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P. Pedro Ballaz |
28-06-93 |
Pamplona |
Anales 1993 Sep.569 |
Homilía del P. Visitador en la Misa Exequial. Pamplona, Iglesia de la Milagrosa, 28 de junio 1993
El P. Pedro Ballaz, C.M. falleció la madrugada del 27 de junio de 1993 en la Residencia de los PP. Paúles de Pamplona. Había nacido el 31 de enero do l914 en Sangüesa (Navarra). En los últimos meses había pasado algunos periodos en el hospital. Últimamente, por la medicación, tal vez por la cortisona, se le notaba algo hinchado. Vivió su enfermedad con paz, siempre listo a la espera del Señor.
El Día de Difuntos del año pasado iba el P. Pedro Ballaz a visitar la tumba de su querida hermana Purificación. En el camino del cementerio perdió el equilibrio y se cayó. Desde ese día, su salud corrió una acelerada cuesta abajo hasta ayer. Me decía cuando le visitaba en nuestra enfermería: «Me olvido va de las cosas… No soy capaz de contar anécdotas en la mesa como los demás… No puedo cerrar las manos… Me mareo…». Ayer, al amanecer, se precipitó su lento declinar. Llamó a sus compañeros. Atendido por los padres que vivían con él, recibió una especial visita del Señor, su décimo destino, el de la misión del cielo.
Hemos iniciado esta celebración con un SIGNO BAUTISMAL, el agua. Por el bautismo nos incorporamos, ya en ese momento al misterio de la muerte y resurrección de Cristo: » Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en su muerte…» (Rom 6, 3-11). El verdadero signo del bautismo no es el agua que lava, sino el agua que sepulta, la inmersión. Por el aliento del Espíritu, el P Pedro Ballaz nació de nuevo en Santa María de Sangüesa, esa joya románica en el camino jacobeo.
La LECTURA (2 Cor. 4, 1ss) nos habla de que cada uno hace su muerte. Nos presenta la muerte como una consumición, una coronación de la vida. Morir tiene que ser la consumación de un compromiso que uno hace en la vida de entregarla, «perderla» por y con el Señor por los demás. Es la manera de nacer a una nueva y plena humanidad. Más que biología, para nosotros, la muerte es un acto sacramental. Cristo le ha quitado lo que tiene de penosidad, ruptura, punto de no retorno. El misterio pascual es el dinamismo más profundo de la vida de Cristo. La vida del bautizado, y en especial la del sacerdote y misionero, injertada en el misterio de Cristo, llega a su sazón viviendo sacramentalmente ese misterio de Cristo muerto y resucitado.
Esta mañana estamos celebrando la fe, esperanza y amor con que el P. Pedro Ballaz vivió su muerte, como acto de fe y entrega: «Llevamos en nuestro cuerpo el estado de muerte de Jesús… Aunque vivimos nos vamos entregando a la muerte por causa de Jesús– (2 Cor. 4, 1ss).
Con virtudes y debilidades, en juventud y vejez, el P. Pedro hizo una opción lúcida de entregar su vida por la causa del Señor, por la evangelización de los pobres, donde el Señor le quisiera. El 17 de mayo de 1942, después de los sobresaltos de la guerra civil, aquí en Pamplona, al ordenarse de sacerdote, preguntó el obispo al P Ballaz: –¿Quieres unirte cada vez más a Cristo, sumo sacerdote v víctima, que por ti se ofreció al Padre y con El y como El consagrarte al Padre para la salvación de los hombres?» El P. Pedro contestó: » Sí quiero, con la gracia de Dios». Optó por El. Creyó, se fió de El que es el único que salva. Se comprometió a anunciar un cielo nuevo y una nueva tierra donde no habrá ni luto, ni llanto, ni dolor. Enterró su vida en la formación de los apostólicos, las misiones populares y, más tarde, las parroquias. Nada menos que 21 años de su vida gastó en nuestras Apostólicas. La mayor parte de las veces en oficios poco apetecidos, como el de prefecto de disciplina, mal llamado «inspector». Durante más de ocho años recorrió los pueblos y ciudades de España, misionando, sobre todo, con los PP. Pedro Langarica y Lucia. Me decía el P. Ballaz en la enfermería: » Me tocó de todo: pláticas, doctrinas, sermones… En aquel tiempo no se llevaban papeles. Había que «encasquetarse lo que decía. Normalmente seguíamos el método de San Vicente: motivos, naturaleza v medios». Personalmente le escuché un sermón sobre la salvación del alma. Era una proclamación vibrante, con toda la fuerza y claridad de un buen mensajero. Me consta que en muchas ocasiones «tocó» la vida de los que le escuchaban.
