RAÍCES CAMPESINAS DE LA ESPIRITUALIDAD VICENCIANA (V)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. VIGENCIA DE LA DOCTRINA ESPIRITUAL DE SAN VICENTE DE PAÚL

Enterados de que Vicente de Paúl deja a la posteridad un tes­timonio sobresaliente de trabajo y de caridad, con expresiones religiosas y sociales en las que la justicia manda, aunque esté necesitada de caridad, tratemos de ahondar en su mensaje. El Papa Juan Pablo II, el 27 de septiembre de 1987, en la homilía que pronunciara con ocasión del 250 aniversario de la canoniza­ción de Vicente de Paúl, se expresaba en estos términos: «A tra­vés de las generaciones, san Vicente habla no sólo a su siglo, sino también a toda la época moderna, inscribiendo de nuevo en ésta, con toda la radicalidad del Evangelio, las palabras del ser­món de la montaña: Bienaventurados los misericordiosos, por­que alcanzarán misericordia».

Si es cierto que los ambientes campesinos de hoy difieren mucho de los constatados por el fundador de la Misión y de la Caridad, hasta el punto de confundirse, con frecuencia, con los de las grandes ciudades, no lo es menos que permanece intactas sus enseñanzas extraídas del Evangelio y del trato con los alde­anos. Hoy son raros los autores que se detienen a examinar la influencia de las raíces campesinas en la espiritualidad vicencia-na y muchos los que prefieren fijarse en los pobres en general. Sin ánimo de traer a la cita a todos los autores de última hora que han tratado el tema, es de justicia dejar constancia al menos de algunos especialistas, contribuyentes a poner hoy al santo en su sitio, dentro de la historia de la espiritualidad cristiana.

Nos complace, en primer lugar, destacar la figura de André Dodin que insistió sobre todo en el carisma de la caridad de su biografiado, aunque reconoce alguna influencia en él de otros contemporáneos suyos, sobre todo de Francisco de Sales’. Los artículos y libros de Dodin son hoy consultados con especial interés por su dicción bella, concisa y documentada’. El mismo Dodin, en el Coloquio Internacional de París, de 1981, exponía el estado en que se encontraban entonces los Estudios Vicencia-nos y no podía por menos de felicitar a cuantos, saliéndose del marco tradicional, exploraban nuevas formas de presentar la doctrina del gran santo de la reforma católica en Francia.

Junto a Dodin corren otros escritores franceses de la C.M., como Raymond Chalumeau, Bernard Koch, André Sylvestre, Jean Morin, Jean Pierre Renouard, que han contribuido a aquila­tar la espiritualidad vicenciana. Al fin y al cabo, nadie conoce mejor al santo que sus hijos de congregación.

Las Semanas de estudio de Salamanca han aportado, igual­mente, no poco a la profundización y divulgación de dicha espi­ritualidad en los últimos años mediante la publicación de las ponencias y experiencias apostólicas en tales Semanas. El italia­no Luigi Mezzadri lo reconoce públicamente: «1972 es una fecha importante. Este año se tenía en Salamanca la primera Semana de Estudios Vicencianos… Algunas obras, entre las más intere­santes de los últimos años han venido de España». Dodin con Mezzadri, entre otros muchos que conocemos, vivos y difuntos, han participado en ellas, contribuyendo con sus investigaciones y publicaciones a suscitar en no pocos un gran interés por el conocimiento de san Vicente y su legado espiritual.

Entre nosotros han destacado como autores sobresalientes José M.a Román, Miguel Pérez Flores y José Mª Ibáñez, los tres ya difuntos. Cada uno de ellos, según su especialidad y estilo, nos han dejado obras importantes que están sirviendo de estímulo en la tarea investigadora de la espiritualidad vicenciana. Sin duda, sus escritos son buceados por jóvenes y numerosos autores.

Román se hace presente en el mundo editoralista con su Biografía de San Vicente de Paúl, traducida y publicada ya en francés, inglés, polaco e italiano, además de resúmenes de la misma biografía en portugués, indonesio y otras lenguas. Román combina magistralmente los elementos históricos con los espirituales, sin separarlos de la vida y obra del gran santo. Aunque no se detiene, en extenso, sobre la espiritualidad del «padre de los pobres», perfila las líneas por donde debe avan­zar, con seguridad, la investigación del pensamiento y compro­miso vicencianos.

Flores, mentor de las Semanas Vicencianas de Salamanca y jurista especializado en el Derecho propio de la C.M., aprovecha lo antiguo y lo nuevo para ofrecernos una visión clara y sencilla de la espiritualidad en su libro Revestirse del espíritu de Cristo. Expresión de la identidad vicenciana. Flores se propone ayudar a los miembros de la C.M. en la profundización de las cinco vir­tudes que componen el espíritu vicenciano, así como de los votos que se estilan en la Congregación. Su obra póstuma, El superior local de la Congregación de la Misión, le acredita como un gran conocedor y amante de san Vicente y de sus comunidades. Según Flores, los cauces jurídicos, necesarios a toda comunidad huma­na, sólo tienden a asegurar el carisma institucional, pero de nin­gún modo a sofocarlo.

