Por los Padres de la Misión (I)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Carmen Hernández · Year of first publication: 2011 · Source: Anales españoles, 2011.
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LOGO HHCLa Congregación de la Misión llega a Barcelona en el año 1704. Pertenecen a la Provincia de Lombardía. En 1774 cuentan ya en España con cinco casas: Barcelona, 1704; Palma de Mallorca, 1736; Gui­sona (Lérida), 1751; Reus (Tarragona), 1757; Barbastro (Huesca), 1759.

El Superior General, P. Jacquier, cree conveniente erigir la Provin­cia de España. Nombra el primer Visitador, P. Vicente Ferrer, en 1774.

El P. Fernando Nualart, segundo Visitador (1781-1788)

Al viajar a París propone llevar a España Hijas de la Caridad. La respuesta de los Superiores, sor Magdalena Brouet (1778-1784) y P. Antoine Jacquier (1762-1787), es que se traigan a París jóvenes es­pañolas para formarlas y admitirlas en la Compañía.

El P. Nualart se vale de sacerdotes de la Misión y de otros eclesiás­ticos para dar a conocer el Instituto de las Hijas de la Caridad. Seis doncellas, cuatro catalanas y dos aragonesas, están dispuestas a ser Hi­jas de la Caridad. En marzo de 1782, según indicación del Visitador, van a Narbona y, después de seis meses de preparación, parten hacia París. Son admitidas en el seminario de las Hijas de la Caridad el 25 de agosto del mismo año.

Entre tanto, en Barbastro, donde los padres dirigen el seminario diocesano de San Vicente de Paúl, idean una fundación’. El Superior, P. José Durán, acepta un legado del canónigo D. Josef Ximénez, con el fin de que las dos aragonesas que han marchado para ser Hijas de la Caridad, vuelvan a esta ciudad a dirigir una escuela para la instrucción y educación de las niñas.

Al P. José Durán le sucede en el cargo de superior el P. Rafael Pi, que continúa con el empeño de preparar la escuela para las niñas, que dirigirán las Hijas de la Caridad.

El P. Rafael Pi, Visitador y Director (1788-1796)

La Providencia, por diversos caminos, ha dispuesto que las herma­nas empiecen su servicio en el Hospital de la Santa Cruz de Barcelo­na. El P. Pi recibe a las seis primeras Hijas de la Caridad que llegan a España: sor Juana David, francesa, Asistenta de la Casa Madre de Pa­rís; sor M.a Esperanza Blanc, de Barbastro (Huesca); sor Lucía Reben­tos, de Villanueva de Cubelles (Barcelona); sor Josefa Miguel, de Bar­celona; sor Manuela Lecina, de Besians (Huesca); sor Teresa Cortés, de Pobla de Segur (Lérida). Sor Antonia Andreu se queda en Francia.

Son Superiores Generales el Sr. Jean Félix Joseph Cayla de la Gar­de (1788-1800) y sor Renée Dubois (1784-1790).

No tardarán en aparecer problemas en el hospital con la Junta que lo gobierna y administra los legados del Sr. Llupiá. Quieren disponer de las Hijas de la Caridad a su antojo; ponen una serie de obstáculos: no permiten que las gobierne un superior extranjero. El Superior Ge­neral renuncia a gobernar directamente a las hermanas, dejando la di­rección al Visitador, P. Rafael Pi, que no cede a los deseos de la Junta que quiere transformarlas en otra institución.

Empieza una lucha titánica entre el director de las hermanas y los administradores del Hospital; ni él ni sor Juana David consienten que se salgan de la pequeña Contrata que aceptaron al ingresar en el hos­pital; las hermanas secundan a su Superiora cuando los señores se opo­nen a que sea ella la que distribuya sus oficios. Se cruzan un sinfín de misivas entre los administradores y las hermanas: unos, manifestando sus deseos de transformarlas y manejarlas; las otras se mantienen fie­les a su vocación, apoyadas totalmente por su director.

