El Sr. Pedro Fong, lama convertido y luego sacerdote de la Misión, se captaba las simpatías y los afectos de todos por sus virtudes, por su dulzura de carácter, por su sencillez y por su notoria piedad.
A continuación trazamos algunos rasgos de su vida, llena de interés y de edificación.
El autor de la tan conocida obra el Cristianismo en China, refiere el modo de la conversión del Sr. Pedro Fong:
«Al parecer, los medios que le llevaron al puerto de salvación debían haberle abismado más aún en los errores de su educación en el budismo.
El Sr. Gabet y el neófito Pablo dirigíanse á la región de las Hierbas para visitar una residencia de los lamas. Marchaban sosegadamente y á caballo atravesando el desierto, cuando distinguieron allá en lontananza un bulto de color amarillo, que sin cesar aparecía y desaparecía entre la hierba. Apretando las espuelas vieron que era un lama que iba de viaje, prosternándose a cada paso en tierra y dando en el suelo con la frente. Entonces dijo Pablo: «Padre mío, he ahí un pobre lama que va haciendo ahora una de esas penosísimas peregrinaciones de las que tengo hablado a usted «otras veces; lleguémonos a él, que sin duda el Señor tiene designios misericordiosos sobre el alma de este fervoroso budista». Los jinetes se iban aproximando sin, que, al parecer, hiciera caso alguno el intrépido peregrino, marchando delante de ellos sin ni siquiera volver la cabeza, inclinándose a cada instante hasta pegar su rostro con la tierra.
El lama peregrino, joven de unos veinte años, era el señor Fong. Su aspecto dulce y melancólico demostraba a las claras un temperamento enérgico y una gran fuerza de voluntad. Sus manos callosas y ensangrentadas, sus desgarradas vestiduras, la endurecida piel del centro de su frente, todo, en una palabra, estaba manifestando que no era aquella su primera dolorosa peregrinación. Un mes entero llevaba de viaje este pobre joven, sin que los más crudos rigores del tiempo bastasen para obligarle a interrumpir su devoción animosa y decidida, practicando todos los días innumerables postraciones en medio de la lluvia, de la nieve y del frío más horroroso y terrible. Según sus cálculos, faltábanle aún tres meses antes de llegar a la residencia de los lamas, término de su entusiasta peregrinación. El bagaje del animoso y ferviente lama consistía en una barjuleta para llevar las provisiones de harina de avena tostada a la parrilla, y pelotillas de queso más duras que el gabano. Cuando vaciaba su mochila hacía nuevas provisiones en el camino si tenía la fortuna de topar campamentos o caravanas; en caso contrario, soportaba heroicamente el hambre, encomendando a Buda su vida.
A la mañana del siguiente día el Misionero mandó llamar al lama peregrino. El neófito Pablo no se admiró de los sufrimientos enumerados en la narración que les iba haciendo; pero el Misionero de Jesucristo quedó altamente emocionado, y apiadándose del extravío y ceguera de aquel joven, se interesó vivamente en su favor, y preguntándole que con qué fin practicaba una peregrinación tan penosa, respondió: «Hermano,—y miró melancólicamente al cielo,- hermano, no tengo otro deseo que el de salvar mi alma y las almas de mis padres; para ello he hecho voto de sufrir y peregrinar prosternándome hasta la pagoda de los Cinco Turcos. Este voto le he escrito en presencia de Buda y le llevo conmigo sobre el pecho. Dichas estas frases, sacó el lama de su seno una bolsa de tafetán amarillo, la abrió y desplegó una hoja de papel, en la cual estaba escrita con caracteres mogoles la fórmula de su voto. En aquel trance el neófito Pablo sonrió de compasión; pero el Sr. Gabet no pudo disimular su emoción y ternura, escapándose algunas lágrimas de sus ojos, y aproximándose al piadoso peregrino le dijo con acento conmovido: «Sí, hermano mío, tiene usted razón, es necesario salvar su alma, y los que olvidan este negocio son unos necios; pero el verdadero Dios a quien debemos adorar todos y al que tú no conoces aún, es un Padre ternísimo para con sus hijos, y ansía salvar o nuestras alunas sin exigir los rigores, sufrimientos y privaciones que tú has hecho voto de abrazar. Su ley es toda misericordia, mansedumbre y caridad. El joven lama, admirado de oír hablar de una doctrina santa distinta de la de Buda, expuso numerosas cuestiones a los dos desconocidos, cuyas palabras parecía le hacían nacer a una nueva vida».
