Rafael Marcos

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Miguel Gómez · Source: Anales españoles, 1963.
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Biografias PaúlesComo se troncha una flor en primavera derramando el perfume de su corola en la mano que la desprendió del tallo, así ha declina­do la vida del tan conocido y universalmente estimado P. Rafael Marcos, dejándonos la última lección de su ejemplo.

Porque eso fue la vida del P. Marcos: una flor del jardín de Dios, enriquecida por el suave aroma de su amabilidad inalterable, matizada con el colorido de todas las virtudes de la observancia de la vida regular, y elevada sobre el tallo robusto del respeto sobera­no hacia’ los superiores, rayando casi en adoración.

Cuantos le trataron quedaron prendados de su sencillez y cordia­lidad. Su corazón fue siempre sencillo, como el día que salió de la casa de sus padres. Y fue siempre amable, como el beso de una ma­dre. A cuantos acudían a él en demanda de un favor estaba pron­to para dar su consentimiento, siempre que le fuera física y moral­mente posible. En ocasiones incluso se molestaban los compañeros de. Comunidad, porque decía siempre amén a cuantos encargos le hacían, no sólo para su persona, sino para los sacerdotes que con­vivían con él. Misas, predicación, confesiones, ministerios de cual­quier género, todo tenía cabida en su espíritu amplio y abierto.

Un día llegó, ya muy entrada la noche, de un viaje, tras larga ausencia. Una función se celebraba en una de las iglesias de la po­blación… y el predicador se había dado de baja. A las once y media golpeaba el sacristán la puerta, solicitando del P. Marcos que ocupase él el púlpito al día siguiente. Una pequeña exclamación en sus labios de sorpresa…, pero el sacristán se llevó el sí que deseaba.

El P. Marcos no sabía decir jamás que no.

Fue obrero de primera hora. Apenas se ordenó de sacerdote mar­chó de misionero a Iglesuela del Cid, donde el frío era tan recio como las rocas de Teruel. Aquí permaneció, cuatro años. Tenemos la fecha del 15 de octubre de 1917. Hubiera sido muy divertido el haber tomado en cinta magnetofónica todas las anécdotas de este su primer destino.

De Iglesuela del Cid pasó a Madrid, recorriendo gran parte de los pueblos de la provincia, no sólo con las Misiones, sino también acompañando en visita pastoral al Excmo. Sr. Obispo, Eijo y Garay. Tal estima concibieron los superiores de su valía que cuatro años más tarde era nombrado Superior de Andújar.

En Andújar, donde empleó otros cuatro años de su existencia, no gastó la silla de la habitación dando órdenes, sino que los pasó como laboriosa abeja en actividad continua.

De Andújar fue trasladado a Teruel, Seminario Menor de la Con­gregación de la Misión. Pero su espíritu inquieto de apóstol no es­taba hecho para los bancos de la escuela.

Tras un año de permanencia, ocupó el cargo de Superior en la Residencia capellanía de Baracaldo. Aquí fue prisionero por Cristo, sufriendo varios meses de malestar, privaciones y temores en una cárcel de Bilbao. Siete años estuvo destinado en Baracaldo.

En 1937 fue trasladado, también de Superior, a la Casa de Málaga. Pero la pequeña Parroquia de San Miguel, flor de la aristo­cracia de la ciudad mediterránea, no respondía a la grandeza de sus deseos apostólicos. Se embarcó y llegó hasta las costas de África. Allí le esperaba la Providencia para realizar una verdadera trans­formación en la Parroquia de San Agustín de la ciudad de Melilla durante dieciséis años, doce de los cuales fue Superior y párroco, siendo su Parroquia modelo de vida cristiana. Cada año hacía lle­gar hasta sus ovejas la predicación misionera, dando con ello un gran impulso a la vida espiritual de las almas que se le habían en­comendado. Sus frutos fueron óptimos.