El día de la Anunciación renuevan sus votos sor Juana David, sor Manuela Lecina, sor Lucía Rebentos, sor Josefa Miguel y sor M.a Es­peranza Blanc. Cede a los deseos de la Junta sor Teresa, y no renueva los votos.

No es posible continuar en el Hospital. En la carta que entregan a los Administradores, al día siguiente de la Anunciación, se trasluce la intervención del Visitador y Director: «Ponemos a la inteligencia de VV.SS. cómo nosotras las Hijas de la Caridad, sor Juana David, Supe­riora, y las infrascritas, sus súbditas, teniendo la más firme e irrevoca­ble voluntad de conservar nuestra vocación hasta el último período de nuestra vida nos dejen observar: 1. las Reglas que nuestro padre San Vicente de Paúl dio a nuestra Congregación». Sigue la epístola con sus cuatro puntos para terminar: «Esto es lo que pretendemos, no teniendo en ello otra mira que la conservación del espíritu de nuestra voca­ción… 6 de abril de 1792». Aparecen las firmas: Soeur David, sor Gio­sefa, sor María, sor Lhucia, sor Manuella Lecinna.

El 16 de mayo, en vista de que la Administración sigue con sus in­tenciones, las Hijas de la Caridad vuelven a dirigirse a los Administra­dores: «Sobre el adjunto documento se cimentó su venida a este Hos­pital General de Barcelona, como Hijas de la Caridad, con sus estable­cimientos y reglas, sometidas en un todo y en la parte temporal, a la II­tre. Admón. Bajo este constante concepto han traído sus reglas selladas y firmadas por la superioridad y, bajo el mismo, se las fueron pedidas por VV.SS. para traducirlas en Español, cuya menor alteración es ilíci­ta, en razón de la buena fe, en la de un solemne contrato».

Siguen unos puntos más en los que se expone que el pío legado al que alude la Administración para transformarlas en otra congregación, no tiene ninguna fuerza legal, ya que es posterior a la llegada de las hermanas y a las condiciones que aceptaron.

«[…] el destino de las Hijas de la Caridad a los varios oficios será según el vigor de nuestras leyes, por disposición de nuestra Superiora, que participará a VV.SS. sus nombramientos».

Es una exposición llena de razones claramente expuestas. No cabe duda de que el P. Pi la redacta o la manda redactar, con el asentimien­to de las hermanas.

El texto original termina: Las Hijas de la Caridad y siervas de los pobres enfermos. Soeur Jeanne David, sor Josefa Miguel, sor Maria Blanc, sor Manuela Lecina, sor Lucía Rebentos.

La Administración no cede y las hermanas se ven obligadas a mar­char. Las postulantes son interrogadas por los Administradores para ver si aceptaban sus condiciones y se quedaban en el hospital; Juana Parcet y Josefa Torrents aceptaron. Ignacia Casasayas, Antonia Gorgo y María Arenas pidieron unos días para pensarlo.

Jacinta Verges, Antonia Oriol, Clara Colomer, Paula Puig, María Josefa Casasas, Cándida Bofill, María Gras, María Rosa Grau, Mado­na Godas, Francisca Freixas y María Salvadó dijeron que no querían quedarse en el Hospital sin las circunstancias con que querían quedar­se las hermanas.

El día 26 de junio de 1792 se marchan del hospital las hermanas y la mayoría de las postulantes3. Y como todas eran del País se marcha­ron cada una a su casa nativa a esperar las disposiciones de la Divi­na Providencia. Solamente la Superiora, sor Juana David, tuvo que permanecer en Barcelona bajo los auspicios de los Sres. Misioneros de San Vicente de Paúl.

El P. Rafael Pi dirige en todo momento los pasos de las hermanas y postulantes, ayudado por otros Misioneros. El superior del seminario de Barbastro, P. José Murillo, trabajará con ahínco para dirigir y acom­pañar a las primeras Hijas de la Caridad de España, delegado por el Vi­sitador.