II
El Sr. Gabet, en una carta publicada en nuestros Anales hace el relato de una conversación en la que él mismo tomó, parte:
«El peregrino,—dice,—pasó el resto del día siguiente a nuestra entrevista con el neófito Pablo. Las conversaciones eran como las de los grandes filósofos. El joven lama preguntaba ya sobre el alma, ya sobre el espíritu después de la muerte, ya de la vida futura, y Pablo respondía a todo con claridad y precisión, quedando de ello tanto más satisfecho cuanto que habiendo preguntado a menudo a los lamas, sus maestros, sobre estas materias, sólo le habían contestado con alabanzas y vagos encomios de la omnipotencia de Foo, su divinidad.
No podíamos dejar de partir al día siguiente, por lo que puse en conocimiento del joven peregrino que me era imposible tratar de instruirle allí. No es tarea de un instante, ni de un solo día. Al marchar mañana, venid con nosotros, y cada día aprenderéis más de esta ciencia de salud. Después estudiaréis a fondo la Doctrina cristiana, y al fin la amaréis de todo corazón. En esta coyuntura deshizo dos manoplas de madera que llevaba para resguardo de las manos al postrarse en tierra, y las arrojó al fuego. Tenían lugar estos sucesos el día primero de la luna quinta de 1838.
Faltábanos un caballo, y Pablo se apeaba para que a su vez montase su nuevo compañero, quien, despojado de su mugriento ropaje, atravesó a caballo los mismos parajes en donde antes se había prosternado en tierra, reconociéndolos uno a uno.
No podía ser mayor el contraste de su situación presente y la de los días anteriores. El joven lama parecía respirar felicidad. Echábase de ver con facilidad que de la tiranía del que es homicida desde el principio, había pasado a la suave dirección del Buen Pastor.
Una vez aprendida la Doctrina cristiana, fué admitido entre los catecúmenos, recibiendo el nombre de Pedro.
Desde esta fecha, después de haber llegado a Sivonam, se consagró al estudio con tanto ardor y constancia, que admiraba a los Misioneros. Contaba a la sazón veintiún años de edad.
Pronto el joven converso pidió ser admitido en el número de los Misioneros, porque la decisión que en ellos advertía estaba en armonía con las aspiraciones generosas de su alma. Enviósele al Seminario de Macao, cerrado poco después. En fin, en 1849 obtuvo la gracia de ser admitido en las filas de la familia de San Vicente de Paúl.
III
El Ilmo. Daguin, Misionero y Vicario Apostólico de la Mongolia, confiada entonces a la Congregación de la Misión, hanos descrito el celo, que sin duda recompensará el Dios de las misericordias, aunque no tuviera los felices resultados apetecidos, con que el Sr. Fong trabajó en la conversión de sus parientes paganos.
