Pedro Incera

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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P. Pedro Incera

06-12-86

Nueva York

BPZ 1986

imagenes_Sesa_Ermita_Jarea_c683684a«EXULTEN POR FIN LOS COROS DE LOS ÁNGELES;

EXULTEN LAS JERARQUÍAS DEL CIELO;

Y POR LA VICTORIA DE REY TAN PODEROSO

QUE LAS TROMPETAS ANUNCIEN LA SALVACIÓN»

Así comenzaba muy apropiadamente el P. Kevin Sullyvan, amigo y com­pañero suyo por varios años en Santa Isabel, la homilía del funeral, el mar­tes, 9 de diciembre.

«Ocho veces desde este púlpito el P. Pedro Incera proclamó estas palabras en la Vigilia Pascual. Para él solamente había una fiesta en la Cris­tiandad.

Solamente una celebración litúrgica: la fiesta y    la celebración de la Resurrección. Y hoy esta es nuestra celebración: él pasó de la muerte a la vida, -no Cristo- sino uno de sus discípulos, Pedro Incera».

Después reflexionó sobre el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo que la vida y la muerte del P. Incera manifestó, terminando con su español dulce y sencillo con estas palabras: «Esta es el día en que rotas las cadenas de la muerte Pedro asciende victorioso».

He vivido 18 años con el P. Pedro en las comunidades del Seminario Mayor de Cebú y en la parroquia de la Santa Agonía de Nueva York. El año y me dio de su enfermedad me unió a él mucho más y su desenlace galopante me ha afectado.

Después de hacer los cuatro años de teología en Perryville, Estados Unidos, donde supo ser crítico y escoger lo mejor del espíritu americano, se dedicó enteramente con su alma de artista y perfeccionista a la formación de los sacerdotes en el Seminario Archidiocesano de San Carlos Borromeo, Cebú. En la revista «INTROIBO», que él moderaba, manifestaba su espíritu abierto al Concilio Vaticano II y hasta chocó en una de sus Editoriales con el Nuncio, quien por medio del Visitador le llamó la atención, pero en espíritu de humildad y sumisión aclaró su pensamiento a satisfacción de todos. Fue el maestro consu­mado del coro del Seminario y formó escuela en discípulos aventajados como el P. Rodolfo Villanueva de Cebú.

Al final de nueve años en el Seminario fue destinado a Nueva York a trabajar -en una nueva experiencia por unos criticada y para mí la más eficaz para los hispanos- en las parroquias diocesanas perteneciendo a la comunidad de Santa Agonía, a donde venía una vez a la semana sin fallar y con frecuencia dos o tres veces. San Antonio de Padua, Santo Tomás de Aquino y Santa Isabel fueron el campo de su apostolado. De esta última parroquia el P. Kevin me ha dado unas notas interesantes y un poco de su apostolado característico:

«Desde 1977 el P. Pedro Incera          sirvió a la comunidad de Santa Isabel. Esta es la segunda parroquia hispano-parlante más grande de Nueva York. Hay unos 46.000 fieles de los cuales 23.000 son hispanos.

Siempre dispuesto a atender todas las necesidades, imprimió un se­llo propio a su apostolado en un número de áreas importantes. La primera fue la de la música. Todos los lunes trabajaba con el coro hispano para preparar la liturgia dominical. Trabajaba no sólo con los cantores voluntarios sino también con el organista y con el líder del canto y en ocasiones importantes sé las apañaba para ofrecer una liturgia bilingüe, combinando admirablemente su consabido talento musical con su empeño de hacerlo a perfección.

La otra área importante fue la preparación para el bautismo de jóve­nes adultos quienes habían de bautizarse en la Vigilia Pascual y que empezaba en septiembre -lo que llamaba él en sentido amplio CATECUMENADO y que compren día los bautizandos, sus padres y padrinos-. En el curso de su estancia en Santa Isabel preparó a más de mil familias. Estas dos casi-obsesiones estuvieron presentes hasta el último día de su vida consciente, cuando su mente ya estaba un poco confusa».

