Entre los actos numerosos de entrega cumplidos en medio de los estragos hechos en Polonia y en Rusia por la plaga de la peste durante el año 1708, señalaremos a una joven y dulce víctima, un sacerdote que se hallaba casi al principio de su ministerio sacerdotal. Se trata del Sr. Pierre-Stanislas Vueiss, nacido en 1671, en la diócesis de Varmie, en Wormsditi, recibido en la congregación, en Varsovia, el 8 de setiembre de 1691.
Discusiones políticas y la invasión extranjera asolaban este país. Además, estalló la peste.
Veamos cómo escribía el Sr. Watel, superior general, el 20 de setiembre de 1708, mencionando la marcha de la plaga y anunciando la muerte del joven misionero, el Sr. Vueiss:
«Les recomiendo todas las necesidades de Polonia, y en particular las de nuestros cohermanos que son extremas ahora, por haberse declarado la peste en la ciudad y alrededores de Varsovia, de donde nuestros sacerdotes han forzado al Sr. Tarlo, visitador de la provincia a retirarse por estar algo atacado y temer que la peste se lo llevara.
«Un anciano sacerdote habiendo servido tres años a los apestados, se ha visto imposibilitado para continuar sus servicios a causa de su debilidad. Un joven sacerdote, llamado Pierre-Stanislas Vueiss, de treinta y siete años de edad, se postró de rodillas ante el Sr. Montméjan, que dirige la casa; le pidió su bendición para ir a asistir a los pobres enfermos. Dios escuchó su plan; se lo llevó la peste la noche del 3 de agosto pasado, iba a visitar a los enfermos hasta las buhardillas; comulgaba de su propia mano, y se ha muerto lleno de fe en el ejercicio de la caridad como los mártires. Otros dos sacerdotes le han sucedido en este penoso empleo, el primero ya está fuera de combate, y el otro se expone a un peligro evidente. Algunos de nuestros hermanos se han visto atacados también; cinco o seis criados han muerto, a nuestros señores les cuesta mucho encontrar alivio de los enfermos y sostener a los enterradores.
«Las Hijas de la Caridad han perdido igualmente a sus mejores hermanas, tanto francesas como polacas; estos pobres jóvenes se han enfrentado al peligro con un valor y una intrepidez inimaginables para su sexo, lo que solamente Dios puede inspirar y sostener hasta el final». –Circul. de los Superiores generales.