«En 1892, —dice,—dirigíme a evangelizar nuestro distrito de Tchao jang-sien, patria de nuestro hermano mogol el Sr. D. Pedro Fong. Llevéle conmigo para que hiciese ensayos en la conversión de su familia. Su hermano mayor era presidente de una residencia de lamas. Al presentarse por vez primera el Sr. Fong ante su hermano, vestido de seglar y no de lama, tuvo el pensamiento de presentarlo al mandarín mogol para que le atormentase hasta quitarle la vida; sin embargo, ocultó su indignación con el propósito de enterarse antes de la religión cristiana, que su hermano Fong había abrazado. Por espacio de tres meses consecutivos se juntaban todas las noches, teniendo prolongadas conferencias sobre religión. Con los libros del budismo en la mano iba preguntándole punto por punto, respondiendo nuestro señor Fong con la Teología del Ilmo. Perrocheau a la vista, para hacerle ver que no era dictamen suyo la doctrina expuesta, sino la de los Doctores y de la Iglesia. Después de un examen concienzudo de tres meses, dijo al Sr. Fong su hermano: «Hermano mío: con tus explicaciones quedo tranquilo; tú has abrazado una religión que nada tiene que no sea bueno y muy laudable. En los primeros instantes tuve intención de entregarte al mandarín del botón rojo para que te hiciese morir a golpes. ¿Cómo, decía yo entre mí, cómo yo, cabeza de una casa de lamas, puedo sufrir la ignominia de un hermano mío que en su juventud ha recibido tantos beneficios de Foo y de Buda; que ha sido criado y educado en una casa de lamas, y que en recompensa de tantos bienes no sólo no honra á Foo, sino que ha renegado de su «religión? Pero convencido de la bondad de tu religión, estoy satisfecho, tendré placer en desarmar a tus mismos «adversarios, y en adelante te honraré siempre como a hermano mío».
«Tu religión me sorprende,—le decía en otra ocasión.» Somos tres hermanos y tú el menor de los tres, y de todos, yo el que tengo un talento más agudo y privilegiado. De diez lamas doctos, ocho no pueden luchar ni rebatir mis teorías y argumentos (estos asertos eran verdaderos), y con todo no puedo contestar a los argumentos de los libros de tu religión, y es indudable que tu religión es buena».
Había yo aconsejado al Sr. Fong que hiciese cuanto estuviera en su mano para llevar en su compañía a todos los de su familia que quisieran acompañarle, para de este modo poderles predicar y enseñar la religión cristiana. Trájose consigo a su anciano padre, consagrado a las funciones de lama. Desgraciadamente, estaba sin vista y era sordo.
Según noticias que hemos adquirido después, el padre del Sr. Fong jamás tuvo intención de abrazar el Cristianismo. Acompañó a su hijo en nuestra cristiandad de Miaoeul-keou para llenar a su lado los oficios de padre, esto es, para enterarse por sí mismo del modo de proceder y vivir de su hijo. Después de coloquios prolijos y de haber asistido a las hermosas y solemnes ceremonias de la solemnidad de la Pascua, rebosando gozo y satisfacción, dijo a su hijo: «Ya estoy tranquilo sobre tu vida y puedo morir en paz, porque me consta por mi propia experiencia que marchas por las «sendas del bien».
Después de oír este lenguaje creció el celo del señor Fong para explicar todos los días a su padre la Doctrina cristiana, la que el anciano escuchaba placentero, satisfecho, al considerar que la doctrina seguida por su hijo no tenía mácula, y cediendo a las exhortaciones llegó a invocar en sus plegarias al Dios de los cristianos, conservando, empero, la creencia en su Foo. Deseoso de volver a su pagoda después de tres meses de residencia en Miao-eul-keou, su hijo hizo el último esfuerzo para decidirle a abandonar el budismo y a abrazar la religión cristiana. «Todos tus esfuerzos son in» útiles,—le contestó,—y no vuelvas a instarme más sobre este punto». Desconcertado con esta respuesta el pobre senor Fong, añadió: «Al menos, si después de la muerte no encuentra Ud. a Foo, a quien Ud. adora, sino la presencia imponente de nuestro Dios, a quien ahora Ud. desprecia, que separándole de su lado le arroja, ioh dolor!, a las mazmorras del infierno, no tendrá Ud. motivo para dirigirme amargos reproches y censuras, porque no he omitido nada para descubrirle el solo y verdadero rumbo que conduce a bienaventuranza.—Hijo mío,—respondió el anciano,— de verdad que yo, si me engaño, no te culparé a ti; reconozco tu buen corazón, sé que por amor mío has hecho «cuanto en tus manos estaba, pero no puedo resolverme a pasar plaza de loco. Sumido en la mayor consternación el Sr. Fong, vino a contarme su terrible adversidad. La tristeza invadió asimismo el fondo de mi alma, y presentóse ante mi espíritu aquella terrible sentencia del Señor: Unus assumetur, et alter relinquetur: «el uno será elegido y el otro abandonado». Sin embargo, procuré consolarle del mejor modo posible, diciéndole: «que debíamos confiar en que la semilla que había derramado en los corazones produciría a su tiempo frutos de bendición».