Como un descanso y como sedante de los ardores africanos, los Superiores le enviaron a Canarias, a la ciudad de La Laguna.

Sus primeros pasos apostólicos fueron por las tierras de la isla de Gomera y Hierro, nevando las verdades del Evangelio a aquellas gentes sencillas y muy necesitadas espiritualmente.

Nombrado Superior de la Comunidad de La Laguna, se dio de lleno a fomentar el culto, bajo todos los aspectos, en la iglesia de San Agustín, acaso la más amplia y espaciosa de cuantas tienen a su cargo los misioneros de la Provincia de Madrid. Con su constan­cia, laboriosidad y paciencia llegó a ser la figura más conocida de la provincia de Tenerife, como antes lo había sido en la ciudad de Melilla.

A sus setenta años no se arredraba de predicar en la ciudad y en el campo, acompañando a sus Hermanos de Congregación en va­rias Misiones populares con el mismo entusiasmo de sus años mozos.

Todas las Hijas de la Caridad de Tenerife, Las Palmas y La Palma, por nombrar solamente aquellas entre las que ejercitó, úl­timamente su ministerio, saben mucho de su abnegación al traba­jo y de su generosidad pronta a prestarles cuantos servicios requi­riesen de su persona.

Tres fueron en el orden natural los dones con que le enriqueció la divina Providencia. Una memoria prodigiosa, en que llevaba ar­chivados los nombres de personas y lugares que conoció y trató a través de su largo y fecundo apostolado. Los mil detalles con que contaba las no pequeñas anécdotas de su vida hacían de su con­versación una película interesantísima.

Su incansable y alegre laboriosidad, siempre dispuesto a todos los sacrificios, sin quejarse jamás por el trabajo y sintiéndose muy feliz cuando le proporcionaban ocupación para quemar su vida, como el incienso en el altar, en aras del cumplimiento del deber.

La tercera cualidad fue su encantadora simpatía y cordialidad, siempre bien ponderada, que hacía en el trato con los compañeros y con toda clase de personas uno de los platos más sabrosos de su convivencia. «Aunque mañana tengamos que pedir limosna—solía decir, hablando de los misioneros que venían de fuera—obsequiémos­les lo mejor que nos sea posible. Acaso en algunas ocasiones algu­nos desaprensivos pudieran haber tenido pretexto para abusar de su buen corazón. Pero los corazones grandes se agigantan como los ríos caudalosos,- engrosando su caudal de los arroyuelos que les sa­len al encuentro.

Estaba dotado el P. Marcos de piedad profunda.

Con qué respeto nombraba siempre al Señor, aun en las conver­saciones ordinarias.

En la administración de los sacramentos, en la celebración de la santa misa y en la predicación sagrada, dejaba traslucir, por su fe y el respeto sagrado, el luego de amor de Dios que alimentaba su alma. Servir a Dios en cualquiera de sus formas y servir a sus Hermanos fueron los dos ojos que iluminaron todos los pasos de su Vida. Este fue el programa de su pensamiento y de su obrar y el mayor deleite de su existencia terrena. Sobre su sepulcro, como sobre el sepulcro del Divino Maestro, pudieran escribirse las pala­bras del Apóstol San Pedro: «Pasó haciendo bien a todos».

Un cáncer, como fiera del circo romana, consuma, el sacrificio que de su cuerpo había hecho a Dios.

Varios años estuvo sufriendo molestias del estómago.

El 21 de diciembre de 1960 se le practicó una operación en el Hos­pital de Santa Cruz de Tenerife, por el doctor D. Tomás Cerolo. La ciencia le concedió cinco o seis meses de vida. El Señor de la vida le otorgó dos años y un mes.

En septiembre de 1982 se encontraba grave y se le administra­ron los santos sacramentos.

Amaba la vida, porque soñaba con nuevas empresas, y no podía convencerse de que estuviera para partir a la eternidad.