Sor Mª Esperanza y sor Manuela se dirigen a su tierra. Al llegar a Lérida se enteran de que el P. Murillo está en el Palacio Episcopal (su obispo, D. Jerónimo Mª de Torres, llamaba con frecuencia a los Mi­sioneros de Barbastro para que ejercieran su ministerio en su diócesis). Las hermanas envían un recado al P. Murillo, éste acude a la posada donde se alojan y, después de informarse de todo lo ocurrido en Bar­celona, las presenta al Sr. Obispo. La Providencia sale al encuentro. D.Jerónimo las quiere para su hospital y hospicio. El Sr. Obispo y el P. Murillo, de acuerdo con las hermanas, deciden que mientras llega el permiso real, vayan a descansar al monasterio de Xigena (Huesca).

Pero en Barbastro reclaman a las hermanas. Solicitan al Vicario la aprobación para poner en vigor el testamento de D. Josef Ximénez.

Y puesto que han regresado de París las dos Hermanas de la Cari­dad destinadas a dicha corte por la referida casa de San Vicente de Paúl de Barbastro y a sus expensas, con el fin de que se estableciesen en este pueblo… Barbastro 23 de agosto de 1792.

Sor Manuela y sor M.a Esperanza llegan a Barbastro a finales de agosto e inmediatamente se ponen a enseñar. El P. Murillo se dirige al obispo de Barbastro con una exposición, por escrito, dejando claro el fin del testamento del difunto canónigo Sr. Ximénez, para que las Hi­jas de la Caridad pusiesen una escuela para la educación de las niñas. Describe el proceso de formación de las dos jóvenes hermanas, sor M.a Esperanza, hija de Barbastro, y sor Manuela de Besians, de la diócesis de Barbastro.

También informa el P. Murillo de que las hermanas descansaron en Xigena y vinieron enseguida a Barbastro. Y añade: No piden limosna, cuidan de la enseñanza y educación de las niñas, se encargan de hos­pitales, dirigen y cuidan de los hospicios, casas de misericordia y de criar y cuidar de los huérfanos y niños expósitos.

En este seminario Episcopal de VSI. Septiembre 13 de 1792. Josef Murillo individuo sacerdote de la Congregación de la Misión.

Nunca agradeceremos bastante las Hijas de la Caridad lo que tra­bajó por nuestra Compañía el P. Murillo. Ahora se encamina a Barce­lona, acompañado de sor M.a Esperanza Blanc, para traer hermanas al hospital de Lérida y a las escuelas de Barbastro.

El P. Pi y sor Juana David extienden poderes al P. Murillo, para que pueda firmar pactos en Lérida y otros establecimientos, el 21 de no­viembre de 1792.

También sor Juana faculta a sor M.a Esperanza Blanc para que pue­da firmar, en su nombre, en la contrata de Lérida.

Llegan a Lérida el 25 de noviembre de 1792

El P. Pi, de acuerdo con sor Juana David, envía a Lérida a sor Ma­ría Esperanza Blanc, de superiora; sor Rosa Grau; sor María Paula Puig y sor Antonia Burgón.

Las hermanas destinadas para la escuela de Barbastro son: sor Jo­sefa Miguel, sor Cándida Bofill y sor Teresa Godas, que llegan a Léri­da con las hermanas destinadas al Hospital. Allí permanecen hasta la fiesta de la Epifanía de 1793; se trasladan a Barbastro, donde se reú­nen con sor Manuela Lecina, que fue nombrada Superiora, y empiezan a vivir en comunidad.

La noche del 24 de diciembre de 1792, llegan a Reus sor Juana Da­vid, sor Lucía Rebentos y sor María Arenas acompañadas del P. Viñas, superior de la Casa Misión de Reus.

Felipe Sobies, Visitador y Director (1796-1814)

Pronto se quedan sin el apoyo de sor Juana; fallece el 17 de junio de 1793. Se nombra superiora del hospital de Reus a sor Lucía, que no tardaría en traer preocupaciones al P. Sobies quien, con celo, dirige a las hermanas para que sean fieles a sus reglas y usos.