Ahora quisiera hacer unas reflexiones sobre su enfermedad, muerte y funeral. Ya saben todos que le fue extirpado un cáncer de pulmón hace exacta­mente un año y medio. El doctor estaba muy optimista y Pedro trató de no darle importancia y a la pregunta ¿qué tal te encuentras? daba la misma respuesta: muy bien. Pero atando cabos se ve que su respuesta no manifestaba siempre su estado y eso que sabía todo, porque desde el primer momento quiso que no se le ocultase nada, como así fue. Así las cosas, llegó octubre y sin decir nada a nadie se fue al oculista porque a veces no veía las letras. El óptico le dijo que no tenía nada en los ojos y se fue a otro especialista del Hospital de San Vicente de Paúl donde se había operado y es cuando descubrieron que tenía dos tumores en el cerebro sobre el nervio óptico. Lo tomó con una calma asombrosa y sin avisar a su familia pensando que la terapia podría controlarlo según los doctores. El lunes, 1 de diciembre, le hacen un examen de pulmón y lo encuen­tran perfecto y llamó a su hermana. El P. Agustín y servidor fuimos a charlar con él hasta las diez de la noche en Santa Isabel. No notamos nada en particu­lar, sino cansancio en los ojos. El miércoles por la mañana llaman de Santa Isabel comunicándonos que la noche anterior lo habían llevado al hospital en una ambulancia. Ese mismo día estuvieron haciéndole pruebas y por la tarde ya estaba un poco confuso. El jueves comió muy bien al mediodía y aún por la no­che, pero estaba muy confuso, diciendo que tenía que ir a Santa Isabel a preparar la música para Navidad y que tenía que estar presente en la recepción de los catecúmenos que tuvo lugar el domingo de Adviento. Por la noche tenía una fiebre alta pero todavía estaba de buen humor. El viernes por la mañana ya no respondía al tratamiento y cayó en coma hasta el sábado, 6 de diciembre, cuan­do expiró a las 8,20 a.m.; su prima y la secretaria de Santa Isabel ni se dieron cuenta hasta que vino la enfermera. Tuvo la suerte de no sufrir físicamen­te o por lo menos no lo manifestó, aunque estoy seguro que lo presentía, pues el 27 de noviembre escribió su testamento muy largo y muy bien estudiado y, como comentó el P. Joaquín, «ordenado hasta el final».

Gracias a su nuevo párroco de cuatro meses, Monseñor Joaquín Beaumont, primo carnal de nuestro P. Víctor Elía, los últimos meses, los funerales y la acogida al hermano, hermana y sobrina del P. Pedro Incera en la rectoría de Santa Isabel no pudieron ser mejores. Enseguida se movió para que el funeral fue­ra presidido por el Sr. Cardenal de Nueva York, cosa no fácil para un religio­so y debido a los compromisos, pero Joaquín pensaba que el trabajo del P. Pe­dro se merecía eso y lo consiguió. En verdad se merece el agradecimiento de la comunidad. La hermana de Pedro, Ana María, salió de Bilbao cuando aún estaba vivo, pero llegó cuando ya había expirado. Su hermano Miguel y sobrina -por pro­blemas de visado- llegaron el miércoles a tiempo para que los PP. Mateos, Irurtia y servidor dijéramos una misa, corpore presente, en la funeraria. La multitud que acudió a la funeraria -americanos e hispanos- fue imponente desde el sábado hasta el funeral, el martes por la noche.

La misa de Cristo Sumo Sacerdote que se celebró el lunes por la no­che estuvo presidida por Mons. Garmendia, su último párroco en Santo Tomás, y concelebrada por unos 20 sacerdotes en la que estaban sus tres párrocos ante­riores. A mí me tocó la homilía.

Al día siguiente, martes, el funeral presidido por el Cardenal de Nueva York con unos 25 sacerdotes concelebrantes, entre los que estaban los PP. Elía, Mateos, Irurtia, Dallo y el P. Agustín Ruiz de la Orden, por muchos años compañero suyo, y de la Provincia de Barcelona los PP. Mas, Real y Burguera. La homilía estuvo a cargo del P. Kevin, quien estuvo magistral. El Señor Cardenal dirigió al final de la misa unas palabras emocionantes en español a la hermana de Pedro y al representante de la Comunidad, P. Angel, que transmitiera a la Provincia el más profundo agradecimiento de la diócesis por el don del P. Pedro In­cera c.m.

P. B. Presa c.m.

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