—Mire, P. Marcos: si usted nos lo permite, queremos darle el viático y la extremaunción.

– Pero si estoy bueno.

En las manos de Dios estamos siempre. Pero dicen los médicos que su enfermedad les infunde serios temores.

—Pues:.. hágase la voluntad del Señor. Quiero recibir los Sacra­mentos.

Y se le administraron.

Sin embargo, él tenía razón. Su resistencia a toda prueba y su naturaleza agradecida a los medicamentos le proporcionaron el alargar la vida cuatro meses más y colmar la medida de sus obras santas, ofreciendo en voz alta, cuantas veces daba el reloj la hora, por medio de un avemaría y una pequeña consagración, su enfer­medad y sus dolores por el Papa, por el Concilio y por los Supe­riores.

El día 16 de enero del año en curso, y tras una pequeña conva­lecencia, se le administraron de nuevo los últimos sacramentos.

Reunidas las dos Comunidacles de Padres de la isla de Tenerife, por voluntad expresa del enfermo, estando presentes todas las Hi­jas de la. Caridad del Hospital Civil de Santa Cruz y de otras Casas de la capital y de La Orotava, en pleno uso de sus facultades, des­pués de recibir el santo viático, tomó la palabra y nos dejó a todos con una fervorosa alocución, que duró varios minutos, el testamen­to espiritual de su alma.

«Doy gracias a Dios por su infinita bondad para conmigo… y doy gracias a todos los que me rodean…. Doy gracias a las dos Comunidades de Padres… que están conmigo en estos momentos… Doy gracias a las Hermanas… por todos los sacrificios que se han im­puesto… y por todos los servicios… que me han prestado… Que Dios se lo pague… Hoy me hacen recordar el día grande de mi… prime­ra comunión: Pido perdón a todos… los que yo haya ofendido… Pido al Señor… la bendición para las dos Comunidades de Padres… y para todas las Comunidades de las Hermanas… V para las dos Congregaciones, que tienen por Padre a San Vicente de. Paúl… Dios está conmigo..: Espero que el Señor ha de llevar mi alma al cielo… Se me olvidaba una cosa: doy gracias a los médicos que me han asistido durante mi enfermedad… Han hecho conmigo cuanto humanamente ha sido posible… Dios se lo pague… y cúmplase en mí la divina voluntad».

Así habló, con la voz entrecortada, desde el lecho de muerte, adornado con la estola blanca… v la estola blanca sobre su alma, año dimos, que le dio, el sacerdote en el bautismo.

Las lágrimas se deslizaban suavemente por muchas mejillas. ¡Qué muerte más envidiable!, suspiraban algunos:

Contra todas las previsiones de la ciencia humana sobrevivió to­davía por espacio de diez días. La Virgen se lo llevó un sábado, a los chico de la tarde.

La devoción a la Virgen Milagrosa fue la estrella luminosa que guió toda la vida del P. Rafael Marcos. Como San Alfonso María de Ligorio, jamás predicaba sin expresar algún pensamiento de la santísima Virgen.

Con ocasión de la festividad de San Jerónimo hubo de dirigir la palabra divina en un pueblo de Tenerife. Habló con fuego y unción, que así era siempre su predicación sagrada. Aquel día, contra su práctica constante, no nombró a la Santísima Virgen en el sermón. Expuso el último pensamiento y se disponía a bajar del púlpito, cuando movido por un oculto resorte y con gran sorpresa del audi­torio, vuelve sobre sus pasos y reclama un minuto de atención,

– Esperen un momento. He de decirles a ustedes que San Jeró­nimo también tuvo una gran devoción a la Santísima Virgen, Ma­dre de Dios.

Y se bajó. Rigurosamente histórico.

La ciudad de La Laguna ha levantado un monumento a la Virgen Milagrosa en la vía principal, que la une con la capital, Es una imagen preciosa y maravillosa de la Santísima Virgen, labrada con mármol de Carrara, de más de dos metros de altura, colocada sobre un pedestal de piedra, bañada por haces de luz y rodeada del fres­co verdor de los jardines.