El Sr. Fabregat, contador del Hospital, escribe al Visitador: El ami­go y compañero D. Francisco Bofarull me ha informado [...] de la constante resolución con Vm. solicita a esta Sra. sor Lucía ponga nue­vamente en práctica el uso de las cornetas.

El P. Sobies contesta el 4 de abril de 1801: No quieren escuchar las razones que tienen los Superiores para tal mudanza. Para quedar Vm. plenamente convencido que todo ese modo de proceder no es más que un empeño, haga Vm. una pequeña reflexión sobre los intempestivos e inútiles esfuerzos que algunos de esos Sres. hicieron en que todas las demás Casas de las hermanas, hasta las de Madrid, se conformasen con la Casa de Reus. ¿Quién les dio tal comisión? ¿Qué motivos les impelieron tal modo de obrar tan irregular?

Una carta del P. Vicherat, misionero francés que se hallaba en Bar­celona, dirigida el 1 de julio de 1801 al Vicario General, P. Brunet, que residía en Roma, y la respuesta, aclaran el asunto. Escribe el P. Viche­rat: Estoy plenamente enterado del asunto de la corneta de Reus. No tendréis tranquilidad hasta que el velo y la toca no estén abajo.

Hasta que no vuelvan a tomar la corneta, las insubordinadas es­peran todavía ablandaron. No cesarán de presionaros para ganarle y ponerle en oposición con nuestro Visitador. Dejad de buen grado mano ancha al P. Sobies, que es incapaz de abusar, para que ponga fin a esta lucha de tres cornetas contra el Visitador, el General y las otras dos ca­sas, y dad por cerrado para siempre este asunto.

El Vicario General de la Congregación de la Misión, P. Brunet, el 19 de septiembre escribe: Por lo que hace a las Hijas de la Caridad, ciertamente no merezco el reproche que me ha hecho saber el P. Sobies de poner obstáculos a la ejecución de sus órdenes en Reus. Jamás he escrito cosa semejante. Todo lo contrario, he dicho que debían confor­marse a las órdenes del E Visitador, dije muy clara, categórica y for­malmente que se darían órdenes convenientes para volver a tomar la corneta.

Es muy extraño que habiendo yo mismo indicado los medios para hacer inclinar las cabezas de esas Hijas de la Caridad bajo su corne­ta, se me diga que pongo obstáculos a las órdenes del Visitador. Eso me hace pensar que han escrito de Reus a Barcelona, como venido de mí, lo que ni siquiera he soñado…

«Las hermanas de Reus tuvieron que resignarse a tomar la corneta, mas quedó un germen de oposición…»

Inclusa de Madrid

El P Sobies anuncia el envío de las Hijas de la Caridad a la conde­sa de Trullás, presidenta de la junta de Señoras que se ocupa de esa Obra, para servir a los niños expósitos. Las hermanas que envía el Vi­sitador son: sor Manuela Lecina, superiora, sor Cecilia, sor Narcisa, sor Tomasa y sor Rosa. Van acompañadas del P. Murillo, que solícito les provee de alimentos en el viaje y va anotando todos los gastos.

Llegan a la Corte el día 3 de septiembre de 1800, y el mismo día se les dio posesión de la Inclusa.

El P. Murillo dirige a las hermanas de la Inclusa y atiende sus ministerios de Misionero. En 1801 le ruega el Ayuntamiento de Daimiel que dé una Misión… se prestaron prontamente con el amor y celo que caracteriza su instituto… han estado en ella por espacio de un mes… instruyendo al pueblo en la doctrina de Jesucristo persuadiendo con la suavidad… y con el celo y energía verdaderamente apostólica…

1802. El P. Murillo está ya en Madrid. Se dirige al primer ministro de Estado, D. Pedro Cevallos. Solicita ayuda para comprar una casita contigua a las escuelas de Barbastro para ampliarlas, otros favores y pensiones para establecer en Calatayud el Noviciado de las Hijas de la Caridad, y que formalice el establecimiento de las Hijas de la Caridad de la Inclusa de Madrid. Le contesta, de palabra, la Secretaría de Es­tado, que manda un oficio a la condesa de Trullás para que se formali­ce el establecimiento.

