Philippe-Emmmanuel de Betté (1677-1742)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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Nuestra casa de Barcelona perdió el 4 de enero de 1742, a un modelo vivo de todas las virtudes, especialmente  a un modelo de humildad y de abnegación en la persona de nuestro hermano Phillippe-Emmanuel de Betté, anteriormente excelentísimo señor, caballero de Lède, lugarteniente general de los ejércitos del Sr. Rey Católico, y comandante de la orden de Santiago. Su nombre y sus cualidades que nos recuerdan una de las más ilustres familias de España, nos hacen al mismo tiempo pensar en la grandeza y la generosidad de su sacrificio. Era el disgusto del mundo y un atractivo especial por la humidad los que le habían hecho despreciar los honores, las riquezas y las ventajas de su alto nacimiento para vivir en la humilde situación de la misión, donde su fe viva e ilustrada le presentaba más facilidad para la salvación.

Originario de Bruxelas, en la diócesis de Malinas, había nacido por casualidad en Valenciennes, el año de 1677. Destinado por su nacimiento para distinguirse en el arte militar, a ejemplo de sus antepasados, sirvió a su príncipe con una fidelidad tanto más estimable, por  no ser mantenida ni por el interés ni por la ambición, sino únicamente por el amor de su rey, como se le ha oído decir a menudo. Cargado de los más importantes empleos de la guerra y de las más difíciles empresas, la prudencia de su conducta y la intrepidez de su valor le procuraron siempre un éxito digno de una nueva confianza. Las heridas considerables de que su cuerpo estaba cubierto era las pruebas parlantes de su valor. Perfecto modelo de las virtudes militares y cristianas, Dios comenzaba ya a recompensarle por estos rasgos sensibles que al atravesar sus carnes, le dieron con frecuencia ocasión de meditar sobre la vanidad de los honores del mundo y sobre las consecuencias que podían tener los peligros a los que estaba expuesto. Su príncipe cuya gloria y prosperidad él calculaba por acontecimientos felices en las armas, le quería y combatió algún tiempo el generoso plan que tenía de abandonar el mundo para santificarse en el retiro. No fue hasta el 23 de agosto de 1727, cuando a la edad de unos cincuenta años, emprendió el género de guerra que la naturaleza humana teme tanto.

Recibido en nuestra Congregación en Barcelona, la manera noble y generosa con que comenzó su sacrificio, lio a entender cuáles serían los frutos preciosos: más grande en esta victoria de sí mismo, que cuando a la cabeza de los ejércitos, había humillado a los enemigos de la patria:   Melior est qui dominatur animo suo expugnatore urbium  (Prov., XVI, 32) :-«Más vale el hombre paciente que el héroe, el dueño de sí que el conquistador de ciudades » B. de Jerusalén. La austeridad ni la humillación de sus pruebas que, sin que lo quisiera, debían ser para él más duras que para cualquiera, no detuvieron nunca en nada su valiente resolución. Ejercitado en las más humildes funciones, contento de todo, y lleno de agradecimiento por los bienes sólidos que encontraba en su estado, se comprometió de manera irrevocable por los votos que pronunció el 24 de agosto de 1729. Su fidelidad en cumplirlos ha hecho conocer qué digno era de ser admitido a ellos. Su amor de la pobreza era tal que si necesitaba algo, hacía falta que otro se diera cuenta y lo pidiera por él. ¿Veía la casa en necesidad? Su  fe  ilustrada sobre la naturaleza de los verdaderos bienes le hacía decir que no la creía nunca  mejor fortalecida que cuando estaba fundada en la pobreza. Por otra parte,  su corazón grande y generoso recompensaba  liberalmente los menores servicios. Su obediencia estaba entera con Dios, con las reglas, con los superiores. Una sola palabra era para él  una orden que cumplía a la letra; se adelantaba incluso a los deseos mientras los pudiera prever. Cuando la caridad o la obediencia le obligaba a conversar con las personas del otro sexo, lo hacía, sin apremio,   habiéndole dado  su educación modos nobles y propios ; se mostraba no obstante tan reservado, tan modesto, que era fácil conocer cuánto se cuidaba de la pureza de su alma. La sencillez era su virtud preferida, la poseía en un grado eminente, hablando siempre a todos con candor, con franqueza,  en conformidad con sus sentimientos íntimos. Recto y amante de la equidad, se le pedía que se empleara en cosas que  no parecían muy justas «Si dependiera de mí,  decía, yo no lo haría, conviene igualmente que  yo no coopere a mandar que lo hagan otros «. Negaba incluso su crédito, cuando las gracias que los particulares querían obtener por su medio eran perjudiciales al bien púbico, al servicio del rey, o no estaban de acuerdo con los intereses de Dios. Aunque su complexión fuera muy delicada y muy sensible a las impresiones del aire, tanto por su edad como de varias heridas recibidas  en el servicio, él soportaba sin embargo con una constancia y una paz admirable el calor, el frío, las demás inclemencias del tiempo, sin buscarse el menor solaz. Mientras tanto le habían mandado hacer una chimenea en su habitación, pero nunca se sirvió de ella. Sus instrumentos de penitencia hallados en muy mal estado, y usados por el servicio, dan pie a pensar con qué dureza trataba a su cuerpo.