Mientras perdure este monumento permanecerá inmortal la me­moria del P. Rafael Marcos, alma y promotor de este monumento a la Madre del Señor.

La Santísima Virgen se lo llevó un sábado. Lo habíamos habla­do muchas veces los Padres cuando se encontraba enfermo. =Morirá un sábado.

Y así fué.

Que el Señor de la mies envíe muchos operarios aue imiten las virtudes de este bueno y fiel Hijo de San Vicente de Paúl.

San Juan de Puerto Rico, 99 de enero de 19613.

MIGUEL GOMEZ, C. M.

Añadamos estas notas del P. H. Suárez.

El P. Marcos fue un hombre bueno y sencillo que supo ganarse la confianza y la gratitud de cuantos le tratarán. El, por su parte, supo amar a todos y ser agradecido. Muchas anécdotas hay en su vida que pudieran ilustrar su sencilla bondad y amable gratitud.

En los últimos días de su enfermedad, con ocasión de la noche­buena, cuando ya había perdido su buen apetito, pensó que tal vez el queso de Burgos podría devolvérselo en parte. Uno de sus médi­cos se enteró y telefoneó inmediatamente a amigos de Madrid, para que urgentemente le enviasen por avión queso de Burgos. Y al día siguiente, cuando el P. Marcos a duras penas lo saboreaba por el día de Navidad, emocionado, quería llorar y nos decía: «Uno no sabe qué hacer. No sabe si dar gracias a Dios porque hay hombres así o si llorar o si callar. Se llegara a escribirse algo en los ANALES, quisiera yo que contasen estos gestos.»

Al recordar ahora aquí una faceta de su vida, queremos cumplir su voluntad dándole un pequeño giro. En vez de hablar sólo de la conducta con que los demás supieron premiar sus servicios—a él le gustaría más esto—, queremos tratar de significar el por qué de esa conducta. El. P. Marcos mereció el aprecio del prójimo porque el amaba al prójimo y, en el prójimo, amaba al Dios bueno que nos hizo.

AGONIA Y HONRAS FÚNEBRES.—El domingo 217 de enero de 1963 fue un día de luto en nuestra iglesia de San Agustín y en toda La Laguna. El P. Rafael Marcos, que durante varios años había sido el alma y la vida de esta iglesia, yacía muerto, vistiendo los ornamentos sacerdotales en el catafalco que ocupaba el centro de la iglesia. Desde la una hasta las cinco y media de la tarde fue una vez más objeto de la gratitud de estas gentes que tanto le querían. Ya no venían, como ‘hasta ahora, a preguntar constantemente por su salud. Estaba allí sin vida, con un rostro lleno de paz, mientras su alma contemplaba desde arriba el culto con que era venerado su cadáver. La iglesia estuvo durante cinco horas llena de público. Cua­tro esquelas en el periódico—la del Cabildo y el Jardín Infantil de Santa Cruz, la de la Comunidad, la del Instituto y la de las Aso­ciaciones de la Milagrosa—habían llevado la noticia a los distintos puntos de la isla donde él era conocido. También se había anuncia­do su defunción por las distintas emisoras de Santa Cruz y La Oro­tava y en todas las misas en nuestras Casas.

Los oficios fúnebres comenzaron a las cuatro y media de la tar­de. San Agustín estaba repleta de gente. Actuó de preste el P. Rues­ta, Superior de Las Rehoyas, v de ministros un. Padre de esta Co­munidad y otro de La Orotava. Entre los asistentes figuraban, en lugar de honor, el señor Vicario de la Diócesis, cuatro Padres de Las Palmas, las dos Comunidades de PP. Paúles en Tenerife, reli­giosos de casi todas las Comunidades de Santa Cruz, La Laguna el Puerto de la Cruz, gran número de sacerdotes del clero secular y todas las autoridades civiles, universitarios v escolares de La La­guna. En el coro cantaba la schola del Seminario diocesano. Gran parte de la iglesia se veía ocupada por Hijas de la Caridad, que vi­nieron de todas las Casas de Tenerife v de varias de Gran Canaria. El resto de la iglesia y sus alrededores lo llenaban representaciones de varios Colegios y Asociaciones y el pueblo de La Laguna:, Todos asistían y siguieron con devoción el nocturno, en que alternaban los seminaristas y el clero, y la misa de corpore insepulto.

