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P. Ramiro Rodríguez |
22-09-75 |
La Orotava |
Anales 75, p. 710 |
Ramiro fue un hombre bueno. En boca de uno de los Padres, que concelebrando por él, nos reunimos en La Orotava, fue un «niño grande» en el mejor sentido de la expresión: se reía, se agitaba por el más pequeño suceso; un hombre incapaz de hacer daño a nadie; se daba a todo el mundo v en eso encontraba toda su alegría. Preocupado por su enfermedad, se daba todo el mundo y en los años que conviví con él no encontré nada en lo que él no fuera feliz, salvo la angustia que de vez en cuando le producía su corazón enfermo.
Recuerdo con admiración que todos sus temas de conversación incidían en su vida sacerdotal, su cariño por la comunidad y su contento en el trato con la gente: era raro y hasta cómico oírle hablar de otras cosas. De ahí que los Padres, cuando le recordamos, decimos unánimemente de su amor a la comunidad; de ahí que la gente de nuestras parroquias de Andújar y La Orotava y de Garachico -su residencia de estos últimos meses- le recuerden, asombrosamente tantos, como gran sacerdote y todos como un hombre muy bueno y hasta divertido.
Forzosamente, después de tantos años juntos, no puedo menos de recordar cómo le veía a diario: un hombre de oración, un empedernido lector -él decía que a la fuerza- de los libros de siempre de las revistas a que estuviese suscrita la casa, preparando y escribiendo todas sus homilías, conversando con todo el que cayera a su alrededor, ya que se fatigaba por poco que caminara. Creo que éste podía ser el «orden del día» del Ramiro de estos últimos siete años. Y el confesonario: si he conocido a un sacerdote al que no le cansara el confesonario, ese era él.
Y poco más se puede decir del Ramiro de esta última etapa de su vida. Otra cosa tendrán que decir desde Venezuela, donde dejó la mayor parte de su vida, de su dedicación, de su vocación vicenciana. Allí gastó su corazón; aquí llegó ya herido de muerte, aunque con frecuencia tomáramos a broma sus palpitaciones.
Salvador Quintero







