RAÍCES CAMPESINAS DE LA ESPIRITUALIDAD VICENCIANA (IV)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. IMPLICACIONES CAMPESINAS EN LA ESPIRITUALIDAD VICENCIANA

En la vida de Vicente de Paúl, como en la de cualquier perso­na influyente en la sociedad y en la Iglesia, actúan varios facto­res: políticos, sociales, religiosos y culturales. Las circunstancias humanas, de las que no podemos separar la respuesta dada a la gracia, le embarcaron hacia toda clase de pobres, en especial hacia «los pobres campesinos» en los que encontraba «la verda­dera religión» y a los que veía necesitados de cuerpo y alma, o tratados en la sociedad como una especie de bestias destinadas a duros trabajos y a morir a espada o de hambre.

Del amor de Jesucristo a los pobres parte la doctrina espiri­tual de Vicente de Paúl, no menos penetrado del misterio salví-fico que Bérulle, Duval y Francisco de Sales. La caridad-amor, términos que usa indistintamente, si bien suele reservar el amor para Dios, y la caridad para el prójimo, ejerce el primado en sus palabras y obras. A la hora de proponer ejemplos que estimulen a vivir la mística de la religión con fe viva y compromiso evan­gélico, incorpora a sus enseñanzas el ejemplo de los pobres aldeanos:

«Si existe una religión verdadera… ¡Dios me perdone! Hablo mate­rialmente. Es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la verdadera religión, la fe viva; creen sencillamente, sin hurgar; sumisión a las órdenes, paciencia en las miserias que hay que sufrir mientras Dios quiera, unos por las guerras, otros por trabajar todo el día bajo el ardor del sol; pobres viñadores que nos dan su traba­jo, que esperan que recemos por ellos, mientras que ellos se fatigan para alimentarnos».

Por «religión» se entiende aquí la relación del hombre para con Dios creador y dueño de la tierra y de los sembrados, aunque los campesinos no se vean libres de toda superchería. El dolor de Vicente de Paúl ante la pérdida de las cosechas hizo que en el siglo XVIII las cofradías de viñadores le tuvieran como uno de sus protectores y le invocaran en las procesiones de rogativas. Ello se debía a que «en las sociedades rurales, los animales y las cose­chas constituían bienes esenciales, con frecuencia el de mayor importancia vital; verlos desaparecer significaba inevitablemen­te la falta de cosas necesarias para vivir, el hambre y la muerte».

Añadamos que todos los autores y obras espirituales de entonces se extendían en explicaciones de cómo vivir la religión revelada por Jesucristo, sobre la vida interior, la voluntad de Dios, la oración, el ejercicio de las virtudes, y el amor a Dios y al prójimo. También Vicente de Paúl se vale de esos mismos medios para alcanzar la santificación, pero el enfoque de sus enseñanzas difiere del dado por otros maestros suyos en el fin que persigue: facilitar y asegurar el socorro espiritual y corporal a los necesitados, prueba de un auténtico descubrimiento del Evangelio que no se advierte en ninguno de sus maestros, más ideólogos en la explanación teórica de las virtudes pero menos comprometidos que él en la ayuda a los tristes y afligidos por desgracias personales, familiares y comunitarias de todo orden.

Vicente de Paúl se diferencia de sus maestros en el lenguaje coloquial y en la exposición de la vida espiritual eminentemente práctica, despojada de todo artificio y orientada al servicio de la humanidad. Si no es frecuente encontrarse con los pobres en tra­tados de vida espiritual, en san Vicente están presentes a cada paso como misterio de la vida de Cristo. Él no sabe explanar un pensamiento que no guarde relación con Jesús evangelizador y con los marginados de la sociedad; combina armoniosamente a lo largo de su discurso el Evangelio de Jesús y los destinatarios principales de su mensaje, los pobres y humildes, de quienes tiene conocimiento directo porque los ha visto y tratado cara a cara y ha salido en su ayuda.

Si los pobres son «nuestros amos y maestros”, como repeti­rá mil veces tomándolo de las antiguas Órdenes hospitalarias, ellos le inspiran los pensamientos más sublimes después de la persona de Jesús, que quiso ser pobre e identificarse con ellos: «Lo que hagáis con uno de estos mis humildes hermanos, lo hacéis conmigo» (Mt 25,40). Tal revelación le llega al alma y la asimila de forma que nada es capaz de apartarle de la vocación de apóstol de la caridad. Los pobres se convierten como Jesús en parte sustancial de su mensaje. Y así ha pasado a sus Congrega­ciones. Cuando le faltaba tan sólo un año para culminar su carre­ra en la tierra, comentaba:

«Lo que me queda de la experiencia que tengo es el juicio que siem­pre me he hecho: que la verdadera religión está entre los pobres. Dios los ha enriquecido con una fe viva; ellos creen, palpan, sabo­rean las palabras de vida»».

