Recuerdo de Rafael Hernández según Luis Mari
Hijo de José María y Luci, natural de Arnedo, riojano de nacimiento y vivo de carácter, Rafael Hernández quedó de meses huérfano de padre y fue su madre, la que con ese coraje de mujer fuerte sacó adelante a sus 6 hijos. Ya en la apostólica ejerció de «infantico» y siguió cantando como solista con el P. Alcácer. También era explosivo y vivo en la práctica del fútbol.
Mis primeros recuerdos vivos con Rafael datan de los años 70 cuando, gracias al consejo de J. Corera, elegí el barrio pobre de La Estrella, en vez de otras ofertas más halagüeñas. A él, vicenciano convencido, le tocó gozar y sufrir tratando de orientarnos a varios paúles recién salidos de Salamanca: J. M. Egüés, Vicente Sánchez, Marino Marco, yo y varios de los aspirantes del seminario interno. Rafael sentía en Iglesia y en Paúl.
Allí en Albacete, en numerosas conversaciones con él, tuve la suerte de ser depositario de sus aventuras misioneras en la antigua Provincia de Madrid (que se extendieron a Latinoamérica); allí en Albacete conocí su voluntad de estar al lado de los pobres (conservaba gozoso su cariño al barrio del Chicle de Jerez). Pero no era su actitud la de conservar. La rica aventura misionera vivida en la provincia antigua de Madrid la continuó siempre que se le brindó en la Prov. de Zaragoza, en dos ocasiones en su queridos Puerto Cortés y Cuyamel (Honduras), tanto como misionero permanente en sus años de trabajo más directo en dicha zona como, una vez afincado en España, como ocasional en la campaña misionera del 94.
Basten estos datos para resaltar dos de sus grandes amores: la cercanía y amor a los pobres y la inquietud por la evangelización (misión). Pero a estos dos amores debo añadir otros dos: El conocimiento apasionado de Jesucristo y el interés «cercano» por la Iglesia, la universal, y, quizá más, la de cada día (por no decir local), que le llevaba a sufrir intensamente cuando a su lado veía deficiencias, o a «denunciar cuando sentía abusos que desde su punto de vista, no casaban con los valores evangélicos y el servicio honrado a los más pobres. Y no sólo a sufrir, sino también a comprometerse de palabra y en la praxis liberadora. «Su inquietud explosiva tendía siempre a manifestarse.
Hitos de su trayectoria en la Prov. de Zaragoza que manifiestan su opción por los más pobres pueden ser: Albacete (B° de La Estrella y 600), Honduras, Lo Campano, Jinámar, el B° de san Pablo de Zaragoza, en su etapa anterior al retiro en Pamplona… Y por eso vuelvo a repetir algo que dije el día de su entierro: Fiado en la promesa del Señor, espero le haya recibido con esa gracia que supera nuestras deficiencias: ¡Ven, bendito de mi Padre!
Quiero recalcar de nuevo que Jesucristo «liberador», que estuvo siempre en sus labios, en su corazón y en su obrar, le hizo tomar partido por la causa de los pobres y le llevó siempre a la misión, realizada de diversas formas; pero siempre a la misión. Por su carácter impulsivo, testimonial y convencido tuvo que vivir críticas y hasta alguna calumnia. Creo que no pudo en toda tu vida dejar de ser misionero del primer Misionero, Cristo. Quizá así vivió en su vida, deseándolo o a pesar suya, la misma pasión de san Pablo: ¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!
Quienes hemos podido conocerlo en su última etapa, esa etapa en la que presentíamos su sufrimiento; quienes hemos conocido al hombre rápido, activo, inquieto y hasta crítico, hemos observado en él otra actitud vital cristiana que la resumiría con una palabra que le he oído decir varias veces: ¡gracias! Mezclada en su frágil vaso de barro donde llevaba toda su vocación, me hizo ver en multitud de detalles otra verdad de su vida: por la gracia de Dios soy lo que soy.
Me tocó hacer la homilía en la Eucaristía del «hasta luego» de Rafael y quiero repetir lo que dije en ella: FELIZ PASCUA. Feliz paso de la muerte a la vida, Rafael. Y quise comenzar así porque en la tumba donde fueron depositados los restos de su madre, se puede leer uno de los convencimientos profundos de Fe de Rafael: La vida se muda, no acaba. Eso esperamos de Dios. Y esperamos de Dios que su espíritu misionero, el suyo y el de otros hermanos de quienes hemos aprendido mucho, lo sigamos desarrollando. ¡Rogad ahora por nosotros y acompañad con san Vicente el espíritu misionero de nuestra pequeña compañía!
Luis Mª Martínez San Juan







