminara. Creo que éste podía ser el «orden del día» del Ramiro de estos últimos siete años. Y el confesonario: si he conocido a un sacerdote al que no le cansara el confesonario, ese era él.

Y poco más se puede decir del Ramiro de esta última etapa de su vida. Otra cosa tendrán que de­cir desde Venezuela, donde dejó la mayor parte de su vida, de su dedicación, de su vocación vicen­ciana. Allí gastó su corazón; aquí llegó ya herido de muerte, aunque con frecuencia tomáramos a bro­ma sus palpitaciones.

Salvador Quintero

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