Además de la fe que no cuestiona el misterio de la religión sino que lo adora y acepta como verdad revelada, ¿qué otras lecciones de los campesinos incorpora el señor Vicente a su espi­ritualidad, o mejor impregnan su espíritu, el que abrió nueva bre­cha en la Iglesia y atrajo y sigue atrayendo al servicio del Reino a tantos incondicionales? Ante todo la sencillez, ese dinamismo o potencia que pone al cristiano en relación con Dios y con nues­tros semejantes que carecen de todo menos de sabiduría interior para saborear las palabras de vida y confundir a los sabios y entendidos de este mundo. De la sencillez aprendida de los cam­pesinos, dijo:

«Por lo que a mí se refiere, no sé, pero me parece que Dios me ha dado un aprecio tan grande de la sencillez que la llamo mi evan­gelio. Siento una especial devoción y consuelo al decir las cosas

como son«.

Pronto supo distinguir entre el espíritu de las buenas aldeanas y el de las menos dispuestas al trabajo sacrificado. El comedió­grafo Moliére, en su obra Les Precieuses ridicules, hace descrip­ciones divertidas de costumbres y formas de mujeres vanidosas, esclavas de la moda, en contraste con los ejemplos de las buenas aldeanas. El señor Vicente prefirió presentar modelos de natura­lidad y sencillez como Margarita Naseau, aldeana de Suresnes.

La sencillez vicenciana, como la de los campesinos, no presu­me de los dones recibidos gratis, bien provengan de la naturale­za, o de la gracia, sino que los pone al servicio de la comunidad con entera naturalidad, sin ostentación ni remilgos. Los sencillos se comportan con autenticidad, haciendo transparente su vida y amable su compañía.

Y junto a la sencillez, la austeridad de vida y la confianza en la Providencia de Dios, que sabe lo que más nos conviene. Los confiados en la Providencia esperan en medio de las contradic­ciones de la vida y escasez de medios, sin quejarse ni murmurar, y viven resignados a la voluntad divina. Por eso, Vicente de Paúl exhorta a acatar el designio de Dios «siguiendo paso a paso su adorable providencia’. Guiado de la fe, goza de la certeza de que: «Dios tiene grandes tesoros ocultos en su santa providencia y son inagotables. Nuestra desconfianza los deshonra». Habiendo experimentado que es ella el origen de todo bien y la que llama a la comunidad, dirá a las Hijas de la Caridad:

«Tenéis que tener tan gran devoción, tan gran confianza y tan gran amor a esta divina Providencia, que, si ella misma no os hubiese dado este hermoso nombre de Hijas de la Caridad, que jamás hay que cambiar, deberíais llevar el de Hijas de la Providencia, ya que ha sido ella la que os ha hecho nacer».

Y por encima de todas esas virtudes, el amor afectivo y efec­tivo demostrado en el trabajo: obras son amores, de acuerdo con el sentir del pueblo sufriente y desengañado de buenas palabras. El trabajo en favor de los necesitados garantiza la verdadera ora­ción. Según el señor Vicente, amor y trabajo son realidades uni­tarias e inseparables en la práctica, como lo son también el amor a Dios y al prójimo, el servicio corporal y espiritual. Encendido por el celo evangélico, exhortará a los suyos:

«Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia y otros semejantes afectos y prácticas de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan, sin embargo, muy sospechosos cuando no se llega a la práctica del amor efecti­vo: «Mi Padre es glorificado, dice nuestro Señor, en que deis mucho fruto» (Jn 15,8). Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que…, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración; hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortifi­carse, de instruir a los pobres, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No, no nos engañemos: todo lo que tenemos que hacer es trabajar».

Este es el Vicente de Paúl que ha aprendido de los campesinos a trabajar con sacrificio, aspirando a morir con las armas en la mano, o si se prefiere, como Dios trabaja dentro y fuera de sí, o como Jesús en el taller de Nazaret y en los pueblos que evangeli­za. El amor le apremia al trabajo, y éste le lleva a la oración. Por las obras de caridad demuestra él la fe y el amor que le animan interior y exteriormente y le empujan a la promoción integral de los pobres, a su salvación completa: temporal y eterna. No le basta, por consiguiente, el servicio sólo espiritual, o sólo corpo­ral, sino los dos a la par, para demostrar que no vive engañado. De ahí que aclarara ante los misioneros:

«Si hay alguno que crea que está en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espi­rituales y no las temporales, le diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás».

Dadas las implicaciones sociales de la caridad vicenciana, no extraña que el Papa León XIII le declarara, en 1885, «Patrono Universal de las Obras de Caridad», y el Papa Juan XXIII hicie­ra otro tanto con Santa Luisa de Marillac, proclamándola en 1960 «Patrona de todos los que se dedican a las obras sociales cristianas». Tales declaraciones subrayan una clase de espiritua­lidad pragmática que se sale de los cauces ordinarios por los que discurrían las corrientes doctrinales del Gran Siglo XVII francés.

Antonino Orcajo

CEME 2008

 

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