El P. Pedro Ballaz nació en Sangüesa (Navarra) el 31 de enero de 1914, de familia agrícola con no muy abundantes recursos. Perdió a su padre a los 3 años y a su madre a los 9. Un hermano murió también joven. Quedó Pedro huérfano al cuidado de su abuela. Eran dos, él y su hermana Purificación, a quien adoraba. Esta hermana falleció aquí en Pamplona en 1985.
El niño Pedro era monaguillo en la Iglesia del Colegio de las Hijas de la Caridad de Sangüesa. El capellán era un capuchino que le invitaba a entrar en su Orden. Pedro se sentía muy capuchino. El convento de Sangüesa era un foco de espiritualidad en la zona. Pero había dos cosas de los capuchinos que no le gustaban, la barba y la hora de levantarse.
No hay vocación si no hay vocantes, si no hay colaboración humana. Esta es hoy una gran lección para nosotros. Don Amadeo Samitier, sacerdote, pariente de la Visitadora, desarrollaba su ministerio en Sangüesa. El fue la mediación de Dios para que Pedro Ballaz fuera a la Apostólica de los PP. Paúles de Teruel. Era el año 1926.
En Teruel le recibió el P. Manuel Fuertes. La meningitis que padeció en el primer año de Teruel le dejó marcado para toda la vida. Luego tuvo algo de epilepsia. Perdió facultades («Antes era yo de los primeros en aprenderme los supinos de memoria; después ya no«).
Dos profesores recordaba con mucho cariño: los PP. Leoncio Pérez y Valero. Con ellos aprendió latín, griego, lengua española y matemáticas que, luego, en sus años de apostólica, transmitió – a juicio de muchos- con gran claridad. Siempre fue aficionado a la música. Tocaba el piano, el armonio.
Teruel fue el comienzo. Eran tiempos turbulentos. Tuvo que pasar por varias casas de estudios. En 1930 fue a Guadalajara. En 1932 comenzó el seminario interno en Hortaleza (Madrid) con el P. Aparicio. En 1934 inició sus estudios de filosofía en Villafranca del Bierzo, siendo superior el P. S. Ojea. Ya en plena guerra civil, en 1937, pasó a Murguía y Cuenca. En 1939, a sus 25 años, hizo los votos. Las Órdenes Sagradas las recibió todas en Pamplona, en tres semanas seguidas del mes de mayo de 1942.
El P. Ballaz ha tenido NUEVE DESTINOS
1942-1946: MURGUÍA, profesor e inspector
1947-1948: TERUEL, profesor, inspector y asistente
1948-1962: PAMPLONA, profesor, inspector y asistente
1962-1966: TERUEL, misiones y ministerios (Hermanas, predicación)
1966-1970: ZARAGOZA (Goya), misiones y ministerios.
1970-1974: TERUEL, misiones y ministerios
1974-1977: ZARAGOZA (Santa Anastasia), párroco de dos pueblos de IRYDA
1978-1980: ZARAGOZA, párroco de tres pueblos de la zona de Gallocanta
1980-1993: PAMPLONA, residencia, enfermería.
Los ministerios del P. Ballaz reflejan la evolución ministerial de la Congregación en la posguerra: floración de apostólicas, auge de las misiones populares y últimamente concentración en las Parroquias.
Dos veces fue propuesto el P. Ballaz para superior, una para la casa de Andújar y otra para otra casa que no se concreta. Renunció. Se excusaba diciendo su pequeña estatura. El P. Campo, Asistente General, al volver de París el P. Ballaz con su hermana, delante de ella, le comentó: ¡Cuántos hay más pequeños que usted y son estupendos!
Todos estos son hitos históricos de una historia. Pero más importante es su INTRAHISTORIA, que sólo Dios conoce desde dentro, desde las dificultades de una prematura orfandad, desde esas temibles enfermedades con todas sus secuelas y limitaciones. Toda esta vida la ponemos en manos del Señor para que la acoja y perdone lo que, por fragilidad humana, necesita perdón. Unus christianus nullus christianus. Vivos o muertos no estamos solos. Formamos un cuerpo, una comunión de bienes no interrumpida por la muerte. Estos bienes se nos comunican a través de esta comunión de los santos cuya manifestación principal se da en la Eucaristía. En esta Eucaristía, en esta liturgia terrena pregustamos ya y tomamos parte en aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén (C. Vaticano 11. SC 8).
Carlos Esparza