Ibáñez nos ha dejado dos obras que apuntan hacia una com­prensión aguda de la doctrina y vida de Vicente de Paúl, no siem­pre fácil de digerir, dado su estilo y su aspiración a apurar las fuentes de las que extrae abundante caudal teológico-pastoral y social para presentarnos el discutido «voluntarismo» vicenciano. Se trata de las obras Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo y Vicente de Paúl, realismo y encarnación, ambas publicadas por Ediciones Sígueme.

Aparte otras obras de espiritualidad meritorias, de autores que aún viven, propongo tres autoridades muy respetables que, directa o indirectamente, nos están moviendo al estudio y apre­cio del fundador de la Misión y de la Caridad. Si no han dejado tratados escritos, fruto de estudios académicos, sí abundantes sugerencias en homilías y exhortaciones que nos permiten ahon­dar en la doctrina de Vicente de Paúl y a seguir su ejemplo de caridad práctica.

La primera autoridad corresponde al Papa Pablo VI, que reva­lidó la espiritualidad de san Vicente al ponderar la necesidad del revestimiento del espíritu de Jesús evangelizador de los pobres, en la exhortación Evangelii nuntiandi: «El mundo entero espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, especialmente para los pequeños y los pobres, obe­diencia y humildad, desapego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda».

Aunque el Papa Pablo VI no citara expresamente al santo en aquel documento que hizo mella en los agentes de la evangeliza­ción, todos sabemos que ese era el argumento de que Vicente de Paúl se valía para hacer creíble, por medio del amor compasivo y misericordioso, el Evangelio de Jesús en el mundo:

«No se le cree a un hombre porque sea muy sabio, sino porque lo juzgamos bueno y lo apreciamos… Fue preciso que nuestro Señor previniese con su amor a los que quiso que creyeran en él. Hagamos lo que hagamos, nunca creerán en nosotros si no mostramos amor y compasión hacia los que queremos que crean en nosotros».

Juan Pablo II presenta a san Vicente como hombre sobre todo compasivo y misericordioso, de cuyo corazón brotó a raudales la caridad para con todos los necesitados, «en especial para con los habitantes más pobres de los campos y de los pueblos, a quienes él introducía de nuevo en el camino del Señor». La compasión y misericordia le llevó a decir:

«Los cristianos, que son miembros de un mismo cuerpo y miembros entre sí, tienen que padecer juntos. ¡Cómo! ¡ser cristiano y ver afli­gido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias».

Pero es el Papa Benedicto XVI quien nos invita a profundizar en la «formación del corazón», en la encíclica Deus caritas est, formación que tanto ponderó nuestro fundador. El Pontífice pro­pone a san Vicente y a santa Luisa como «modelos insignes de caridad social para todos los hombres de buena voluntad», lo que nos permite diseñar sus enseñanzas desde el ideal evangéli­co de la caridad, «nacido del espíritu que anima un corazón grande, ancho, inmenso».

El campo de la formación del corazón, dispuesto a servir con amor, abre hoy amplias perspectivas a la espiritualidad vicenciana. El «padre de los pobres», en efecto, tiene mucho que decir a una sociedad tecnificada que avanza imparable hacia la prepara­ción profesional, pero que está también falta de caridad y sujeta a la tiranía del egoísmo. La formación del corazón es la otra cara del hombre y santo Vicente de Paúl disciplinado, calculador, organizador y trabajador incansable. Dado el carisma personal de la caridad, no podía callarse las lecciones sustanciales de comportamiento del hombre con sus semejantes, a los que hay que amar y servir por ser quienes son, como Dios ama y sirve, porque «a imagen suya los creó» (Gn 1, 27).

En el orden de las relaciones con el prójimo, aporta datos de experiencia irrefutables. No extraña, por consiguiente, que abun­den en su lenguaje las virtudes humanas y evangélicas que emer­gen del corazón, según una concepción no sólo filológica sino antropológico-teológica que transciende incluso el «humanismo devoto» de Francisco de Sales, para convertirse en humanismo caritativo social.

Está claro que aquí no interesa tanto resaltar el entronque Filológico como el doctrinal de las virtudes que proceden del corazón, según san Vicente. Si físicamente el corazón bombea la sangre para que circule por todo el cuerpo, en el orden espiritual el amor simbolizado en el corazón pone en movimiento y man­tiene en vigor las obras. Precisamente, la representación gráfica del «sello de la Compañía de las Hijas de la Caridad: un corazón rodeado de llamas en el que destaca Jesús crucificado», explica la amplitud y grandeza del amor radicado en el corazón de los santos fundadores.