Abrasado de celo por la salvación de las almas, amaba al prójimo sin distinción, y para ganárselo para Dios, no omitía nada de lo que era capaz. Sensiblemente afligido por los grandes desastres que la corrupción causa en el mundo, empleó sus peticiones ante los que mandaban en Barcelona, para hacer encerrar a las personas de mala vida, y cortar así los escándalos. Igualmente enternecido por el estado de las almas abandonadas y las más despreciables, se cuidaba de ellas con mucha caridad. Un montón de vagabundos a quienes su mala fama les había hecho cerrar las puertas de la ciudad, habitaban en tiendas de campo. El hermano de Betté  se unió a uno de nuestros sacerdotes para darles una misión, y él contribuyó tanto con sus exhortaciones, sus ejemplos y sus limosnas, a la conversión de estos menesterosos, que se confesaron en seguida en la iglesia de los misioneros, y cambiaron en su mayor parte de conducta. Un hombre condenado a muerte habiendo llamado un día a un sacerdote de la Misión, el hermano de Betté le acompañó a la prisión. El confesor viendo su celo infructuoso  con el criminal, se le ocurrió decirle que su compañero era el Sr. caballero de Lede. Esto dio ocasión a éste a acercarse  a aquel desgraciado, y le trató tan bien  de palabra y con buenas maneras que le dispuso a una buena muerte. Ardiendo en celo, ya llevaba a unos a hacer el retiro espiritual, convidando sobre todo a los militares, ya daba a los otros saludables instrucciones, y se hacía útil a todos  por sus servicios, sus oraciones, sus buenos ejemplos, sus limosnas. Era para conservar en la fé a una joven luterana de nacimiento pero que, hecha prisionera con su padre y otra hermana, en las precedentes guerras de Italia, se había convertido que él le había cedido, a título de pensión vitalicia, para ayudar a su dote, una renta de cerca de 200 libras, sobre el Ayuntamiento de París: lo que contribuyó a casarla honradamente con un oficial de guerra, y la fijó en la religión católica, colocándola al abrigo de las solicitaciones de sus padres.