Se consigue un Noviciado en Madrid, en el Colegio de la Paz, con la debida separación. La Trullás es la que está metida en todo el asun­to, sobrepasa sus competencias, pero tiene mucho poder en los altos es­tamentos. Escribe al Vicario General de los Paúles para que obtenga de la Superiora General, sor Deleau, hermanas para ayudar a las españo­las. La Duquesa moviliza al embajador de Francia por medio de Ceva­llos, primer ministro. Buscan la intercesión del embajador de España en Italia para que medie el cardenal secretario de Estado del Vaticano; éste habla con el General de los Paúles, quien delante de él escribe a la superiora sor Deleau. El embajador informa de todo a Cevallos el día 30 de enero de 1803.

El 15 de marzo de 1803, el embajador Vargas y Laguna envía a Ce­vallos dos cartas, en original italiano, del cardenal Consalvi, explican­do sus entrevistas con el General P. Brunet, y una carta de la Superio­ra General, que dice:

A su Eminencia Monseñor, el cardenal Consalvi… Acabo de recibir una carta del E Brunet… en la que me comunica la petición que S.M. Católica ha dirigido a V Eminencia para que se interese en pro­curarle Hijas de la Caridad.

Sigue diciendo que ha contestado a la Trullás y que como es cos­tumbre, cuando hay que salir de Francia, ha preguntado a las hermanas y ninguna ha aceptado el salir de su nación… (Sor Deleau, superiora, París, 16 de febrero de 1803).

La Sra. Condesa, furibunda, escribe a Cevallos: … jamás creí que quisiesen venir francesas no viniendo a dominar… Con este objeto, viendo cuán animadas estaban del espíritu de su fundador las herma­nas que habían venido para la Inclusa, a cuya cabeza se hallaba sor Manuela Lecina, que había pasado siete años en París, en aquel Se­minario, creí que sería muy propia para establecerlo en Madrid…

Sigue escribiendo que ha comunicado el asunto al Visitador Gene­ral de los Paules, que en España es su Superior. Lo aprobó, nombran­do a sor Manuela para Superiora del Noviciado y Generala de las Hi­jas de la Caridad en España, me escribió que pondría de segunda y Maestra de Novicias a sor Lucía Rebentos… me hace ver el acierto en la elección, pues nuestro seminario, o sea Noviciado, se halla estable­cido; hay cuatro novicias… En él se observa con el mayor fervor y exactitud el espíritu del instituto, el cual no sé si está tan en su fuerza en Francia, pues cuando veo que al principio de su erección se halla­ron Hijas de la Caridad que firmemente persuadidas de que ésta no se debe circunscribir solamente a su patria, sino que resolvieron a ir a fundar a Polonia, y que ahora en un número tan crecido no se hallan cuatro que quieran venir a España, creo que su celo se ha enfriado… Buen Retiro, 8 de abril de 1803. La Condesa de Trullás.

Por fin, el seminario se inaugura el 3 de marzo de 1803. Sor Ma­nuela manifestó repugnancia a ser nombrada superiora pero el Visita­dor le obligó a obedecer.

La Trullás sigue mandando y queriendo gobernar todo. Sor Ma­nuela sufre y escribe a la Condesa que no puede poner en la puerta a sor Teresa porque tiene orden del Visitador para no ponerla y no puede hacerlo sin permiso. La Condesa responde enfadada, y sigue metién­dose en todos los asuntos, de acuerdo con la maestra de novicias. Re­tiran al padre Murillo de confesor del Noviciado y ponen a D. Tomás Alfageme, sacerdote inexperto, que introduce en las novicias prácticas de penitencia impropias, que hacen enfermar a varias.

Se da cuenta el P. Murillo de que lo que quieren sor Lucía y la Tru­llás es separarse del gobierno de la Congregación de la Misión e infor­ma al arzobispo de Toledo, cardenal Luis de Borbón, en una extensa carta contándole pormenorizadamente todo lo que pasa en el Noviciado. Entre otras cosas dice que la hermana sor Lucía Rebentos estaba resentida porque no la habían nombrado Superiora General, se lo dio a conocer a la Condesa y no supo vencer esa tentación que le produjo re­sentimiento con el Superior.