El Sr. Gerardo Bray, más tarde Vicario apostólico del Kiang-si, trasladándose de la Misión de Siria llegó a China en 1859, y en una carta escrita en Siván de la Mongolia, comunica algunos pormenores de esta su nueva Misión y del país que acababa de visitar, por ser la zona confiada a sus tareas apostólicas.
Decía entre otras cosas: «Un hermano nuestro en religión, originario de la China, acaba de marchar a ejercer su apostolado al valle de Aguas Negras, de donde salieron los Sres. Huc y Gabet, para trasladarse al Tíbet. Este compañero es el Sr. Fong, a quien en otros días topara el señor Gabet haciendo una rigurosa peregrinación, y a quien instruyó en la doctrina del Crucificado, administrándole las aguas regeneradoras del santo Bautismo. El Ilmo. Sr. Obispo le elevó, pasados algunos años, al estado sacerdotal, y por ahora ha de trabajar solo por algunos meses y tal vez por bastante tiempo». El Sr. Bray continuaba diciendo: «También tenemos en Siván al famoso Samdatchemba, tan célebre en la obra escrita por el Sr. Hue. Dista mucho de ser un Creso, y si alguno de los que en Europa se mofan y ríen a su costa le enviase unos centenares de vendas, las preferiría con gusto al nombre irónico que le ha dado el «Sr. Hue».
El Sr. Fong, en calidad de cumplido y celoso Misionero, se consagró, en la medida de sus fuerzas, a las labores y fatigas del apostolado. De él escribía desde Tien-tsin en 1873 uno de sus compañeros de Religión, residente por mucho tiempo en China: «El Misionero encargado de la Misión en la importante zona de la subprefectura de Yen-chan y de Nan-py es el señor Fong. Dotado de sencillez encantadora y de una mortificación grandísima, predicaba con su ejemplo de manera irresistible y elocuente. De todas partes acudían a él, y era inmensa la fatiga para satisfacer los santos deseos de innumerables familias, ansiosas de conocer la religión verdadera». El 19 de Julio le sorprendió la muerte en medio de la campaña evangélica en el Vicariato del Tche-ly septentrional».
Sabida su muerte, escribía desde Pekín el Vicario apostólico de aquella zona, el Ilmo. Sr. Sarthou: «Acabamos de recibir una nueva tremenda sacudida. El Sr. Fong, venerado y dignísimo Misionero, se ha despedido de nosotros, dejando esta tierra de miserias. Su muerte «inesperada ha empañado de luto mi corazón; con todo, ha logrado la dicha de sucumbir con las armas en la mano.
Verdad es que este santo sacerdote se venía preparando desde mucho ha para hacer entrega de su alma en las manos de Dios».
Estoy a la mira para que el cuerpo de nuestro querido difunto no sea llevado a paraje alguno que no sea el Yen-Liban ó Nan-py, junto a los restos del buen Padre Ly José, discípulo, sacerdote asimismo santísimo y dignísimo. Me parece muy del caso dejar en el corazón de esta cristiandad naciente los preciosos restos de estos dos apóstoles, quienes han soportado toda suerte de sufrimientos por salvar este abandonado país. Desde lo alto del cielo estos dos patronos, unidos al mártir fundador de esta Misión (Claudio María Chevier), harán violencia al corazón del buen Dios y obtendrán la conversión de todo este pueblo».