Terminaron los oficios hacia las seis. Un Padre de La Orotava anunció el orden de la comitiva hasta el cementerio. Cuando co­menzó el traslado de los restos mortales empezó a llover y la gente hubo de abrir sus paraguas. Luego se dejó ver un sol muy débil. Las gentes, al pasar, se asomaban con tristeza a las ventanas.

En la capilla del camposanto la schola del Jardín Infantil cantó un responso a voces. Dichas allí las últimas oraciones se procedió a la bendición del panteón, sencillo y noble, recién hecho. El Padre Marcos sólo había podido verlo en fotografía; le había gustado. Se pasó en seguida a la introducción de la caja mortuoria en el nicho. Después del responsorio de despedida, el P. Buesta, que había diri­gido todos los oficios, dio a todos las gracias.

Este fue el adiós al Padre que se nos había muerto el sábado a. las cinco de la tarde. Su agonía había sido lenta y dolorosa, pero en medio de todo apacible. Había comenzado hada las once de la ma­ñana. A esa hora nos avisaron a casa. Bajamos en seguida dos Pa­dres. Cuando llegamos le estaban haciendo la recomendación del alma. Continuamos las oraciones. El las escuchaba con todo el co­nocimiento. Cuando le rociábamos con agua bendita movía la cabeza. De vez en cuando, con mucha dificultad, llevaba a ésta las ma­nos lentamente. En una ocasión llevó su mano sobre el costado de­recho, pasándola por él muy despacio. Debía sentir aquí un gran do­lor. Luego, al amortajarlo, se pudo comprobar que tenía allí dos bultos grandes y muy duros. La expresión de su rostro era de un dolor intensísimo. Pero, como siempre, él callaba.

Se oía su respiración fatigosa, lenta y cavernosa. En un momen­to quiso decir algo a la hermana que le cuidada, pero no le enten­dimos. A eso de las doce y media le preguntamos si ya se sentía mejor e hizo señas para decir que sí. A las dos nos retiramos los dos Padres a comer. Al decírselo a él lo aprobó moviendo la cabeza. Al volver a su lado la respiración era más débil y más lenta. Al inspirar tenía que ayudarse con la lengua, seca y sin vida, como una suela. Ya no oía, o por lo menos no reaccionaba al hablarle. Las manos estaban completamente inertes. A las cinco menos cuarto le dimos la última absolución y le hicimos nuevamente la recomen­dación del alma. Estaban presentes, lo mismo que por la, mañana, y en muchas ocasiones durante los cuatro meses largos de enferme­dad en el Hospital Civil, todas las Hermanas, las cuales frecuente­mente rezaban rosarios y jaculatorias. Todas se esforzaban por hacer menos dolorosos sus padecimientos. En realidad, le trataron siempre corno sólo ellas saben hacerlo. Otro tanto hay que decir de los médicos, sobre todo don Tomás Cerolo y don León, amigos los dos del P. Rafael Marcos.

Estos fueron los últimos momentos de nuestro Padre Superior. En su larga enfermedad dio pruebas de una resignación, una pa­ciencia y aun un humor admirables. Siempre decía que se encontra­ba mejor. Ya iremos contando alguna de las muchas anécdotas con que el P. Rafael nos divertía y nos confortaba, él a nosotros, en Pis frecuentes visitas que le hacíamos.

 

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