El P. Visitador nombra, desde Barcelona, varios confesores mien­tras el P. Murillo va a dar Misiones a Badajoz.

Con el consentimiento de sor Lucía y la Condesa, no sólo el sacer­dote Alfageme está de confesor, sino que también actúa como director absoluto. Desde entonces, la Condesa, que había alabado tanto a sor Lecina, la desacredita, y también a su legítimo superior.

El P. Sobies está al tanto de todo y visita el seminario viendo que había nacido la división en él, que algunas novicias tienen el espíritu perturbado que sor Lucía fomenta. Al morir una novicia, manifiesta que sabía el destino de su alma en el purgatorio y el tiempo de su du­ración. El P. Visitador quiso que la Sra. Condesa entendiese lo que pa­saba, pero se ofendió y no quiso rectificar. Sigue el P. Murillo rogando al Arzobispo que se lo haga entender a S.M. para que sepa la verdad de todo, que a la Sra. Condesa se le encomendó lo temporal. De la Maes­tra dice que ha dado muestras de ser una caprichosa. El informe es mu­cho más largo.

Sor Lucía, además de maestra de novicias, tiene una escuela en la que está una hija del primer ministro, Pedro Cevallos. La Condesa se suma a los deseos de la Maestra, el Ministro influye en el Rey. Quie­ren que el Arzobispo sea el Superior de las hermanas del Noviciado, y como la Maestra ha dado a entender que no tienen reglas, el Arzobis­po quiere elaborar unas, pero antes consulta, en 1805, al obispo de Lé­rida, que manifiesta ser contrario a la separación de los Paúles y a la formación de nuevas Reglas. También manda su informe la duquesa de Osuna, que expone razones contundentes para que conserven sus re­glas, que no pretendan enmendar la plana a San Vicente de Paúl que les dio las suyas y que sean los PP. de la Misión los que dirijan a las her­manas.

Resumiendo mucho: lo que resulta de todo esto es que destierran al P. Murillo para que no obstaculice los planes de separación de sor Lu­cía y la Condesa. En 1807 y 1808, sor Lucía pide al cardenal de Tole­do permiso para renovar los votos, ella y dos hermanas más. Están separadas de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

En 1812, sor Lucía escribe al ayuntamiento pidiendo dinero porque desde la entrada de los franceses les cesó su asignación, y tiene que mantener la enseñanza pública de 253 niñas y a la comunidad de ocho hermanas.

Los PP. Paúles siguen defendiendo a las verdaderas Hijas de la Ca­ridad. En 1814, el P. Salvador Codina se apresura a ir a Madrid, comi­sionado por el P. General de la Misión. Las Señoras administradoras de la Inclusa hacen una representación al Fiscal del Consejo; dicen que no reconocen la nueva fundación del Noviciado, puesto que se hallan se­paradas.

Sor Manuela tuvo que marcharse del Noviciado para volver a la In­clusa. Informa al rey Fernando VII de que son obedientes a su regla primitiva y a la dirección de los Presbíteros de la Misión de San Vi­cente de Paúl. Manifiesta la pena que experimentaron por la separación de las del Noviciado, que pretenden despojar a las primitivas de lo que les pertenece. Suplica que devuelvan las rentas a quienes han pertene­cido hasta las alteraciones que trastornaron la nación. Firman sor Ma­nuela, sor Cecilia Campos y sor Narcisa Blanqué, el 24 de junio de 1814.

El obispo de Calahorra informa al ministro de Gracia y Justicia, de­fendiendo a las verdaderas Hijas de la Caridad.

El Rey manda un despacho al patriarca de las Indias, Sr. Francisco Antonio Cebrián y Valda. Determina que se suspenda la asignación hasta tanto no se presten a reconciliarse y reunirse en una sola Casa. El Patriarca ya se había metido por medio.

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