He aquí algunas circunstancias de los últimos días del piadoso Misionero, según lo refiere el Sr. Capy:
«Los testimonios de aprecio hacia nuestro difunto compañero y el luto por su infausta muerte son unánimes. Nadie creyó que la muerte le arrebatara tan de improviso. Un seminarista había acompañado al Sr. Fong a Yen-tchouang, nueva aldea de los catecúmenos en el Keing-jun-shien, con el encargo expreso de cuidar con esmero de nuestro querido viejo. En esta estación del año, apenas tenía otro quehacer en medio de los catecúmenos, ocupados en la recolección, que vivir entre los neófitos, conversar con ellos y hacerles algunas exhortaciones. Cierto día el venerado Sr. Fong se encontró ligeramente indispuesto por los excesivos calores de este año. El seminarista le indicó la conveniencia de dar aviso al Sr. De-Hus. El Misionero contestó: «No merece la pena, y además no debe tardar en llegar á Yen-tchouang». El domingo, 10 de Julio, a eso de las ocho de la mañana y después de haber celebrado el santo sacrificio de la Misa, mostró decidido empeño de partir, sin que bastaran para disuadirle las reiteradas súplicas de los catecúmenos, quienes con amarga pena pudieron conducirle en coche. El calor era sofocante, y habiendo llegado próximamente al mediodía a Keingjun, el Sr. Fong sintió que su salud iba de mal en peor. Durante la noche no cesó de orar en alta voz en latín y en mogol, pidiendo a Dios, según dijo al seminarista, le concediese la paciencia de los mártires. El médico chino, llamado in conlinenli, le encontró sumamente abatido. A eso de la media noche el mal se agravó en extremo a consecuencia de un vómito de sangre, y nuestro querido enfermo envió un propio a Yen-tchouang para suplicar al Sr. De – Hus que, pesar de lo inconveniente de la hora, tuviese la bondad de venir. El venerable anciano continuó sin cesar orando en alta voz, con admiración de los paganos, mientras que sus fuerzas disminuían rápidamente y sus palabras eran cada vez menos inteligibles. Finalmente: al salir el sol cesaron de orar sus labios y entregó su bella alma a Dios. El santo anciano no pudo tener el consuelo de verse asistido por un hermano de religión en sus últimos momentos, pero yo os aseguró que me daría por muy satisfecho pudiéndome presentar ante el tribunal de Dios en el estado en que se encontraba este buen Misionero. ¡Era tan humilde, tan obediente, tan piadoso! No puedo describir cuánto admiro a este santo viejo, que muere de verdad con las armas en la mano, como hubiera deseado morir nuestro Padre San Vicente de Paúl. Es la estrella que se apaga en medio de nuestros queridos catecúmenos, de una subprefectura que abre sus puertas a la fe. Sintió mi alma una particular impresión por el mirar y el acento de su voz, cuando al partir le dije: Ea, Padre Fong, ¿va Ud. contento a conquistar el Keing-jung a la fe, como lo hizo Ud. con el Nam-py?—¡Cómo puedo dejar de ir contento,—respondió,—si, voy a buscar la conversión de las almas practicando la obediencia! ¡Qué digna corona de una santa vida de Misionero!».
«A eso del mediodía, doce hombres pusieron su cuerpo sobre una especie de angarillas y lo llevaron sobre sus espaldas al Yen-tchouang. Como está prohibido introducir los muertos en las ciudades muradas, nuestros catecúmenos, son poco escrupulosos en materia de mentir, respondieron que el paciente tenía todavía el kc’ -i, esto es, el hálito en los labios, y marcharon adelante.
A las diez de la mañana del martes llegó el Sr. De-Hus con oportunidad para celebrar el santo sacrificio de la Misa y hacer a nuestro querido difunto los honores de sepultura. Los cristianos de Tien-tsin han dado marcada prueba simpatía a este venerando sacerdote, mandando celebrar un gran número de Misas por el descanso de su alma, y a los pobres del Hospital han hecho una cuota para acrecentar el número de aplicaciones. Cuantos vivimos aquí sentimos muy mucho la pérdida de este santo anciano, tan lleno de dulce mansedumbre de San Vicente. No nos cabe la menor duda de que ha volado derechamente al cielo. Según la expresión del Ilmo. Bruguiére, se convirtió yendo de viaje, y estando de viaje ha muerto; llegando por fin a la dichosa meta de su peregrinación desde el tiempo a la eternidad.
Tomado de Anales Españoles, Tomo II, año 1894