Tenía por la humildad y por la humillación un atractivo particular. Fue por este principio que el lugarteniente general de Su Majestad católica y gobernador de la ciudad de Tortosa, una de las primeras plazas de Cataluña, renunció a todo con el plan y con el deseo de pasar su vida bajo el hábito de nuestros hermanos, de trabajar como ellos con el mérito de la obediencia en los más humildes servicios de Marta. Es verdad que los superiores al recibirle, modificaron esta resolución tan generosa. Reflexionaron que el rey de España al consentir en su retiro,  había permitido que él retuviera la encomienda de Santiago. Así para que él llevara más decentemente las señales exteriores, le obligaron a tomar la sotana. Su intención era incluso hacerle entrara en las órdenes sagradas, pero su humildad no le permitió nunca consentir en ello, no respondiendo a las insinuaciones  y a las insistencias de los superiores y de varios obispos, más que con estas palabras del centurión: Domine, non sum dignus,  de manera que murió sin poderle introducir en el clero.

En el mundo le llamaban siempre el caballero  de Lede : nosotros le llamábamos  en la Congregación el hermano de Betté que era su nombre. Jamás hablaba de la nobleza de su casa, ni de sus hazañas gloriosas y, lejos de desear el honor y la estima, buscaba el desprecio y se rebajaba en todo. Habiendo dicho un día al Sr. conde de Climes, capitán general del principado de Cataluña, que tenía a alguna distancia de la ciudad una visita que hacer a un amigo suyo recién llegado de Flandes, Su Excelencia le ofreció una carroza, pero él se excusó de aceptarla, diciendo que no la necesitaba, que tenía una montura en la casa, la cual en verdad no era otra cosa que la bestia de carga que giraba la bomba. Se montó encima en efecto para ir a visitar a su amigo, quien sorprendido al verle en este equipaje, le obligó a servirse, al regresar, de uno de los caballos de su cuadra. Un judío que estaba en nuestra casa de Barcelona para instruirse en la religión,  y dispuesto al bautismo, le ponía por los cielos, aunque pobre y obligado a servir; nuestro querido difunto para darle una lección de humildad, fue un día a ayudarle a barrer la casa.

Tenía por otra parte estas ocupaciones por actos de obediencia, que son gloriosos para un hombre de comunidad y de los que no debe enrojecer. Por eso le daba poca pena cuando personas de condición le veían por el tiempo de la construcción de la iglesia venir a ayudar a los obreros, todo lo que se hace por religión es grande, y el caballero de Lede no se sometía a estas ocupaciones más que por razón de fe y espíritu de abnegación. Durante varios años que ha hecho de turiferario en la misa mayor, en el momento que oía  la primera señal de oficio, bajaba a la sacristía, tomaba el incensario, iba a la cocina a buscar fuego, y tomaba su sobrepelliz, con mucha gracia, exactitud y piedad. Servía también con tanta atención y humildad las misas rezadas,  y haciendo a los sacerdotes antes y después, todos los pequeños servicios acostumbrados, añadía las señales más sinceras de educación y respeto. Por último se asegura que escrupuloso observador de todas las reglas, ha sido para todo el mundo, y en todo, un modelo que imitar.

Su vida constante fiel y cristiana, le había adquirido tal renombre de santidad, que en su muerte, muchas personas, entre otras Mons. obispo de Barcelona, por un religioso respeto hacia él, han querido tener algo que le había pertenecido. Son tres ataques de apoplejía los que le habían postrado. El primero le había puesto  en condiciones de no poder recibir los sacramentos; pero los médicos queriendo socorrerle, habiéndole procurado bastante libertad para confesarse y comulgar, lo hizo con una devoción sensible. Agotado poco después por un segundo ataque, y por un tercero, murió fortalecido con el sacramento de la extrema unción. Fue enterrado al día siguiente, y Dios permitió que el que durante su vida se había humillado tanto fuera honrado en su muerte, como habría podido serlo un soberano por el concurso del Señor obispo, con lo que hay de más considerable entre los grandes de España, y los generales de las tropas del Rey católico, que se hallaban por entonces en Barcelona, para el embarque que se esperaba. Los inquisidores y gran número de otras personas de distinción, se hallaron también en las pompas fúnebres.  –Anciennes Relations, p. 399-405.

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