Hagan ustedes un ensayo y comprobarán cómo las virtudes tendentes a la humanización del mundo, a la civilización del amor, a la cultura de la caridad, son las que san Vicente elige para servir con eficacia a los pobres de hoy y siempre, tales el recuerdo, el coraje, la cordialidad, la concordia y la misericordia: todas enraizadas en el corazón humano, sede de la caridad-amor en ebullición o de celo evangélico. Al fin y al cabo, «Dios pide principalmente el corazón, el corazón» para amar y sentirse amado, como Él ama y espera ser amado. Estos rasgos de la cari­dad constituyen la quinta esencia de la espiritualidad práctica de san Vicente de Paúl.

La antropología teológica alcanza su cumbre en la práctica de las virtudes que guían a los Misioneros e Hijas de la Caridad. Si las examinamos aunque sólo sea por encima, nos encontramos, en primer lugar, con el «recuerdo» de las gracias recibidas de Dios. El «recuerdo», memoria del corazón, trae a la mente las huellas de Dios en el ser humano y en la historia de la salvación, así como la vocación al servicio del pobre, el mismo servicio a que se dedicó el Hijo de Dios encarnado. Este recuerdo de las maravillas de Dios estalla en un descubrimiento de la dignidad de la persona, hombre o mujer, sabio o ignorante, rico o pobre, portadores todos de títulos excelsos y, por consiguiente, merece­dores del mayor respeto.

Sobre este particular, san Vicente abunda en el significado primero del término «respeto», es decir mirada, y mirada de fe sostenida por el amor nacido del corazón, para descubrir al Hijo de Dios en los pobres, ya que no hay ninguna diferencia entre servirle a él y a los pobres. Sólo el irrespetuoso es un olvidadizo de la dignidad de la persona que tiene delante, o un ciego que no quiere ver porque, al negarse a dar la vuelta a la medalla, se limi­ta a fijarse en las apariencias externas de las personas, a veces despreciables por sus muchas deficiencias físicas y morales.

El respeto conduce a la «veneración» del pobre por su misma condición de ser humano e hijo de Dios, digno de toda considera­ción, como lo es el culto a los santos y seres más queridos. Resul­ta pues difícil calar más hondo en la dignidad de la persona y en particular de los pobres que representan al Hijo de Dios humana­do. Eso mismo es lo que el insigne orador Jean Benigne Bossuet, inspirándose en la obra de su admirado señor Vicente, trató de pro­bar en el famoso Sermón sobre la eminente dignidad de los pobres.

El «coraje», otra virtud humana, que procede del corazón, tiende a hacer fuertes en el combate de la fe y de la caridad a los que han elegido el seguimiento de Jesús evangelizador frente a las seducciones de una sociedad carente de valores morales. La experiencia del santo, en este sentido, es que la intimidad con Cristo en la comunión sacramental y en la oración diaria comu­nica energía y entusiasmo para no desfallecer en la carrera, por difícil y empinada que sea. El amor es el motor primero e insus­tituible que produce energía y constancia en el trabajo cotidiano.

Las otras virtudes: la cordialidad, la concordia y la misericor­dia son más fáciles de verlas entroncadas en el corazón de san Vicente. Tienen su arraigo en Jesús cuando se presenta como «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29) y llama «bienaventu­rados a los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7), la misericordia, forma eximia de sentir y practicar el amor de Dios con los desdichados, misericordia que inspiró al santo fun­dador el deseo de identificarse con Jesús y este alto pensamiento:

«Es preciso que sepamos enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia, que es el espíritu propio de Dios. Concédenos, Señor, ese espíritu de misericordia y de compasión, llénanos de él, consérvanoslo, de forma que quienes vean a un misionero puedan decir: He aquí un hombre lleno de misericordia».

En conclusión, en la acción y carisma de san Vicente encon­tramos una fuente de humanización y divinización que va desde el ideal participado del humanismo, puesto al servicio del hombre para que disfrute en la tierra de una «mens sana in corpore sano», a la aspiración de gozar de Dios para siempre en la «misión del cielo», expresión nata y neta del propio señor Vicente.

Al margen de las discusiones sobre el impacto producido por las distintas corrientes espirituales y apostólicas a lo largo de la historia de la Iglesia, planteo la cuestión siguiente: ¿Existe una espiritualidad tan humana y divina a la vez, tan cercana y urgen­te, como la expresada por san Vicente con testimonios de amor y de comunión con los marcados por las desgracias físicas o espirituales? La falta de fe y de entrega que padece la sociedad moderna, e incluso las pequeñas comunidades religiosas, podrían encontrar remedio con la sola aplicación de las recetas firmadas por el fundador de la Misión y de la Caridad.

 

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